En defensa del lujo

Por Juan Fernando Carpio

IPhone

¿Qué tienen en común un dije de oro con el rostro de Helena, un violín Stradivarius, un reloj Cartier, un traje Armani y un iPhone 4s? Nada tecnológico. Simplemente hay algo en lo lujoso que ha sacado de quicio a estoicos, ascetas, mendicantes, izquierdistas y hippies por turnos a lo largo de la historia. Los ataques contra el lujo datan de al menos 2500 años atrás y provienen de una serie de pensadores, desde niños ricos rebelándose contra su condición pasando por revolucionarios igualitaristas hasta llegar a filósofos con todas las credenciales.

Pero, ¿qué es el lujo y por qué genera tantos odios de vez en cuando? El diccionario define el lujo como “aquellos bienes, arreglos, manufacturas, obra de arte u objetos que exceden lo necesario.” ¿Cómo es eso de lo “necesario”? De vez en cuando aparece algún comedido que nos dice que lo necesario para vivir es “alimento, vestido y vivienda”. Pero eso reduce a los seres humanos a sus necesidades biológicas (energía, protección frente a los elementos). En otras palabras a nuestro lado animal. Pero los seres humanos somos algo cualitativamente distinto: tenemos la capacidad de soñar, proyectar y crear. Es decir que una necesidad muy íntima del ser humano es hacer arte, darle vida a sus ideas e inventar. Y aquí es donde aparece el lujo en escena: en todas esas cosas que desde un punto de vista animalista-mecanicista “no son necesarias” pero enriquecen nuestras vidas.

Para un porcentaje importante de la población no da lo mismo tener un iPod que cualquier otro reproductor de MP3. La razón: un producto Apple es no sólo “función” sino también un “statement of fashion” es decir un aporte a la autoimagen de su usuario. Como primates avanzados, en nuestra capacidad de embellecer y decorar también reside la esencia de lo humano. Es fácil atacar un iPod o un yate, pero lo es mucho menos con una sinfonía de Beethoven o una receta gastronómica con 40 ingredientes -son “cultura”. He ahí el ardid conceptual de los enemigos del lujo: critican al consumidor de lujos -al usuario- pero no al creador: esa sí, un alma sensible y artística o industriosa.

¿Se obtiene el lujo a costa de alguien más? En tiempos de teocracias y regímenes feudales el lujo siempre surge a costa de la calidad de vida de otros. Faraones, dictadores socialistas o emires árabes son la única imagen del lujo que muchos tienen aún. En parte comprensible: en el pasado muchas tierras y fortunas se adquirieron mediante el uso de la fuerza y no mediante el comercio. Pero en sociedades industriales-comerciales la riqueza se crea al distribuirse: lo que poseemos ya no viene a costa de alguien más.

Al analizar el lujo muchas veces se separa “lo bello” de “lo funcional”. No deja de ser una división imposible. Muchos de quienes atacan lo “excesivo” en cierto asunto, lo defienden a capa y espada en otro. Muchos amantes de la música consideran una escultura algo innecesario y muchos artistas no entienden la belleza de un invento mecánico o una fórmula matemática. Nuestra primera defensa del lujo pasa por la Ética: lo que otros hagan con su cuerpo y sus materiales pacíficamente adquiridos, no es asunto nuestro, no nos perjudica y no siempre lo entenderemos. En Economía se define un bien de lujo como aquél cuya demanda aumenta sobre proporcionalmente cuando aumenta el ingreso. Notemos algo: el lujo no se define sino de forma relativa. El lujo siempre es lujo en algún contexto específico.

Citando al mejor economista del siglo XX, Ludwig von Mises: “los lujos de hoy son los bienes normales de mañana”. Por su parte la filósofa rusa Ayn Rand nos dijo que “la función del arte es mostrarnos las cosas tal y como podrían ser” siguiendo a Mises podemos decir que la función del lujo es mostrarnos el camino masificador para que las cosas lleguen de ese modo, a ser para todos. El progreso humano no es estático: lo que nos parece un bien absolutamente normal el día de hoy, empezó sin duda alguna como un lujo (¿extravagancia?) para unos pocos.

Pensemos en un sandwich de jamón de cualquier tienda de barrio en Quito, Ecuador. Sin duda sería un bien de delicatesen en Zimbabue, país atrasado tal vez 40 años a aquél otro en poder adquisitivo. Pero si vamos a Noruega, el sánduche que come un albañil allá nos resultará estilo delicatesen en sus ingredientes si viajamos desde Ecuador. Y es que el lujo siempre es “respecto a”. Seguramente para nuestros antepasados del paleolítico, cualquier choza de dos pisos sería una mansión. Que cada hijo de una familia tenga sus ropas y zapatos en vez de heredarlos de sus hermanos mayores hace no mucho era visto como un lujo para “los ricos”. Igual sucedió con el automóvil, la computadora personal, el teléfono celular o el reloj de pulsera y un largo etcétera.

Puso en una letra Cerati: “lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez”. Que los más prósperos o creativos busquen adornar sus vidas con lujos no representa una amenaza para el resto de nosotros y por el contrario, representa un sistema de prueba y error de gustos. Luego de sus fracasos -y aciertos- ya veremos el resto de nosotros qué nos parece sensato y de buen gusto para adoptar. La humanidad ya vivió 5.000 siglos de lo que Hobbes llamó “la vida corta, brutal y miserable”.

Démonos ahora el lujo de disfrutar un poco de todas esas cosas para algunos “innecesarias” que nos mejoran la vida, incluyendo desde luego, leer esta revista.

El original apareció en la Revista Soho de Abril 2012 versión Ecuador y en Instituto Ludwig von Mises Ecuador. Incluye ediciones.

Minería para el próximo millón de años – George Reisman

Llevo muchos años señalando que toda la masa de la Tierra, desde los límites superiores de la atmósfera a 4.000 millas hasta su centro, no consiste en otra cosa que elementos químicos sólidamente compactos. No hay un solo centímetro cúbico en cualquier lugar de la masa terráquea que no sea un elemento químico u otro, o alguna combinación de ellos. He dicho que ésta es la contribución de la naturaleza a la oferta de recursos naturales, junto con todas las enormes cantidades de energía que conlleva, desde la contenida en los combustibles fósiles, el uranio, el viento, el agua y el núcleo terráqueo hasta la que hay en tormentas y electricidad estática.

Qué parte de esta inmensa cantidad de materia y energía puede transformarse en la categoría más restringida de los recursos naturales que sean económicamente utilizables y accesibles por el hombre, depende del estado de la ciencia, de la tecnología y de la oferta de equipos de capital. En otras palabras, depende de grado de conocimiento humano de la naturaleza y de su poder físico sobre ella.

 

A medida que el hombre aumenta su conocimiento y poder, incrementa la parte de la naturaleza que resulta económicamente utilizable, los recursos naturales accesibles. En el proceso, transforma en bienes económicos y riqueza lo que hasta entonces eran simplemente cosas que había en la naturaleza.También hemos apuntado siempre que hasta ahora nuestro poder sobre la naturaleza (nuestra capacidad de establecer realmente sus contenidos y dirigirlos hacia la satisfacción de nuestras necesidades) se ha medido en profundidades de pies en lugar de en millas y que se ha limitado a sólo en torno a un 30% de la superficie terrestre del planeta.

La consecuencia lógica es que aún estamos muy al principio de nuestra capacidad de extraer económicamente de la naturaleza recursos naturales utilizables.Acabo de recopilar algunos datos empíricos que indican lo modestas que han sido realmente las actividades mineras humanas, comparadas con el tamaño de la Tierra. Por ejemplo, la producción total global de petróleo es de aproximadamente 30.000 millones de barriles anuales. Cada barril de petróleo contiene aproximadamente 0,16 metros cúbicos.

Esto significa que en términos de metros cúbicos, el volumen físico de todo el petróleo extraído en el mundo es de 0,16 veces 30.000 millones, lo que son 4.800 millones de metros cúbicos. Como mil metros equivalen a un kilómetro, mil millones de metros cúbicos se traducen en un solo kilómetro cúbico. Por tanto, el volumen físico de la producción total global anual de petróleo es actualmente de 4,8 kilómetros cúbicos. Y como una milla cúbica equivale aproximadamente a 4,17 kilómetros cúbicos, esto significa que toda la producción de petróleo en un año representa alrededor de 1,15 millas cúbicas.Por sí mismo, esto es suficiente como para sugerir que las operaciones de minería global totales son extremadamente pequeñas en relación con el tamaño de la Tierra, que es de 1,1 billones de kilómetros cúbicos, o aproximadamente 260.000 millones de millas cúbicas.

Esta conclusión se confirma cuando se considera la producción global anual de otros minerales importantes, como mineral de hierro, carbón aluminio y gas natural.La producción global de mineral de hierro fue de aproximadamente 1.160 millones de toneladas métricas en 2003, el año más reciente del que hay datos disponibles. La densidad del mineral de hierro varía aproximadamente entre 4 y 5 toneladas métricas por metro cúbico, dependiendo del tipo de mineral. Cuanto menor sea el número de toneladas métricas por metro cúbico, mayor será el número de metros cúbicos requeridos para cada tonelaje concreto. Utilizando la cifra menor de 4 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen cúbico total de producción de mineral de hierro en 2003 sería de 291 millones de metros cúbicos, lo que son 0,291 kilómetros cúbicos o 0,07 millas cúbicas.

Como mucho del mineral de hierro extraído tenía una densidad superior, el volumen físico real de mineral de hierro extraído fue considerablemente menor.La producción global de carbón en 2004 fue de 2.730 millones de toneladas métricas. Como la densidad del carbón es más o menos de 1,3 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen físico del carbón extraído fue de unos 2,1 kilómetros cúbicos, o 0,5 millas cúbicas.La producción global de aluminio en 2001 fue de 32 millones de toneladas métricas. La producción de una tonelada de aluminio requiere extraer de 4 a 6 toneladas de bauxita. Luego la producción de 32 millones de toneladas de aluminio implica la extracción de al menos 192 millones de toneladas de bauxita. Como la densidad de la bauxita es de 1,28 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen cúbico de la cantidad total de bauxita extraída en 2001 fue 150 millones de metros cúbicos o menos de 0,4 millas cúbicas.La producción global de gas natural en 2004 fue de aproximadamente 98,62 billones de pies cúbicos, lo que equivale a 2.774 kilómetros cúbicos. Para poner esta cifra en perspectiva, debería tenerse en cuenta que, una vez licuado, le volumen del gas natural se reduce por un factor de 600. Por lo tanto en equivalente a este gas en forma líquida es 4,62 kilómetros cúbicos o poco más de 1,1 millas cúbicas. Por supuesto, esto es algo menos que el volumen cúbico de la producción de petróleo.Si sumamos todas estas cifras, totalizan 11,43 kilómetros cúbicos o 2,86 millas cúbicas.

Para estimar tanto la minería de cualquier otra cosa como otras extracciones que hayamos pasado por alto en relación con los materiales que hemos considerado, limitémonos a asumir el bonito número redondo de 100 kilómetros cúbicos o 24 millas aproximadamente, como representativo de todas las operaciones de minería actuales combinadas anualizadas para todo el mundo.En una sociedad tolerablemente libre y racional, una inteligencia humana motivada es fácilmente capaz no sólo de mantener la capacidad del hombre de extraer de la tierra este volumen de materiales útiles, sino también de incrementarlo sustancialmente. Si el volumen anual actual de estas extracciones se limitara a mantenerse, podría hacerlo al menos durante los próximos 100 millones de años. Para entonces, se habrían extraído un total de 10.000 millones de kilómetros cúbicos o unos 2.400 millones de millas de la Tierra, lo que reasentaría poco menos de un 1% de su volumen físico total. El agotamiento de los depósitos minerales utilizables y accesibles sencillamente no es un problema para una economía tan libre como la que había en los Estados Unidos hace unas pocas generaciones.Nuestros problemas crecientes en relación con el suministro de recursos naturales no los causa la naturaleza, sino nosotros. Nos hemos permitido abandonar la razón y renunciar a nuestra libertad. Nos hemos permitido ser liderados por gente que nos congelaría e inmovilizaría antes que derramar algo de petróleo sobre una nieve que difícilmente cualquiera de nosotros veremos jamás o molestar el hábitat de animales salvajes que no nos importan nada. Si dejamos que esto continúe, nos veremos abocados al mundo descrito con estas terribles palabras de desesperación:Debéis saber que el mundo se ha hecho viejo y no mantiene su antiguo vigor.

Él mismo da testimonio de su propio declinar. Las lluvias y el calor del sol están disminuyendo; los metales están prácticamente agotados; el agricultor fracasa en los campos, el marinero en los mares, el soldado en el campo de batalla, la honradez en el mercado, la justicia en los tribunales, la armonía en las amistades, la habilidad en las artes, la disciplina en la moral. Esta es la sentencia dada al mundo, que todo lo que tiene un inicio perece, que las cosas que llegan a la madurez envejecen, la fortaleza se debilita, lo grande empequeñece y después de la debilitación y el empequeñecimiento viene la disolución.[1]Como indiqué en Capitalismo,[2] este pasaje no es una cita de algún ecologista o conservacionista contemporáneo.

Se escribió en el siglo tercero, mucho antes de que el primer trozo de carbón, gota de petróleo, onza de aluminio o cualquier cantidad significativa de cualquier mineral hubiera sido arrancado de la tierra. Entonces como ahora, el problema no era físico, sino filosófico y político. Entonces como ahora, la gente se alejaba de la razón y se dirigía al misticismo. Entonces como ahora, crecían menos libres y se encontraban cada vez más bajo el poder de la fuerza física. Por eso creían, y por eso la gente en nuestra cultura empieza a creer, que el hombre está indefenso frente a la naturaleza.

No hay indefensión en absoluto. A los hombres que usan la razón y son libres de actuar, la naturaleza les da cada vez más.

A aquéllos que se alejan de la razón o no son libres, les da cada vez menos. Y nada más.

 

© 2006, de George Reisman para este artículo. Se autoriza la reproducción y distribución electrónica e impresa, salvo como parte de un libro, y con la obligación de mencionar la web del autor, www.capitalism.net.

(Se requiere notificación por correo electrónico al autor). Todos los demás derechos reservados. Traducido por Mariano Bas Uribe

[1] El pasaje citado aparece en W. T. Jones, The Medieval Mind, volumen 2 de A History of Western Philosophy (New York: Harcourt, Brace, and World, 1969), página 6.

[2] George Reisman, Capitalism: A Treatise on Economics (Ottawa, Illinois: Jameson Books, 1996).

¿Es explotación el trabajo asalariado?

¿Es una forma de explotación el trabajo asalariado?
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Las ideas se adquieren por reflexión o por contagio y gobiernan el mundo.

La idea de que el trabajo asalariado es una forma de servidumbre medieval adaptada a los tiempos modernos ha sido ampliamente contagiada, incluso entre personas que se ven a sí mismas como opositoras al socialismo (“de centro derecha”, “de derecha”, “moderna”, etc). Esa idea contiene un error histórico y uno teórico.

El error histórico es la idea de Karl Marx y sus seguidores de que la economía moderna o capitalista es la fase siguiente a la economía feudal. Si bien el propio Marx expresaba su admiración por la capacidad burguesa (empresarial y comerciante, diríamos hoy) para crear fábricas, herramientas y métodos de producción con capacidades nunca antes vistas, transmitió una narrativa falsa sobre ella. Los burgos o emporios eran pueblos y pequeñas ciudades de comerciantes y personas industriosas que florecieron al margen -o huyendo- del sistema feudal. El capitalismo no nace en las capitales políticas ni bajo la tutela del Estado. Al contrario, nace en ciudades o pueblos secundarios de la Liga Hanseática y las repúblicas (ciudades-estado) italianas. El capitalismo no es heredero del feudalismo sino un sistema rival que termina aniquilándolo porque la gente abandona los lugares feudales o semi-feudales para ir a donde tanto la economía como la ley garantizaban su capacidad de ser agentes libres. En Ecuador se narra impecablemente el proceso en “A la costa”, novela de 1904 de Luis A. Martinez. Para tener libertad de agencia, es decir autonomía, es necesario un marco jurídico y cultural lo suficientemente liberal. Suecia, que nunca tuvo etapa feudal, tuvo un siglo XIX de comercio abierto, bajos impuestos (el impuesto a la renta no aparece hasta que el país ya hubo despegado) e instituciones liberales. El resultado: un magnífico despegue cultural y material. Lo mismo la Argentina entre los 1850’s y los 1930’s y los Estados Unidos de América entre su fundación y los 1920’s. Lo que vino después en esos países con el crecimiento del Estado y las ideas colectivistas, es asunto para otro texto.

El error teórico que lleva a pensar que el trabajo asalariado es una forma moderna de servidumbre es en cambio la plusvalía marxista. Para empezar, el error no es original de Karl Marx sino de Adam Smith. Smith -un gran liberal y enemigo de los privilegios del sistema mercantilista- confunde en su “La riqueza de las naciones” el rol del inversionista/capitalista/accionista con el del administrador/gerente/manager de una empresa comercial. Plantea una y otra vez que la ganancia empresarial es solo una forma de salario por gestión superior.

Deja sentada la idea de que en una economía simple, lo que obtienen los participantes al intercambiar sus productos en una feria, son salarios. Si lo que se obtiene por intercambios directos son salarios, Marx deduce, las ganancias de un capitalista que aparezca o llegue a esa economía simple serán una porción jamás entregada a quienes contrata como asalariados. La deducción es correcta. El problema es que sin capitalista (el dueño de un taller, por ejemplo) no existe salario. El salario no es el fruto de las ventas en un mercado. Es un pago fijo que no existiría en una economía de circulación simple, sino que aparece cuando un individuo A contrata a un individuo B. En ese momento nace una división vertical del trabajo en base al riesgo empresarial. Sin capitalistas contratando a nadie como asalariados, el riesgo empresarial lo llevan todos los participantes de esa economía. Con capitalistas contratando a otras personas como asalariados, aparece lo que llamo el pacto del capitalismo: ciertos individuos cargan con el riesgo empresarial y otros obtienen un ingreso fijo. Si hay pérdidas temporales, el asalariado no necesita poner de su parte y cuando hay ganancias -al no ser participe del riesgo empresarial– no participa de ellas.

Como podemos ver, la ganancia no es una porción del salario que no se entrega a los asalariados. No existe la plusvalía marxista.

Pero sí existe otra clase de plusvalía, la plusvalía de Say. Jean Baptiste Say fue un economista francés del siglo XVIII que en 1803 (64 años antes de “Das Kapital” de Marx) publica su “Tratado de Economía Política” de amplio reconocimiento en Europa y en el cual se adelanta a errores de Marx y J. M. Keynes. Say, a diferencia de Adam Smith, reconoce el rol del entrepreneur como portador -por otros- de riesgos de ventas o no ventas, o riesgo empresarial. Eso implica entender lo que pone en riesgo el capitalista. Pero además implica entender todo lo que aporta en ese pacto del capitalismo: espacio de trabajo, herramientas, equipo humano con el cual entablar una fructífera división del trabajo, la visión del producto final y por si fuese poco, la clientela para éste. Mediante esas herramientas, lugar, equipo, concepto de producto, etc. el capitalista eleva la productividad del asalariado a niveles muy inusuales de lograr por su cuenta -aunque el propio proceso capitalista ha ido abaratando los medios de producción y masificando la tenencia de computadoras portátiles, herramientas, educación, etc- y de esa porción adicional, ambas partes se reparten la productividad extraordinaria. En oficios o profesiones con muchos postulantes disponibles, la empresa puede retener mayor porción de esa productividad y en el caso de estrellas o individuos muy reconocidos en su profesión son ellos quienes tendrán mayor participación al punto de que la empresa podría contratar a alguien a pérdida si es extremadamente valioso o indispensable -lo cual es inusual pero existen muchos casos.

Visualmente, puede expresarse así:

La plusvalía marxista vs. el mundo real

Dos formas de entender el trabajo asalariado completamente incompatibles entre sí.Este tema es tan central a la comprensión de cómo funciona una economía moderna que ambas tesis son completamente incompatibles. O es cierto que existe la plusvalía marxista o es falso que exista y la plusvalía es un aporte del capitalista que el asalariado percibe racionalmente como conveniente y por eso se asocia con aquel. Es uno de esos temas en los cuales el “centrismo” es imposible, dicho sea de paso. El trabajo asalariado no puede ser explotador y no-explotador al mismo tiempo (acabe aclarar que el tema es completamente separado de la existencia de trabajos duros, peligrosos o jefes que no pagan por horas extra, es decir “explotación” en sentidos no-marxistas). Y al tratarse de un fenómeno cataláctico (cataláctica es la disciplina que estudia los intercambios) no es necesario que exista un solo ganador entre las partes. Los intercambios económicos no forzosos son de naturaleza ganar-ganar, es por eso que las partes incurren en ellos reiteradamente. La interdependencia en la creación de riqueza significa ganancia mutua. Dejar hacer -crear proyectos sin mayores trabas y reinvertir en ellos con bajísimos impuestos en un entorno legal confiable- a los capitalistas dotará de cada vez mejores herramientas y capacitación a los asalariados, elevando su poder adquisitivo vigorosamente año tras año. Esto explica por qué hay salarios más altos en Suecia que en India y por qué en Suecia es prohibitivo contratar ayuda doméstica mientras que en India, a falta de mejores trabajos asalariados, es barato y habitual todavía. Además, si no existe tal cosa como la plusvalía marxista, la idea de “justicia social” e impuestos progresivamente más altos para quienes más ganan, ahora que sabemos que se trata de relaciones ganar-ganar, queda enteramente desprovista de cimientos.

Para terminar esta exposición, nada mejor que citar al propio J. B. Say cuando dice: “La propiedad que un hombre tiene de su propia industria, se viola cuando está prohibido el libre ejercicio de sus facultades o habilidades, con la excepción de la interferencia sobre los derechos de terceros.” (Tratado de Economía Política, 1803). La plusvalía marxista es un espejismo económico basado en un error de Adam Smith que Karl Marx aprovecha astutamente. Lo que existe y vivimos día a día en el mundo real, es el aporte de los inversionistas de todos los proyectos a nuestra productividad y realización profesional, la plusvalía de Say.

Addenda: la noción de plusvalía como aporte del inversionista surge de conversaciones sobre la refutación de George Reisman (1996) a Marx, con el prof. Juan Ramón Rallo por medios electrónicos.

El capitalismo mató a Downton Abbey

Una mansión de terratenientes como Downton Abbey solo podía sustentarse contablemente mientras los salarios eran bajos como es propio en economías agrarias en grado elevado. Sin embargo, con las ideas de libertad y derechos individuales de la Ilustración Escocesa, se desata la empresarialidad en Inglaterra -lejos de los centros de poder político y cualquier plan gubernamental- y con ella la reinversión constante en nuevas tecnologías ahorradoras de tiempo. Gracias a máquinas y métodos de organización empresarial, quienes se unían a nuevos talleres y fábricas veían sus ingresos aumentar frente a otros oficios. La nueva producción, mayor en volumen y mejor paulatinamente elevaba los salarios.

En términos económicos, la formación de capital elevaba los salarios a nivel agregado y a la vez cambiaba la productividad marginal del salario entre distintas actividades.

Era habitual tener 3 o 4 niveles de jerarquía de servicio doméstico

El trabajo menial o doméstico empezó a volverse prohibitivo. En la serie de TV vemos como temporada a temporada el personal disminuye y la tierra es vendida o puesta a producir más empresarialmente (que rentísticamente como en todo sistema feudal o semifeudal). Eso ocurre en todo país que desarrolla su potencial empresarial: aparecen nuevos oficios y profesiones, cada vez mejor equipados (eso es el capital en resumen, las máquinas y métodos productivos que la empresa aporta) y por tanto el trabajo doméstico -que no implica producción de bienes adicionales sino de mantenimiento de los existentes y apoyo en actividades de consumo– encuentra un porcentaje menor de gente dispuesta a hacerlos. Ya hay mejores oportunidades (empleos más atractivos).

Un mundo elegante pero solo abundante para pocos

Empieza a volverse auténticamente -y no por decreto- prohibitivo contratar gente para esas tareas. Que las familias aristocráticas y terratenientes como los Crawley hayan tenido que tornarse más empresariales, más inversionistas -lo cual vía capital eleva la producción para todos- o simplemente tener que deshacerse de sus tierras hereditarias, ha sido un efecto del proceso empresarial. La mansión histórica es hoy un museo y se sostiene en parte gracias a la serie televisiva.El capitalismo mató a Downton Abbey, el modo de vida generalizado. Sin embargo, gracias al capitalismo tenemos TV, cable, cine, productoras y el tiempo libre para ver una serie producción de tan alto nivel como Downton Abbey.

Una de las cosas que notaremos al verla es que cada vez más de nosotros tenemos una calidad de vida mucho mejor que la de los aristócratas de hace solamente 100 años, salvo en un aspecto  que todos modos es cada vez menos relevante gracias a los electrodomésticos que nos trajo también el capitalismo: la de contar con ayuda doméstica.