«¿Lo grande es malo? El poder económico de las corporaciones», por Don Mathews

«¿Lo grande es malo? El poder económico de las corporaciones»,
por Don Mathews
Entorno corporativoTodos los años, la revista Fortune publica su lista “Fortune 500″, de las quinientas corporaciones más grandes. Para algunos, la “Fortune 500″ es un homenaje retorcido a la institución más ávida y letal que ofrece el capitalismo: la gran corporación.
Los críticos del capitalismo y de las grandes corporaciones usualmente afirman que dichas compañías tienen un poder económico excesivo y utilizan ese poder para explotar a los consumidores y a los trabajadores.
Por supuesto, no todos piensan que las grandes corporaciones representan una amenaza económica, pero es sorprendente -al menos para mí- cuánta gente piensa que las grandes firmas explotan a los consumidores y trabajadores de una u otra forma.
Mi mujer y yo, una vez fuimos a una cena en la cual nuestro anfitrión y nuestra anfitriona, ambas personas encantadoras, se pasaron la mitad de la noche hablando acerca de las horribles grandes corporaciones. Lo gracioso fue que la comida que prepararon, los instrumentos que utilizaron para hacer la comida, los platos sobre los cuales sirvieron la comida, y los muebles sobre los cuales nos sentamos a comer, todos estaban producidos por grandes corporaciones.
No creo que esté bien molestar a los amigos en su casa cuando uno es un invitado, por lo cual no destaqué estos detalles. Más tarde, con mi panza llena y mi dignidad intacta, volví a casa con mi mujer en nuestro auto que fue construido, sí, por una gran corporación.
¿Las grandes corporaciones explotan a los consumidores? Considero que “explotar” en este contexto significa producir bienes de menor calidad y venderlos a precios que dan grandes ganancias. ¿Las grandes corporaciones producen productos malos? Comparen la calidad y la variedad de bienes y servicios que hoy existen con aquellos que estaban a la venta hace cinco, diez o veinte años.
¿Cuál preferirán? La respuesta no requiere demasiado pensamiento. Por supuesto, los emprendedores son responsables por un gran número de innovaciones, pero sólo se necesita un día de compras para ver que las grandes corporaciones también han traído un montón de productos nuevos y mejores al mercado.
¿Cobran las corporaciones precios que les provocan grandes ganancias?
Antes de mirar los datos empíricos, deberíamos destacar que realmente no tiene mucho sentido utilizar, como lo hacen muchos críticos de negocios, la ganancia y los márgenes de ganancia como medidas del nivel en que las corporaciones “explotan a los consumidores”. El intercambio es voluntario en un libre mercado.
Si un consumidor paga un precio por un bien, y una corporación no está obligada por leyes que restrinjan la competencia y no falsea su producto, entonces no hay ninguna razón para concluir que la corporación explota al consumidor simplemente porque ganan mucho dinero en el intercambio (Si la ganancia es una medida de explotación, ¿las corporaciones que pierden plata, están siendo explotadas por los consumidores?).
Pero supongamos que cobrar precios que provocan grandes ganancias constituye la explotación del consumidor. La lista Fortune 500 nos informa que la empresa con mayores ganancias en 1994 fue Ford, con U$S 5.300 millones de ganancias. Es un montón de dinero, pero vino por réditos de U$S 128.400 millones.
Las ganancias de Ford sumaban el 4,1 por ciento de sus réditos. General Motors, la corporación más grande en 1994, ganó 4.900 millones de dólares – 3,2 centavos por cada dólar de rédito. ¿Qué hay de esas antiguas grandes petroleras? De cada dólar recibido por Exxon, el productor de petróleo más grande, 5 centavos fueron de ganancia. Mobil, la segunda en tamaño, sólo se quedó con 1,7 centavos de cada dólar.
Para las compañías de Fortune 500 de 1994, el promedio de ganancia como porcentaje de ingresos por ventas fue de 4,6. El restante 95,4 por ciento cubrió costos: salarios y sueldos de trabajadores, costos de otras materias primas, e impuestos.
El año 1994 no fue anormal. Durante los últimos diez años, el promedio de ganancia como porcentaje de las ventas para las 500 empresas más grandes ha estado entre 2,4 en 1992 y 5,5 en 1988. Estos números no parecen conducir a la explotación de los consumidores por parte de las corporaciones.
¿Qué hay de los trabajadores?
¿Las empresas explotan a los trabajadores? Explotar, en este sentido, tradicionalmente significa que los dueños de capital -accionistas-

Grandes empresas

emplean trabajadores para producir bienes pero expropian mucho del ingreso generado cuando los bienes son vendidos, dejando muy poco ingreso para los trabajadores.
¿El volumen de ingresos de la corporación va a los dueños del capital? En 1992, las ganancias post-impuestos de todas las corporaciones de Estados Unidos totalizaron U$S 249.100 millones. En el mismo año la compensación de los empleados de las corporaciones de Estados Unidos llegó a U$S 2.337.400 millones.
Los trabajadores recibieron el 90,4 por ciento del ingreso total de la corporación. Las porciones de ingresos de 1992 no son extraordinarias: los trabajadores recibían al menos 90 por ciento del ingreso corporativo que les podía distribuir cada año entre 1985 y 1992. En resumen, el volumen de ingresos de la corporación va a los trabajadores no a los dueños.
La noción de que las corporaciones explotan a los consumidores y a los trabajadores es parte de un mayor cargo de que las grandes empresas tienen un poder económico excesivo. ¿Lo tienen? ¿Qué se podría considerar excesivo? En realidad, en 1994, las 500 mayores corporaciones tenían recursos por U$S 9.600.000 millones, U$S 4.300.000 millones en réditos y U$S 215.000 millones en ganancias, cosa que es significativo para cualquiera.
Pero concluir que el poder económico está, por lo tanto, concentrado en grandes corporaciones es equivocado. ¿Por qué? Porque las firmas individuales actúan en su propio interés, no en los intereses de las grandes corporaciones como un grupo.
Las compañías tienen intereses dispares, y compiten entre sí. Consideremos las tres primeras compañías de la Fortune 500: General Motors, Ford, y Exxon. GM quiere lo que le conviene a GM, no lo que le conviene a la Fortune 500.
Sería mejor para GM si los precios del petróleo y el gas fueran muy bajos; los costos de producción de GM serían menores y sus autos serían más atractivos para los consumidores. Pero los precios bajos en petróleo y gas no estarían dentro de los intereses de Exxon. Exxon preferiría altos precios de petróleo y gas. GM y Exxon tienen intereses contrarios, y lo que es bueno para uno no necesariamente es bueno para el otro.
En el primer puesto de la lista de 1917 se encuentra U.S. Steel. Cuando se formó gracias a la fusión de ocho grandes empresas de acero en 1901, U.S. Steel se transformó en la empresa privada más grande del mundo: tenía una capitalización total de 1.400 millones de dólares y contaba con el 65,7 por ciento de las ventas de acero en los Estados Unidos.
Hacia 1917, U.S. Steel tenía recursos valuados en más de U$S 2.400 millones, más de cuatro veces de lo que tenía Standard Oil de Nueva Jersey (Exxon), la segunda corporación más grande. Pero, el mercado de U.S. Steel cayó a 45 por ciento.
Cuarenta años después, U.S. Steel era sólo la tercera compañía más grande y su porción de mercado era menor al 30 por ciento. Hoy U.S. Steel no es más U.S. Steel, sino USX, y tiene una porción del mercado de acero menor al 10 por ciento, recibe más ingresos por el petróleo que el acero, y está número 121 en la lista de grandes empresas de Estados Unidos, según los recursos.
El concepto moral de la historia de U.S. Steel puede servir para todas las empresas: en el mercado, ninguna firma está exenta de la competencia.
Aquellos que se preocupan acerca del poder económico de grandes corporaciones harían bien en pensar acerca de cómo fue que esas corporaciones se hicieron grandes.
GM y los otros miembros de la lista Fortune 500 no obtuvieron su nivel explotando a los consumidores y trabajadores. En 1994, GM ganaba U$S 155.000 millones en ventas y empleaba a 692.800 trabajadores. Una empresa no obtiene U$S 155.000 millones robando persistentemente a los consumidores y no retiene a 692.800 empleados abusando de ellos.

¿Cuán poderosas son las grandes corporaciones? Ni siquiera cercanamente tan poderosas como la competencia que las mantiene en su lugar.

Don Mathews

(tomado de liberalismo.org)

¿Es el dinero señal de vicio o de virtud? – Ayn Rand

-¿Así que creéis que el dinero es el origen de toda maldad? -dijo Francisco d’Anconia.

¿Alguna vez os habéis preguntado cuál es el origen del dinero? El dinero es un instrumento de cambio que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que dicta que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen. ¿Es eso lo que consideráis malvado?

Cuando aceptas dinero en pago por tu esfuerzo, lo haces sólo con el convencimiento de que lo cambiarás por el producto del esfuerzo de otros. No son los mendigos ni los saqueadores los que dan su valor al dinero. Ni un océano de lágrimas ni todas las armas del mundo pueden transformar esos papeles de tu cartera en el pan que necesitarás para sobrevivir mañana. Esos papeles, que deberían haber sido de oro, son una prenda de honor: tu derecho a la energía de los hombres que producen. Tu cartera es tu manifestación de esperanza de que en algún lugar del mundo a tu alrededor hay hombres que no transgredirán ese principio moral que es el origen del dinero. ¿Es eso lo que consideras malvado?

¿Has indagado alguna vez el origen de la producción? Mira un generador eléctrico y atrévete a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intenta hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que te dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Trata de obtener tu alimento sólo a base de movimientos físicos y aprenderás que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.

¿Pero dices que el dinero lo hace el fuerte a expensas del débil? ¿A qué fuerza te refieres? No es la fuerza de armas o de músculos. La riqueza es el producto de la capacidad de pensar del hombre. Entonces, ¿hace dinero el hombre que inventa un motor a expensas de quienes no lo inventaron? ¿Hace dinero el inteligente a expensas de los tontos? ¿El competente a expensas del incompetente? ¿El ambicioso a expensas del holgazán? El dinero se crea antes de que pueda ser robado o mendigado; es creado por el esfuerzo de cada hombre honrado, de cada uno hasta el límite de su capacidad. Un hombre honrado es el que sabe que no puede consumir más de lo que produce.

Comerciar por medio de dinero es el código de los hombres de buena voluntad. El dinero se basa en el axioma de que cada hombre es dueño de su mente y de su esfuerzo. El dinero no da poder para prescribir el valor de tu esfuerzo excepto por el juicio voluntario del hombre que está dispuesto a entregarte su esfuerzo a cambio. El dinero te permite obtener por tus bienes y tu trabajo lo que ellos valen para los hombres que los compran, pero no más. El dinero no permite tratos excepto aquellos en beneficio mutuo y por el juicio no forzado de los comerciantes. El dinero exige de ti el reconocimiento de que los hombres han de trabajar para su propio beneficio, no para su propio perjuicio; para ganar, no para perder la aceptación de que no son bestias de carga nacidos para transportar el peso de tu miseria, que tienes que ofrecerles valores, no heridas, que el lazo común entre los hombres no es el intercambio de sufrimientos, sino el intercambio de bienes. El dinero exige que vendas, no tu debilidad a la estupidez de los hombres, sino tu talento a su razón; exige que compres, no lo peor que ofrecen, sino lo mejor que tu dinero pueda encontrar. Y cuando los hombres viven a base del comercio –con la razón, no la fuerza, como árbitro final– es el mejor producto el que triunfa, la mejor actuación, el hombre de mejor juicio y más habilidad, y el grado de la productividad de un hombre es el grado de su recompensa. Este es el código de la existencia cuyo instrumento y símbolo es el dinero. ¿Es eso lo que consideras malvado?

Pero el dinero es sólo un instrumento. Te llevará donde desees, pero no te sustituirá como conductor. Te dará los medios para la satisfacción de tus deseos, pero no te proveerá con deseos. El dinero es la plaga de los hombres que intentan revertir la ley de causalidad: los hombres que buscan reemplazar la mente adueñándose de los productos de la mente.

El dinero no comprará la felicidad para el hombre que no tenga ni idea de lo que quiere; el dinero no le dará un código de valores si él ha evadido el conocimiento de qué valorar, y no le dará un objetivo si ha evadido la elección de qué buscar. El dinero no comprará inteligencia para el estúpido, o admiración para el cobarde, o respeto para el incompetente. El hombre que intenta comprar los cerebros de sus superiores para que le sirvan, reemplazando con dinero su capacidad de juicio, acaba por convertirse en la víctima de sus inferiores. Los hombres de inteligencia lo abandonan, pero los embaucadores y farsantes acuden a él en masa, atraídos por una ley que él no ha descubierto: que ningún hombre puede ser inferior a su dinero. ¿Es ésa la razón por la que lo llamáis malvado?

Sólo el hombre que no la necesita está capacitado para heredar riqueza; el hombre que amasaría su propia fortuna, sin importar desde dónde comience. Si un heredero está a la altura de su dinero, éste le sirve; si no, le destruye. Pero vosotros lo ignoráis y clamáis que el dinero lo ha corrompido. ¿Lo hizo? ¿O fue él quien corrompió a su dinero? No envidiéis a un heredero indigno; su riqueza no es vuestra y no habríais estado mejor con ella. No penséis que debería haber sido distribuida entre vosotros; cargar al mundo con cincuenta parásitos en vez de uno no habría hecho revivir la virtud muerta que constituyó la fortuna. El dinero es un poder viviente que muere sin su raíz. El dinero no le servirá a la mente que no esté a su altura. ¿Es ése el motivo por el que lo llamáis malvado?

El dinero es vuestro medio de supervivencia. El veredicto que pronunciáis sobre la fuente de vuestro sustento es el veredicto que pronunciáis sobre vuestra vida. Si la fuente es corrupta, habéis condenado vuestra propia existencia. ¿Adquiristeis vuestro dinero por fraude? ¿Cortejando los vicios o estupideces humanas? ¿Sirviendo a imbéciles con la esperanza de conseguir más de lo que vuestra capacidad se merece? ¿Rebajando vuestros principios? ¿Realizando tareas que despreciáis para compradores que desdeñáis? En tal caso, vuestro dinero no os dará ni un momento, ni un centavo de alegría. Todo cuanto compréis se convertirá, no en una honra para vosotros, sino en un reproche; no en un triunfo, sino en un evocador de vergüenza. Entonces gritaréis que el dinero es malvado. ¿Malvado, porque no sustituye al respeto que os debéis a vosotros mismos? ¿Malvado, porque no os dejó disfrutar de vuestra depravación? ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?

El dinero siempre seguirá siendo un efecto y rehusará reemplazaros como la causa. El dinero es el producto de la virtud, pero no os dará la virtud y no redimirá vuestros vicios. El dinero no os dará lo inmerecido, ni en materia ni es espíritu. ¿Es ésa la raíz de vuestro odio por el dinero?

¿O acaso dijisteis que es el amor al dinero el origen de toda maldad? Amar una cosa es conocerla y amar su naturaleza. Amar el dinero es conocer y amar el hecho de que el dinero es la creación del mejor poder dentro de ti, y tu pasaporte para poder comerciar tu esfuerzo por el esfuerzo de lo mejor entre los hombres. Es la persona que vendería su alma por una moneda la que proclama en voz más alta su odio hacia el dinero, y tiene buenas razones para odiarlo. Los que aman el dinero están dispuestos a trabajar por él; saben que son capaces de merecerlo.

Os daré una pista sobre el carácter de los hombres: el hombre que maldice el dinero lo ha obtenido de forma deshonrosa; el hombre que lo respeta se lo ha ganado honradamente.

Huye por tu vida del hombre que te diga que el dinero es malvado. Esa frase es la campanilla de leproso de un saqueador acercándose. Mientras los hombres vivan juntos en la tierra y necesiten un medio para tratar unos con otros, su único sustituto, si abandonan el dinero, es el cañón de una pistola.

Pero el dinero exige de ti las más altas virtudes si quieres hacerlo o conservarlo. Los hombres que no tienen valor, orgullo o autoestima, los hombres que no tienen un sentido moral de su derecho a su dinero y no están dispuestos a defenderlo como si defendieran sus vidas, los hombres que se excusan por ser ricos, no permanecerán ricos por mucho tiempo. Ellos son el cebo natural para las bandadas de saqueadores que se agazapan bajo las rocas durante siglos, pero que salen arrastrándose al primer indicio de un hombre que ruega ser perdonado por la culpa de poseer riqueza. Ellos se apresurarán a aliviarle de su culpa y de su vida, como se merece.

Entonces veréis el ascenso de los hombres de doble criterio, de los hombres que viven por la fuerza mientras cuentan con quienes viven del comercio para crear el valor del dinero que ellos roban, los hombres que son polizones de la virtud. En una sociedad moral ellos son los criminales y los estatutos están escritos para protegerte de ellos. Pero cuando una sociedad establece criminales-por-derecho y saqueadores-por-ley, hombres que utilizan la fuerza para apoderarse de la riqueza de víctimas desarmadas, entonces el dinero se convierte en el vengador de quien lo creó. Tales saqueadores creen que no hay riesgo en robarles a hombres indefensos una vez que han aprobado una ley para desarmarlos. Pero su botín se convierte en el imán para otros saqueadores, que lo obtienen igual que ellos lo obtuvieron. Entonces el triunfo irá, no al más competente en producción, sino al más despiadado en brutalidad. Cuando la fuerza es la norma, el asesino triunfa sobre el ratero. Y entonces la sociedad se deshace, envuelta en ruinas y carnicerías.

¿Queréis saber si ese día va a llegar? Observad el dinero. El dinero es el barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando veáis que el comercio se realiza, no por compulsión, sino por consentimiento, cuando veáis que para poder producir, necesitáis obtener autorización de quienes no producen, cuando observéis que el dinero fluye hacia quienes trafican, no en bienes, sino en favores, cuando veáis que los hombres se enriquecen por soborno y por influencia en vez de por trabajo, y que tus leyes no te protegen contra ellos, sino que les protegen a ellos contra ti; cuando veáis la corrupción siendo recompensada y la honradez convirtiéndose en autosacrificio, podéis estar seguros que vuestra sociedad está condenada.

El dinero es un medio tan noble que no compite con las armas y no pacta con la brutalidad. Nunca le permitirá a un país sobrevivir como mitad-propiedad, mitad-botín.

Siempre que aparecen destructores entre los hombres, empiezan por destruir el dinero, porque éste es la protección de los hombres y la base de una existencia moral. Los destructores se apoderan del oro y les dejan a sus dueños un montón de papeles falsos. Esto destruye todas las normas objetivas y deja a los hombres a merced del poder arbitrario de un arbitrario promulgador de valores. El oro era un valor objetivo, lo equivalente a la riqueza producida. El papel es una hipoteca sobre riqueza que no existe, sustentada por un arma apuntada a quienes se espera que la produzcan. El papel es un cheque cursado por saqueadores legales sobre una cuenta que no es suya: sobre la virtud de las víctimas. Vigilad el día en que el cheque sea devuelto con la anotación “Cuenta sin fondos”.

Cuando hayáis convertido la maldad en vuestro medio de supervivencia, no contéis con que los hombres sigan siendo buenos. No contéis con que ellos se mantengan en la moral y pierdan sus vidas por el objetivo de convertirse en pasto para lo inmoral. No contéis con que produzcan cuando la producción es castigada y el robo recompensado. No preguntéis “¿Quién está destruyendo al mundo?” Sois vosotros.

Os encontráis en medio de los mayores logros de la más productiva civilización y os preguntáis por qué se está desmoronando a vuestro alrededor, mientras condenáis la fuente sanguínea que la alimenta, el dinero. Miráis el dinero como los salvajes hacían antes de vosotros y os preguntáis por qué la selva está acercándose al borde de vuestras ciudades. A través de la historia de la humanidad el dinero fue siempre usurpado por saqueadores de una marca u otra, cuyos nombres cambiaron, pero cuyos métodos permanecieron igual: apropiarse de la riqueza por la fuerza y mantener a los productores atados, degradados, difamados, despojados de honor.

Esa frase sobre la maldad del dinero, que pronunciáis con ese irresponsable aire virtuoso, data de la época en que la riqueza era producida por la labor de esclavos, esclavos que repetían los movimientos descubiertos antes por la mente de alguien, y sin mejora durante siglos. Mientras la producción fue gobernada por la fuerza y la riqueza se obtenía a través de la conquista, había poco que conquistar. Sin embargo durante todos los siglos de estancamiento y hambrunas, los hombres exaltaron a los saqueadores como aristócratas de la espada, como aristócratas de nacimiento, como aristócratas del régimen; y despreciaron a los productores, como esclavos, como comerciantes, como tenderos, como industriales.

Para gloria de la humanidad, existió por primera y única vez en la historia del mundo un país del dinero, y no tengo más alto y más reverente tributo que ofrecerle a los Estados Unidos de América, porque eso significa un país de razón, justicia, libertad, producción y logro. Por primera vez la mente del hombre y el dinero fueron liberados, y no hubo más fortunas-por-conquista, sino sólo fortunas-por-trabajo, y en vez de guerreros y esclavos surgió el verdadero forjador de riqueza, el mayor trabajador, el tipo más elevado de ser humano: el “self-made man”, el hombre hecho a sí mismo, el industrial norteamericano.

Si me pedís que nombre la distinción más orgullosa de los norteamericanos, escogería, porque contiene todas las otras, el hecho de que fueron el pueblo que acuñó la frase “hacer dinero”. Ningún otro lenguaje o país había usado antes estas palabras; los hombres siempre habían pensado que la riqueza era una cantidad estática, a ser arrebatada, mendigada, heredada, distribuida, saqueada u obtenida como un favor. Los norteamericanos fueron los primeros en entender que la riqueza tiene que ser creada. Las palabras “hacer dinero” contienen la esencia de la moralidad humana.

Pero estas fueron las palabras por las que los norteamericanos fueron denunciados por las decadentes culturas de los continentes de saqueadores. Ahora el credo de los saqueadores os ha llevado a considerar vuestros más dignos logros como motivo de vergüenza, vuestra prosperidad como culpa, vuestros mejores hombres, los industriales, como granujas, y vuestras magníficas fábricas como el producto y la propiedad del trabajo muscular; trabajo de esclavos manejados con látigos, como las pirámides de Egipto. El bellaco que gesticula que no ve diferencia entre el poder del dólar y el poder del látigo, debería aprender la diferencia en su propio pellejo, como creo lo hará.

A menos y hasta que descubráis que el dinero es el origen de todo lo bueno, estáis buscando vuestra propia destrucción. Cuando el dinero deja de ser el instrumento por el cual los hombres tratan unos con otros, entonces los hombres se convierten en instrumentos de los hombres. Sangre, látigos, pistolas… o dólares. Escoged; no hay otra opción y vuestro tiempo se está acabando.

Discurso de Francisco D’Anconia, personaje de la novela La Rebelión de Atlas de Ayn Rand.

¿Queremos más dinero?

Más dinero en total solo es menor valor relativo de cada unidad monetaria adicional

Lo que queremos -yendo un paso más allá- no es dinero, son los bienes culturales y materiales que el resto ofrece a cambio de dinero.

Por eso son vitales la confianza y la seguridad, para que todos podamos producir y ofrecernos bienes mutuamente.


Por qué comprar en Colombia es bueno para el Ecuador

Dos fantasmas recorren el mundo: Colbert y Turgot, franceses muertos hace doscientos cincuenta años, luchan por lo que es justo y mejor en las políticas de comercio exterior de cada territorio. Ecuador es su más reciente escenario de batalla luego de que el presidente Rafael Correa pidió a la población que no vaya a comprar bienes a Colombia. Cada año, miles de ecuatorianos van de shopping a Ipiales —solo en el feriado del 10 de agosto dieciséis mil carros cruzaron la frontera—, donde no sufren tantas distorsiones arancelarias como en su país. ¿Es esto malo o es bueno para la economía ecuatoriana? ¿Quién tiene razón entres los dos franceses que están muertos y son inmortales al mismo tiempo, Colbert o Turgot? 

Colbert es el padre del colbertismo, la doctrina que buscaba impulsar la creación de industrias nacionales francesas aislando a los consumidores locales del mundo, e impidiendo a los trabajadores franceses emigrar. La impulsó como ministro de Estado y tuvo apoyo de los industriales beneficiarios. Turgot fue un teórico influyente por varias generaciones que cuando fue ministro de finanzas abolió trabas al comercio interior y exterior, y privilegios hereditarios para grupos de interés. Su iniciativa contra los privilegios le valió resistencia y ataques. En estos tiempos de postmodernismo rampante podría parecer posible una tercera posición: a veces tiene razón el uno y a veces el otro, dependiendo del país y las circunstancias. Pero en Economía, las leyes y relaciones esenciales tienden a ser constantes (o en realidad sería imposible estudiar la materia, piénselo por un instante). 

El mercantilismo es la vieja doctrina de los siglos XVI y XVII que consideraba las exportaciones algo positivo por sí mismo y las importaciones algo —supuestamente— negativo. Tanto así, que Francia tenía aduanas entre provincias. La gabela —del árabe qabala o “recibir”—, un impuesto a la sal, se aplicaba desigualmente entre distintas provincias. Las mujeres que fingían embarazos para acarrear sal desde Bretaña hacia el Este de Francia generaban doscientos mil empleos directos e indirectos. Desde luego, Colbert fue su enemigo declarado arrestando a dos mil ochocientos mujeres y niños que participaban del contrabando. Las aduanas entre provincias puede sonarnos absurdo. Y sí, lo es. Pero no es distinto, en esencia, que existan hoy aduanas entre países. 

¿Las importaciones son goles en contra?

La riqueza de las naciones de Adam Smith —el famoso economista escocés— es un alegato contra las ideas mercantilistas que sacudieron al mundo. Europa entera reduce monumentalmente o elimina las trabas al comercio entre territorios. Los Estados Unidos, Australia, Canadá (y luego Argentina) se fundan o refundan económicamente sobre las ideas de Smith, Turgot, y otros liberales. Durante ciento cuarenta años el mundo experimenta un crecimiento nunca antes visto y la aparición de países ricos por primera vez en la Historia. La primera globalización (1870-1914) sigue siendo la época en que más gente y más inversiones estuvieron a la vez operando fuera de sus lugares de origen. La Primera Guerra Mundial terminó con el clima de confianza e interdependencia de seis generaciones de creciente prosperidad como nunca antes se había visto.

Luego vino la resurrección de esa vieja doctrina mercantilista sobre el comercio exterior por parte de Lord Keynes, referente macroeconómico de los enemigos declarados de la dolarizacón como Acosta, Vicuña, Valencia, Falconí y Correa. Esta resurrección se refleja en su inclusión en la famosa (o infame) ecuación del P.I.B. como “X-M” o Exp(ortaciones)-Imp(ortaciones).  Sin embargo la balanza comercial no es Exp-Imp.  Como explica el economista costarricense Rigoberto Stewart, es esta:

CB = Prod + (Imp-Exp) 

Donde CB es la cantidad total de bienes y servicios que se logra disponer para el consumo; Prod son todos los bienes y servicios producidos en el país; Imp son todos los bienes y servicios importados, y  Exp son todos los bienes y servicios exportados.

El comercio no es un bien en sí mismo sino un medio para alcanzar un mayor bienestar. Exportar —¡sacar bienes locales lejos de aquí!— solo tiene sentido porque permite obtener dinero para poder importar (de la misma manera en que todos vendemos nuestros bienes y servicios a diario solo porque nos permite obtener los bienes y servicios de todos los demás en la división del trabajo) bienes que consideramos aún más valiosos. Y sabemos que importar es bueno por medio de la preferencia demostrada —las acciones hablan más alto que las declaraciones y manifiestos— ya que la gente renuncia a tener equis cantidad de dinero a cambio de un bien que valora más que esa cantidad. Gasta en él porque confía en él. Y viceversa, desde el otro lado. Cada acto comercial implica creación (aumento) de valor para los participantes. Las importaciones no son goles en contra. No es fútbol. No es un juego ganar-perder, no es teoría de juegos. Es cataláctica.

¿Es malo salir a comprar afuera? 

Salir de compras fuera de las fronteras de un país secuestrado por el proteccionismo colbertiano, como Ecuador, es un acto de rebeldía tributaria como ha habido cientos en la Historia. Sin embargo el proteccionismo que impone el presidente Correa en pleno 2015 ni siquiera es enteramente colbertiano porque los ecuatorianos salen a Colombia a comprar bienes que no se producen en suficiente cantidad o calidad en Ecuador. No solo que el mundo ha vuelto a los ecuatorianos consumidores más exigentes —mientras que la productividad no ha ido en la misma dirección— sino que el gasto estatal estimula una demanda total imposible de suplir con la calidad y cantidad locales. El gobierno ecuatoriano ha pedido que la gente deje de salir a comprar a Colombia y a Perú por las fronteras. No va a suceder. Los otros gobernantes o gremios que han pedido a sus connacionales no comprar en la frontera o del otro lado de ella son: Haití — que no compren alimentos en República Dominicana—, Paraguay —que no compren bienes de todo tipo en Argentina de “dólar barato”— y Venezuela. No precisamente un club de despegue económico y alta calidad de vida. 

El ejemplo más mencionado en el caso ecuatoriano es el del televisor de 49 pulgadas que en el país se vende por unos USD 1.200 y en Colombia se consigue en USD 780. Con esos cuatrocientos dólares de diferencia una familia ecuatoriana puede pagar un mes de estudios universitarios o no endeudarse en reponer y mejorar sus aparatos caseros. La suma de todo ese dinero representa un notable excedente del consumidor —en este caso no sobre los productores locales sino la voracidad fiscal del Estado—. Dado que el crecimiento del gasto público y recaudación directa de impuestos han sido tres o cuatro veces mayor que el de la producción real en el Ecuador en estos años, no es concebible un argumento a favor de recaudar mediante comercio. La falacia más grande en las teorías de comercio exterior es la que asume que existe un “interés nacional” cuando en realidad los consumidores y empresarios capaces se ven favorecidos por la libertad comercial y los gobiernos y empresarios victimistas están del otro lado, pero para colmo presumiendo representarnos a todos. 

La batalla por el comercio como un derecho individual versus como prerrogativa tecnocrática (o fiscalista) lleva al menos doscientos cincuenta años. Cuando ganan Colbert y los mercantilistas, ganan los grupos que el Estado privilegia y gana el Estado. Cuando Turgot y los liberales ganan, el consumidor tiene más alternativas, son más baratas y el pobrecito empresario tiene que readaptarse a líneas de producto complementarias y no redundantes con el entorno regional de negocios. Haciendo las sumas y restas, comprar en Colombia es un acto turgotiano y es bueno para el ecuatoriano.

Publicado originalmente en GK – https://gk.city/2015/09/07/que-comprar-colombia-es-bueno-el-ecuador/ · 7 de septiembre del 2015 – 

Una Visión Pobrista – Alejandro Rozitchner

Por Alejandro Rozitchner

El pobrismo no es un mecanismo de dominación, es una visión de la sociedad, una filosofía de vida, una versión del mundo. Como forma de dominación es muy imperfecta, ya que debe pagar un altísimo costo en la violencia que engendra y en la potencial revuelta justiciera que hace asomar en el horizonte. El pobrismo es una forma de vivir la vida y de pensar el país, una manera reducida de concebir al ser, la creencia absurda de que el destino se manifiesta como una serie infinita de carencias y que cualquier propuesta debe respetar el peso de ese límite. La carencia es promovida como si se tratara de una prueba de honradez, como si ser honrado fuera no aspirar a más porque todo querer nos compromete en los caminos del mal. Su moral es una moral de quedados que dicen estar siempre bajo una voluntad ajena, cuando por lo general antes de la existencia de esa voluntad enemiga lo que se evidencia es la falta de una voluntad propia.

El pobrismo es la política de la neurosis, de aspirar a poco, el plan de no pagar, no ya la deuda externa sino ninguno de los precios que una sociedad debe pagar para conquistar un buen nivel de vida generalizado. Ni pagar cada persona los precios de su crecimiento personal, se trate de su crecimiento afectivo, laboral, espiritual, de cualquier tipo. Pobrismo es no ver ni entender que pagar los altos precios que requiere la realización de  una persona madura o de una sociedad madura  es lo que permite elevar el nivel de vida, como si la finalidad fuera ante todo la de no modificar la existencia de una pobreza a la que se dice querer eliminar pero a la que se reivindica al mismo tiempo como cultura popular, como expresión de  sabiduría y campo de valores superiores. Pobrismo es hacer de la comunidad carenciada una comunidad virtuosa, del hombre caído un personaje siempre más valioso y mejor que el hombre entero y capaz de algo.  Pobrismo es confundir el hecho de que es necesario ayudar y asistir y educar y formar a quienes padecen de miseria con la creencia de que a ese estado se llega por haber sido bueno.

Pobrismo es rechazar el crecimiento por ver en la riqueza que este genera la huella del diablo, pobrismo es ser más sensible a las pérdidas que todo crecimiento siempre produce que a los beneficios de tales metamorfosis. Pobrismo es estar enamorados de los momentos débiles del desarrollo, preferir subrayar esos costos antes que hacer pie en los posibles resultados de las apuestas osadas y tal vez exitosas. Pobrismo es no aspirar a una vida plena sino a una mera supervivencia, lo que constituye una forma de involucionar. Pobrismo es no querer crecer, ver en el crecimiento una tentación indebida, tener un repertorio de ideas para afear el camino de quien quiere crecer, para arruinárselo, con la moral absurda de que si yo no puedo o no quiero tampoco debe poder o querer nadie. Pobrismo es mirar para atrás, pensar para atrás, querer para atrás, asegurarse la quietud con estratégicas morales de respeto y de temor. Pobrismo es creer que el temor es una reverencia frente a una instancia importante que debe respetarse, no captar la debilidad que ese temor entraña y no querer por lo tanto nunca superarlo.

Pobrismo es creer que la gente que tiene plata no puede querer el bien del país y por el contrario creer que lo que quiere y decide alguien en mala situación es siempre bueno y correcto. Pobrismo es creer que las malas ideas, las comprensiones limitadas de la situación, desde el momento en que se tornan masivas se vuelven también verdaderas e imprescindibles.

Pobrismo es, para un político, cortejar a la pobreza como a una novia, siendo incapaz de generar otra estrategia de poder que la de reinar en el vacío. Pobrismo es depresión de líder que no puede dejar de querer reinar pero no sabe bien para qué, y pobrismo es también suponer que a todo líder le pasa lo mismo, dar esa versión miserable de los hechos según la que todo en el fondo responde al mismo vacío. Pobrismo es halagar al sentido común, halagar al pueblo en sus aspectos más quedados y conservadores, pobrismo es conformar ese poder de un pueblo encaprichado con el facilismo, armar una ciudadanía con el lomo de sus prejuicios bien sobado, contenta de ser mediocre y tiránica a la hora de descalificar cualquier instancia que busque desafiarla, hacerla crecer, llevarla a confrontar con sus límites de comodidad y a desprenderse de su moral de pobreza justa, de pobreza racionalizada, de pobreza padecida pero de la cual siempre otro es responsable, de pobreza que se convierte en plan del lucha en contra de aquel que osó no ser pobre para castigar su osadía.

Pobrismo es preferir no hacer olas y quedarse en el confort y la retroalimentación que produce el grupo de frustrados, es no querer explorar las posibilidades disponibles, preferir el juego de rechazarlas a todas para hacer más fuerte el sentido colectivo de la frustración y centrarse en una lucha inverosímil e inventada, falsa, optar por culpar al rico, al menos pobre, al que busca, como si fuera responsable absoluto de la existencia de las dificultades que se padecen.

No digo que nuestra sociedad sea total y fatalmente pobrista, pero me parece productivo mirar a la cara estas tendencias poderosas en nuestra vida social, porque es el único modo de aspirar a desactivarlas. Hay entre nosotros también otras visiones, más capaces y más vitales. Sería bueno distinguir unas de otras y aprender a apoyar las tendencias más aptas para aprovechar lo que de positivo tiene nuestro momento actual. Argentina tiene necesidad de enormes dosis de buena conciencia, es decir, de modos de mirar la vida que la hagan superar las miserias mentales que engendran miserias materiales. Dejar de creer que nuestra pobreza proviene de enemigos feroces, modificar el vicio de crear y recrear nuestros vacíos meritorios.

Keynes muere en Europa del Este

Keynes ha muerto. No en los EEUU ni Latinoamérica lamentablemente, donde aún es el economista mas influyente en izquierdas y derechas. Pero afortunadamente una región del mundo aparte de la sabiamente pragmática Asia, ya está dando pasos para enterrar a Lord Keynes y su influencia. Se trata de 8 países con mercados mayormente abiertos interna y externamente, impuestos de tasa fija y un sector privado entendido no como vaca lechera sino con existencia por derecho propio.

Lord Keynes se pasó la vida entera tratando de convencer al mundo de que «el mercado» no podia manejarse a sí mismo y necesitaba gente -como él, claro- para intervenirlo. Keynes es nada más y nada menos que el santo patrono de los tecnócratas de todo el mundo. De izquierdas, en forma de deficits elevados e impuestos altos. De derechas, en forma de retención de impuestos en la fuente y de intervenciones «para la eficiencia». Pero el sistema keynesiano ignoraba dos realidades fundamentales: a) el mercado es un proceso, la suma de acciones individuales que buscan el acierto y tratan de evitar el error, y b) la Ley de Say de los mercados, que nos enseña que la producción genera capacidad de consumo inevitable y proporcionalmente.  Por lo tanto, la causa de las crisis económicas debe buscarse en otro lado. En eventos impredecibles como guerras y desastres naturales, o en la igualmente desastrosa actividad del gobierno en la economía, que debe pagarse tarde o temprano. Pero las medidas keynesianas de castigar al ciudadano en periodo de vacas gordas, para supuestamente ayudarle en el de vacas flacas, en realidad nunca fueron acertadas. Más que cualquier otra cosa, sirvieron durante todo el siglo XX para que los gobernantes se volvieran gastadores y elevaran impuestos, adquirieran deuda y provocaran inflación sin consecuencias, porque tenian una teoría justificándoles. Como dijo el keynesiano John K. Galbraith, «Hitler fue el verdadero exponente de las ideas keynesianas». Su influencia llevada consecuentemente a la practica generó déficits, hiperinflaciones y pérdidas de inversiones y capital humano en todo el mundo, pero sobre todo en Latinoamérica. Gracias, Lord Keynes.

En contraste, cuando los estadounidenses de ideas keynesianas quisieron aplicárselas a la Alemania de posguerra, el sagaz ministro de finanzas Ludwig Erhard les dijo «no, gracias». ¿El resultado? Ese país vivió un verdadero «milagro económico» en contraste con la keynesianamente administrada Francia, que hasta el dia de hoy sigue siendo un país receptor de subsidios internacionales. En contraste también, y luego de haber vivido 40 años de socialismo, 8 países de Europa del Este le dicen «no, gracias» a las ideas de economía mixta en el aula, la prensa y sus políticas. Las facultades de Economía enseñan autores que derrotaron a los keynesianos en la teoría y en resultados, como Milton Friedman (a pesar de ser en ciertos puntos un keynesiano de derechas) y sobre todo los grandes Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek y su Escuela Austriaca. Tiene sentido: después de haber probado el desastre completo, no quedan ganas de probar el desastre a medias. Nada de economía mixta o pajaritos preñados, piensan en las mejores facultades de Republica Checa, Estonia o Lituania: hay que hacer lo que los estadounidenses, suecos e ingleses hicieron para desarrollarse, no las barbaridades que hacen ahora que ya pueden darse ese lujo. Como resultado, ellos también viven su propio milagro económico, creciendo a un 6-7% anual y abandonando muy velozmente la pobreza moral y material en que les dejó el socialismo. Sigamos el ejemplo de Europa del Este: ya no seamos keynecios.

*Publicado originalmente en el periódico interno de la USFQ (2012)

En defensa del lujo

Por Juan Fernando Carpio

IPhone

¿Qué tienen en común un dije de oro con el rostro de Helena, un violín Stradivarius, un reloj Cartier, un traje Armani y un iPhone 4s? Nada tecnológico. Simplemente hay algo en lo lujoso que ha sacado de quicio a estoicos, ascetas, mendicantes, izquierdistas y hippies por turnos a lo largo de la historia. Los ataques contra el lujo datan de al menos 2500 años atrás y provienen de una serie de pensadores, desde niños ricos rebelándose contra su condición pasando por revolucionarios igualitaristas hasta llegar a filósofos con todas las credenciales.

Pero, ¿qué es el lujo y por qué genera tantos odios de vez en cuando? El diccionario define el lujo como “aquellos bienes, arreglos, manufacturas, obra de arte u objetos que exceden lo necesario.” ¿Cómo es eso de lo “necesario”? De vez en cuando aparece algún comedido que nos dice que lo necesario para vivir es “alimento, vestido y vivienda”. Pero eso reduce a los seres humanos a sus necesidades biológicas (energía, protección frente a los elementos). En otras palabras a nuestro lado animal. Pero los seres humanos somos algo cualitativamente distinto: tenemos la capacidad de soñar, proyectar y crear. Es decir que una necesidad muy íntima del ser humano es hacer arte, darle vida a sus ideas e inventar. Y aquí es donde aparece el lujo en escena: en todas esas cosas que desde un punto de vista animalista-mecanicista “no son necesarias” pero enriquecen nuestras vidas.

Para un porcentaje importante de la población no da lo mismo tener un iPod que cualquier otro reproductor de MP3. La razón: un producto Apple es no sólo “función” sino también un “statement of fashion” es decir un aporte a la autoimagen de su usuario. Como primates avanzados, en nuestra capacidad de embellecer y decorar también reside la esencia de lo humano. Es fácil atacar un iPod o un yate, pero lo es mucho menos con una sinfonía de Beethoven o una receta gastronómica con 40 ingredientes -son “cultura”. He ahí el ardid conceptual de los enemigos del lujo: critican al consumidor de lujos -al usuario- pero no al creador: esa sí, un alma sensible y artística o industriosa.

¿Se obtiene el lujo a costa de alguien más? En tiempos de teocracias y regímenes feudales el lujo siempre surge a costa de la calidad de vida de otros. Faraones, dictadores socialistas o emires árabes son la única imagen del lujo que muchos tienen aún. En parte comprensible: en el pasado muchas tierras y fortunas se adquirieron mediante el uso de la fuerza y no mediante el comercio. Pero en sociedades industriales-comerciales la riqueza se crea al distribuirse: lo que poseemos ya no viene a costa de alguien más.

Al analizar el lujo muchas veces se separa “lo bello” de “lo funcional”. No deja de ser una división imposible. Muchos de quienes atacan lo “excesivo” en cierto asunto, lo defienden a capa y espada en otro. Muchos amantes de la música consideran una escultura algo innecesario y muchos artistas no entienden la belleza de un invento mecánico o una fórmula matemática. Nuestra primera defensa del lujo pasa por la Ética: lo que otros hagan con su cuerpo y sus materiales pacíficamente adquiridos, no es asunto nuestro, no nos perjudica y no siempre lo entenderemos. En Economía se define un bien de lujo como aquél cuya demanda aumenta sobre proporcionalmente cuando aumenta el ingreso. Notemos algo: el lujo no se define sino de forma relativa. El lujo siempre es lujo en algún contexto específico.

Citando al mejor economista del siglo XX, Ludwig von Mises: “los lujos de hoy son los bienes normales de mañana”. Por su parte la filósofa rusa Ayn Rand nos dijo que “la función del arte es mostrarnos las cosas tal y como podrían ser” siguiendo a Mises podemos decir que la función del lujo es mostrarnos el camino masificador para que las cosas lleguen de ese modo, a ser para todos. El progreso humano no es estático: lo que nos parece un bien absolutamente normal el día de hoy, empezó sin duda alguna como un lujo (¿extravagancia?) para unos pocos.

Pensemos en un sandwich de jamón de cualquier tienda de barrio en Quito, Ecuador. Sin duda sería un bien de delicatesen en Zimbabue, país atrasado tal vez 40 años a aquél otro en poder adquisitivo. Pero si vamos a Noruega, el sánduche que come un albañil allá nos resultará estilo delicatesen en sus ingredientes si viajamos desde Ecuador. Y es que el lujo siempre es “respecto a”. Seguramente para nuestros antepasados del paleolítico, cualquier choza de dos pisos sería una mansión. Que cada hijo de una familia tenga sus ropas y zapatos en vez de heredarlos de sus hermanos mayores hace no mucho era visto como un lujo para “los ricos”. Igual sucedió con el automóvil, la computadora personal, el teléfono celular o el reloj de pulsera y un largo etcétera.

Puso en una letra Cerati: “lo que para arriba es excéntrico, para abajo es ridiculez”. Que los más prósperos o creativos busquen adornar sus vidas con lujos no representa una amenaza para el resto de nosotros y por el contrario, representa un sistema de prueba y error de gustos. Luego de sus fracasos -y aciertos- ya veremos el resto de nosotros qué nos parece sensato y de buen gusto para adoptar. La humanidad ya vivió 5.000 siglos de lo que Hobbes llamó “la vida corta, brutal y miserable”.

Démonos ahora el lujo de disfrutar un poco de todas esas cosas para algunos “innecesarias” que nos mejoran la vida, incluyendo desde luego, leer esta revista.

El original apareció en la Revista Soho de Abril 2012 versión Ecuador y en Instituto Ludwig von Mises Ecuador. Incluye ediciones.

Los ungidos

(Este texto fue publicado en diario Hoy de Quito, el 6 de Enero de 2005. Lamentablemente no ha perdido validez por el actual contexto latinoamericano)
————————————————————-

Hace 15 años cayó el Muro de Berlín. Una ironía, lo tuvieron que tumbar los ciudadanos de Europa del Este cuando en realidad debió ser demolido por los dirigentes colectivistas. Era el monumento vivo a su fracaso intelectual Pero los ungidos en todo el mundo, y en especial en Latinoamérica, no se han enterado.
¿Quiénes son los ungidos? A pesar de que nadie les haya elegido realmente, presentan una serie de síntomas de ‘mesianitis aguda’.
Consideran al libre mercado una realidad en el Ecuador, sin recordar que siempre ha existido un sistema de prebendas y desigualdad ante la ley. Y a eso, pretenden reemplazarle con más regulaciones y Estado porque “es demasiado libre”.

Los ungidos
Los ungidos

Abandonaron el partido -los más listos- para sumarse a una ONG. Hablan
un lenguaje propio, políticamente correcto, que desemboca en el uso de términos como “afroafricano” y “violencia estructural transgenérica”. Piensan en posmoderno, abusando de vocablos como “procesos”, “discurso”, “estructura”, etc. Creen haber abandonado a Marx, pero repiten sus errores más burdos con maquillaje marcusiano-foucaultiano-derridiano, requisito para el cafetín de moda.
Ya que reciben sueldos en dólares desde antes que el resto de nosotros, les conviene volver a una moneda insegura y no se cansan de proponérnoslo. La organización para la que trabajan no recibe auspicio y fondos voluntarios, si no tomados a la fuerza por un Gobierno de un país más
capitalista. Desprecian el mercado en general, pues premia a la gente
productiva más que a ellos, una osadía insoportable. Ignoran que el mercado es un plebiscito diario que deberían respetar tanto como a sus propias asambleas, comisiones y cónclaves. No ganan elecciones pero se sienten con autoridad moral para proponer modelos neototalitarios multicolor.
Miran con recelo el éxito, la productividad, la riqueza, la
belleza y la alegría que no están bajo su control. Ante el fracaso del
socialismo, se alinean con o contra el ‘neoliberalismo’, en una variante
tecnocrática y dirigista. Los ungidos se sienten defensores de las minorías,
pero atropellan intelectual y políticamente a la minoría más importante, el
individuo. Se sienten defensores de los pobres, pero proponen recetas que crean más pobreza. Piensan que un impuesto a los ricos no lo terminan pagando los pobres, y que el libre comercio no es lo que ocurre entre Chimborazo y Guayas.
Los ungidos desconfían de los ‘ricos’, salvo los que siempre
les financian. Creen que con regulaciones protegen al público de los
empresarios, sin saber que en realidad protegen a los empresarios de los
competidores pequeños. Creen con aranceles protegen el empleo local, cuando en realidad evitan que la producción se mueva hacia donde elevaría la calidad de vida de millones. Les encanta crear nuevos organismos burocráticos, darse empleo en ellos y empezar a intervenir la vida de los demás. Por último, los ungidos no fueron ungidos por nadie, pero qué importa: ellos saben lo que es mejor para nosotros.

¿Más seguridad a través del Estado?

¿Deberiamos buscar más seguridad a través del Estado?

Para la gran mayoría de los ciudadanos existe una sola sencilla y efectiva solución a nuestro problema de seguridad: otorgar el monopolio de la fuerza al Estado. Otra alternativa les resulta inconcebible. El objetivo de este artículo es poner dicha afirmación en duda.

candado / lockSeguridad e inseguridad

Bajo seguridad entendemos la tenencia ininterrumpida de propiedad justamente obtenida, o sea la propiedad sobre:

1. el propio cuerpo.

2. objetos que no tenían dueño, y que el propietario transformó a través de sus acciones, convirtiéndose así en su primer propietario.

3. objetos que el propietario obtuvo a través de la transformación de objetos de los que es primer propietario.

4. objetos que pertenecían a otras personas, y que obtuvo a través de transacciones voluntarias con las mismas -regalo o intercambio.

Hablamos de una violación de la propiedad cuando un tercero se apodera o hace uso de un objeto en contra de la voluntad de su propietario (expropiación) o cuando hay amenaza de expropiación. «Inseguridad» implica que la resolución de este conflicto puede quedar en manos del expropiador.

La producción de seguridad tiene como objetivo proteger la propiedad justamente obtenida, y todas las actividades que impiden o dificultan el uso y goce de la propiedad constituyen un factor de inseguridad.

(Subterráneo NYC, 1982)

Fuentes generales de inseguridad

¿Por qué hay personas que no cumplen con las normas de convivencia arriba nombradas?

Podemos distinguir tres casos básicos:

1. Personas que no están para nada interesadas en la vida en sociedad. Este caso no nos interesa, ya que lo que nos ocupa es entender la organización de la sociedad.

2. Personas que son de la opinión de que las normas nombradas no constituyen elementos indispensables de la organización política de toda sociedad. Cuantas más personas de este tipo existan en una sociedad, más insegura será la misma. A este tipo de fuente de inseguridad la podemos denominar inseguridad política.

3. Existen algunas características de la naturaleza humana que constituyen una fuente de inseguridad, aún en aquellas sociedades en las que se aceptan las normas básicas. El origen de este tipo de inseguridad se origina en insuficiencias intelectuales y/o morales.

– Las insuficiencias intelectuales son causas de inseguridad porque a veces no es del todo simple y claro determinar a quién pertenece qué, por ejemplo, cuando surge un problema no previsto en el contrato original. Por lo general, la inseguridad que surge de esta fuente es de corto plazo.

– Las insuficiencias morales constituyen una fuente de inseguridad muy diferente. Ocurre cuando una persona A sabe muy bien que otra persona B es el legítimo propietario de un determinado bien, y decide tomarlo de todas maneras. Este caso abarca delitos tales como robo, asalto, homicidio, etc. También en este caso, la inseguridad radica en la incompatibilidad de los deseos de dos personas de quedarse con un determinado bien. La inseguridad proveniente de esta fuente tiende a ser más importante.

La pregunta que ahora queremos responder es: ¿Cuál es el tipo de organización política que nos permite reducir la inseguridad de manera más eficiente?

Los aspectos positivos de la inseguridad

Existen caminos indirectos a través de los cuales la existencia de cierto grado de inseguridad puede tener consecuencias positivas. Esto, pues los medios utilizados para combatirla aportan elementos que se pueden utilizar en otros aspectos relevantes de la vida.

Al resolverse un conflicto con éxito, se crean antecedentes para resolver eficazmente conflictos similares en el futuro.

Pero las ventajas indirectas de la inseguridad tienen un alcance aún mayor. El principal medio a través del que minimizamos la inseguridad es el lenguaje, que nos permite discutir y argumentar con nuestros oponentes, y que también nos permite ganar el apoyo de otras personas. Un medio relacionado con el lenguaje y la argumentación es la objetividad.

Por: Jörg Guido Hülsmann, PhD.

Traducido por Juan Fernando Carpio

¿Es el interés «el precio del dinero»?

Bajo el influjo de las ideas neoclásicas -reducir el ser humano a un supuesto “homo economicus”- se enseña en facultades de Economía y en programas de MBA la idea de que el interés es el “precio del dinero” (o peor aún, su “costo”). Esta noción no es solamente falsa sino dañina. Es falsa porque el precio del dinero es lo que debe entregarse para obtener dinero o a su vez lo que el dinero compra en términos del resto de bienes y servicios. En otras palabras, compramos dinero mediante nuestro trabajo o bienes. Eso es el precio del dinero: qué pagamos para obtenerlo (en energía, tiempo, talentos y esfuerzo) y se verifica en su anverso: cuántos bienes podemos obtener mediante cada unidad monetaria. El costo del dinero en cambio es el de minería si existe dinero real o en el sistema actual de dinero fiat (creado por decreto y sin respaldo), el costo marginal de cada billete.

Es una noción dañina porque lleva  mutatis mutandis a la conclusión de que se puede reducir el interés imprimiendo más dinero (generalmente mediante bonos). Lo cual no reduce el interés natural (la relación socialmente posible y a la vez percibida entre bienes presentes y bienes futuros, en otras palabras, el ahorro) sino que lo oculta. Los actores tomarán más préstamos y a más largo plazo de los que el ahorro (una dimensión real de cada territorio con su sistema político-legal más o menos confiable y su cultura más o menos largoplacista). Resultado: auge artificial de ciertas industrias -especialmente, la construcción- y recesión “inexplicable” a continuación.

El interés es el arriendo del ahorro ajeno. Es un precio, pero simplemente, el precio de alquilar el sacrificio o renuncia ajenos al consumo inmediato. Y así debe ser tratado en la teoría y en la práctica financiera cotidiana.

Samuelson, Coase y el faro forzoso

Paul Samuelson, autor del  tratado de introducción a la Economía  más influyente durante muchos años y ganador de un Nobel por algún otro tema, sostenía que un bien público es uno que debido a ser no-rival y no-excluíble/yente tenía que financiarse mediante impuestos (es decir, por la fuerza).

Los faros eran el falso ejemplo de «bienes públicos» contra la evidencia histórica, en las pizarras de muchos economistas

El ejemplo que daba Samuelson era el de un faro en las costas. Dado que se benefician de su existencia todos sin posibilidad de excluirles de orientarse por ellos ayuden o no a financiar el faro (por ende, se iban a sub-producir faros) y a la vez su uso por unos no reducía la posibilidad de uso por parte de otros, debía forzarse a la gente a financiarlos. Para tener bienes públicos había que cobrar impuestos, el faro lo demostraba.

El único problema con esa tesis repetida por décadas y hasta ahora en aulas en toda Latinoamérica es que otro célebre economista (receptor del Nobel e igualmente por otro tema), Ronald Coase, investigó la historia de los faros algunos años después por su cuenta. Es decir, la evidencia. ¿Qué piensan que encontró?

Los faros eran masivamente privados en Europa antes de su captura por el Estado-Nación. Había locales, híbridos y privados. ¿Por qué iba alguien a crear faros si no se puede cobrar por ellos? Porque los muelles y embarcaderos eran privados. Para dar seguridad a sus clientes, los dueños no tenían más remedio que proveer de luz a barcos socios y extraños.

Como la teoría samuelsoniana de los bienes públicos hay decenas de mitos económicos repetidos en aulas de todo grado de prestigio en el mundo. Como decía  Henry Stuart Hazlitt , la  Economía  se halla asediada por sofismas como ninguna otra disciplina.

La plusvalía de Say

   Las ideas se adquieren por reflexión o por contagio y gobiernan el mundo. La idea de que el trabajo asalariado es una forma de servidumbre medieval adaptada a los tiempos modernos ha sido ampliamente contagiada, incluso entre personas que se ven a sí mismas como opositoras al socialismo (“de centro derecha”, “de derecha”, “moderna”, etc). Esa idea contiene un error histórico y uno teórico.

 El error histórico es la idea de Karl Marx y sus seguidores de que la economía moderna o capitalista es la fase siguiente a la economía feudal. Si bien el propio Marx expresaba su admiración por la capacidad burguesa (empresarial y comerciante, diríamos hoy) para crear fábricas, herramientas y métodos de producción con capacidades nunca antes vistas, transmitió una narrativa falsa sobre ella. Los burgos o emporios eran pueblos y pequeñas ciudades de comerciantes y personas industriosas que florecieron al margen -o huyendo- del sistema feudal. El capitalismo no nace en las capitales políticas ni bajo la tutela del Estado. Al contrario, nace en ciudades o pueblos secundarios de la Liga Hanseática, las repúblicas (ciudades-estado) italianas, las provincias unidas holandesas, Manchester y Bradford en Inglaterra.

El capitalismo no es heredero del feudalismo sinoun sistema rival que termina aniquilándolo porque la gente abandona los lugares feudales o semi-feudales para ir a donde tanto la economía como la ley garantizaban su capacidad de ser agentes libres. En Ecuador se narra impecablemente el proceso en “A la costa”, novela de 1904 de Luis A. Martinez. Para tener libertad de agencia, es decir autonomía, es necesario un marco jurídico y cultural lo suficientemente liberal. Suecia, que nunca tuvo etapa feudal, tuvo un siglo XIX de comercio abierto, bajos impuestos (el impuesto a la renta no aparece hasta que el país ya hubo despegado) e instituciones liberales.

El resultado: un formidable despegue cultural y material. Lo mismo la Argentina entre los 1850’s y los 1930’s y los Estados Unidos de América entre su fundación y los 1920’s. Lo que vino después en esos países con el crecimiento del Estado y las ideas colectivistas, es asunto para otro texto.    El error teórico que lleva a pensar que el trabajo asalariado es una forma moderna de servidumbre es en cambio la plusvalía marxista. Para empezar, el error no es original de Karl Marx sino de Adam Smith. Smith -un gran liberal y enemigo de los privilegios del sistema mercantilista- confunde en su “La riqueza de las naciones” el rol del inversionista/capitalista/accionista con el del administrador/gerente/manager de una empresa comercial. Plantea una y otra vez que la ganancia empresarial es solo una forma de salario por gestión superior.

Deja sentada la idea de que en una economía simple, lo que obtienen los participantes al intercambiar sus productos en una feria, son salarios. Si lo que se obtiene por intercambios directos son salarios, Marx deduce, las ganancias de un capitalista que aparezca o llegue a esa economía simple serán una porción jamás entregada a quienes contrata como asalariados. La deducción es correcta.   El problema es que sin capitalista (el dueño de un taller, por ejemplo) no existe salario. El salario no es el fruto de las ventas en un mercado. Es un pago fijo que no existiría en una economía de circulación simple, sino que aparece cuando un individuo A contrata a un individuo B.

En ese momento nace una división vertical del trabajo en base al riesgo empresarial. Sin capitalistas contratando a nadie como asalariados, el riesgo empresarial lo llevan todos los participantes de esa economía. Con capitalistas contratando a otras personas como asalariados, aparece lo que llamo elpacto del capitalismo: ciertos individuos cargan con el riesgo empresarial y otros obtienen un ingreso fijo. Si hay pérdidas temporales, el asalariado no necesita poner de su parte y cuando hay ganancias -al no ser participe del riesgo empresarial- no participa de ellas.    Como podemos ver, la ganancia no es una porción del salario que no se entrega a los asalariados. No existe la plusvalía marxista.   

Pero sí existe otra clase de plusvalía, la plusvalía de Say. Jean Baptiste Say fue un economista francés del siglo XVIII que en 1803 (64 años antes de “Das Kapital” de Marx) publica su “Tratado de Economía Política” de amplio reconocimiento en Europa y en el cual se adelanta a errores de Marx y J. M. Keynes. Say, a diferencia de Adam Smith, reconoce el rol del entrepreneur como portador -por otros- de riesgos de ventas o no ventas, o riesgo empresarial. Eso implica entender lo que pone en riesgo el capitalista.

Pero además implica entender todo lo que aporta en ese pacto del capitalismo: espacio de trabajo, herramientas, equipo humano con el cual entablar una fructífera división del trabajo, la visión del producto final y por si fuese poco, la clientela para éste. Mediante esas herramientas, lugar, equipo, concepto de producto, etc. el capitalista eleva la productividad del asalariado a niveles muy inusuales de lograr por su cuenta -aunque el propio proceso capitalista ha ido abaratando los medios de producción y masificando la tenencia de computadoras portátiles, herramientas, educación, etc- y de esa porción adicional, ambas partes se reparten la productividad extraordinaria.

En oficios o profesiones con muchos postulantes disponibles, la empresa puede retener mayor porción de esa productividad y en el caso de estrellas o individuos muy reconocidos en su profesión son ellos quienes tendrán mayor participación al punto de que la empresa podría contratar a alguien a pérdida si es extremadamente valioso o indispensable -lo cual es inusual pero existen muchos casos.Visualmente, puede expresarse así (click para agrandar):

Dos formas de entender el trabajo asalariado completamente incompatibles entre sí.    Este tema es tan central a la comprensión de cómo funciona una economía moderna que ambas tesis son completamente incompatibles. O es cierto que existe la plusvalía marxista o es falso que exista y la plusvalía es un aporte del capitalista que el asalariado percibe racionalmente como conveniente y por eso se asocia con aquel. Es uno de esos temas en los cuales el “centrismo” es imposible, dicho sea de paso. El trabajo asalariado no puede ser explotador y no-explotador al mismo tiempo (acabe aclarar que el tema es completamente separado de la existencia de trabajos duros, peligrosos o jefes que no pagan por horas extra, es decir “explotación” en sentidos no-marxistas). Y al tratarse de un fenómeno cataláctico (cataláctica es la disciplina que estudia los intercambios) no es necesario que exista un solo ganador entre las partes. Los intercambios económicos no forzosos son de naturaleza ganar-ganar, es por eso que las partes incurren en ellos reiteradamente. La interdependencia en la creación de riqueza significa ganancia mutua.

   Dejar hacer -crear proyectos sin mayores trabas y reinvertir en ellos con bajísimos impuestos en un entorno legal confiable- a los capitalistas dotará de cada vez mejores herramientas y capacitación a los asalariados, elevando su poder adquisitivo vigorosamente año tras año. Esto explica por qué hay salarios más altos en Suecia que en India y por qué en Suecia es prohibitivo contratar ayuda doméstica mientras que en India, a falta de mejores trabajos asalariados, es barato y habitual todavía. Además, si no existe tal cosa como la plusvalía marxista, la idea de “justicia social” e impuestos progresivamente más altos para quienes más ganan, ahora que sabemos que se trata de relaciones ganar-ganar, queda enteramente desprovista de cimientos. 

  Para terminar esta exposición, nada mejor que citar al propio J. B. Say cuando dice: “La propiedad que un hombre tiene de su propia industria, se viola cuando está prohibido el libre ejercicio de sus facultades o habilidades, con la excepción de la interferencia sobre los derechos de terceros.” (Tratado de Economía Política, 1803).

La plusvalía marxista es un espejismo económico basado en un error de Adam Smith que Karl Marx aprovecha astutamente. Lo que existe y vivimos día a día en el mundo real, es el aporte de los inversionistas de todos los proyectos a nuestra productividad y realización profesional, la plusvalía de Say.

—-

Publicado originalmente en http://econ101.usfq.edu.ec/2015/10/la-plusvalia-de-say.html

El P.I.B. mide consumo, no producción

¿Crecimiento?

El PIB contabiliza los bienes finales de la economía y deja por fuera los bienes intermedios así como el ahorro que nutre la estructura productiva de un país. Eso es un error. No digo con ello que el PIB no sea una medida válida de “algo”. Pero no es la medida de la producción. ¿Qué problemas hacen al PIB un indicador casi inservible? Varios. Cuando uno compra un bien final, no viene “incluído en él” todo el proceso, tiempo, materiales, etc del proceso de producción. Cuando uno compra un bien final, compra el bien y nada más. Da igual si lo produjo un robot, cien trabajadores, fue hallado en el paisaje o lo produjo un genio como Michelangelo. La visión platónica-heracliteana de que un objeto es el objeto más otras cosas, debe ser rechazada. Para llegar a producir bienes hay procesos, tiempo, trabajo e insumos, sí. Pero no están incluídos de forma fantasmagórica en ellos. Como dijo J. S. Mill en su momento, “demand for commodities is not demand for labour“. Por tanto, vienen dos conclusiones inmediatas:

1) La producción de bienes intermedios debe ser contabilizada aparte, y sobre todo, como ya dijeron los clásicos, representa la mayor parte del gasto en una economía: el gasto productivo (inversión). De esa forma el político ya no puede darse el lujo de pensar que “el consumo tira de la producción y el empleo”. Al contrario, la producción habilita empleo y consumo, como explica la Ley de Say.

2) Uno no compra el trabajo de los demás al comprar un bien. Por ende, el consumo no lleva al pleno empleo, como se nos quiere vender desde la visión keynesiana. Si la mayor parte del gasto en una economía es productivo, significa que el sostenimiento y creación de capital son las tareas mayoritarias en una economía. Eso, es la visión produccionista y no consumista de la contabilidad nacional y el empleo. Un estudio del Department of Commerce de EE.UU. muestra que en 1986 por ejemplo, 43% de la actividad económica (los bienes intermedios) ni siquiera constan en el PIB. Con un indicador así es comprensible que nueve de cada diez economistas sean ideológicamente consumistas*, es decir, cortoplacistas e indiferentes al rol social del ahorro.

*Esto trae brutales consecuencias para el bienestar, la paz social y la ecología en forma de inflación, ataques al ahorro, redistribución de pobres hacia ricos y productos menos duraderos.

Una alternativa al P.I.B., ese indicador consumista

El P.I.B. es un indicador que suele entenderse como sinónimo de “contabilidad nacional” o más precisamente, “actividad local en un territorio”. El P.N.B. contabilizaría la actividad de nacionales, dentro o fuera de un territorio y el P.I.B. la de cualquier actor dentro de un territorio.

Sin embargo, el P.I.B. es tan mal indicador que no captura más del 40% de la actividad productiva (creación de valor) en los Estados Unidos, por ejemplo. ¿Cómo es eso posible? Es posible porque el P.I.B. no es un indicador “neutro” u “objetivo” sino el producto de una escuela económica que coloca al consumo (demanda) como motor de la economía. Esto, en detrimento del ciclo ahorro-inversión-mejor consumo (más y/o mejores bienes) que es el que industriales, banqueros y economistas clásicos identificaron como motor del progreso humano.

GO y GDE vs. PIB: algunas réplicas

Más específicamente, es el gasto de los consumidores (consumo) sino el gasto de los productores (inversión) lo que permite tener más y mejores bienes de consumo años tras año en un territorios sino que también permite obtener y crear más y mejores bienes de producción (¡capital!) año tras año. La vida real no es demand side sino supply side: son las inversiones productivas las que mejoran los entornos personales, familiares y sociales -como cualquier persona sabe y puede razonar, salvo los economistas de ciertas escuelas dominantes desde los 1930’s- y además generan el poder adquisitivo para comprar lo demandado (Ley de Say). Tan crucial es la Ley de Say para entender el sesgo consumista del P.I.B., que el prof. Steve Hanke -mundialmente conocido defensor de la dolarización ecuatoriana- explica el Gross Output en un artículo titulado “GO: J.M. Keynes vs. J.B. Say“.

El economista noruego-americano Mark Skousen, nos presenta una alternativa al P.I.B. sin falacias consumistas (ausencia de ahorro y capital por etapas), llamada así: Gross Output (Rendimiento Bruto).

Lo que el P.I.B. no permite distinguir como actividad económica.

Como dice Skousen: “Gross Output provides a more accurate picture of what drives the economy.  Using GO as a more comprehensive measure of economic activity, spending by consumers turns out to represent around 40% of total yearly sales, not 70% as commonly reported. Spending by business (private investment plus intermediate inputs) is substantially bigger, representing over 50% of economic activity.” (En castellano: El Gross Output -Rendimiento Bruto- provee una imagen mucho más rigurosa de lo que impulsa la economía. Utilizar el RB como un indicador más completo de actividad económica, se halla que el gasto de los consumidores representa alrededor del 40% de las ventas anuales, no 70% como se reporta comúnmente. El gasto de los productores/negocios (inversión privada más insumos intermedios) es sustancialmente mayor, representando el 50% de la actividad económica (en los EE.UU.).

La actividad real es significativamente mayor.

La estructura capital en el tiempo

El Gross Output o Rendimiento Bruto (RB) toma en cuenta la estructura intertemporal de la producción (es decir, responde a una visión macro que sí tiene capital theory) y sus etapas intermedias, evitando el error del P.I.B. de considerar como una sola cosa los bienes finales y los bienes intermedios (en los que más del 40% de la actividad económica en los EE.UU. por ejemplo, tiene lugar). La producción capitalista tiene etapas temporales y mientras más etapas, más valor agregado a los productos finales. Mientras más avanzada y más avanza una economía, más etapas intermedias -que el P.I.B. no reconoce, por ser un indicador cortoplacista y consumista- existen y más empleos existen en ellas.

En crisis artificiales (burbujas causadas por inyección de falso ahorro por parte de bancos centrales) como la de 1929 o la de 2008, el GO/RB permite visualizar la crucial diferencia entre conceptos tomados de ciencias naturales como “aceleración” o “sobrecalientamiento” y conceptos propiamente económicos como expansión artificial, contracción crediticia y otros. El P.I.B, desde luego, nubla la visión de estos fenómenos y además agrega viejas falacias del s.XVII en comercio internacional.

Existen otras alternativas produccionistas y no-cortoplacistas al P.I.B. -el NNP (Net National Product) de G. Reisman, el EVA-país (creación de riqueza por sectores y general) de N. Cachanosky y el GPP (Gross Private Product) de Rothbard. Los explicaré en próximos posts.

Lectura recomendada: “The Structure of Production”, de Mark Skousen

Es bueno salir ganando: una defensa moral y económica de la ganancia empresarial y el afán de lucro

Exploremos paso a paso de dónde sale la ganancia empresarial y por qué el afan de lucro es una fuerza benévola para las sociedades humanas en principio.

La ganancia empresarial de individuos o negocios establecidos es frecuentemente denunciada y atacada como algo sospechoso en el mejor de los casos o francamente «explotadora» en bastantes otros.

Exploremos paso a paso de dónde sale la ganancia empresarial y por qué el afan de lucro es una fuerza benévola para las sociedades humanas.


El valor: qué es y por qué no puede medirse

Hasta 1871 se pensaba que el valor podía quizás ser «objetivo». Por ejemplo, los diamantes serían más valiosos -y caros- que los panes porque es más costoso y riesgoso extraerlos, porque hay más «horas-hombre» involucradas, porque el objeto es «valioso en sí mismo» etc.

Sin embargo en 1871 la revolución marginalista -tres economistas de distintos lugares de Europa- resuelve el dilema diamantes vs. panes -la supuesta «paradoja del valor»- más o menos al mismo tiempo.

Resulta que el valor de un bien es subjetivo en origen y parcialmente objetivo, según el número de unidades de otros bienes más o menos alternativos a él. Y esto, dependiendo del contexto de quien lo valora.

En otras palabras, hay muchos más panes que diamantes en la mayoría de situaciones.

En situaciones de supervivencia, y como sabemos por náufragos, sobrevivientes, etc, el agua y el pan valen sin duda más que los diamantes.

Sin embargo el valor siempre es subjetivo en origen porque si la gente no valorara los diamantes (o pensemos en el petróleo o el guano de murciélago antes de descubrírseles usos), no importaría qué tan escasos sean.

Valor = significado + prioridad (entre alternativas, escasas o abundantes)


Las normas lockeanas de propiedad

John Locke fue un inspirador crucial de las instituciones y formas de gobierno en el mundo anglosajón. Observando la historia humana, enumeró las tres formas de adquirir propiedad de forma pacífica y justa.

-Las normas lockeanas
1.- Potenciales bienes -recursos- sin dueño, modificados y delimitados en la naturaleza
2.- Producción y modificación de bienes existentes
3.- Intercambios (incluye el regalo y el regalo a futuras generaciones, es decir, la herencia)

Cuando se obtiene propiedad respetando las normas lockeanas, tiene propiedad legítimamente adquirida (en contraste con sistemas de esclavitud, feudalismo, conquista, etc).

Los bienes (físicos o intangibles) que alguien pone a la venta en los mercados, son suyos en primer lugar. No tiene obligación alguna de venderlos. Ni de venderlos a un precio X que no le convence, etc.


El principio de intercambio

Si dos personas intercambian sus bienes voluntariamente -manzanas por peras, un saco de sal por un número horas trabajadas, dinero por medicinas- ambas partes esperan beneficiarse de ese intercambio.

Esto es así
ex ante. O antes de la transacción.

Ex post sin embargo, ambas partes evaluarán -podemos suponer que todos hemos comprado la prenda de ropa equivocada alguna vez- si efectivamente fue «buen negocio» y si repetirán a futuro o no.

Por supuesto el robo, la esclavitud y feudalismo y los impuestos no son ejemplos del
principio de intercambio. Y la estafa no es sino otra forma de robo, pues se trata de un intercambio en realidad no consentido.

Sin embargo el peso de informarse sobre el bien -ej. llevar a un amigo que sabe más de mecánica, antes de comprar un auto usado- recae sobre el potencial comprador. Esto es, el principio clásico romano de
caveat emptor (en inglés: «buyer beware»).

Los mercados son redes de intercambios de títulos de propiedad sobre los bienes economizables

Valor, precio y costo son cosas muy distintas

Si le preguntamos el valor de un bien a quien lo ofrece a la venta, le estamos pidiendo algo imposible.
La medicina para la tía diabética en un día de crisis no vale -en ningún sentido del término- el precio requerido para llevársela.
El
valor no puede medirse. No existe unidad ni instrumento capaces de medirlo.

El
precio es la tasa pasada de intercambio entre dos cantidades de bienes. Cuántas manzanas por una pera, cuántos yenes japoneses por un euro, etc. Gracias a la revolución marginalista de 1871, sabemos que mientras más unidades y alternativas haya de un bien, menor será el precio que se puede pedir por él.
(Por eso los vendedores y empresas no pueden imponer precios; por eso importan oferta y demanda).

Y el precio es una tasa
pasada porque sin transacción no hay precio. Lo que consta en las etiquetas es el precio propuesto, que será más o menos rígido (en una tienda Apple casi no podemos regatear; al comprar un automóvil usado es generalmente -salvo en emergencias- necio no hacerlo).
El precio refleja o «sigue» al valor de los bienes para distintas personas y en distintos momentos, pero no lo «mide» ni son lo mismo.

Los
costos, en cambio, son la suma de recursos tangibles e intangibles gastados para obtener algo.
Tomarse una foto o traer una flor de una cima de los Himalayas tiene costos de todo tipo, sin embargo no tienen un precio, porque no se obtienen comerciando con nadie.

Los salarios y otros gastos incurridos al contratar a otros para un proyecto o plan -comercial o no- son entonces costos de producción.


«Solo el necio, confunde valor y precio» – Antonio Machado

Para que ocurra un intercambio, el valor (percibido) debe superar al precio en ranking de prioridades. Si no, el comprador se quedaría exactamente igual. Por la razón que sea, el comprador valorará más el bien que obtiene que el bien -en especie o dinero- al que está renunciando voluntariamente.

El comercio es diez (10) veces más antiguo que la agricultura según múltiples hallazgos arqueológicos

De hecho, existe un rango entre las agendas de A y B antes de intercambiar. En ese rango se puede negociar, lo cual significa que hay un pequeño juego ganar-perder dentro de un intercambio que globalmente es ganar-ganar.

La diferencia entre el valor total y el precio pagado, es la ganancia del comprador. La diferencia entre el precio y los costos totales de producción, distribución y comunicación, es la ganancia del vendedor o empresario.

Valor > precio > costo(s)

Por eso es bueno salir ganando: significa que se creó valor agregado (y total) en exceso de lo que pagó el otro por obtenerlo. En inglés se llama «doing well while doing good».

Por ejemplo, alguien -y todos variamos en temperamentos, prioridades y urgencias, no solo entre nosotros sino entre un momento y otro- quisiera obtener $15.000usd por su automóvil. Sin embargo si nadie le ofrece sino hasta $13.000usd, lo vendería a ese precio.

Debido a que existen estos $2.000 de espacio de negociación, muchos autores, gente de negocios, películas de los 1980’s, etc, han pintado una caricatura -y técnicas de negociación para muchísima gente incluso- sobre las negociaciones como una «guerra» o algo inherentemente «agresivo».

En realidad hay muchos estilos de negociación -y gente que ha vuelto su tiempo tan valioso que en muchísimos temas ni siquiera negocia y hasta deja una propina- y si el intercambio ocurre, sigue siendo en sí mismo ganar-ganar.


El valor agregado

El valor agregado en un bien puede tomar muy distintas formas. Llevar varios paraguas (sombrillas) a donde va a llover y otros requieren uno, agrega valor en forma de oportunidad (ser oportuno) y tiempo, para otros.

Almacenar bienes por otros quienes no tienen o no quieren tener una bodega propia, agrega valor en forma de infraestructura física y personal de seguridad.

Crear una narrativa publicitaria o interna que vuelva superior el disfrute del bien, agrega valor porque la misma cosa o experiencia, se valorará distinto y será más única o inolvidable.

El valor no es un fenómeno físico en la mayor parte de casos. Eso se pensaba a veces y como mucho hasta el siglo XVII.

Otras formas mucho más obvias de valor agregado son
:

– aumentar cantidad o calidad física/química del bien
– agregar características y funciones al bien, que incluyen también un distinto o mejor empaque
– eliminar errores de una versión anterior del bien, volviéndolo más sencillo o eficiente

Al intercambiar y especializarnos, entra también en juego el principio de ventajas comparativas. Incluso si A es mejor que B haciendo ambos de los dos productos intercambiables, a A le conviene especializarse y obtener el producto físico o servicio -Bill Gates y su conserje, por ejemplo- del otro.

Es más lucrativo (beneficioso) para ambas partes -y para la sociedad en su conjunto- que A se especialice, ya sea por inversiones o talentos (otra forma de inversión). Así es como tenemos a grandes genios artísticos, científicos y empresariales dedicados a «lo suyo» y delegando o contratando el talento de otros para casi todo lo demás.

Esta delegación puede hacerse dentro de una misma organización o de forma eventual en los mercados abiertos. Entender el principio de ventajas comparativas es entender que -salvo casos de talento extraordinario o disfrute personal al crearlos- la mejor forma de obtener los bienes que queremos, es a través de los mercados.


Dos ideas erradas sobre el origen de la ganancia empresarial

La primera idea errada dice que la ganancia empresarial sale de los trabajadores físicos de la empresa. En primer lugar, no solo el trabajo físico importa. No son «los trabajadores los que realmente crean la riqueza». Ventas, relaciones públicas, estrategia, y muchas otras importan.

Pero además el empresario-capitalista no «extrae» valor de los trabajadores. Es exactamente lo contrario. Las inversiones en herramientas y métodos, los contactos y clientes, la reputación y la marca y la propia visión del negocio, potencian la productividad -creación de valor- por hora, de cada colaborador (Plusvalía de Say).

La segunda idea errada sobre el origen de la ganancia empresarial dice que ésta sale de los clientes. Es decir, que la parte que lleva contabilidad de costos y obtuvo el dinero al intercambiar, es «la ganadora». Esto es un error por razones ya expuestas -valor subjetivo, principio de intercambio- y las que veremos a continuación.

Un mundo de incertidumbre y riesgos calculables

El origen de la ganancia empresarial

Dado que el valor el subjetivo, todo intento de ofrecer un bien con valor agregado, es apenas eso, un intento.

Ese intento está sometido a lo que (ver: Frank H. Knight) se conoce como «riesgo empresarial», que no es asegurable -como la posibilidad de un incendio o robo- y por tanto más que riesgo, es incertidumbre.

No se puede contratar un seguro contra la quiebra porque nuestros tacos mexicanos o diamantes verdes no fueron aceptados por la gente en los mercados.

Muchas cosas que hace un negocio son asegurables, pero su aceptación comercial en sí permanece por siempre en la incertidumbre (riesgo empresarial).

Por tanto, el riesgo empresarial es riesgo de que la propuesta de valor agregado, sea o no aceptada.

Quien hace lo que otros hacen, tiene mejores posibilidades de acertar. Sin embargo, quienes hacen algo extraordinario enfrentan mayor riesgo. Y sí, a mayor riesgo (de cualquier tipo, incluyendo riesgo empresarial), mayor rentabilidad.


La acción humana y el afán de lucro

La acción humana es teleológica -a diferencia de la primacía de los instintos en otras especies animales- es decir que se busca pasar a una situación más satisfactoria. Nos ponemos objetivos (visitar a un amigo, terminar nuestros estudios, etc).

Y la acción humana es inherentemente empresarial. Por eso hablamos de emprender acciones. Muchas fracasan, no solo las comerciales. Y fracasan porque son intentos, intentos de arribar a una situación más satisfactoria.

El afán de lucro entonces es simplemente una expresión de la acción humana. Si entendemos el principio de intercambio explicado arriba, sabemos ya que los intercambios comerciales pueden ser -y habitualmente son, o la gente no los repetiría- de naturaleza ganar-ganar.

Para resumir, el valor es en principio y siempre algo subjetivo, y si las personas intercambian propiedad legítimamente adquirida, la ganancia empresarial no es sino una forma de intentar crear valor para los demás y sus planes. El afán de lucro entonces no sería sino el impulso humano -teleológico- ancestral y milenario, de hacer cosas para los demás y a la vez mutuamente recompensantes.

En los intercambios limpios (caveat emptor), todos podemos salir ganando.

Juan Fernando Carpio, M.E.E.

Referencias

  • La Acción Humana – Ludwig von Mises
  • Riesgo, incertidumbre y función empresarial – Frank H. Knight
  • Socialismo, cálculo económico y función empresarial – Jesús Huerta de Soto
  • Man, Economy & State – Murray N. Rothbard
  • La Ética de la Libertad – Murray N. Rothbard

Cuatro mitos de la economía de pizarrón

La Economía se halla asediada por mayor número de sofismas que cualquier otra disciplina cultivada por el hombre.
Henry Hazlitt

Entre las grandes tragedias del siglo XX está la readopción de viejas y dañinas posiciones sobre la economía que parecían largamente superadas. En este breve resumen vamos a revisar cuatro conceptos que se siguen enseñando en los pizarrones de una buena parte del mundo, y no son otra cosa que un refaccionamiento de las viejas concepciones del Mercantilismo. Veamos entonces en qué consisten aquellas y qué tienen de dañino al ser impulsadas en reuniones de un gabinete ministerial.

1.- La balanza comercial y el dinero como un fin

El Mercantilismo es la filosofía económica adoptada por los mercaderes y estadistas de los siglos 16 y 17. Los mercantilistas pensaban que la riqueza de una nación provenía principalmente de la acumulación de oro y plata. Las naciones sin minas podían obtener oro y plata sólo al vender más bienes que aquellos que adquirían del exterior. En consecuencia, los líderes de esas naciones intervenían altamente en el mercado, imponiendo aranceles a los bienes extranjeros para reducir las importaciones, y otorgando subsidios para mejorar las posibilidades de exportación para los bienes domésticos. El Mercantilismo representó la elevación al status de política nacional de los intereses comerciales.

Los viejos mercantilistas sostenían que por definición era favorable exportar y desfavorable importar. Lamentablemente el error es persistente y prácticamente un lugar común cuando se habla de comercio exterior. Pero es necesario aclarar una y mil veces que el objetivo de las exportaciones es la importación. Basta fijarse en lo que hacemos a nivel personal, familiar y de nuestro barrio: el análisis más ligero bastará para notar que todo aporte productivo hacia los demás se hace con el fin de importar el producto de sus esfuerzos. Dada la naturaleza arbitraria de las fronteras nacionales, resulta entonces evidente lo irrelevante que resulta si se da adentro o afuera de un país un transacción donde se intercambie un bien o servicio por dinero. Si importar fuese dañino, la insinuación en sátira del genial Frederic Bastiat de que hundamos cada cierto tiempo los barcos que traen mercancías del exterior, sería la solución al «problema».

Esto nos lleva al tema del dinero como un fin. Los mercantilistas pensaban que la parte que recibía el dinero resultaba favorecida en el comercio. Pero por definición los intercambios comerciales entre personas, empresas y territorios, son situaciones ganar-ganar. De hecho es la razón para que ocurran, siendo voluntarios como lo son. Es por eso que debe descartarse el mito de la balanza comercial, pero sobre todo el del dinero como un fin en el proceso económico. Lo único que da valor al dinero son los bienes y servicios circundantes; en otras palabras, la producción.

2.- Consumo y Producción

A partir de los escritos de J.M. Keynes la profesión económica empezó a sostener una curiosa idea: el que una economía pueda tener situaciones indeseables como falta de empleo y pauperización por culpa de los comportamientos mezquinos y egoístas de los empresarios capitalistas. A una falta de expansión hacia el punto que Lord Keynes consideraba el «óptimo» sólo cabía contraponerle la amigable mano visible del Estado para corregir, vía gasto público y política monetaria, la situación indeseable. Así, el consumo forzoso –por encima de proyectos y planes de vida individuales– iba a tirar hacia delante todo el proceso productivo.

Pero se comete un grave error histórico y teórico al sostener eso. En primer lugar, el empleo asalariado es una creación del empresario capitalista, que libra a otros individuos de la incertidumbre del mercado (un agricultor o herrero es un empresario, tan sujeto a la dureza del mercado como cualquiera) a cambio de un ingreso estable. Y el origen de ese ingreso es la mente del empresario capitalista, quien originalmente hubiese tenido una ganancia pura que no tuvo más remedio que compartir en forma de salarios para contar con la colaboración voluntaria (por contrato) de otras personas. El propio interés del capitalista le llevará a generar cada vez más valor agregado para escapar a la tendencia inherente a un mercado libre de uniformar las utilidades entre empresas e industrias. Si no innova en costos o valor agregado, sencillamente su utilidad tiende a desaparecer con el tiempo y su producto se vuelve un commodity. Igual va para quienes ofrecemos nuestro trabajo: la abundancia de gente con la misma capacidad o talento nos vuelve menos recompensados monetariamente. La historia nos corrobora este hecho: es el interés propio del capitalista lo que genera una producción creciente, la competencia con otros capitalistas eleva la productividad del trabajo humano, y el salario aumenta en proporción con la utilidad pura mientras más capitalista es una economía.

Y en una clara violación de la Ley de Say («la oferta crea su propia demanda»), Keynes sostenía que la oferta global era algo distinto a la demanda global de bienes y servicios. Además de crearse una perniciosa división entre «el lado de la oferta» y «el lado de la demanda» para el análisis económico, se comete un error fatal. Toda persona que ofrece un bien está necesariamente demandando otro. La persona que quiere comprar un bien o servicio tiene necesariamente que ofrecer otro. Al no ser fenómenos divorciables la oferta y la demanda, las nociones keynesianas parten de un error lamentable.

Con la Ley de Say se refuta también de paso la afirmación socialista –de ese tiempo y contemporánea– de que puede haber en los mercados un exceso de oferta global. Mientras que la supuesta escasez de demanda se le quiere atribuir, entre otras cosas, a una falta de dinero en manos de la gente –bastaría imprimir y repartir billetes– el exceso de oferta recibe apelativos más coloridos, como aquel de la «exhuberancia irracional» del capitalismo.

3.- La fijación con el pleno empleo y el ciclo económico

Uno de los legados más nefastos que nos ha dejado la economía de pizarrón es la fijación de los funcionarios públicos con la búsqueda del «pleno empleo». Sometamos el tema del empleo a un ejercicio mental: en una isla de apenas 100 habitantes es inconcebible el desempleo, sencillamente porque falta gente para el número de bienes y servicios que pronto serán ideados y deseados por sus habitantes. «Pero ahora, en la realidad, hay mucha más gente», podría argumentarse. Por supuesto, pero los satisfactores (bienes, servicios) siguen siendo ilimitados. La prueba de eso está en que países de decenas y cientos de millones de habitantes tienen mucho menos desempleo que Ecuador o Venezuela, tanto antes como después de nuestra actual etapa de desarrollo.

Keynes escribió que, según los economistas clásicos, «no existe tal cosa como el desempleo involuntario en sentido estricto del término». Los clásicos no dijeron eso; por supuesto que existe el desempleo involuntario. Pero no en un mercado libre. Se necesita de una fuerza externa al mercado para perturbar profundamente la natural relación entre proyectos crecientes y empleo total de la población en ellos. En otras palabras, sin intervencionismo estatal, lo natural e históricamente preciso es decir que el empleo siempre es ubicuo y total.

Sin embargo toda intervención estatal genera un problema que bajo las ideas equivocadas parecerá demandar nuevas intervenciones. Es por eso que a los defectos de la economía mixta los mercantilistas querían corregirlos con gasto público e inflación. Si el afán es mejorar las cosas en el corto plazo y superficialmente, ese sería el camino. Pero se está afectando la base de una economía que quiera asignar inteligentemente sus recursos: el sistema de precios. Éste es el único sistema de señales e incentivos posible en la realidad que motiva a la asignación dinámica y acertada de recursos productivos en una economía libre. Cualquier interferencia –más aún si es sistemática– con su funcionamiento genera errores persistentes en el proceso económico. De esa forma y sólo de esa forma, es posible la existencia de factores como el desempleo involuntario y la subutilización de otros recursos hábiles y deseables. De hecho, una afectación vía expansión del crédito es la forma por excelencia para generar el conocido y popularmente misterioso ciclo económico de boom y recesión general. Pero dado que la intervención estaba justificada técnicamente, había que lidiar con el las recesiones y depresiones con más intervención aún. Una somera mirada a la inflación estatal del dinero durante los años 20 basta para adjudicar acertadamente la responsabilidad de la Gran Depresión. También puede recurrirse a «America’s Great Depression» de Murray N. Rothbard y «La Gran Depresión» de Hans Sennholz. En ese sentido ni hablar de las hiperinflaciones en países latinoamericanos, sus crisis bancarias y su estancamiento en general.

La fijación con el pleno empleo ha llevado una y otra vez a pensar que existen situaciones en que el consumo es menos que «óptimo» y el Estado debe intervenir para provocar la utilización de recursos «ociosos» y estimular la demanda agregada. Todo esto, claro, bajo el improbable concepto del efecto multiplicador del gasto público.

Pero forzar el consumo por encima de la inversión –la cual sí es multiplicadora– es un ejercicio de ilegitimidad ética además de destrucción económica. Como dijo uno de los seguidores más conocidos de Keynes y el mercantilismo en general, John Kenneth Galbraith: «Hitler fue el verdadero protagonista de las ideas keynesianas».

4.- El Estado como socio y los agregados poco agregables

Para llegar al cálculo del PIB de un territorio, se utiliza una conocida fórmula:

C+I+X+G=PIB

El problema es que la aceptación de ésta sin beneficio de inventario implica prácticamente sumar peras y manzanas. En primer lugar, la acumulación de dinero no implica mayor riqueza (bienestar). Prestar una atención miope al resultado de la fórmula del PIB, sobre todo cuando la inversión y el consumo quieren sumarse al gasto público, es un error. El gasto público (incluyendo las empresas públicas y su intromisión) se compone de recursos sustraídos del sector privado, que hubieran estado al servicio del proceso económico en forma de consumo, inversión y comercio exterior precisamente. De ninguna manera puede considerarse inversión; en el mejor de los casos consumo forzoso. Pero éste último siempre implica una pérdida de bienestar social pues se hace a espaldas de la gran mayoría de implicados.

Por otra parte y como se mencionó antes, las exportaciones no son un activo del que deban restarse las importaciones. Ambas caras del comercio son auto equilibrantes y suficientes.

Además el PIB está atado a los índices de precios al consumidor y a la cantidad de dinero en la economía. Cualquiera de los dos factores sería suficiente para desconfiar de su validez, pues son nominales y no siempre reflejan la situación subyacente y real.

El concepto del PIB debe ponerse en duda por su imprecisión, y porque es un concepto contable más que cataláctico, es decir no lidia con la cooperación de mercado en su conjunto si no con sumas y restas de elementos desiguales frente al proceso económico. Pero el cálculo del PIB es solamente una manifestación particular de la concepción mercantilista, siendo la miopía ante la existencia del individuo la raíz fundamental de esta última. Si se considera la acción colectiva como algo más que un concepto funcional para entender la suma de acciones individuales, el error seguirá plagando la ciencia económica. Aquella debe estar al servicio del ser humano y la cooperación social voluntaria, no de la política. Entender la diferencia determina fundamentalmente nuestra capacidad de salir del atraso y la desesperanza.Conclusión

Hemos heredado una economía tradicional plagada de imprecisiones. Esto tiene dos claros efectos: desprestigia la ciencia económica haciendo que mucha gente no la tome en serio y por otra parte vuelve a muchos economistas ejemplos de lo que F.A. Hayek llamó la «fatal arrogancia», es decir que se toman demasiado en serio frente a la sociedad. Ambas son caras de la misma moneda, y sus efectos vía políticas públicas sobre el planeta han sido desastrosos. Antes de la reinstitución del Mercantilismo, el analfabetismo económico era común exceptuando a los economistas. Luego de los 1930’s una buena parte de la propia profesión padece de ese mal al abrazar fundamentos y conclusiones erróneos.Keynes, padre intelectual del FMI y las políticas económicas de los últimos 70 años, hubiera hecho bien en no desenterrar los viejos mitos mercantilistas y vestirles de nuevos ropajes.

El costo de enterarnos que el emperador estaba desnudo y tenia un rostro viejo y desagradable aún no se termina de pagar en oportunidades perdidas para el mundo en vías de desarrollo. Los seguidores posteriores de esa línea, desde Hicks pasando por Samuelson & Nordhaus para llegar a Paul Krugman, siguen confundiendo a sus herederos intelectuales y al público en general. Pero la economía de pizarrón nos ha hecho ya el suficiente daño. Tal vez es hora de evitar nuevos desastres.

Viva mejor gracias al capitalismo

En el principio… todos eran pobres.

Luego, hace relativamente muy poco, aparecen las empresas y el panorama cambia radicalmente para una gran porción de la humanidad. Descartada la falacia de que el colonialismo enriquece (las colonias son un peso para el despegue, cuando revisamos los datos), demos paso a la explicación de por qué la empresa privada es el fundamento del bienestar general de una nación y así ha sido para el llamado Primer Mundo y gran parte de Asia. Al contrario de lo que Karl Marx y Adam Smith incorrectamente pensaron, la forma “primitiva” en que se obtenía un ingreso, no era por definición un salario sino una ganancia.

Hacer esta distinción permite apreciar el fundamental papel de las empresas en la creación de riqueza para una nación. Como explica George Reisman, mientras más capitalista sea el sistema económico, más altos son los salarios pagados a los trabajadores con relación a los ingresos por ventas. Los capitalistas no deducen sus ganancias de la “plusvalía nunca entregada” a los trabajadores.

Por el contrario, los trabajadores reciben un salario que es un costo que los capitalistas (empresarios) deben descontar de su ingreso, que en principio sería totalmente ganancia. Para entender esto, imagínese que usted es alfarero. Todo lo que usted obtiene por ventas es ganancia. Para crecer, no le queda otra alternativa que contratar más gente. Pero la ganancia -es decir- la creación de valor y los clientes son producto de su mente y su creatividad.

Es decir, usted no le «roba» la ganancia a su colaborador contratado, si no que usted es responsable por la creación de su salario en primer lugar.

En otras palabras, Marx basó toda su teoría económica sobre una falacia, una gran mentira teórica e histórica. Lo interesante es que con el desarrollo económico capitalista, la división del trabajo aumenta y el recurso humano comienza a ser escaso frente a los otros recursos (naturales y capital) complementarios para cualquier tipo de producción material. Así, se crea una competencia por los trabajadores, escasos frente a la producción creciente. Esta es la única razón, no hay otra, por la cual los salarios aumentan y compran más cada año en un sistema capitalista. En ausencia de depreciación monetaria, cada incremento de productividad vuelve más valioso al recurso humano en relación con el resto de recursos y la gente puede comprar más cada año.

Y en un sistema de libre competencia, mientras más exitosos y ricos sean los capitalistas, más altos serán los salarios con respecto a las ganancias puras. Taiwán, que hace 50 años tenía el mismo nivel de vida de Kenya, ahora tiene un ingreso por habitante 20 veces superior. Y tomando en cuenta que todos nos levantamos por la mañana para producir, ¿no quisiera usted que esas mismas 8-10 horas le permitieran comprar más cada año (o trabajar menos para alcanzar nuestro estilo de vida latino y no tan complicado)?

Tal vez su hijo se haría poeta o filósofo con la lo ahorrado, o un nuevo Marx, quien vivió de herencias y de Engels, su Mecenas, mientras engañaba a media humanidad.

Pobreza y pobres en la sociedad libre

Está bien, dicen algunos, el capitalismo es el sistema social más productivo, pero no todos están capacitados para la producción de la misma forma, por esas y otras razones la brecha entre ricos y pobres aumentará, tanto a nivel de países como de individuos. Además, sin una fuerte protección estatal la gente que tenga problemas o tragedias personales no podrá sostenerse, por lo tanto una sociedad totalmente libre y con gobierno limitado no es solidaria ni deseable. 

¿Está usted de acuerdo con esas premisas? Revisemos qué nos dicen la teoría y la historia sobre la pobreza y la desigualdad en el capitalismo.

La distribución de la riqueza

Marx escribió tres largos y densos volúmenes tratando de convencernos de que el “trabajo” (entiéndase el de tipo físico) crea riqueza. Claro, era el inicio de la era industrial y era muy fácil confundirse al ver tanta máquina y músculo. Pero el gerente y los accionistas de la empresa eran quienes en realidad hacían marchar la economía. Esto se ha vuelto más claro gracias a la economía de servicios actual: quienes tienen las ideas, saben manejar equipos humanos y tecnología, y asumen riesgos con sus capitales, son los verdaderos responsables de la creación de riqueza. El resto de nosotros colaboramos, no porque no nos quede más remedio, si no porque la división del trabajo es mucho más productiva que procurarnos nuestra propia comida, nuestros vestido y ni hablar de medicinas y otros bienes que tomamos erradamente como obvios en nuestras vidas. Dicho de otro modo, el capitalismo no está basado en la explotación y “alienación” de los trabajadores de su trabajo. Está basado en la inevitable creación e mejores oportunidades para los trabajadores y en el compartir productos del trabajo de cada uno, cada año de forma más accesible.

Lo único que trabaja en contra de este proceso es la inflación, que es la erosión del valor de la moneda –si retomamos su sentido preciso y dejamos de confundir la el efecto con la causa. Cuando existe inflación, el ahorro y los salarios pierden poder adquisitivo cada año. Cuando existe estabilidad monetaria (dinero con respaldo en metálico o un rara avis como el banco central germano bajo la tutela de Ludwig Erhard, responsable de las condiciones para el “milagro alemán” que infló la moneda en 8% durante toda una década, es decir un bajísimo 0,7% por año en promedio) es posible el cálculo económico (contabilidad de costos) y por ende se puede producir más con iguales medios o igual con menores recursos. Esto genera una inevitable competencia entre empresarios por reducir precios sin perder sus ganancias, es decir, bajando costos igual o a mayor ritmo, y forzando a los productores de bienes de capital al mismo proceso, benévolo para la sociedad en su conjunto. De esta forma se genera un fenómeno casi olvidado desde la Segunda Guerra Mundial: una economía de precios que caen cada año frente a los salarios y el ahorro, volviendo más rica a la clase media y elevando a los pobres a las clases medias, sin dejar de ser rentable en absoluto. Aunque sin tener el total de estas condiciones, un caso latinoamericano insuficientemente reconocido es Chile, donde en los 15 años de mayor libertad económica la clase media paso de ser un 40% a ser un 65% de la población y recortándose igualmente el número de pobres de 40% al 17%.  

Una economía libre distribuye la riqueza de acuerdo al aporte productivo de cada persona y empresa, premiando a) la innovación, b) el ahorro, y c) la inversión, en notable recompensa al auto-interés inteligente: el que sabe que para enriquecerse se debe atender las necesidades de los demás de forma consistente. Nada como una economía creciente sobre bases monetarias sólidas (no-inflacionarias), como garantía de que cada generación tendrá acceso a mejores bienes materiales y culturales que la anterior.

La pobreza es abatida por primera vez en la Historia

Para analizar la pobreza en la Historia humana, es necesario poner las cosas en perspectiva. Durante 7.000 años el ser humano no conoció otra cosa que la pobreza. Como dijo el investigador Nathan Rosenberg, “la percepción de la pobreza como algo moralmente intolerable en una sociedad rica, tuvo que esperar a la aparición de una sociedad rica”. Incluso los “ricos” –la nobleza y los reyes– de hace 300 años envidiarían las condiciones de expectativa de vida, mortandad infantil, salud y acceso a otros bienes con las que una familia de clase media ecuatoriana cuenta actualmente, valore ésta o no adecuadamente a los grandes genios científicos y empresariales del mundo que lo hacen posible. Al ritmo al que iban las cosas en la antigüedad, tomaba casi 2.000 años duplicar el ingreso promedio en un país. Pero Inglaterra lo hizo en 60 años durante la Revolución Industrial, resultado de la libertad político-económica que las ideas de la Ilustración permitió. Taiwán, Hong-Hong y China lo han logrado en menos de 10 años, por una sencilla razón: el know-how y los capitales ya están disponibles para el país relativamente pobre que se decida a liberalizar su economía y volverse un campo de juego estable para la empresarialidad. 

El análisis de Marx sobre explotación entre clases sociales, resultaba ser falso; tanto como el de Lenin sobre explotación entre países. Cada vez más gente en más y más países ha salido de la pobreza. Como dice el sueco Johan Norberg: “Desde luego, el europeo occidental o norteamericano es 19 veces más rico que en 1820, pero un latinoamericano es 9 veces más rico, un asiático 6 veces más rico y un africano cerca de 3 veces más rico. Así es que, ¿de quién fue robada esa riqueza? La única forma de salvar esa teoría de suma cero, sería encontrar el naufragio de una nave espacial increíblemente avanzada que hubiéramos vaciado hace 200 años. Pero ni siquiera eso salvaría la teoría. Entonces tendríamos que explicar de quién robaron esos extraterrestres sus recursos”. Y es que la economía no es un juego de suma cero. Ambas partes ganan, pero el “fuerte” le trasmite su fortaleza al “débil” en el proceso. Por lo tanto y aunque sea difícil de creer, el relativamente más pobre es el más beneficiado al asociarse con el relativamente más rico. 

El caso de Chile (incluso sin dinero real y usando ideas inflacionistas aún)

Por ende, la brecha entre clases sociales se estrecha en vez de incrementarse. Las sociedades más orientadas al libre mercado tienen una diferencia de ingreso entre su quintil más rico y el mas pobre, de 14 veces (Norberg, 2001). ¿Parece demasiado? En los países más orientados a redistribucionismo estatal, los impuestos y la falta de libertad empresarial como el nuestro, es de 32 veces. Eso debería decirnos mucho. Por otro lado, la pobreza absoluta (no la relativa, siempre somos más pobres que “alguien”) se redujo del 40% al 21% desde 1981 a nivel mundial hasta la fecha. Es tal vez uno de los fenómenos humanos más masivos e importantes de la historia, pero no espere verlo en los libros de historia muy pronto. La lentitud de los creadores de opinión pública para reconocer las bondades del sistema de empresa es pasmosa.

¿Y qué pasa con los más necesitados y los que caen en desgracias temporales? 

La pobreza es nuestro estado original, pero la miseria es fruto de gobiernos destructivos

Existe una idea demasiado extendida y falsa, de que en una sociedad donde el gobierno no juegue más que un papel de juez y protector de los derechos a la vida y la propiedad, sería una sociedad mezquina y despreocupada de los más necesitados. Nada más lejos de la verdad. Basta revisar dos textos vitales sobre el tema, para entender que nada impulsa más la generosidad que el ver satisfechas primero las propias necesidades. Estos son “From mutual aid to the welfare State” de David Beito, y “En defensa de los más necesitados” de Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause, norteamericano y argentinos respectivamente. El lugar de origen de los autores no es casual: al haber sido sociedades libertarias durante toda o gran parte del siglo XIX, los EEUU y la Argentina vieron la aparición de sociedades filantrópicas, caritativas, obrero-fraternales y empresariales, que hacían lo que luego confiscó el Estado en el s.XX –con su publicitado “gasto social”– de forma mucho más eficaz, humana y sobre todo, sin quitar a unos para dar a otros. De esta forma los enfermos, desempleados (el desempleo “estructural” aparece casualmente al mismo tiempo que las leyes laborales), accidentados y quienes caían en desgracia familiar temporal tenían una ayuda financiera y humana decisiva así como suficiente. El mal llamado Estado Benefactor ha creado desincentivos para el trabajo, para la formación de una familia y para el sostenimiento de los lazos comunitarios. Pero ese tema merece todo un artículo separado. Lo importante es reconocer que no hay nada que la sociedad civil no pueda hacer bajo liderazgo y que requiera de jefes (coerción) y política para lograr. Si necesita un ejemplo local, visite el barrio “El Comité del Pueblo” en Quito: se ha formado una red privada en que las familias comparten los costos para la medicina preventiva a un precio extremadamente cómodo, y que representa sin duda una verdadera forma de solidaridad, y no de redistribución impersonal de la riqueza. 

Y si a esto se le agrega un clima cultural basado en el amor propio y el aprecio por los logros personales y ajenos, el panorama se completa. Como dijo el filósofo objetivista y psicólogo Nathaniel Branden: “Existe evidencia abrumadora de que mientras más alto el nivel de autoestima, más propenso será uno a tratar a los demás con respeto, gentileza y generosidad”. Las sociedades que valoran el logro, que admiran en vez de envidiar, tienden también a ser generosas en casos que auténticamente requieren de la ayuda de la comunidad.

Conclusión

El socialista Robert Heilbroner aceptó a regañadientes lo evidente en 1989: «Menos de 75 años luego de que el concurso entre el capitalismo y el socialismo comenzara oficialmente, se terminó: el capitalismo ganó. Los tumultuosos cambios tomando lugar en la Unión Soviética, China y Europa del Este nos han dado la más clara prueba posible de que el capitalismo organiza los asuntos materiales de la humanidad mucho más satisfactoriamente que el socialismo» (New Perspectives Quarterly, Otoño de 1989)Pero además, el capitalismo permite ir ascendiendo en nuestra escala de necesidades, superando las más primarias y permitiéndonos literalmente no sólo empezar a pensar en los demás si no también contar con los recursos para apoyarles. Cuando el ser humano ha experimentado el vivir en sociedades libres, ayudar ya no es una imposición estatal que le quita todo valor ético y cultural, ni el resultado de una falsa mala conciencia. La generosidad simplemente se ha vuelto la regla y no la excepción dado que la sociedad civil ha sentido su rol –no el de políticos y burócratas– la ayuda a los más necesitados.