La plusvalía de Say

   Las ideas se adquieren por reflexión o por contagio y gobiernan el mundo. La idea de que el trabajo asalariado es una forma de servidumbre medieval adaptada a los tiempos modernos ha sido ampliamente contagiada, incluso entre personas que se ven a sí mismas como opositoras al socialismo (“de centro derecha”, “de derecha”, “moderna”, etc). Esa idea contiene un error histórico y uno teórico.

 El error histórico es la idea de Karl Marx y sus seguidores de que la economía moderna o capitalista es la fase siguiente a la economía feudal. Si bien el propio Marx expresaba su admiración por la capacidad burguesa (empresarial y comerciante, diríamos hoy) para crear fábricas, herramientas y métodos de producción con capacidades nunca antes vistas, transmitió una narrativa falsa sobre ella. Los burgos o emporios eran pueblos y pequeñas ciudades de comerciantes y personas industriosas que florecieron al margen -o huyendo- del sistema feudal. El capitalismo no nace en las capitales políticas ni bajo la tutela del Estado. Al contrario, nace en ciudades o pueblos secundarios de la Liga Hanseática, las repúblicas (ciudades-estado) italianas, las provincias unidas holandesas, Manchester y Bradford en Inglaterra.

El capitalismo no es heredero del feudalismo sinoun sistema rival que termina aniquilándolo porque la gente abandona los lugares feudales o semi-feudales para ir a donde tanto la economía como la ley garantizaban su capacidad de ser agentes libres. En Ecuador se narra impecablemente el proceso en “A la costa”, novela de 1904 de Luis A. Martinez. Para tener libertad de agencia, es decir autonomía, es necesario un marco jurídico y cultural lo suficientemente liberal. Suecia, que nunca tuvo etapa feudal, tuvo un siglo XIX de comercio abierto, bajos impuestos (el impuesto a la renta no aparece hasta que el país ya hubo despegado) e instituciones liberales.

El resultado: un formidable despegue cultural y material. Lo mismo la Argentina entre los 1850’s y los 1930’s y los Estados Unidos de América entre su fundación y los 1920’s. Lo que vino después en esos países con el crecimiento del Estado y las ideas colectivistas, es asunto para otro texto.    El error teórico que lleva a pensar que el trabajo asalariado es una forma moderna de servidumbre es en cambio la plusvalía marxista. Para empezar, el error no es original de Karl Marx sino de Adam Smith. Smith -un gran liberal y enemigo de los privilegios del sistema mercantilista- confunde en su “La riqueza de las naciones” el rol del inversionista/capitalista/accionista con el del administrador/gerente/manager de una empresa comercial. Plantea una y otra vez que la ganancia empresarial es solo una forma de salario por gestión superior.

Deja sentada la idea de que en una economía simple, lo que obtienen los participantes al intercambiar sus productos en una feria, son salarios. Si lo que se obtiene por intercambios directos son salarios, Marx deduce, las ganancias de un capitalista que aparezca o llegue a esa economía simple serán una porción jamás entregada a quienes contrata como asalariados. La deducción es correcta.   El problema es que sin capitalista (el dueño de un taller, por ejemplo) no existe salario. El salario no es el fruto de las ventas en un mercado. Es un pago fijo que no existiría en una economía de circulación simple, sino que aparece cuando un individuo A contrata a un individuo B.

En ese momento nace una división vertical del trabajo en base al riesgo empresarial. Sin capitalistas contratando a nadie como asalariados, el riesgo empresarial lo llevan todos los participantes de esa economía. Con capitalistas contratando a otras personas como asalariados, aparece lo que llamo elpacto del capitalismo: ciertos individuos cargan con el riesgo empresarial y otros obtienen un ingreso fijo. Si hay pérdidas temporales, el asalariado no necesita poner de su parte y cuando hay ganancias -al no ser participe del riesgo empresarial- no participa de ellas.    Como podemos ver, la ganancia no es una porción del salario que no se entrega a los asalariados. No existe la plusvalía marxista.   

Pero sí existe otra clase de plusvalía, la plusvalía de Say. Jean Baptiste Say fue un economista francés del siglo XVIII que en 1803 (64 años antes de “Das Kapital” de Marx) publica su “Tratado de Economía Política” de amplio reconocimiento en Europa y en el cual se adelanta a errores de Marx y J. M. Keynes. Say, a diferencia de Adam Smith, reconoce el rol del entrepreneur como portador -por otros- de riesgos de ventas o no ventas, o riesgo empresarial. Eso implica entender lo que pone en riesgo el capitalista.

Pero además implica entender todo lo que aporta en ese pacto del capitalismo: espacio de trabajo, herramientas, equipo humano con el cual entablar una fructífera división del trabajo, la visión del producto final y por si fuese poco, la clientela para éste. Mediante esas herramientas, lugar, equipo, concepto de producto, etc. el capitalista eleva la productividad del asalariado a niveles muy inusuales de lograr por su cuenta -aunque el propio proceso capitalista ha ido abaratando los medios de producción y masificando la tenencia de computadoras portátiles, herramientas, educación, etc- y de esa porción adicional, ambas partes se reparten la productividad extraordinaria.

En oficios o profesiones con muchos postulantes disponibles, la empresa puede retener mayor porción de esa productividad y en el caso de estrellas o individuos muy reconocidos en su profesión son ellos quienes tendrán mayor participación al punto de que la empresa podría contratar a alguien a pérdida si es extremadamente valioso o indispensable -lo cual es inusual pero existen muchos casos.Visualmente, puede expresarse así (click para agrandar):

Dos formas de entender el trabajo asalariado completamente incompatibles entre sí.    Este tema es tan central a la comprensión de cómo funciona una economía moderna que ambas tesis son completamente incompatibles. O es cierto que existe la plusvalía marxista o es falso que exista y la plusvalía es un aporte del capitalista que el asalariado percibe racionalmente como conveniente y por eso se asocia con aquel. Es uno de esos temas en los cuales el “centrismo” es imposible, dicho sea de paso. El trabajo asalariado no puede ser explotador y no-explotador al mismo tiempo (acabe aclarar que el tema es completamente separado de la existencia de trabajos duros, peligrosos o jefes que no pagan por horas extra, es decir “explotación” en sentidos no-marxistas). Y al tratarse de un fenómeno cataláctico (cataláctica es la disciplina que estudia los intercambios) no es necesario que exista un solo ganador entre las partes. Los intercambios económicos no forzosos son de naturaleza ganar-ganar, es por eso que las partes incurren en ellos reiteradamente. La interdependencia en la creación de riqueza significa ganancia mutua.

   Dejar hacer -crear proyectos sin mayores trabas y reinvertir en ellos con bajísimos impuestos en un entorno legal confiable- a los capitalistas dotará de cada vez mejores herramientas y capacitación a los asalariados, elevando su poder adquisitivo vigorosamente año tras año. Esto explica por qué hay salarios más altos en Suecia que en India y por qué en Suecia es prohibitivo contratar ayuda doméstica mientras que en India, a falta de mejores trabajos asalariados, es barato y habitual todavía. Además, si no existe tal cosa como la plusvalía marxista, la idea de “justicia social” e impuestos progresivamente más altos para quienes más ganan, ahora que sabemos que se trata de relaciones ganar-ganar, queda enteramente desprovista de cimientos. 

  Para terminar esta exposición, nada mejor que citar al propio J. B. Say cuando dice: “La propiedad que un hombre tiene de su propia industria, se viola cuando está prohibido el libre ejercicio de sus facultades o habilidades, con la excepción de la interferencia sobre los derechos de terceros.” (Tratado de Economía Política, 1803).

La plusvalía marxista es un espejismo económico basado en un error de Adam Smith que Karl Marx aprovecha astutamente. Lo que existe y vivimos día a día en el mundo real, es el aporte de los inversionistas de todos los proyectos a nuestra productividad y realización profesional, la plusvalía de Say.

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Publicado originalmente en http://econ101.usfq.edu.ec/2015/10/la-plusvalia-de-say.html

Es bueno salir ganando: una defensa moral y económica de la ganancia empresarial y el afán de lucro

Exploremos paso a paso de dónde sale la ganancia empresarial y por qué el afan de lucro es una fuerza benévola para las sociedades humanas en principio.

La ganancia empresarial de individuos o negocios establecidos es frecuentemente denunciada y atacada como algo sospechoso en el mejor de los casos o francamente «explotadora» en bastantes otros.

Exploremos paso a paso de dónde sale la ganancia empresarial y por qué el afan de lucro es una fuerza benévola para las sociedades humanas.


El valor: qué es y por qué no puede medirse

Hasta 1871 se pensaba que el valor podía quizás ser «objetivo». Por ejemplo, los diamantes serían más valiosos -y caros- que los panes porque es más costoso y riesgoso extraerlos, porque hay más «horas-hombre» involucradas, porque el objeto es «valioso en sí mismo» etc.

Sin embargo en 1871 la revolución marginalista -tres economistas de distintos lugares de Europa- resuelve el dilema diamantes vs. panes -la supuesta «paradoja del valor»- más o menos al mismo tiempo.

Resulta que el valor de un bien es subjetivo en origen y parcialmente objetivo, según el número de unidades de otros bienes más o menos alternativos a él. Y esto, dependiendo del contexto de quien lo valora.

En otras palabras, hay muchos más panes que diamantes en la mayoría de situaciones.

En situaciones de supervivencia, y como sabemos por náufragos, sobrevivientes, etc, el agua y el pan valen sin duda más que los diamantes.

Sin embargo el valor siempre es subjetivo en origen porque si la gente no valorara los diamantes (o pensemos en el petróleo o el guano de murciélago antes de descubrírseles usos), no importaría qué tan escasos sean.

Valor = significado + prioridad (entre alternativas, escasas o abundantes)


Las normas lockeanas de propiedad

John Locke fue un inspirador crucial de las instituciones y formas de gobierno en el mundo anglosajón. Observando la historia humana, enumeró las tres formas de adquirir propiedad de forma pacífica y justa.

-Las normas lockeanas
1.- Potenciales bienes -recursos- sin dueño, modificados y delimitados en la naturaleza
2.- Producción y modificación de bienes existentes
3.- Intercambios (incluye el regalo y el regalo a futuras generaciones, es decir, la herencia)

Cuando se obtiene propiedad respetando las normas lockeanas, tiene propiedad legítimamente adquirida (en contraste con sistemas de esclavitud, feudalismo, conquista, etc).

Los bienes (físicos o intangibles) que alguien pone a la venta en los mercados, son suyos en primer lugar. No tiene obligación alguna de venderlos. Ni de venderlos a un precio X que no le convence, etc.


El principio de intercambio

Si dos personas intercambian sus bienes voluntariamente -manzanas por peras, un saco de sal por un número horas trabajadas, dinero por medicinas- ambas partes esperan beneficiarse de ese intercambio.

Esto es así
ex ante. O antes de la transacción.

Ex post sin embargo, ambas partes evaluarán -podemos suponer que todos hemos comprado la prenda de ropa equivocada alguna vez- si efectivamente fue «buen negocio» y si repetirán a futuro o no.

Por supuesto el robo, la esclavitud y feudalismo y los impuestos no son ejemplos del
principio de intercambio. Y la estafa no es sino otra forma de robo, pues se trata de un intercambio en realidad no consentido.

Sin embargo el peso de informarse sobre el bien -ej. llevar a un amigo que sabe más de mecánica, antes de comprar un auto usado- recae sobre el potencial comprador. Esto es, el principio clásico romano de
caveat emptor (en inglés: «buyer beware»).

Los mercados son redes de intercambios de títulos de propiedad sobre los bienes economizables

Valor, precio y costo son cosas muy distintas

Si le preguntamos el valor de un bien a quien lo ofrece a la venta, le estamos pidiendo algo imposible.
La medicina para la tía diabética en un día de crisis no vale -en ningún sentido del término- el precio requerido para llevársela.
El
valor no puede medirse. No existe unidad ni instrumento capaces de medirlo.

El
precio es la tasa pasada de intercambio entre dos cantidades de bienes. Cuántas manzanas por una pera, cuántos yenes japoneses por un euro, etc. Gracias a la revolución marginalista de 1871, sabemos que mientras más unidades y alternativas haya de un bien, menor será el precio que se puede pedir por él.
(Por eso los vendedores y empresas no pueden imponer precios; por eso importan oferta y demanda).

Y el precio es una tasa
pasada porque sin transacción no hay precio. Lo que consta en las etiquetas es el precio propuesto, que será más o menos rígido (en una tienda Apple casi no podemos regatear; al comprar un automóvil usado es generalmente -salvo en emergencias- necio no hacerlo).
El precio refleja o «sigue» al valor de los bienes para distintas personas y en distintos momentos, pero no lo «mide» ni son lo mismo.

Los
costos, en cambio, son la suma de recursos tangibles e intangibles gastados para obtener algo.
Tomarse una foto o traer una flor de una cima de los Himalayas tiene costos de todo tipo, sin embargo no tienen un precio, porque no se obtienen comerciando con nadie.

Los salarios y otros gastos incurridos al contratar a otros para un proyecto o plan -comercial o no- son entonces costos de producción.


«Solo el necio, confunde valor y precio» – Antonio Machado

Para que ocurra un intercambio, el valor (percibido) debe superar al precio en ranking de prioridades. Si no, el comprador se quedaría exactamente igual. Por la razón que sea, el comprador valorará más el bien que obtiene que el bien -en especie o dinero- al que está renunciando voluntariamente.

El comercio es diez (10) veces más antiguo que la agricultura según múltiples hallazgos arqueológicos

De hecho, existe un rango entre las agendas de A y B antes de intercambiar. En ese rango se puede negociar, lo cual significa que hay un pequeño juego ganar-perder dentro de un intercambio que globalmente es ganar-ganar.

La diferencia entre el valor total y el precio pagado, es la ganancia del comprador. La diferencia entre el precio y los costos totales de producción, distribución y comunicación, es la ganancia del vendedor o empresario.

Valor > precio > costo(s)

Por eso es bueno salir ganando: significa que se creó valor agregado (y total) en exceso de lo que pagó el otro por obtenerlo. En inglés se llama «doing well while doing good».

Por ejemplo, alguien -y todos variamos en temperamentos, prioridades y urgencias, no solo entre nosotros sino entre un momento y otro- quisiera obtener $15.000usd por su automóvil. Sin embargo si nadie le ofrece sino hasta $13.000usd, lo vendería a ese precio.

Debido a que existen estos $2.000 de espacio de negociación, muchos autores, gente de negocios, películas de los 1980’s, etc, han pintado una caricatura -y técnicas de negociación para muchísima gente incluso- sobre las negociaciones como una «guerra» o algo inherentemente «agresivo».

En realidad hay muchos estilos de negociación -y gente que ha vuelto su tiempo tan valioso que en muchísimos temas ni siquiera negocia y hasta deja una propina- y si el intercambio ocurre, sigue siendo en sí mismo ganar-ganar.


El valor agregado

El valor agregado en un bien puede tomar muy distintas formas. Llevar varios paraguas (sombrillas) a donde va a llover y otros requieren uno, agrega valor en forma de oportunidad (ser oportuno) y tiempo, para otros.

Almacenar bienes por otros quienes no tienen o no quieren tener una bodega propia, agrega valor en forma de infraestructura física y personal de seguridad.

Crear una narrativa publicitaria o interna que vuelva superior el disfrute del bien, agrega valor porque la misma cosa o experiencia, se valorará distinto y será más única o inolvidable.

El valor no es un fenómeno físico en la mayor parte de casos. Eso se pensaba a veces y como mucho hasta el siglo XVII.

Otras formas mucho más obvias de valor agregado son
:

– aumentar cantidad o calidad física/química del bien
– agregar características y funciones al bien, que incluyen también un distinto o mejor empaque
– eliminar errores de una versión anterior del bien, volviéndolo más sencillo o eficiente

Al intercambiar y especializarnos, entra también en juego el principio de ventajas comparativas. Incluso si A es mejor que B haciendo ambos de los dos productos intercambiables, a A le conviene especializarse y obtener el producto físico o servicio -Bill Gates y su conserje, por ejemplo- del otro.

Es más lucrativo (beneficioso) para ambas partes -y para la sociedad en su conjunto- que A se especialice, ya sea por inversiones o talentos (otra forma de inversión). Así es como tenemos a grandes genios artísticos, científicos y empresariales dedicados a «lo suyo» y delegando o contratando el talento de otros para casi todo lo demás.

Esta delegación puede hacerse dentro de una misma organización o de forma eventual en los mercados abiertos. Entender el principio de ventajas comparativas es entender que -salvo casos de talento extraordinario o disfrute personal al crearlos- la mejor forma de obtener los bienes que queremos, es a través de los mercados.


Dos ideas erradas sobre el origen de la ganancia empresarial

La primera idea errada dice que la ganancia empresarial sale de los trabajadores físicos de la empresa. En primer lugar, no solo el trabajo físico importa. No son «los trabajadores los que realmente crean la riqueza». Ventas, relaciones públicas, estrategia, y muchas otras importan.

Pero además el empresario-capitalista no «extrae» valor de los trabajadores. Es exactamente lo contrario. Las inversiones en herramientas y métodos, los contactos y clientes, la reputación y la marca y la propia visión del negocio, potencian la productividad -creación de valor- por hora, de cada colaborador (Plusvalía de Say).

La segunda idea errada sobre el origen de la ganancia empresarial dice que ésta sale de los clientes. Es decir, que la parte que lleva contabilidad de costos y obtuvo el dinero al intercambiar, es «la ganadora». Esto es un error por razones ya expuestas -valor subjetivo, principio de intercambio- y las que veremos a continuación.

Un mundo de incertidumbre y riesgos calculables

El origen de la ganancia empresarial

Dado que el valor el subjetivo, todo intento de ofrecer un bien con valor agregado, es apenas eso, un intento.

Ese intento está sometido a lo que (ver: Frank H. Knight) se conoce como «riesgo empresarial», que no es asegurable -como la posibilidad de un incendio o robo- y por tanto más que riesgo, es incertidumbre.

No se puede contratar un seguro contra la quiebra porque nuestros tacos mexicanos o diamantes verdes no fueron aceptados por la gente en los mercados.

Muchas cosas que hace un negocio son asegurables, pero su aceptación comercial en sí permanece por siempre en la incertidumbre (riesgo empresarial).

Por tanto, el riesgo empresarial es riesgo de que la propuesta de valor agregado, sea o no aceptada.

Quien hace lo que otros hacen, tiene mejores posibilidades de acertar. Sin embargo, quienes hacen algo extraordinario enfrentan mayor riesgo. Y sí, a mayor riesgo (de cualquier tipo, incluyendo riesgo empresarial), mayor rentabilidad.


La acción humana y el afán de lucro

La acción humana es teleológica -a diferencia de la primacía de los instintos en otras especies animales- es decir que se busca pasar a una situación más satisfactoria. Nos ponemos objetivos (visitar a un amigo, terminar nuestros estudios, etc).

Y la acción humana es inherentemente empresarial. Por eso hablamos de emprender acciones. Muchas fracasan, no solo las comerciales. Y fracasan porque son intentos, intentos de arribar a una situación más satisfactoria.

El afán de lucro entonces es simplemente una expresión de la acción humana. Si entendemos el principio de intercambio explicado arriba, sabemos ya que los intercambios comerciales pueden ser -y habitualmente son, o la gente no los repetiría- de naturaleza ganar-ganar.

Para resumir, el valor es en principio y siempre algo subjetivo, y si las personas intercambian propiedad legítimamente adquirida, la ganancia empresarial no es sino una forma de intentar crear valor para los demás y sus planes. El afán de lucro entonces no sería sino el impulso humano -teleológico- ancestral y milenario, de hacer cosas para los demás y a la vez mutuamente recompensantes.

En los intercambios limpios (caveat emptor), todos podemos salir ganando.

Juan Fernando Carpio, M.E.E.

Referencias

  • La Acción Humana – Ludwig von Mises
  • Riesgo, incertidumbre y función empresarial – Frank H. Knight
  • Socialismo, cálculo económico y función empresarial – Jesús Huerta de Soto
  • Man, Economy & State – Murray N. Rothbard
  • La Ética de la Libertad – Murray N. Rothbard