«¿Lo grande es malo? El poder económico de las corporaciones», por Don Mathews

«¿Lo grande es malo? El poder económico de las corporaciones»,
por Don Mathews
Entorno corporativoTodos los años, la revista Fortune publica su lista “Fortune 500″, de las quinientas corporaciones más grandes. Para algunos, la “Fortune 500″ es un homenaje retorcido a la institución más ávida y letal que ofrece el capitalismo: la gran corporación.
Los críticos del capitalismo y de las grandes corporaciones usualmente afirman que dichas compañías tienen un poder económico excesivo y utilizan ese poder para explotar a los consumidores y a los trabajadores.
Por supuesto, no todos piensan que las grandes corporaciones representan una amenaza económica, pero es sorprendente -al menos para mí- cuánta gente piensa que las grandes firmas explotan a los consumidores y trabajadores de una u otra forma.
Mi mujer y yo, una vez fuimos a una cena en la cual nuestro anfitrión y nuestra anfitriona, ambas personas encantadoras, se pasaron la mitad de la noche hablando acerca de las horribles grandes corporaciones. Lo gracioso fue que la comida que prepararon, los instrumentos que utilizaron para hacer la comida, los platos sobre los cuales sirvieron la comida, y los muebles sobre los cuales nos sentamos a comer, todos estaban producidos por grandes corporaciones.
No creo que esté bien molestar a los amigos en su casa cuando uno es un invitado, por lo cual no destaqué estos detalles. Más tarde, con mi panza llena y mi dignidad intacta, volví a casa con mi mujer en nuestro auto que fue construido, sí, por una gran corporación.
¿Las grandes corporaciones explotan a los consumidores? Considero que “explotar” en este contexto significa producir bienes de menor calidad y venderlos a precios que dan grandes ganancias. ¿Las grandes corporaciones producen productos malos? Comparen la calidad y la variedad de bienes y servicios que hoy existen con aquellos que estaban a la venta hace cinco, diez o veinte años.
¿Cuál preferirán? La respuesta no requiere demasiado pensamiento. Por supuesto, los emprendedores son responsables por un gran número de innovaciones, pero sólo se necesita un día de compras para ver que las grandes corporaciones también han traído un montón de productos nuevos y mejores al mercado.
¿Cobran las corporaciones precios que les provocan grandes ganancias?
Antes de mirar los datos empíricos, deberíamos destacar que realmente no tiene mucho sentido utilizar, como lo hacen muchos críticos de negocios, la ganancia y los márgenes de ganancia como medidas del nivel en que las corporaciones “explotan a los consumidores”. El intercambio es voluntario en un libre mercado.
Si un consumidor paga un precio por un bien, y una corporación no está obligada por leyes que restrinjan la competencia y no falsea su producto, entonces no hay ninguna razón para concluir que la corporación explota al consumidor simplemente porque ganan mucho dinero en el intercambio (Si la ganancia es una medida de explotación, ¿las corporaciones que pierden plata, están siendo explotadas por los consumidores?).
Pero supongamos que cobrar precios que provocan grandes ganancias constituye la explotación del consumidor. La lista Fortune 500 nos informa que la empresa con mayores ganancias en 1994 fue Ford, con U$S 5.300 millones de ganancias. Es un montón de dinero, pero vino por réditos de U$S 128.400 millones.
Las ganancias de Ford sumaban el 4,1 por ciento de sus réditos. General Motors, la corporación más grande en 1994, ganó 4.900 millones de dólares – 3,2 centavos por cada dólar de rédito. ¿Qué hay de esas antiguas grandes petroleras? De cada dólar recibido por Exxon, el productor de petróleo más grande, 5 centavos fueron de ganancia. Mobil, la segunda en tamaño, sólo se quedó con 1,7 centavos de cada dólar.
Para las compañías de Fortune 500 de 1994, el promedio de ganancia como porcentaje de ingresos por ventas fue de 4,6. El restante 95,4 por ciento cubrió costos: salarios y sueldos de trabajadores, costos de otras materias primas, e impuestos.
El año 1994 no fue anormal. Durante los últimos diez años, el promedio de ganancia como porcentaje de las ventas para las 500 empresas más grandes ha estado entre 2,4 en 1992 y 5,5 en 1988. Estos números no parecen conducir a la explotación de los consumidores por parte de las corporaciones.
¿Qué hay de los trabajadores?
¿Las empresas explotan a los trabajadores? Explotar, en este sentido, tradicionalmente significa que los dueños de capital -accionistas-

Grandes empresas

emplean trabajadores para producir bienes pero expropian mucho del ingreso generado cuando los bienes son vendidos, dejando muy poco ingreso para los trabajadores.
¿El volumen de ingresos de la corporación va a los dueños del capital? En 1992, las ganancias post-impuestos de todas las corporaciones de Estados Unidos totalizaron U$S 249.100 millones. En el mismo año la compensación de los empleados de las corporaciones de Estados Unidos llegó a U$S 2.337.400 millones.
Los trabajadores recibieron el 90,4 por ciento del ingreso total de la corporación. Las porciones de ingresos de 1992 no son extraordinarias: los trabajadores recibían al menos 90 por ciento del ingreso corporativo que les podía distribuir cada año entre 1985 y 1992. En resumen, el volumen de ingresos de la corporación va a los trabajadores no a los dueños.
La noción de que las corporaciones explotan a los consumidores y a los trabajadores es parte de un mayor cargo de que las grandes empresas tienen un poder económico excesivo. ¿Lo tienen? ¿Qué se podría considerar excesivo? En realidad, en 1994, las 500 mayores corporaciones tenían recursos por U$S 9.600.000 millones, U$S 4.300.000 millones en réditos y U$S 215.000 millones en ganancias, cosa que es significativo para cualquiera.
Pero concluir que el poder económico está, por lo tanto, concentrado en grandes corporaciones es equivocado. ¿Por qué? Porque las firmas individuales actúan en su propio interés, no en los intereses de las grandes corporaciones como un grupo.
Las compañías tienen intereses dispares, y compiten entre sí. Consideremos las tres primeras compañías de la Fortune 500: General Motors, Ford, y Exxon. GM quiere lo que le conviene a GM, no lo que le conviene a la Fortune 500.
Sería mejor para GM si los precios del petróleo y el gas fueran muy bajos; los costos de producción de GM serían menores y sus autos serían más atractivos para los consumidores. Pero los precios bajos en petróleo y gas no estarían dentro de los intereses de Exxon. Exxon preferiría altos precios de petróleo y gas. GM y Exxon tienen intereses contrarios, y lo que es bueno para uno no necesariamente es bueno para el otro.
En el primer puesto de la lista de 1917 se encuentra U.S. Steel. Cuando se formó gracias a la fusión de ocho grandes empresas de acero en 1901, U.S. Steel se transformó en la empresa privada más grande del mundo: tenía una capitalización total de 1.400 millones de dólares y contaba con el 65,7 por ciento de las ventas de acero en los Estados Unidos.
Hacia 1917, U.S. Steel tenía recursos valuados en más de U$S 2.400 millones, más de cuatro veces de lo que tenía Standard Oil de Nueva Jersey (Exxon), la segunda corporación más grande. Pero, el mercado de U.S. Steel cayó a 45 por ciento.
Cuarenta años después, U.S. Steel era sólo la tercera compañía más grande y su porción de mercado era menor al 30 por ciento. Hoy U.S. Steel no es más U.S. Steel, sino USX, y tiene una porción del mercado de acero menor al 10 por ciento, recibe más ingresos por el petróleo que el acero, y está número 121 en la lista de grandes empresas de Estados Unidos, según los recursos.
El concepto moral de la historia de U.S. Steel puede servir para todas las empresas: en el mercado, ninguna firma está exenta de la competencia.
Aquellos que se preocupan acerca del poder económico de grandes corporaciones harían bien en pensar acerca de cómo fue que esas corporaciones se hicieron grandes.
GM y los otros miembros de la lista Fortune 500 no obtuvieron su nivel explotando a los consumidores y trabajadores. En 1994, GM ganaba U$S 155.000 millones en ventas y empleaba a 692.800 trabajadores. Una empresa no obtiene U$S 155.000 millones robando persistentemente a los consumidores y no retiene a 692.800 empleados abusando de ellos.

¿Cuán poderosas son las grandes corporaciones? Ni siquiera cercanamente tan poderosas como la competencia que las mantiene en su lugar.

Don Mathews

(tomado de liberalismo.org)

¿Crear valor o solo tomar valor (en las redes sociales)?

3 formas de crear valor en redes sociales:

  • Imágenes, belleza
  • Datos o historia sobre algo/alguien
  • Humor/Inspiración/motivación humanos

3 formas de tomar valor sin darlo en redes sociales:

  • Humor a costa de otro(s)
  • Confrontación de egos y no de tesis o datos
  • Drama o cizaña

Minería para el próximo millón de años – George Reisman

Llevo muchos años señalando que toda la masa de la Tierra, desde los límites superiores de la atmósfera a 4.000 millas hasta su centro, no consiste en otra cosa que elementos químicos sólidamente compactos. No hay un solo centímetro cúbico en cualquier lugar de la masa terráquea que no sea un elemento químico u otro, o alguna combinación de ellos. He dicho que ésta es la contribución de la naturaleza a la oferta de recursos naturales, junto con todas las enormes cantidades de energía que conlleva, desde la contenida en los combustibles fósiles, el uranio, el viento, el agua y el núcleo terráqueo hasta la que hay en tormentas y electricidad estática.

Qué parte de esta inmensa cantidad de materia y energía puede transformarse en la categoría más restringida de los recursos naturales que sean económicamente utilizables y accesibles por el hombre, depende del estado de la ciencia, de la tecnología y de la oferta de equipos de capital. En otras palabras, depende de grado de conocimiento humano de la naturaleza y de su poder físico sobre ella.

 

A medida que el hombre aumenta su conocimiento y poder, incrementa la parte de la naturaleza que resulta económicamente utilizable, los recursos naturales accesibles. En el proceso, transforma en bienes económicos y riqueza lo que hasta entonces eran simplemente cosas que había en la naturaleza.También hemos apuntado siempre que hasta ahora nuestro poder sobre la naturaleza (nuestra capacidad de establecer realmente sus contenidos y dirigirlos hacia la satisfacción de nuestras necesidades) se ha medido en profundidades de pies en lugar de en millas y que se ha limitado a sólo en torno a un 30% de la superficie terrestre del planeta.

La consecuencia lógica es que aún estamos muy al principio de nuestra capacidad de extraer económicamente de la naturaleza recursos naturales utilizables.Acabo de recopilar algunos datos empíricos que indican lo modestas que han sido realmente las actividades mineras humanas, comparadas con el tamaño de la Tierra. Por ejemplo, la producción total global de petróleo es de aproximadamente 30.000 millones de barriles anuales. Cada barril de petróleo contiene aproximadamente 0,16 metros cúbicos.

Esto significa que en términos de metros cúbicos, el volumen físico de todo el petróleo extraído en el mundo es de 0,16 veces 30.000 millones, lo que son 4.800 millones de metros cúbicos. Como mil metros equivalen a un kilómetro, mil millones de metros cúbicos se traducen en un solo kilómetro cúbico. Por tanto, el volumen físico de la producción total global anual de petróleo es actualmente de 4,8 kilómetros cúbicos. Y como una milla cúbica equivale aproximadamente a 4,17 kilómetros cúbicos, esto significa que toda la producción de petróleo en un año representa alrededor de 1,15 millas cúbicas.Por sí mismo, esto es suficiente como para sugerir que las operaciones de minería global totales son extremadamente pequeñas en relación con el tamaño de la Tierra, que es de 1,1 billones de kilómetros cúbicos, o aproximadamente 260.000 millones de millas cúbicas.

Esta conclusión se confirma cuando se considera la producción global anual de otros minerales importantes, como mineral de hierro, carbón aluminio y gas natural.La producción global de mineral de hierro fue de aproximadamente 1.160 millones de toneladas métricas en 2003, el año más reciente del que hay datos disponibles. La densidad del mineral de hierro varía aproximadamente entre 4 y 5 toneladas métricas por metro cúbico, dependiendo del tipo de mineral. Cuanto menor sea el número de toneladas métricas por metro cúbico, mayor será el número de metros cúbicos requeridos para cada tonelaje concreto. Utilizando la cifra menor de 4 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen cúbico total de producción de mineral de hierro en 2003 sería de 291 millones de metros cúbicos, lo que son 0,291 kilómetros cúbicos o 0,07 millas cúbicas.

Como mucho del mineral de hierro extraído tenía una densidad superior, el volumen físico real de mineral de hierro extraído fue considerablemente menor.La producción global de carbón en 2004 fue de 2.730 millones de toneladas métricas. Como la densidad del carbón es más o menos de 1,3 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen físico del carbón extraído fue de unos 2,1 kilómetros cúbicos, o 0,5 millas cúbicas.La producción global de aluminio en 2001 fue de 32 millones de toneladas métricas. La producción de una tonelada de aluminio requiere extraer de 4 a 6 toneladas de bauxita. Luego la producción de 32 millones de toneladas de aluminio implica la extracción de al menos 192 millones de toneladas de bauxita. Como la densidad de la bauxita es de 1,28 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen cúbico de la cantidad total de bauxita extraída en 2001 fue 150 millones de metros cúbicos o menos de 0,4 millas cúbicas.La producción global de gas natural en 2004 fue de aproximadamente 98,62 billones de pies cúbicos, lo que equivale a 2.774 kilómetros cúbicos. Para poner esta cifra en perspectiva, debería tenerse en cuenta que, una vez licuado, le volumen del gas natural se reduce por un factor de 600. Por lo tanto en equivalente a este gas en forma líquida es 4,62 kilómetros cúbicos o poco más de 1,1 millas cúbicas. Por supuesto, esto es algo menos que el volumen cúbico de la producción de petróleo.Si sumamos todas estas cifras, totalizan 11,43 kilómetros cúbicos o 2,86 millas cúbicas.

Para estimar tanto la minería de cualquier otra cosa como otras extracciones que hayamos pasado por alto en relación con los materiales que hemos considerado, limitémonos a asumir el bonito número redondo de 100 kilómetros cúbicos o 24 millas aproximadamente, como representativo de todas las operaciones de minería actuales combinadas anualizadas para todo el mundo.En una sociedad tolerablemente libre y racional, una inteligencia humana motivada es fácilmente capaz no sólo de mantener la capacidad del hombre de extraer de la tierra este volumen de materiales útiles, sino también de incrementarlo sustancialmente. Si el volumen anual actual de estas extracciones se limitara a mantenerse, podría hacerlo al menos durante los próximos 100 millones de años. Para entonces, se habrían extraído un total de 10.000 millones de kilómetros cúbicos o unos 2.400 millones de millas de la Tierra, lo que reasentaría poco menos de un 1% de su volumen físico total. El agotamiento de los depósitos minerales utilizables y accesibles sencillamente no es un problema para una economía tan libre como la que había en los Estados Unidos hace unas pocas generaciones.Nuestros problemas crecientes en relación con el suministro de recursos naturales no los causa la naturaleza, sino nosotros. Nos hemos permitido abandonar la razón y renunciar a nuestra libertad. Nos hemos permitido ser liderados por gente que nos congelaría e inmovilizaría antes que derramar algo de petróleo sobre una nieve que difícilmente cualquiera de nosotros veremos jamás o molestar el hábitat de animales salvajes que no nos importan nada. Si dejamos que esto continúe, nos veremos abocados al mundo descrito con estas terribles palabras de desesperación:Debéis saber que el mundo se ha hecho viejo y no mantiene su antiguo vigor.

Él mismo da testimonio de su propio declinar. Las lluvias y el calor del sol están disminuyendo; los metales están prácticamente agotados; el agricultor fracasa en los campos, el marinero en los mares, el soldado en el campo de batalla, la honradez en el mercado, la justicia en los tribunales, la armonía en las amistades, la habilidad en las artes, la disciplina en la moral. Esta es la sentencia dada al mundo, que todo lo que tiene un inicio perece, que las cosas que llegan a la madurez envejecen, la fortaleza se debilita, lo grande empequeñece y después de la debilitación y el empequeñecimiento viene la disolución.[1]Como indiqué en Capitalismo,[2] este pasaje no es una cita de algún ecologista o conservacionista contemporáneo.

Se escribió en el siglo tercero, mucho antes de que el primer trozo de carbón, gota de petróleo, onza de aluminio o cualquier cantidad significativa de cualquier mineral hubiera sido arrancado de la tierra. Entonces como ahora, el problema no era físico, sino filosófico y político. Entonces como ahora, la gente se alejaba de la razón y se dirigía al misticismo. Entonces como ahora, crecían menos libres y se encontraban cada vez más bajo el poder de la fuerza física. Por eso creían, y por eso la gente en nuestra cultura empieza a creer, que el hombre está indefenso frente a la naturaleza.

No hay indefensión en absoluto. A los hombres que usan la razón y son libres de actuar, la naturaleza les da cada vez más.

A aquéllos que se alejan de la razón o no son libres, les da cada vez menos. Y nada más.

 

© 2006, de George Reisman para este artículo. Se autoriza la reproducción y distribución electrónica e impresa, salvo como parte de un libro, y con la obligación de mencionar la web del autor, www.capitalism.net.

(Se requiere notificación por correo electrónico al autor). Todos los demás derechos reservados. Traducido por Mariano Bas Uribe

[1] El pasaje citado aparece en W. T. Jones, The Medieval Mind, volumen 2 de A History of Western Philosophy (New York: Harcourt, Brace, and World, 1969), página 6.

[2] George Reisman, Capitalism: A Treatise on Economics (Ottawa, Illinois: Jameson Books, 1996).

¿Existe tal cosa como un mercado libre? – Sobre barreras naturales y artificiales de entrada

¿Existen los mercados libres? 

Una de las herencias más lamentables de la vertiente anglosajona de la Economía es la de intentar hacer modelos “perfectos” de cada fenómeno económico.

Por ejemplo, el modelo de “competencia perfecta”.

Considerado por el propio George Stigler un “nirvana fallacy” o comparación nada razonable de la vida real con un ideal falso, la “competencia perfecta” lo es, es un ideal falso.

La “competencia perfecta” es un modelo que dice que el mercado perfecto es uno en que no hay empresarios “demasiado” grandes sino múltiples, dispersos, omniscientes (“conocimiento perfecto”), inefectivos para rivalizar y pequeños. Se puede ver más sobre el modelo aquí.  

Desde luego ninguna situación real puede ni ha podido en toda la Historia cumplir con el modelo. ¿Por qué trazar un modelo así, entonces? Porque a la economía anglosajona le interesa más la sofisticación de un modelo de sus prejuicios sobre lo que es “ideal” que hacer distinciones esenciales.

Competencia es rivalidad real.

Competencia es rivalidad real.

Desde luego, el grado de desviación del ideal sería la situación indeseable y utilizar la intervención del Estado en asuntos privados, lo deseable (para lo que podría llamarse la izquierda económica) o inevitable (para los tecnócratas que se consideran pro mercado siempre y cuando ellos efectúen las correcciones). El problema es que la “competencia perfecta” implica ausencia de competencia.

Si todos los participantes son pequeños o iguales en tamaño, saben lo mismo y no pueden rivalizar por precio, en realidad no hay competencia. Un cementerio es más dinámico que la “competencia perfecta” de los neoclásicos anglosajones.

Y en ausencia de competencia desaparecen algunos incentivos potentes para innovar y cuidar la calidad de los productos y el servicio al cliente. Pero no son las empresas grandes con sus innovaciones o grandes inversiones las que eliminan la competencia de los mercados.

En realidad la rivalidad en los mercados puede ser mejor entendida con las “4 P’s” del Marketing. En vez de “simplificar” o “sofisticar” la realidad, podemos entender que el (P)roducto, su (P)recio, su (P)laza o ubicación/distribución y su (P)romoción o esfuerzos para seducir clientela, deben ser combinados de tal forma que valgan la pena para dicha clientela.

Utilizar estos cuatro elementos permite entender que habrá empresas grandes que atiendan a grupos masivos y otras que opten por nichos (lugares, gustos, etc) más específicos. El Marketing nos explica mejor que la Economía neoclásica anglosajona los mercados.

No existen bienes homogéneos ni conocimiento perfecto (simétrico) en los actores ni las empresas son siempre muchas o pocas ni su cantidad dice nada sobre la calidad y libertad de los mercados. Y, sobre todo, nada de ello es necesario ni deseable para que un mercado sea libre y pueda ofrecer los mejores productos a precios competitivos.


¿Qué es entonces lo deseable?

Para entender qué es un mercado libre debemos reparar en una distinción crucial: la que existe entre barreras de entrada naturales y artificiales.

Barreras naturales de entrada:

Estándares culturales: lo que se vendía como un pastel en 1480 hoy no encontraría compradores.

Talentos: un futbolista de 1920 quizás hoy sería considerado poco dotado por los entrenadores de equipos.

Geografía: solo una familia o empresa turística puede ser dueña del terreno de la cascada más alta del país, al mismo tiempo.

En todos estos casos nadie impide mediante el uso de la fuerza física o la amenaza de su uso (eso es la legislación en esencia), a alguien participar en un mercado. Simplemente el cliente interno (gerentes, entrenadores, etc.) o el final no eligen en con un volumen total de compras suficiente esa alternativa. Puede investigarse previamente (investigación de mercados) o puede intentarse bajo cuenta y riesgo del entrepreneur. Si no hay ventas suficientes, quebrará. Pero valga reiterarlo, nadie impide mediante la fuerza o su amenaza, intentar.

Barreras artificiales de entrada:

Pueden ser de dos tipos: de jure o de facto. Son de carácter político-legal.

De jure: concesiones exclusivas para operar en un mercado.

De facto: regulaciones que dejen pocos o un solo ofertante capaces de cumplirlas.


¿Qué son los monopolios y oligopolios?

Un monopolio es entonces una situación caracterizada por la existencia de barreras artificiales de entrada que impiden el ingreso de un segundo ofertante en un mercado. No existe tal cosa como un “monopolio natural“.

Un oligopolio es entonces una situación caracterizada por la existencia de barreras artificiales de entrada que impiden el ingreso de un ofertante adicional en un mercado.

Un mercado libre carece de barreras artificiales de entrada o aquellas son lo suficientemente bajas como para ser ignorables. Nadie es desalentado -mediante privilegios político-legales para otros- de participar.

¿Qué pasa con las empresas grandes?

Las empresas grandes pueden haberse vuelto grandes en el camino o haber hecho inversiones masivas que les posicionen de forma interesante en los mercados. Es irrelevante de cuál de los dos casos se trate. Siempre es el cliente quien decide el tamaño continuado de las empresas mediante la compra o abstinencia de compra -el sistema de comunicación de los mercados- que les dirá si continuar, profundizar, descontinuar o detener de raíz la producción de un producto, a cierto precio, distribuido de cierta forma y promovido de cierta manera. Las empresas grandes no tienen una “posición dominante” en los mercados.

Al contrario, tendrían una posición “dominada” pues deben atender al mínimo común denominador o al gusto común, a diferencia de sus rivales de nicho que pueden ser más idiosincráticos (“hacer las cosas a su manera” o para gustos especiales).

Sin embargo “dominante” o “dominada” son palabras del lenguaje militar o político (siendo la guerra la prolongación de la política por otros medios como decía von Clausewitz) y los mercados son la suma de tratos libres. Es justamente la intervención de la política la que crea mercados no-libres y perjudica las opciones de los consumidores.

Una empresa que atendiese al 100% de gustos en un mercado solo es un “problema” en la mente de economistas neoclásicos y juristas/abogados contagiados por dicha visión robotizante de los mercados. Si una empresa tiene soluciones para 100% de los gustos y exigencias de los consumidores en una zona geográfica o segmento estamos ante el caso de una solución (“un problema menos”) y esa comunidad humana puede dedicarse a lidiar con otros -al parecer siempre abundantes- problemas de la vida humana.

En realidad es tan improbable un caso así que es mejor concentrarse en entender otro tipo de porcentajes. ¿Qué pasa si una empresa tiene 90, 80, 70, o incluso 40, 30% de un mercado? ¿No tiene una posición ventajosa e injusta frente a las demás por tener una porción grande del mercado?

No. En primer lugar es el plebiscito cotidiano del consumidor el que la mantiene en ese lugar. Nada debe respetarse más que eso. Romperle las piernas al mejor deportista para que deje de acaparar las miradas no es forma alguna de hacer justicia (justamente lo que proponen las variantes más agresivas de “regulación” que incluyen desasociaciones corporativas, impedir fusiones, obligar a separar distribuciones, etc).

Pero además las empresas grandes conllevan su propio desafío: aprovechar economías de escala para ser competitivas en precios mientras cuidan que las empresas de nicho no les superen poco a poco o de un solo golpe en el conteo general (ej: Microsoft y Apple, Ericsson y Nokia, etc).

Cada vez que una tecnocracia de corte neoclásico decide cómo deben ser un mercado, el verdadero elector -el consumidor- pierde soberanía y es tratado como un tonto incapaz de elegir precios-calidades relativos por sí mismo según sus gustos y prioridades.

¿Qué (sí) se puede hacer para tener mercados libres?

Los mercados son redes de intercambio de títulos de propiedad. En otras palabras, son redes de intercambios ganar-ganar puesto que el valor de lo obtenido (el producto o el dinero) son más valorados que aquello a lo que se renuncia para obtenerlo (el dinero o el producto, del otro participante). Para que sean libres es necesario que se reduzcan drásticamente las barreras artificiales de entrada.

De otro modo, el resultado son siempre oligopolios o monopolios de facto. Mientras más requisitos o más difíciles de cumplir, menos participantes podrán cumplirlos. Y estos son los grandes privilegiados de esta era democrática donde los grupos de interés y de presión diseñan legislación para cada industrial poniendo al productor por encima del consumidor y su libertad de elegir.

Esto impide que la innovación se refleje en productos mejores por el mismo precio o precios más bajos para lo mismo año tras año, como sí podemos ver en el mercado de tecnología y IT. Existen los mercados libres como ese -el de deportes de aventura y el de turismo registran variedad, innovación y descuentos de precio similares-, con precios competitivos y decrecientes con cada avance.

En realidad podrían ser así todos los mercados, incluyendo los servicios públicos y básicos que hace algunas generaciones -o en el Chile de hoy- fueron competitivos y pro-consumidor. Distinguir entre barreras naturales y artificiales de entrada es el primer paso hacia combatir las segundas y lograr un mundo de variedad y precios cada vez más bajos.

Si el derecho a elegir y ser elegido se considera tan sagrado como se considera en la esfera política, es ya hora de derrumbar barreras de privilegios en la esfera de lo productivo y empresarial para que también podamos elegir y hacernos elegir en el resto de áreas de nuestras vidas.

Referencias:
El Mito del Monopolio Natural” – Thomas Dilorenzo

Antitrust: the case for repeal” – Dominick Armentano

Platonic Competition” – George Reisman

Man, Economy and State” – Murray Rothbard

¿Es explotación el trabajo asalariado?

¿Es una forma de explotación el trabajo asalariado?
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Las ideas se adquieren por reflexión o por contagio y gobiernan el mundo.

La idea de que el trabajo asalariado es una forma de servidumbre medieval adaptada a los tiempos modernos ha sido ampliamente contagiada, incluso entre personas que se ven a sí mismas como opositoras al socialismo (“de centro derecha”, “de derecha”, “moderna”, etc). Esa idea contiene un error histórico y uno teórico.

El error histórico es la idea de Karl Marx y sus seguidores de que la economía moderna o capitalista es la fase siguiente a la economía feudal. Si bien el propio Marx expresaba su admiración por la capacidad burguesa (empresarial y comerciante, diríamos hoy) para crear fábricas, herramientas y métodos de producción con capacidades nunca antes vistas, transmitió una narrativa falsa sobre ella. Los burgos o emporios eran pueblos y pequeñas ciudades de comerciantes y personas industriosas que florecieron al margen -o huyendo- del sistema feudal. El capitalismo no nace en las capitales políticas ni bajo la tutela del Estado. Al contrario, nace en ciudades o pueblos secundarios de la Liga Hanseática y las repúblicas (ciudades-estado) italianas. El capitalismo no es heredero del feudalismo sino un sistema rival que termina aniquilándolo porque la gente abandona los lugares feudales o semi-feudales para ir a donde tanto la economía como la ley garantizaban su capacidad de ser agentes libres. En Ecuador se narra impecablemente el proceso en “A la costa”, novela de 1904 de Luis A. Martinez. Para tener libertad de agencia, es decir autonomía, es necesario un marco jurídico y cultural lo suficientemente liberal. Suecia, que nunca tuvo etapa feudal, tuvo un siglo XIX de comercio abierto, bajos impuestos (el impuesto a la renta no aparece hasta que el país ya hubo despegado) e instituciones liberales. El resultado: un magnífico despegue cultural y material. Lo mismo la Argentina entre los 1850’s y los 1930’s y los Estados Unidos de América entre su fundación y los 1920’s. Lo que vino después en esos países con el crecimiento del Estado y las ideas colectivistas, es asunto para otro texto.

El error teórico que lleva a pensar que el trabajo asalariado es una forma moderna de servidumbre es en cambio la plusvalía marxista. Para empezar, el error no es original de Karl Marx sino de Adam Smith. Smith -un gran liberal y enemigo de los privilegios del sistema mercantilista- confunde en su “La riqueza de las naciones” el rol del inversionista/capitalista/accionista con el del administrador/gerente/manager de una empresa comercial. Plantea una y otra vez que la ganancia empresarial es solo una forma de salario por gestión superior.

Deja sentada la idea de que en una economía simple, lo que obtienen los participantes al intercambiar sus productos en una feria, son salarios. Si lo que se obtiene por intercambios directos son salarios, Marx deduce, las ganancias de un capitalista que aparezca o llegue a esa economía simple serán una porción jamás entregada a quienes contrata como asalariados. La deducción es correcta. El problema es que sin capitalista (el dueño de un taller, por ejemplo) no existe salario. El salario no es el fruto de las ventas en un mercado. Es un pago fijo que no existiría en una economía de circulación simple, sino que aparece cuando un individuo A contrata a un individuo B. En ese momento nace una división vertical del trabajo en base al riesgo empresarial. Sin capitalistas contratando a nadie como asalariados, el riesgo empresarial lo llevan todos los participantes de esa economía. Con capitalistas contratando a otras personas como asalariados, aparece lo que llamo el pacto del capitalismo: ciertos individuos cargan con el riesgo empresarial y otros obtienen un ingreso fijo. Si hay pérdidas temporales, el asalariado no necesita poner de su parte y cuando hay ganancias -al no ser participe del riesgo empresarial– no participa de ellas.

Como podemos ver, la ganancia no es una porción del salario que no se entrega a los asalariados. No existe la plusvalía marxista.

Pero sí existe otra clase de plusvalía, la plusvalía de Say. Jean Baptiste Say fue un economista francés del siglo XVIII que en 1803 (64 años antes de “Das Kapital” de Marx) publica su “Tratado de Economía Política” de amplio reconocimiento en Europa y en el cual se adelanta a errores de Marx y J. M. Keynes. Say, a diferencia de Adam Smith, reconoce el rol del entrepreneur como portador -por otros- de riesgos de ventas o no ventas, o riesgo empresarial. Eso implica entender lo que pone en riesgo el capitalista. Pero además implica entender todo lo que aporta en ese pacto del capitalismo: espacio de trabajo, herramientas, equipo humano con el cual entablar una fructífera división del trabajo, la visión del producto final y por si fuese poco, la clientela para éste. Mediante esas herramientas, lugar, equipo, concepto de producto, etc. el capitalista eleva la productividad del asalariado a niveles muy inusuales de lograr por su cuenta -aunque el propio proceso capitalista ha ido abaratando los medios de producción y masificando la tenencia de computadoras portátiles, herramientas, educación, etc- y de esa porción adicional, ambas partes se reparten la productividad extraordinaria. En oficios o profesiones con muchos postulantes disponibles, la empresa puede retener mayor porción de esa productividad y en el caso de estrellas o individuos muy reconocidos en su profesión son ellos quienes tendrán mayor participación al punto de que la empresa podría contratar a alguien a pérdida si es extremadamente valioso o indispensable -lo cual es inusual pero existen muchos casos.

Visualmente, puede expresarse así:

La plusvalía marxista vs. el mundo real

Dos formas de entender el trabajo asalariado completamente incompatibles entre sí.Este tema es tan central a la comprensión de cómo funciona una economía moderna que ambas tesis son completamente incompatibles. O es cierto que existe la plusvalía marxista o es falso que exista y la plusvalía es un aporte del capitalista que el asalariado percibe racionalmente como conveniente y por eso se asocia con aquel. Es uno de esos temas en los cuales el “centrismo” es imposible, dicho sea de paso. El trabajo asalariado no puede ser explotador y no-explotador al mismo tiempo (acabe aclarar que el tema es completamente separado de la existencia de trabajos duros, peligrosos o jefes que no pagan por horas extra, es decir “explotación” en sentidos no-marxistas). Y al tratarse de un fenómeno cataláctico (cataláctica es la disciplina que estudia los intercambios) no es necesario que exista un solo ganador entre las partes. Los intercambios económicos no forzosos son de naturaleza ganar-ganar, es por eso que las partes incurren en ellos reiteradamente. La interdependencia en la creación de riqueza significa ganancia mutua. Dejar hacer -crear proyectos sin mayores trabas y reinvertir en ellos con bajísimos impuestos en un entorno legal confiable- a los capitalistas dotará de cada vez mejores herramientas y capacitación a los asalariados, elevando su poder adquisitivo vigorosamente año tras año. Esto explica por qué hay salarios más altos en Suecia que en India y por qué en Suecia es prohibitivo contratar ayuda doméstica mientras que en India, a falta de mejores trabajos asalariados, es barato y habitual todavía. Además, si no existe tal cosa como la plusvalía marxista, la idea de “justicia social” e impuestos progresivamente más altos para quienes más ganan, ahora que sabemos que se trata de relaciones ganar-ganar, queda enteramente desprovista de cimientos.

Para terminar esta exposición, nada mejor que citar al propio J. B. Say cuando dice: “La propiedad que un hombre tiene de su propia industria, se viola cuando está prohibido el libre ejercicio de sus facultades o habilidades, con la excepción de la interferencia sobre los derechos de terceros.” (Tratado de Economía Política, 1803). La plusvalía marxista es un espejismo económico basado en un error de Adam Smith que Karl Marx aprovecha astutamente. Lo que existe y vivimos día a día en el mundo real, es el aporte de los inversionistas de todos los proyectos a nuestra productividad y realización profesional, la plusvalía de Say.

Addenda: la noción de plusvalía como aporte del inversionista surge de conversaciones sobre la refutación de George Reisman (1996) a Marx, con el prof. Juan Ramón Rallo por medios electrónicos.

¿Es el interés el “precio del dinero”?

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Bajo el influjo de las ideas neoclásicas -reducir el ser humano a un supuesto “homo economicus”- se enseña en facultades de Economía y en programas de MBA la idea de que el interés es el “precio del dinero” (o peor aún, su “costo”). Esta noción no es solamente falsa sino dañina. Es falsa porque el precio del dinero es lo que debe entregarse para obtener dinero o a su vez lo que el dinero compra en términos del resto de bienes y servicios. En otras palabras, compramos dinero mediante nuestro trabajo o bienes. Eso es el precio del dinero: qué pagamos para obtenerlo (en energía, tiempo, talentos y esfuerzo) y se verifica en su anverso: cuántos bienes podemos obtener mediante cada unidad monetaria. El costo del dinero en cambio es el de minería si existe dinero real o en el sistema actual de dinero fiat (creado por decreto y sin respaldo), el costo marginal de cada billete.

Es una noción dañina porque lleva mutatis mutandis a la conclusión de que se puede reducir el interés imprimiendo más dinero (generalmente mediante bonos). Lo cual no reduce el interés natural (la relación socialmente posible y a la vez percibida entre bienes presentes y bienes futuros, en otras palabras, el ahorro) sino que lo oculta. Los actores tomarán más préstamos y a más largo plazo de los que el ahorro (una dimensión real de cada territorio con su sistema político-legal más o menos confiable y su cultura más o menos largoplacista). Resultado: auge artificial de ciertas industrias -especialmente, la construcción- y recesión “inexplicable” a continuación.

El interés es el arriendo del ahorro ajeno. Es un precio, pero simplemente, el precio de alquilar el sacrificio o renuncia ajenos al consumo inmediato. Y así debe ser tratado en la teoría y en la práctica financiera cotidiana.

Sobre los derechos naturales de las personas

Los derechos naturales

Si se quisiera resumir el concepto de derechos naturales en una sola frase, esta sin duda sería el antiguo dictum del legislador Ulpiano: “A cada uno lo suyo”. El addendum indispensable, que define sus formas de violación sería entonces “y no lo de los demás”. ¿Cómo se puede asegurar que a una persona le corresponde algo por derecho, que es suyo y que por ende debe tener control excluviso sobre aquello? El filósofo John Locke nos presenta tres medios para la adquisición de bienes materiales en forma de propiedad privada:

1.- Apropiación original: un recurso sin dueño ni huellas de actividad humana, puede ser apropiado por un individuo.
2.- Producción: la combinación de recursos disponibles para crear un bien distinto
3.- Intercambio: intercambiar bienes por otros bienes, o legarlos a otra persona.

Cualquier forma de adquirir bienes que no se enmarque en esta clasificación, debe ser considerada una forma de expoliación (robo). La justificación imperiosa para la propiedad privada puede ser hallada en “A Theory of Socialism and Capitalism” del prof. Hans Hermann-Hoppe, Cap. 1,2. Baste mencionar que es un tema inevitable en sociedades que pretendan a) minimizar los conflictos, b) mantener una división del trabajo altamente compleja y un nivel de vida elevado según términos contemporáneos, y c) reconocer la realidad de la escasez frente a las infinitas necesidades humanas y economizar en consecuencia. Adicionalmente, es necesario señalar que cualquier intento de esbozar un sistema ético funcional y que minimice el conflicto y armonice intereses, debe ser universalizable: debe poder aplicarse en cualquier lugar o época, a cualquier individuo dadas las mismas condiciones.

Sin embargo, a los conceptos de Locke es preciso complementarlos con las enseñanzas de la Escuela Austriaca de Economia (EAE). Dicha vertiente, heredera de la escolástica tardía de la Escuela de Salamanca, hace hincapie en que los seres humanos con su apreciación subjetiva de medios y fines para sus acciones, dotan de valor a los bienes materiales. Es por ello que los objetos materiales carecen de valor intrínseco, trátese de la Naturaleza o de creaciones humanas. Lo que dota a algo con el carácter de bien según Carl Menger, fundador de la EAE es la existencia de cuatro requisitos al mismo tiempo:

1.- La existencia de una necesidad
2.- Propiedades que vuelvan a una cosa capaz de ser llevada a una relación casual con la satisfacción de dicha necesidad
3.- Conocimiento humano de esta relación causal
4.- Control sobre la cosa suficiente como para dirigirlo a la satisfacción de tal necesidad

Sólo cuando los cuatro requisitos se cumplen, una cosa (o resultado de una acción) puede considerarse un bien.

Como se puede deducir, no sólo los objetos materiales tienen el carácter potencial de bienes1. Existe también el ingreso síquico, producto de la actividad aislada o en sociedad. De esta forma, debemos considerar la clasificación de Locke en todas sus implicaciones, para arribar a conclusiones importantes sobre lo que es la justicia y lo que son los derechos de las personas.

La Ética de la Argumentación como fundamento de toda ética social

La Ética de la Argumentación

Siguiendo a Hoppe, encontraremos un fundamento muy superior a los anteriormente existentes para el concepto de derechos naturales o iusnaturalismo en que se fundamenta este trabajo. Dice texualmente Hoppe: La argumentación entre Crusoe y Viernes requiere que ambos posean -y mutuamente reconozcan al otro como poseedor del control exclusivo sobre sus respectivos (su cerebro, cuerdas vocales, etc) asi como del espacio físico ocupado por sus cuerpos. Nadie podría proponer nada y experar que su interlocutor se convenza de la validez de su proposión o negar la y proponer otra cosa, a menos que el derecho al control exclusivo de él y de su oponente sobre sus cuerpos respectivos y el espacio en que están parados estén ya presupuestos y asumidos como válidos.

El intento de demostrar que la argumentación no requiere de una aceptación tácita de que el otro posee el cuerpo físico con el que es nuestro interlocutor es posible, pero de consecuencias erosivas de la misma manera como cuando se ignora una ley económica. Las posibles excepciones de la esclavitud o la servidumbre han sido señaladas, pero el requisito para que exista una ética universalizable como se dijo antes que se aplique -de igual forma que las reglas lockeanas- a todo individuo dadas ciertas condiciones. Por ello la autopropiedad es axiomática en el sentido de que su violación mediante la lógica o la acción concreta (performativa) conduce a fuertes divergencias con lo que puede ser un código ético universalizable, justo y consistente con la naturaleza humana. Las consecuencias han sido estudiadas y se evidencian a lo largo de la historia humana. Del principio de autopropiedad entonces se deriva la legitimidad de las normas lockeanas de propiedad y la posibilidad de órdenes humanos basados en el respeto a las mismas.

Los medios políticos: estafa, invasión, esclavitud

Medios económicos y medios políticos

En su ya clásica obra, Franz Oppenheimer clasifica consecuentemente a las formas de obtener un ingreso de los demás de forma pacífica como “los medios económicos” y a las formas coercitivas como “los medios políticos”. Las formas pacíficas involucran el uso de:

1.- El propio cuerpo
2.- Los recursos apropiados originalmente por uno
3.- Bienes resultantes de la producción
4.- Bienes resultantes del intercambio o regalo

En este sentido las acciones de carácter productivo pueden ser autistas u orientadas a posteriores transacciones con otras personas. Los intercambios entre personas y organizaciones son generadoras de bienestar, puesto que para que ocurra un intercambio debe existir una valoración inversa respectiva de los dos bienes a intercambiar en cualquier momento determinado. Ex ante ambas partes esperan resultar mejor que si no hubiersen intercambiado dichos bienes. Ex post se verificará si el intercambio fue acertado o no, pero dado que los seres humanos tratan de minimizar el error informándose de la mejor forma para sus decisiones, generalmente hay satisfacción posterior. Es por eso que los intercambios de tipo voluntario son por naturaleza relaciones ganar-ganar.

Pero también podemos encontrar una lista elemental de formas violentas de generarse un ingreso a expensas de otro(s). Estas formas coercitivas incluyen pero no están limitadas a:

1.- La esclavitud
2.- La servidumbre y sus variantes contemporaneas
3.- El robo
4.- La estafa
5.- La conquista y otras formas políticas

Lo que caracteriza a este tipo de relaciones es que una parte se beneficia a expensas de la otra. Por tanto, se trata de relaciones de naturaleza ganar-perder.

–Breves fragmentos de la tesina que presentó el autor como candidato a magister en economia empresarial por la UFM de Guatemala en el año 2007.–
(publicado originalmente en marzo de 2018)

Keynes muere (de nuevo) en Europa del Este

El keynesianismo es una síntesis mecanicista de varias ideas previamente equivocadas y refutadas.

Keynes ha muerto. No en los EEUU ni Latinoamérica lamentablemente, donde aún es el economista mas influyente en izquierdas y derechas. Pero afortunadamente una región del mundo aparte de la sabiamente pragmática Asia, ya está dando pasos para enterrar a Lord Keynes y su influencia. Se trata de 8 países con mercados mayormente abiertos interna y externamente, impuestos de tasa fija y un sector privado entendido no como vaca lechera sino con existencia por derecho propio.

Lord Keynes se pasó la vida entera tratando de convencer al mundo de que “el mercado” no podia manejarse a sí mismo y necesitaba gente -como él, claro- para intervenirlo. Keynes es nada más y nada menos que el santo patrono de los tecnócratas de todo el mundo. De izquierdas, en forma de deficits elevados e impuestos altos. De derechas, en forma de retención de impuestos en la fuente y de intervenciones “para la eficiencia”. Pero el sistema keynesiano ignoraba dos realidades fundamentales: a) el mercado es un proceso, la suma de acciones individuales que buscan el acierto y tratan de evitar el error, y b) la Ley de Say de los mercados, que nos enseña que la producción genera capacidad de consumo inevitable y proporcionalmente. Por lo tanto, la causa de las crisis económicas debe buscarse en otro lado. En eventos impredecibles como guerras y desastres naturales, o en la igualmente desastrosa actividad del gobierno en la economía, que debe pagarse tarde o temprano. Pero las medidas keynesianas de castigar al ciudadano en periodo de vacas gordas, para supuestamente ayudarle en el de vacas flacas, en realidad nunca fueron acertadas. Más que cualquier otra cosa, sirvieron durante todo el siglo XX para que los gobernantes se volvieran gastadores y elevaran impuestos, adquirieran deuda y provocaran inflación sin consecuencias, porque tenian una teoría justificándoles.

Como dijo el keynesiano John K. Galbraith, “Hitler fue el verdadero exponente de las ideas keynesianas”. Su influencia llevada consecuentemente a la practica generó déficits, hiperinflaciones y pérdidas de inversiones y capital humano en todo el mundo, pero sobre todo en Latinoamérica. Gracias, Lord Keynes.

En contraste, cuando los estadounidenses de ideas keynesianas quisieron aplicárselas a la Alemania de posguerra, el sagaz ministro de finanzas Ludwig Erhard les dijo “no, gracias”. ¿El resultado? Ese país vivió un verdadero “milagro económico” en contraste con la keynesianamente administrada Francia, que hasta el dia de hoy sigue siendo un país receptor de subsidios internacionales. En contraste también, y luego de haber vivido 40 años de socialismo, 8 países de Europa del Este le dicen “no, gracias” a las ideas de economía mixta en el aula, la prensa y sus políticas. Las facultades de Economía enseñan autores que derrotaron a los keynesianos en la teoría y en resultados, como Milton Friedman (a pesar de ser en ciertos puntos un keynesiano de derechas) y sobre todo los grandes Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek y su Escuela Austriaca.

Tiene sentido: después de haber probado el desastre completo, no quedan ganas de probar el desastre a medias. Nada de economía mixta o pajaritos preñados, piensan en las mejores facultades de Republica Checa, Estonia o Lituania: hay que hacer lo que los estadounidenses, suecos e ingleses hicieron para desarrollarse, no las barbaridades que hacen ahora que ya pueden darse ese lujo. Como resultado, ellos también viven su propio milagro económico, creciendo a un 6-7% anual y abandonando muy velozmente la pobreza moral y material en que les dejó el socialismo. Sigamos el ejemplo de Europa del Este: ya no seamos keynecios.

(publicado originalmente en junio de 2013)

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