Cuatro mitos de la economía de pizarrón

La Economía se halla asediada por mayor número de sofismas que cualquier otra disciplina cultivada por el hombre.
Henry Hazlitt

Entre las grandes tragedias del siglo XX está la readopción de viejas y dañinas posiciones sobre la economía que parecían largamente superadas. En este breve resumen vamos a revisar cuatro conceptos que se siguen enseñando en los pizarrones de una buena parte del mundo, y no son otra cosa que un refaccionamiento de las viejas concepciones del Mercantilismo. Veamos entonces en qué consisten aquellas y qué tienen de dañino al ser impulsadas en reuniones de un gabinete ministerial.

1.- La balanza comercial y el dinero como un fin

El Mercantilismo es la filosofía económica adoptada por los mercaderes y estadistas de los siglos 16 y 17. Los mercantilistas pensaban que la riqueza de una nación provenía principalmente de la acumulación de oro y plata. Las naciones sin minas podían obtener oro y plata sólo al vender más bienes que aquellos que adquirían del exterior. En consecuencia, los líderes de esas naciones intervenían altamente en el mercado, imponiendo aranceles a los bienes extranjeros para reducir las importaciones, y otorgando subsidios para mejorar las posibilidades de exportación para los bienes domésticos. El Mercantilismo representó la elevación al status de política nacional de los intereses comerciales.

Los viejos mercantilistas sostenían que por definición era favorable exportar y desfavorable importar. Lamentablemente el error es persistente y prácticamente un lugar común cuando se habla de comercio exterior. Pero es necesario aclarar una y mil veces que el objetivo de las exportaciones es la importación. Basta fijarse en lo que hacemos a nivel personal, familiar y de nuestro barrio: el análisis más ligero bastará para notar que todo aporte productivo hacia los demás se hace con el fin de importar el producto de sus esfuerzos. Dada la naturaleza arbitraria de las fronteras nacionales, resulta entonces evidente lo irrelevante que resulta si se da adentro o afuera de un país un transacción donde se intercambie un bien o servicio por dinero. Si importar fuese dañino, la insinuación en sátira del genial Frederic Bastiat de que hundamos cada cierto tiempo los barcos que traen mercancías del exterior, sería la solución al «problema».

Esto nos lleva al tema del dinero como un fin. Los mercantilistas pensaban que la parte que recibía el dinero resultaba favorecida en el comercio. Pero por definición los intercambios comerciales entre personas, empresas y territorios, son situaciones ganar-ganar. De hecho es la razón para que ocurran, siendo voluntarios como lo son. Es por eso que debe descartarse el mito de la balanza comercial, pero sobre todo el del dinero como un fin en el proceso económico. Lo único que da valor al dinero son los bienes y servicios circundantes; en otras palabras, la producción.

2.- Consumo y Producción

A partir de los escritos de J.M. Keynes la profesión económica empezó a sostener una curiosa idea: el que una economía pueda tener situaciones indeseables como falta de empleo y pauperización por culpa de los comportamientos mezquinos y egoístas de los empresarios capitalistas. A una falta de expansión hacia el punto que Lord Keynes consideraba el «óptimo» sólo cabía contraponerle la amigable mano visible del Estado para corregir, vía gasto público y política monetaria, la situación indeseable. Así, el consumo forzoso –por encima de proyectos y planes de vida individuales– iba a tirar hacia delante todo el proceso productivo.

Pero se comete un grave error histórico y teórico al sostener eso. En primer lugar, el empleo asalariado es una creación del empresario capitalista, que libra a otros individuos de la incertidumbre del mercado (un agricultor o herrero es un empresario, tan sujeto a la dureza del mercado como cualquiera) a cambio de un ingreso estable. Y el origen de ese ingreso es la mente del empresario capitalista, quien originalmente hubiese tenido una ganancia pura que no tuvo más remedio que compartir en forma de salarios para contar con la colaboración voluntaria (por contrato) de otras personas. El propio interés del capitalista le llevará a generar cada vez más valor agregado para escapar a la tendencia inherente a un mercado libre de uniformar las utilidades entre empresas e industrias. Si no innova en costos o valor agregado, sencillamente su utilidad tiende a desaparecer con el tiempo y su producto se vuelve un commodity. Igual va para quienes ofrecemos nuestro trabajo: la abundancia de gente con la misma capacidad o talento nos vuelve menos recompensados monetariamente. La historia nos corrobora este hecho: es el interés propio del capitalista lo que genera una producción creciente, la competencia con otros capitalistas eleva la productividad del trabajo humano, y el salario aumenta en proporción con la utilidad pura mientras más capitalista es una economía.

Y en una clara violación de la Ley de Say («la oferta crea su propia demanda»), Keynes sostenía que la oferta global era algo distinto a la demanda global de bienes y servicios. Además de crearse una perniciosa división entre «el lado de la oferta» y «el lado de la demanda» para el análisis económico, se comete un error fatal. Toda persona que ofrece un bien está necesariamente demandando otro. La persona que quiere comprar un bien o servicio tiene necesariamente que ofrecer otro. Al no ser fenómenos divorciables la oferta y la demanda, las nociones keynesianas parten de un error lamentable.

Con la Ley de Say se refuta también de paso la afirmación socialista –de ese tiempo y contemporánea– de que puede haber en los mercados un exceso de oferta global. Mientras que la supuesta escasez de demanda se le quiere atribuir, entre otras cosas, a una falta de dinero en manos de la gente –bastaría imprimir y repartir billetes– el exceso de oferta recibe apelativos más coloridos, como aquel de la «exhuberancia irracional» del capitalismo.

3.- La fijación con el pleno empleo y el ciclo económico

Uno de los legados más nefastos que nos ha dejado la economía de pizarrón es la fijación de los funcionarios públicos con la búsqueda del «pleno empleo». Sometamos el tema del empleo a un ejercicio mental: en una isla de apenas 100 habitantes es inconcebible el desempleo, sencillamente porque falta gente para el número de bienes y servicios que pronto serán ideados y deseados por sus habitantes. «Pero ahora, en la realidad, hay mucha más gente», podría argumentarse. Por supuesto, pero los satisfactores (bienes, servicios) siguen siendo ilimitados. La prueba de eso está en que países de decenas y cientos de millones de habitantes tienen mucho menos desempleo que Ecuador o Venezuela, tanto antes como después de nuestra actual etapa de desarrollo.

Keynes escribió que, según los economistas clásicos, «no existe tal cosa como el desempleo involuntario en sentido estricto del término». Los clásicos no dijeron eso; por supuesto que existe el desempleo involuntario. Pero no en un mercado libre. Se necesita de una fuerza externa al mercado para perturbar profundamente la natural relación entre proyectos crecientes y empleo total de la población en ellos. En otras palabras, sin intervencionismo estatal, lo natural e históricamente preciso es decir que el empleo siempre es ubicuo y total.

Sin embargo toda intervención estatal genera un problema que bajo las ideas equivocadas parecerá demandar nuevas intervenciones. Es por eso que a los defectos de la economía mixta los mercantilistas querían corregirlos con gasto público e inflación. Si el afán es mejorar las cosas en el corto plazo y superficialmente, ese sería el camino. Pero se está afectando la base de una economía que quiera asignar inteligentemente sus recursos: el sistema de precios. Éste es el único sistema de señales e incentivos posible en la realidad que motiva a la asignación dinámica y acertada de recursos productivos en una economía libre. Cualquier interferencia –más aún si es sistemática– con su funcionamiento genera errores persistentes en el proceso económico. De esa forma y sólo de esa forma, es posible la existencia de factores como el desempleo involuntario y la subutilización de otros recursos hábiles y deseables. De hecho, una afectación vía expansión del crédito es la forma por excelencia para generar el conocido y popularmente misterioso ciclo económico de boom y recesión general. Pero dado que la intervención estaba justificada técnicamente, había que lidiar con el las recesiones y depresiones con más intervención aún. Una somera mirada a la inflación estatal del dinero durante los años 20 basta para adjudicar acertadamente la responsabilidad de la Gran Depresión. También puede recurrirse a «America’s Great Depression» de Murray N. Rothbard y «La Gran Depresión» de Hans Sennholz. En ese sentido ni hablar de las hiperinflaciones en países latinoamericanos, sus crisis bancarias y su estancamiento en general.

La fijación con el pleno empleo ha llevado una y otra vez a pensar que existen situaciones en que el consumo es menos que «óptimo» y el Estado debe intervenir para provocar la utilización de recursos «ociosos» y estimular la demanda agregada. Todo esto, claro, bajo el improbable concepto del efecto multiplicador del gasto público.

Pero forzar el consumo por encima de la inversión –la cual sí es multiplicadora– es un ejercicio de ilegitimidad ética además de destrucción económica. Como dijo uno de los seguidores más conocidos de Keynes y el mercantilismo en general, John Kenneth Galbraith: «Hitler fue el verdadero protagonista de las ideas keynesianas».

4.- El Estado como socio y los agregados poco agregables

Para llegar al cálculo del PIB de un territorio, se utiliza una conocida fórmula:

C+I+X+G=PIB

El problema es que la aceptación de ésta sin beneficio de inventario implica prácticamente sumar peras y manzanas. En primer lugar, la acumulación de dinero no implica mayor riqueza (bienestar). Prestar una atención miope al resultado de la fórmula del PIB, sobre todo cuando la inversión y el consumo quieren sumarse al gasto público, es un error. El gasto público (incluyendo las empresas públicas y su intromisión) se compone de recursos sustraídos del sector privado, que hubieran estado al servicio del proceso económico en forma de consumo, inversión y comercio exterior precisamente. De ninguna manera puede considerarse inversión; en el mejor de los casos consumo forzoso. Pero éste último siempre implica una pérdida de bienestar social pues se hace a espaldas de la gran mayoría de implicados.

Por otra parte y como se mencionó antes, las exportaciones no son un activo del que deban restarse las importaciones. Ambas caras del comercio son auto equilibrantes y suficientes.

Además el PIB está atado a los índices de precios al consumidor y a la cantidad de dinero en la economía. Cualquiera de los dos factores sería suficiente para desconfiar de su validez, pues son nominales y no siempre reflejan la situación subyacente y real.

El concepto del PIB debe ponerse en duda por su imprecisión, y porque es un concepto contable más que cataláctico, es decir no lidia con la cooperación de mercado en su conjunto si no con sumas y restas de elementos desiguales frente al proceso económico. Pero el cálculo del PIB es solamente una manifestación particular de la concepción mercantilista, siendo la miopía ante la existencia del individuo la raíz fundamental de esta última. Si se considera la acción colectiva como algo más que un concepto funcional para entender la suma de acciones individuales, el error seguirá plagando la ciencia económica. Aquella debe estar al servicio del ser humano y la cooperación social voluntaria, no de la política. Entender la diferencia determina fundamentalmente nuestra capacidad de salir del atraso y la desesperanza.Conclusión

Hemos heredado una economía tradicional plagada de imprecisiones. Esto tiene dos claros efectos: desprestigia la ciencia económica haciendo que mucha gente no la tome en serio y por otra parte vuelve a muchos economistas ejemplos de lo que F.A. Hayek llamó la «fatal arrogancia», es decir que se toman demasiado en serio frente a la sociedad. Ambas son caras de la misma moneda, y sus efectos vía políticas públicas sobre el planeta han sido desastrosos. Antes de la reinstitución del Mercantilismo, el analfabetismo económico era común exceptuando a los economistas. Luego de los 1930’s una buena parte de la propia profesión padece de ese mal al abrazar fundamentos y conclusiones erróneos.Keynes, padre intelectual del FMI y las políticas económicas de los últimos 70 años, hubiera hecho bien en no desenterrar los viejos mitos mercantilistas y vestirles de nuevos ropajes.

El costo de enterarnos que el emperador estaba desnudo y tenia un rostro viejo y desagradable aún no se termina de pagar en oportunidades perdidas para el mundo en vías de desarrollo. Los seguidores posteriores de esa línea, desde Hicks pasando por Samuelson & Nordhaus para llegar a Paul Krugman, siguen confundiendo a sus herederos intelectuales y al público en general. Pero la economía de pizarrón nos ha hecho ya el suficiente daño. Tal vez es hora de evitar nuevos desastres.

Viva mejor gracias al capitalismo

En el principio… todos eran pobres.

Luego, hace relativamente muy poco, aparecen las empresas y el panorama cambia radicalmente para una gran porción de la humanidad. Descartada la falacia de que el colonialismo enriquece (las colonias son un peso para el despegue, cuando revisamos los datos), demos paso a la explicación de por qué la empresa privada es el fundamento del bienestar general de una nación y así ha sido para el llamado Primer Mundo y gran parte de Asia. Al contrario de lo que Karl Marx y Adam Smith incorrectamente pensaron, la forma “primitiva” en que se obtenía un ingreso, no era por definición un salario sino una ganancia.

Hacer esta distinción permite apreciar el fundamental papel de las empresas en la creación de riqueza para una nación. Como explica George Reisman, mientras más capitalista sea el sistema económico, más altos son los salarios pagados a los trabajadores con relación a los ingresos por ventas. Los capitalistas no deducen sus ganancias de la “plusvalía nunca entregada” a los trabajadores.

Por el contrario, los trabajadores reciben un salario que es un costo que los capitalistas (empresarios) deben descontar de su ingreso, que en principio sería totalmente ganancia. Para entender esto, imagínese que usted es alfarero. Todo lo que usted obtiene por ventas es ganancia. Para crecer, no le queda otra alternativa que contratar más gente. Pero la ganancia -es decir- la creación de valor y los clientes son producto de su mente y su creatividad.

Es decir, usted no le «roba» la ganancia a su colaborador contratado, si no que usted es responsable por la creación de su salario en primer lugar.

En otras palabras, Marx basó toda su teoría económica sobre una falacia, una gran mentira teórica e histórica. Lo interesante es que con el desarrollo económico capitalista, la división del trabajo aumenta y el recurso humano comienza a ser escaso frente a los otros recursos (naturales y capital) complementarios para cualquier tipo de producción material. Así, se crea una competencia por los trabajadores, escasos frente a la producción creciente. Esta es la única razón, no hay otra, por la cual los salarios aumentan y compran más cada año en un sistema capitalista. En ausencia de depreciación monetaria, cada incremento de productividad vuelve más valioso al recurso humano en relación con el resto de recursos y la gente puede comprar más cada año.

Y en un sistema de libre competencia, mientras más exitosos y ricos sean los capitalistas, más altos serán los salarios con respecto a las ganancias puras. Taiwán, que hace 50 años tenía el mismo nivel de vida de Kenya, ahora tiene un ingreso por habitante 20 veces superior. Y tomando en cuenta que todos nos levantamos por la mañana para producir, ¿no quisiera usted que esas mismas 8-10 horas le permitieran comprar más cada año (o trabajar menos para alcanzar nuestro estilo de vida latino y no tan complicado)?

Tal vez su hijo se haría poeta o filósofo con la lo ahorrado, o un nuevo Marx, quien vivió de herencias y de Engels, su Mecenas, mientras engañaba a media humanidad.

Pobreza y pobres en la sociedad libre

Está bien, dicen algunos, el capitalismo es el sistema social más productivo, pero no todos están capacitados para la producción de la misma forma, por esas y otras razones la brecha entre ricos y pobres aumentará, tanto a nivel de países como de individuos. Además, sin una fuerte protección estatal la gente que tenga problemas o tragedias personales no podrá sostenerse, por lo tanto una sociedad totalmente libre y con gobierno limitado no es solidaria ni deseable. 

¿Está usted de acuerdo con esas premisas? Revisemos qué nos dicen la teoría y la historia sobre la pobreza y la desigualdad en el capitalismo.

La distribución de la riqueza

Marx escribió tres largos y densos volúmenes tratando de convencernos de que el “trabajo” (entiéndase el de tipo físico) crea riqueza. Claro, era el inicio de la era industrial y era muy fácil confundirse al ver tanta máquina y músculo. Pero el gerente y los accionistas de la empresa eran quienes en realidad hacían marchar la economía. Esto se ha vuelto más claro gracias a la economía de servicios actual: quienes tienen las ideas, saben manejar equipos humanos y tecnología, y asumen riesgos con sus capitales, son los verdaderos responsables de la creación de riqueza. El resto de nosotros colaboramos, no porque no nos quede más remedio, si no porque la división del trabajo es mucho más productiva que procurarnos nuestra propia comida, nuestros vestido y ni hablar de medicinas y otros bienes que tomamos erradamente como obvios en nuestras vidas. Dicho de otro modo, el capitalismo no está basado en la explotación y “alienación” de los trabajadores de su trabajo. Está basado en la inevitable creación e mejores oportunidades para los trabajadores y en el compartir productos del trabajo de cada uno, cada año de forma más accesible.

Lo único que trabaja en contra de este proceso es la inflación, que es la erosión del valor de la moneda –si retomamos su sentido preciso y dejamos de confundir la el efecto con la causa. Cuando existe inflación, el ahorro y los salarios pierden poder adquisitivo cada año. Cuando existe estabilidad monetaria (dinero con respaldo en metálico o un rara avis como el banco central germano bajo la tutela de Ludwig Erhard, responsable de las condiciones para el “milagro alemán” que infló la moneda en 8% durante toda una década, es decir un bajísimo 0,7% por año en promedio) es posible el cálculo económico (contabilidad de costos) y por ende se puede producir más con iguales medios o igual con menores recursos. Esto genera una inevitable competencia entre empresarios por reducir precios sin perder sus ganancias, es decir, bajando costos igual o a mayor ritmo, y forzando a los productores de bienes de capital al mismo proceso, benévolo para la sociedad en su conjunto. De esta forma se genera un fenómeno casi olvidado desde la Segunda Guerra Mundial: una economía de precios que caen cada año frente a los salarios y el ahorro, volviendo más rica a la clase media y elevando a los pobres a las clases medias, sin dejar de ser rentable en absoluto. Aunque sin tener el total de estas condiciones, un caso latinoamericano insuficientemente reconocido es Chile, donde en los 15 años de mayor libertad económica la clase media paso de ser un 40% a ser un 65% de la población y recortándose igualmente el número de pobres de 40% al 17%.  

Una economía libre distribuye la riqueza de acuerdo al aporte productivo de cada persona y empresa, premiando a) la innovación, b) el ahorro, y c) la inversión, en notable recompensa al auto-interés inteligente: el que sabe que para enriquecerse se debe atender las necesidades de los demás de forma consistente. Nada como una economía creciente sobre bases monetarias sólidas (no-inflacionarias), como garantía de que cada generación tendrá acceso a mejores bienes materiales y culturales que la anterior.

La pobreza es abatida por primera vez en la Historia

Para analizar la pobreza en la Historia humana, es necesario poner las cosas en perspectiva. Durante 7.000 años el ser humano no conoció otra cosa que la pobreza. Como dijo el investigador Nathan Rosenberg, “la percepción de la pobreza como algo moralmente intolerable en una sociedad rica, tuvo que esperar a la aparición de una sociedad rica”. Incluso los “ricos” –la nobleza y los reyes– de hace 300 años envidiarían las condiciones de expectativa de vida, mortandad infantil, salud y acceso a otros bienes con las que una familia de clase media ecuatoriana cuenta actualmente, valore ésta o no adecuadamente a los grandes genios científicos y empresariales del mundo que lo hacen posible. Al ritmo al que iban las cosas en la antigüedad, tomaba casi 2.000 años duplicar el ingreso promedio en un país. Pero Inglaterra lo hizo en 60 años durante la Revolución Industrial, resultado de la libertad político-económica que las ideas de la Ilustración permitió. Taiwán, Hong-Hong y China lo han logrado en menos de 10 años, por una sencilla razón: el know-how y los capitales ya están disponibles para el país relativamente pobre que se decida a liberalizar su economía y volverse un campo de juego estable para la empresarialidad. 

El análisis de Marx sobre explotación entre clases sociales, resultaba ser falso; tanto como el de Lenin sobre explotación entre países. Cada vez más gente en más y más países ha salido de la pobreza. Como dice el sueco Johan Norberg: “Desde luego, el europeo occidental o norteamericano es 19 veces más rico que en 1820, pero un latinoamericano es 9 veces más rico, un asiático 6 veces más rico y un africano cerca de 3 veces más rico. Así es que, ¿de quién fue robada esa riqueza? La única forma de salvar esa teoría de suma cero, sería encontrar el naufragio de una nave espacial increíblemente avanzada que hubiéramos vaciado hace 200 años. Pero ni siquiera eso salvaría la teoría. Entonces tendríamos que explicar de quién robaron esos extraterrestres sus recursos”. Y es que la economía no es un juego de suma cero. Ambas partes ganan, pero el “fuerte” le trasmite su fortaleza al “débil” en el proceso. Por lo tanto y aunque sea difícil de creer, el relativamente más pobre es el más beneficiado al asociarse con el relativamente más rico. 

El caso de Chile (incluso sin dinero real y usando ideas inflacionistas aún)

Por ende, la brecha entre clases sociales se estrecha en vez de incrementarse. Las sociedades más orientadas al libre mercado tienen una diferencia de ingreso entre su quintil más rico y el mas pobre, de 14 veces (Norberg, 2001). ¿Parece demasiado? En los países más orientados a redistribucionismo estatal, los impuestos y la falta de libertad empresarial como el nuestro, es de 32 veces. Eso debería decirnos mucho. Por otro lado, la pobreza absoluta (no la relativa, siempre somos más pobres que “alguien”) se redujo del 40% al 21% desde 1981 a nivel mundial hasta la fecha. Es tal vez uno de los fenómenos humanos más masivos e importantes de la historia, pero no espere verlo en los libros de historia muy pronto. La lentitud de los creadores de opinión pública para reconocer las bondades del sistema de empresa es pasmosa.

¿Y qué pasa con los más necesitados y los que caen en desgracias temporales? 

La pobreza es nuestro estado original, pero la miseria es fruto de gobiernos destructivos

Existe una idea demasiado extendida y falsa, de que en una sociedad donde el gobierno no juegue más que un papel de juez y protector de los derechos a la vida y la propiedad, sería una sociedad mezquina y despreocupada de los más necesitados. Nada más lejos de la verdad. Basta revisar dos textos vitales sobre el tema, para entender que nada impulsa más la generosidad que el ver satisfechas primero las propias necesidades. Estos son “From mutual aid to the welfare State” de David Beito, y “En defensa de los más necesitados” de Alberto Benegas Lynch (h) y Martín Krause, norteamericano y argentinos respectivamente. El lugar de origen de los autores no es casual: al haber sido sociedades libertarias durante toda o gran parte del siglo XIX, los EEUU y la Argentina vieron la aparición de sociedades filantrópicas, caritativas, obrero-fraternales y empresariales, que hacían lo que luego confiscó el Estado en el s.XX –con su publicitado “gasto social”– de forma mucho más eficaz, humana y sobre todo, sin quitar a unos para dar a otros. De esta forma los enfermos, desempleados (el desempleo “estructural” aparece casualmente al mismo tiempo que las leyes laborales), accidentados y quienes caían en desgracia familiar temporal tenían una ayuda financiera y humana decisiva así como suficiente. El mal llamado Estado Benefactor ha creado desincentivos para el trabajo, para la formación de una familia y para el sostenimiento de los lazos comunitarios. Pero ese tema merece todo un artículo separado. Lo importante es reconocer que no hay nada que la sociedad civil no pueda hacer bajo liderazgo y que requiera de jefes (coerción) y política para lograr. Si necesita un ejemplo local, visite el barrio “El Comité del Pueblo” en Quito: se ha formado una red privada en que las familias comparten los costos para la medicina preventiva a un precio extremadamente cómodo, y que representa sin duda una verdadera forma de solidaridad, y no de redistribución impersonal de la riqueza. 

Y si a esto se le agrega un clima cultural basado en el amor propio y el aprecio por los logros personales y ajenos, el panorama se completa. Como dijo el filósofo objetivista y psicólogo Nathaniel Branden: “Existe evidencia abrumadora de que mientras más alto el nivel de autoestima, más propenso será uno a tratar a los demás con respeto, gentileza y generosidad”. Las sociedades que valoran el logro, que admiran en vez de envidiar, tienden también a ser generosas en casos que auténticamente requieren de la ayuda de la comunidad.

Conclusión

El socialista Robert Heilbroner aceptó a regañadientes lo evidente en 1989: «Menos de 75 años luego de que el concurso entre el capitalismo y el socialismo comenzara oficialmente, se terminó: el capitalismo ganó. Los tumultuosos cambios tomando lugar en la Unión Soviética, China y Europa del Este nos han dado la más clara prueba posible de que el capitalismo organiza los asuntos materiales de la humanidad mucho más satisfactoriamente que el socialismo» (New Perspectives Quarterly, Otoño de 1989)Pero además, el capitalismo permite ir ascendiendo en nuestra escala de necesidades, superando las más primarias y permitiéndonos literalmente no sólo empezar a pensar en los demás si no también contar con los recursos para apoyarles. Cuando el ser humano ha experimentado el vivir en sociedades libres, ayudar ya no es una imposición estatal que le quita todo valor ético y cultural, ni el resultado de una falsa mala conciencia. La generosidad simplemente se ha vuelto la regla y no la excepción dado que la sociedad civil ha sentido su rol –no el de políticos y burócratas– la ayuda a los más necesitados.

¿Por qué fracasa el socialismo?

La pregunta que da nombre a este artículo es contundente y –dirían algunos- pretenciosa. Dado a que en otros campos de la experiencia humana hay formas de organización o acción que pueden funcionar siempre que existan una serie de factores o condiciones, decir que el socialismo fracasa siempre y en sí mismo es una afirmación que necesita una fundamentación sólida. 

Para empezar debemos definir qué es socialismo. A pesar de que su nombre provenga de «social», algo muy inteligente por parte de quienes diseñaron la etiqueta en los siglos XVII al XX, lo que realmente implica es planificación central (socialización). Y claro, existen varios socialismos, desde el socialismo utópico, pasando por el socialismo marxista hasta llegar a su primo hermano, el nacionalsocialismo -nazi- alemán.

Pero, ¿qué tienen en común estas tendencias, cuyos integrantes pasaron tanto tiempo tratando de diferenciarse entre sí? Algo fundamental: la desconfianza o desprecio por la autonomía del individuo y la insistencia en politizar y planificar centralmente las actividades de una sociedad. Y eso es lo que debe ser entendido por socialismo o socialización. Entonces, lo que quiero señalar en este artículo es que independientemente de las aparentes buenas intenciones y argumentos de quienes nos proponen este modelo social, el socialismo fracasó y fracasará siempre que se intente.  

Ética, luego economía 

Mi argumentación toma prestados los descubrimientos de las mentes más grandes de las ciencias sociales, entre las cuales están Max Weber, Friedrich A. Hayek y el gran economista del siglo XX, Ludwig von Mises. Sin embargo, antes de llegar al meollo del asunto – el tema económico- no puedo pasar por alto un tema que debe siempre anteceder a cualquier análisis económico o político: la ética. Como observó el genial John Locke en el siglo XVIII, la actividad humana genera propiedad. Para empezar somos dueños de nuestro propio cuerpo, y por añadidura de los frutos obtenidos mediante su uso. Es bajo ese concepto que los liberales del siglo XIX habían formulado la gran verdad universal de que somos dueños de «nuestra vida y nuestra propiedad». Ya que nuestra supervivencia como seres humanos es inseparable de nuestras necesidades materiales, pero a la vez nuestros derechos terminan donde empiezan los del otro, la ética que emergió una y otra vez en la Historia confirma esos principios que son tan evidentes ahora. Consagrarlo en formas de gobierno competitivas o un monopolio de funciones mínimas y limitado por una constitución[1], aseguraba la convivencia social pacífica y la prosperidad relativa a los avances de ese tiempo. Nada de esto es posible si existe planificación central de la economía y otras áreas de la vida social. Puesto en otras palabras, el socialismo es por definición un modelo que actúa por encima de los derechos inalienables de los individuos, violándolos. La cooperación social voluntaria y mutuamente beneficiosa nunca requiere de imposición política de una mayoría, un dictador o un partido único.  

Imposibilidad del cálculo económico en el socialismo 

Una vez expuesto porqué un sistema socialista es ante todo ilegítimo, podemos pasar al plano de su funcionamiento económico, en el cual la planificación central tampoco pasa la prueba teórica e histórica. Este es el tema más importante que expondré, debido a que lastimosamente la ética poco le importa a mucha gente que se precia de ser «pragmática», pero cuando de economía y dinero se trata, todos nos sentimos implicados. Imagine usted, estimado lector, que su negocio es un pequeño quiosco de hot-dogs. Sus hot-dogs tienen una serie de ingredientes, y además usted incurre en otros costos para obtener el producto final.

La única forma dinámica, eficiente y legítima de saber si la gente quiere sus hot-dogs, es producirlos y ponerlos a la venta. Si la gente los compra, usted sabrá que el hot-dog vale más que la suma de sus partes: pan, salchicha, mostaza, cebollas, su tiempo, el gas de la cocina, la compra del quiosco, etc. En términos más precisos, el hot-dog es socialmente útil como actividad económica si la diferencia entre el precio final y los costos incurridos hace que valga la pena el esfuerzo. Eso, que sabemos a nivel individual en un negocio o actividad sin fines de lucro, es inexistente en el socialismo. Simplemente es imposible la contabilidad de costos, y si eso ocurre en una serie de industrias o la mayoría, es evidente la clase de desastre que se provoca. En ausencia de propiedad privada de los “medios de producción” y otros bienes, es imposible asignarlos a las tareas más prioritarias; su propia conservación y buen uso se ven comprometidos. Y hay que aclarar que en esto no tiene absolutamente nada que ver el carácter de los individuos que participan. Si se reúnen 10 millones de marxistas en una isla coherentemente socialista, no podrían coordinar sus actividades económicas y su supervivencia se vería comprometida casi enseguida. 

Este problema fue visualizado originalmente por el sueco Nicholas G. Pierson y el inglés Max Weber, antes de que fuese magistralmente expuesto por Ludwig von Mises. El tema es ineludible: dado que el valor es subjetivo y los precios reflejan la suma de esa subjetividad y la escasez de un bien, un sistema económico o industria que no cuente con precios libremente fijados –reales- va a desembocar siempre y cada vez en la entropía y el retroceso económicos. Este debate no es nuevo, y los autores socialistas nunca pudieron darle solución. A diferencia de lo que Marx pensaba, el mercado no representa una «anarquía de la producción»: es el único mecanismo capaz de coordinar cientos de miles de actividades simples y complejas hacia la elaboración de bienes que eleven la calidad de vida del consumidor final[2]. A través del sistema de precios se reflejan millones de gustos, preferencias y disponibilidad de bienes productivos y de consumo. ¿Es perfecto? Nada humano lo es. ¿Existe desperdicio e ineficiencia en muchas ocasiones? Por supuesto, pero su alternativa es peor. Sencillamente no hay reemplazo para el sistema de precios, que refleja las prioridades sociales y guía el proceso económico. Intentar sustituirlo con planes nacionales, regulaciones económicas o nacionalizaciones es un esfuerzo vano y económicamente destructivo. Ya entendido el argumento teórico, veamos lo que nos dice la Historia al respecto.

La socialización de la agricultura había ya acabado con la vida de millones de personas por hambrunas en la naciente U.R.S.S., cuando Lenin decide aplicar la llamada Nueva Política Económica (NPE). Lenin, un marxista de formación, introduce entonces y por emergencia los primeros elementos de capitalismo cabal en Rusia. Reprivatiza alrededor del 4% de granjas colectivizadas, elimina ciertos controles, y establece el patrón oro (moneda dura) con respaldo para el rublo. Estos incipientes elementos de capitalismo fueron responsables por la supervivencia material del pueblo ruso. Ese pequeño porcentaje de kulaks que recuperaron su propiedad, generaron el 28% de la producción agrícola de la U.R.S.S. durante los siguientes 70 años. Tan concientes estaban los soviéticos de que los precios eran el sistema de señales de una economía (cosa que nuestros economistas neokeynesianos locales, por el contrario, ignoran o pretenden obviar) que mantenían suscripciones regulares a catálogos industriales y de tiendas departamentales de los EEUU y Europa, para tener algún tipo de referencia.

Alrededor de 18.000 economistas participaban de la tarea centralizada en el Kremlin por fijar precios sin mercado, un esfuerzo vano por definición. Cada año más fábricas quedaban paradas por falta de partes pequeñas que no podían solicitarse dinámicamente mediante compras libres. La economía soviética, en palabras de un economista ruso contemporáneo, era un «ferrocarril tosco y feo, detenido por falta de tornillos». Lo mismo le sucede a Cuba. Sólo un 13% de los ingenios azucareros que la Revolución confiscó a sus propietarios sigue en condiciones funcionales, el resto son chatarra gracias a la falta de piezas de repuesto. Ni la U.R.S.S. ni Cuba pudieron ni podrían sostenerse sin socios más cercanos al concepto capitalista, ya sea por imitación permanente de industrias, métodos y especializaciones profesionales, o bien por comercio estatal, en lo que se conoce como «capitalismo de estado». Los ciudadanos de los modelos totalitarios por su parte complementaron siempre sus necesidades en el mercado negro.  

¿Qué sucede con las industrias socializadas en países relativamente libres? 

Cada actividad económica que se aísle del sistema de precios, empezará necesariamente un lento declive y deformación[3]. Así lo atestiguan tanto la educación francesa, con la pérdida de sus estándares de posguerra, como la medicina socializada en Canadá, que hace esperar a pacientes críticos alrededor de 6-18 meses y cuenta con una tecnología muy inferior a la de su vecino EEUU. Lo mismo sucede con el sistema de pensiones en Suecia, que empieza ya a imitar a Chile en un modelo individual de ahorro en vez de la mal llamada seguridad social. En el Ecuador de hoy en día -el cual por cierto se clasifica entre los países de menor libertad económica del mundo- hay una larga serie de actividades e industrias que siguen intervenidas o directamente en manos estatales, eliminándose cualquier tipo de racionalidad económica e innovación local. Pero ni la administración extranjera, la concesión u otros parches podrán subsanar el problema fundamental: al igual que en un quiosco de hot-dogs, se necesita información real y libre para crear valor agregado.  

El socialismo no es social, es político 

Luego de una objeción desde la ética y una exposición de por qué la planificación central (socialismo) no es viable, hagamos una última disección del término para aliviar a quienes sienten que este artículo ofende su sensibilidad política o incluso cultural. Como dije al principio los ingenieros sociales, diseñadores de utopías a costa de vida y propiedad ajenas, tuvieron el mejor acierto en la historia del marketing político al apropiarse del nombre socialista para autoetiquetarse. Sin embargo el nombre sigue causando confusión entre quienes tienen una gran sensibilidad social y aman el concepto de comunidad, sobre todo en nuestro estilo latino. Sencillamente, el socialismo es lo contrario a la comunidad, en su concepto pacífico y voluntario. La imposición gubernamental es la señal de fracaso de quienes no lograron liderar voluntariamente un tema o proyecto social. Si usted al igual que yo, cree en la comunidad, en el liderazgo y en la ayuda a los más necesitados, no piense que es socialista. Sencillamente usted es humano. Politizar esas nobles intenciones provoca el efecto contrario: autoritarismo y subdesarrollo. Y por eso precisamente, el socialismo fracasa.


[1] La filósofa rusa Ayn Rand, autora de “La Rebelión de Atlas” y “El Manantial”, decía que “El gobierno se crea para proteger a la gente de los criminales. La constitución se crea para proteger a la gente del gobierno”. [2] «En el capitalismo, todas estas decisiones se determinan en base a cálculos económicos (de costos). Por tanto, la producción de zapatos en su conjunto tiende a ser efectuada hasta el punto en que una mayor producción haría que la industria del zapato se vuelva relativamente menos rentable en comparación a otras; los estilos son aquellos que los consumidores están dispuestos a volver rentables; los métodos de producción, los materiales utilizados, las locaciones geográficas son las del menor costo posible excepto cuando tengan ventajas especiales por las cuales los consumidores estén dispuestos a pagar». Reisman, 1996 Y a manera de anécdota: “Si algo en concreto puede mostrar la deshonestidad intelectual del departamento de economía de [la universidad de] Columbia en aquellos días, era esto. Mientras que se evitaba u ‘olvidaba’ hacer disponible un solo de los textos de Ludwig von Mises, o inclusive mencionar la existencia de ellos en las lecturas asignadas, o hasta donde tuve conciencia, en un aula, el departamento se aseguró de mantener disponibles docenas de copias del intento de refutación de Oskar Lange a la doctrina de Mises sobre la imposibilidad de cálculo económico del socialismo -en el área de reserva de la biblioteca como una lectura suplementaria y opcional al curso de introducción a la economía” Reisman, 1996 La ‘solución’ planteada por Oskar Lange y otros socialistas neoclásicos (el término es casi redundante) es que el ensayo y error y la coordinación entre planificadores centrales es más eficiente y justa que los monopolios, oligopolios, carteles permanentes y monopsonias a las que el modelo neoclásico lleva como conclusión sobre la realidad. Nuevamente un marco teórico de epistemología falaz lleva a peligrosísimas conclusiones. Ni la información es estática, ni los actores son lineales, ni las necesidades son iguales año tras año. Tres supuestos tan pueriles al desmantelarlos demolería nuevamente el esfuerzo de Lange y otros marxistas por resolver el problema teóricamente. En la práctica sin embargo, no fue necesario, el Kremlin basaba sus Gosplan en información exterior como mencioné anteriormente y permitía ciertos niveles de mercado, dando la razón a Mises y cualquier otro ser humano conciente de las limitaciones de la acción humana individual sobre un conjunto dado de recursos y voluntades independientes. “Todos deberíamos estar agradecidos a los soviéticos porque probaron de forma concluyente que el socialismo no funciona. Nadie puede decir que no tuvieron suficiente poder o suficiente burocracia o suficientes planificadores o que no llevaron las cosas hasta el grado suficiente” Paul Craig Roberts. Sin embargo el caso también aplica, como lo planteé al prof. Cachanosky, a una isla en que Microsoft –digamos- internalice todas las actividades necesarias para los seres humanos que en ella trabajan. Se perderían de tal forma los costos reales de vista en cada actividad, (no existirían, pues su precondición es la valoración subjetiva) que la isla Microsoft generaría su propia entropía económica en muy poco tiempo. “…paradójicamente, la razon por la cual una economía socialista no puede hacer cálculos no se debe específicamente a que sea socialista! El Socialismo es el sistema en el cual el Estado toma control a la fuerza de todos los medios de producción en la economía. La razón de la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo es que un solo agente posee o dirige todos los recursos de la economía. Debe estar claro que no hay diferencia en esto si el agente es el Estado o un individuo o un cartel empresarial” Murray N. Rothbard, Man, Economy and State El análisis inverso es precisamente la mejor justificación para la tercerización o outsourcing, basada en los principios ricardianos y miseanos de ventajas comparativas y competitivas utilizados en la “Ley de asociación” de L. von Mises (ver Acción Humana). En esto hay que coincidir con el economista José Piñera, en que la base de toda economía sana es “competencia, competencia, competencia”. Eso sólo es posible si la propiedad es dispersa, legítima y no hay barreras de entrada para las actividades. Entonces entra también y en segundo plano el tema hayekiano-schumpetereano de la dispersión de la información y la capacidad (conocimiento, asimetrías informativas, talentos y creatividad) a complementar el argumento. [3] Mi análisis de las áreas socializadas se inspira en el tema Miseano, que Rothbard también aplicó en su análisis del Estado per se. El Estado es la socialización de la justicia, la seguridad y el castigo o retribución y tiene en su concepción el mismo defecto de cualquier otra actividad socializada. “Rothbard llevó un paso adelante los argumentos de Mises en el tema del cálculo económico. Consecuentemente, Rothbard concluyó que si el socialismo no puede funcionar, tampoco pueden hacerlo los actos de intervención del gobierno en el mercado. Esta posición es sostenida por un número reciente de economistas que comparte la visión Miseana-Rothbardeana de los defectos internos del socialismo. Paul R. Gregory y Robert C. Stuart, en un libro popular sobre la economía soviética, escriben “La lección primordial que debe aprenderse de este análisis del sistema de mando y administración vertical, es que falló debido a contradicciones internas, no al error humano. Esta verdad es importante. Las generaciones siguientes, atraídas por las características ‘atractivas’ del sistema de mando y administración vertical –igualdad, derecho al trabajo, desarrollo administrado verticalmente- podrían concluir que el sistema en sí era posible. En esta perspectiva, sus administradores –desde fines de los 1920’s hasta principios de los 1990’s simplemente no supieron manejarlo. Tal conclusión llevaría a una repetición del experimento con resultados que podrían no ser previstos por generaciones futuras” Yuri Maltsev, Murray N. Rothbard as a critic of socialism

Socialismo de las propinas en Ecuador: por qué abolir el 10% obligatorio en restaurantes y hoteles

Las propinas son un indicador de qué tanto una cultura valora el trato y la calidad en el servicio en las llamadas industrias de servicios. La restaurantería y el turismo principalmente, aunque casi todas implican algún nivel de servicio personal en lo que se conoce como el «delivery» del bien adquirido.

En los E.E.U.U. se acostumbra a dar una propina (tip) de 15-18% del total de la cuenta. Este 15% suplementa considerablemente el salario mínimo de un mesero o bell-boy. Pero aún más importante es que al ser voluntario, mantiene atento (exigente) al cliente y atento (esmerado/a) al empleado. Alguien que obtiene buenas propias puede estar seguro de que ha encontrado una actividad en que su esfuerzo es apreciado por la sociedad.

En Ecuador esta importante señal de mercado ha sido atropellada por una medida socialista (no dudo que impulsada por complejo o por complejo secundada por la derecha política del país) en forma de un 10% de «servicios» cobrados con la cuenta, por ley, siempre y cada vez. Para colmo, se reparte igualitariamente (ojo, lo opuesto a equitativamente o con justicia: no son sinónimos) entre quienes tratan con los clientes y quienes no lo hacen (por ejemplo, los cocineros y otros que trabajan en el «back-end», es decir, tras bastidores.

¿Y si el servicio fue malo? Ud. paga el 10% quiera o no.
¿Y si quiere recompensar a alguien en particular? Ud. paga el 10% quiera o no.
¿Y si alguien no merece una propina por su trato desconsiderado o torpe? Ud. paga el 10% quiera o no.

Como toda medida socialista, se ve bien a primera vista pero a) atropella derechos individuales y b) causa consecuencias peores que el supuesto problema que pretende acometer.

Si no se reparte el 10% a los cocineros sino solo a los meseros, los cocineros no contarán con ese 10% para su ingreso. Eso parece malo e inhumano a primera vista, pero en realidad el dueño del restaurante u hotel tendrá que poner de su bolsillo la diferencia pues es parte del ingreso por el cual se acepta esa carga de trabajo en dicha industria.

Si no se reparte el 10% ni siquiera entre los meseros, los malos meseros no contarán con ese 10% para su ingreso. Eso también podría parecer malo e inhumano a primera vista. En realidad dejarán esa actividad quienes no posean los modales, la imagen personal y el carisma para generar un ambiente agradable y *sumar* (en vez de resultar indiferentes o incluso un *negativo*) a la experiencia del cliente. De ese modo, quienes no sean buenos para ser meseros, lo sabrán a ciencia cierta. Quienes sean buenos también lo sabrán y serán recompensados proporcionalmente. Eso sí es justo y equitativo. Pero además gana la sociedad en su conjunto pues cuenta con gente trabajando en donde sí se desempeña con calidad (mejor asignación del llamado «recurso humano») y con mejor atención al cliente para locales y turistas, desencadenandose una serie de consecuencias positivas.

¿Pero y qué pasa con los clientes que no dan propina? Veamos los datos de este estudio:

A new study finds many waiters and waitresses feel that black Americans generally tip less than restaurant diners who are white. The study, by a researcher at Cornell University’s School of Hotel Administration, found that blacks tip on average 20 percent less than whites. In addition, restaurant workers of all races dislike waiting on black people because they assume the tips will be less no matter how good the service. NPR’s Juan Williams reports.

The study found that 63 percent of blacks and 30 percent of whites didn’t understand that the standard restaurant tip in the United States is 15 to 20 percent. The difference between how blacks and whites view tipping has serious ramifications for restaurants, including lawsuits and lost profits, Williams reports. «The average tip from a black customer is about 13 percent of the bill. The average tip from a white customer is about 16.5 percent of the bill,» says Dr. Michael Lynn, the study’s author.

In some cases the difference in tipping may be the result of poor service, but blacks interviewed in one of Lynn’s studies rated the service slightly higher yet still tipped less than whites, he says.

(Ver: http://bit.ly/13A4dE )

De ese modo, el mercado permite una discriminación de clientes también, sobre la base del derecho de libre asociación (cuyo anverso es el de libre disociación) que descansa sobre las instituciones de la propiedad privada y los contratos. Quienes sean mezquinos en sus propinas, serán peor atendidos y menos bienvenidos en los locales. Si en el peor de los casos eso no educara (vía incentivos) para mejores comportamientos en lugares públicos, al menos evidenciaría que la calentura no está en las sábanas: no se puede curar la fiebre forzando el mercurio hacia abajo en el termómetro con una ley. Debe permitirse tal sinceramiento y así -recién- podremos trabajar en una cultura de tratarse bien a uno mismo y a los demás de forma sincera, es decir, voluntaria.

Debe abolirse el 10% obligatorio en servicios para que los ecuatorianos podamos manifestar nuestras preferencias en nuestros tratos cotidianos de forma tangible.

Emprendedores: lo bueno, lo malo y lo feo


Una reciente investigación conducida por la ESPOL de Guayaquil coloca al Ecuador en uno de los primeros lugares a nivel mundial en número de emprendedores sobre total de la población. Pero, ¿es esto algo positivo? Hay al menos tres ángulos para entender el fenómeno.

Lo bueno: es el emprendedor y no el administrador quien hace funcionar una economía. Acuñado por los economistas franceses R. Cantillon y J.B. Say, el término “Entrepreneur” representa el rol de quien inicia acciones, arriesgando recursos y sometiéndose a la posibilidad de fracasar. Como podemos darnos cuenta, toda acción humana es entonces esencialmente empresarial.

Pero el entrepreneur va un poco más allá de lo individual en sus alcances y ha merecido un estudio detallado por los mejores economistas de la historia. Joseph Schumpeter por ejemplo, veía al entrepreneur detrás de su celebre idea de “destrucción creativa” en que un Henry Ford sacaba de su zona de confort a la sociedad -en especial a los herreros y criadores de caballos- para llevarla a un siguiente nivel de bienestar. Israel Kirzner por otro lado en su obra “Competition and Entepreneurship” nos dice que su papel es el de encontrar oportunidades subvaluadas y llevar agua donde hay sedientos, lo cual sin duda se deriva del rol predominante que sus antecesores F.A. Hayek y M. Polanyi dieron a la información dispersa y tácita en la sociedad humana. Finalmente Ludwig von Mises le atribuye al entrepreneur un rol coordinador pues los recursos  y talentos humanos serán por su intermedio -y el del rol irreemplazable del sistema de precios- asignados allí donde mejor atiendan las necesidades del público.

Una economía sin entrepreneurs es una economía que se limita a mal copiar y gerenciar su propia erosión. El mejor ejemplo es la difunta U.R.S.S. que graduaba administradores de empresas en cantidades industriales. Pero la economia no es un problema de administración, sino de toma de riesgos y creación de (nueva) riqueza. Lo malo: el Ecuador sigue ofreciendo un entorno hostil al emprendimiento. El verdadero hallazgo de la ESPOL es simplemente la contracara de la cifra de Subempleo del INEC. Mientras menos empleos haya en empresas pequeñas, medianas y grandes, más emprendedores habrá pues cada uno tendrá que hallarse a sí mismo trabajo al margen de un Estado obeso, confiscatorio y asfixiante.

Cuando las empresas crecen y se vuelven de categoría mundial, contratan a muchísima gente que ya no necesita seguir siendo emprendedora. Y es que hay un trade-off entre emprendimiento y estabilidad: a más exitoso un país, más grandes sus empresas, más asalariados y menos auto-emprendimientos hay. Ahora lo feo: seguimos sin entender el rol vital de muchos emprendedores. Por mencionar sólo dos: el intermediario y el revendedor de boletos. El intermediario compra a un precio competitivo donde es barato para vender a un precio competitivo allí donde es caro. La palabra quechua para esta función es “kutirpa”. Al parecer los indios precolombinos entendían que el intermediario nos facilita la vida. En este caso me evita gastar $5 usd para ir a Cayambe por un litro de leche y sólo me cobra $0,60 por comprar con calidad consistente y transportarlo, llámese Don Fausto-con-su-camioneta o Parmalat.

Pero además le evita al productor distraerse de lo que mejor sabe hacer (zapatero, ¡a tus zapatos!) para salir a vender en la ciudad. Gana el productor, aunque se queje y gano yo, aunque me queje. La persecución periódica que hacen los gobiernos municipales y provinciales a los intermediarios es apenas una instancia más de analfabetismo económico, común entre las clases gobernantes. El caso del revendedor de boletos es similar: me evitar abandonar mis actividades al comprar por mí el boleto, y luego obtiene una ganancia en tanto haya gente como yo dispuesta a intercambiar tiempo por dinero. Y como todo entrepreneur fracasa de vez en cuando si predice mal los comportamientos de otras personas.

Para concluir, podemos decir que el Ecuador es un país lleno de emprendedores porque su gente es mayormente tesonera e ingeniosa, pero nuestra cultura e instituciones trabajan aún en su contra. El emprendedor cultural y material es el motor de la sociedad, pero depende de todos nosotros sacarle del chaquiñán y construirle una autopista.

-Publicado originalmente en 2009-

¿Es sólo la producción material la que cuenta?

¿Es solo la producción material la que cuenta?

La producción material no es la única forma de producción. De hecho aquella depende de intangibles como la propiedad, las normas privadas o comunes, el lenguaje, la confianza, etc. La idea simplona de que unos producen (porque producen objetos materiales) y otros son “teóricos” (incluye científicos, inventores, profesores, consultores, contadores, auditores, analistas de entorno, asesores legales, etc) es un error pre-1871. Pre descubrimiento del principio de utilidad marginal y el valor subietivo. En realidad los servicios también agregan valor y de hecho suelen dar sentido a la producción material (un Nike sin marca/marketing, es sólo cuero y caucho). Más valor agregan socialmente Madonna o Michael Jordan que un campesino al azar aunque este produzca algo “real” (en la visión materialista). En realidad todo lo que nos rodea y no viene de la Naturaleza es una suma de ideas encarnadas en productos. Desde la agricultura y el comercio (que es diez veces más antiguo que la agricultura) en adelante. Siempre se trata de ideas y conocimientos. Toda economía es siempre una economía del conocimiento.

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Por qué la dolarización es (muy) buena para el Ecuador

Por qué la dolarización es buena para el Ecuador
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El dinero es un producto social -una institución en sentido mengeriano– que no ha sido creado por autoridades políticas sino por los intercambios entre desconocidos mediante lo que los griegos llamaban “catalaxia”, es decir, volver amigos a los extraños. Eso hace el comercio. Y el comercio ampliado requiere de un medio de intercambio como el dinero para evitar sistemas locales de deuda (don y dar incluído) o de trueque. El dinero tiene tres funciones en las sociedades humanas: ser medio de pago, ser unidad de cuenta (para poder hacer comparaciones entre otros bienes y entre distintos proyectos que requieren contabilidad rigurosa) y ser depósito de valor. Las dos últimas parecen no ser comprendidas ni apreciadas cabalmente por una parte importante de intelectuales y economistas del mundo. Como otras instituciones mengerianas -el lenguaje, la propiedad, la familia nuclear, la empresa, el derecho, etc- el dinero puede ser de alta calidad o de baja calidad, con consecuencias más o menos coordinadoras para el bienestar de las sociedades humanas.

1.- Medio de pago: debe ser un bien ampliamente aceptado. Algo que sea “fácil de deshacerse de”, en otras palabras que tenga como característica la liquidez. El dinero es el bien más líquido dentro de una escala de liquidez y en general de dinerabilidad de los bienes disponibles.

2.- Unidad de cuenta: permite el cálculo económico, es decir, la contabilidad de costos. Un dinero de calidad permite saber cuántos recursos tangibles e intangibles se gastan en producir un bien intermedio o un bien final. De ese modo, las sociedades humanas saben que están agregando valor en sus actividades, es decir, creando riqueza.

3.- Depósito de valor: el dinero sirve para mantener un balance de efectivo frente a emergencias, condiciones cambiantes o simplemente ahorrar. El ahorro es el fundamento de una economía sana en el corto y largo plazo pues permite hacer inversión y reinversión en métodos y conocimientos -es decir, capital- para crear riqueza.

Las dos últimas dependen de que el dinero sea dinero de calidad, poco o nada manipulable por autoridades políticas.

El dólar norteamericano no es la plata ni el oro, que emergieron espontáneamente como las mejores formas de dinero a través de siglos de prueba y error, superando al ganado, los granos, la sal y otros metales debido a algunas características particulares. De hecho, ha perdido ya 97% de su valor (un dólar de hoy compra lo que compraban $0,03 en 1912 antes de la creación de la Fed estadounidense. Sin embargo, es un dinero de relativa buena calidad comparado con otros dineros fiat.

¿Qué efectos ha tenido la dolarización ecuatoriana? ¿Qué predicciones negativas había sobre ella?

La dolarización ha detenido la operación del Efecto Cantillon en el Ecuador. Es decir, los políticos locales no pueden diluir el valor de los ahorros y salarios –poder adquisitivo que se pierde porque va a parar a manos de grupos bien conectados con el Estado. La inflación disminuyó de 95% en el año 1999 a una de 4,15% en 2014. Pero en su momento la idea de dolarizar (formalmente) la economía ecuatoriana recibió una oposición virulenta de parte de ciertos sectores empresariales, financieros e intelectuales. ¿Qué se decía en contra de la dolarización? ¿Tuvieron razón esas predicciones?

1.- Se decía que las exportaciones iban a contraerse

Falso. Entre 2001 y 2011 las exportaciones totales crecieron en un 377,17% con un componente de 62,59% de parte de las exportaciones petroleras y el restante por las no petroleras. Aunque las exportaciones industriales y las primarias sin petróleo se han multiplicado en más de tres veces, las exportaciones petroleras lo han hecho en 6,81 veces, demostrando el distorsionante peso que tiene el petróleo sobre el crecimiento de las exportaciones del Ecuador. Esto exacerba la falta de control del contribuyente sobre el erario público y la falta de libertad empresarial para diversificar las exportaciones así como generar fuentes de empleo real para los graduados universitarios. Los empresarios encuentran que entre la estabilidad y la capacidad de exportar usando devaluaciones, la primera es más importante. Una moneda fuerte permite el cálculo económico y fomenta largoplacismo familiar y empresarial. El largoplacismo implica menos consumismo y más inversionismo. En suma, más progreso.

2.- Se decía que las importaciones iban a aumentar y las industrias ecuatorianas iban a quebrar

Falso. El desempleo abierto bajó de 17% en el año 2000 a aproximadamente 7-8% (empleos reales) en 2014. Y donde hay empleo hay una de dos cosas: proyectos empresariales reales o puestos burocráticos que viven de los impuestos que pagan los participantes de esos proyectos. Entre el 2007 y el 2012, el crecimiento de la demanda de cemento fue del 7% anual. Y en el 2013, llegó a 10%. La mayor parte, aunque espoleada por tasas subsidiadas distorsionando el proceso, sigue siendo inversión privada. Por cada 10.000 habitantes hay 124 empresas, significativamente más que hace 14 años. Para mejorar eso y elevar la demanda de profesionales capacitados hay que reducir trabas, impuestos y reducir la corrupción. Además el comercio internacional no quiebra economías sino que relocaliza industrias enteras para mayor división del trabajo (especialización) entre países. La re especialización es una oportunidad de hallar nuevas eficiencias y según estudios crea más y no menos empleo que cerrarse al mundo.

3.- Se decía que la pobreza estaba aumentando por la dolarización

Falso. Durante de la dolarización -y de forma más rápida entre 2000 y 2007- la pobreza ha estado disminuyendo en el Ecuador. Luego de la crisis de 1999, el 52,18% de la población estaba sumida en la pobreza y el 20,10% en la indigencia. El año pasado, la pobreza urbana fue de 14,93% y la rural al 16,99%. Si la dolarización fuese negativa, la pobreza debería estar aumentando. O debía reducirse más rápidamente con el gobierno que ha intervenido más (2007-2014) para supuestamente ayudar a reducirla. En realidad la dolarización es un esquema que permite a la gente trabajar en paz y a un país lo hace su gente, no los políticos.

4.- Se decía que la inflación iba a ser igual a la de Estados Unidos

Parcialmente verdadero. Sin embargo los gobiernos ecuatorianos aún pueden inyectar papeles (o dinero electrónico) respaldados sólo parcialmente en el dólar, inyectar deuda en la economía. De ese modo hay inflación sin máquina. Se necesita limitar aún más la capacidad de los gobiernos de inflar el dinero y los fondos prestables. También se necesita integrar financieramente al país al mundo para terminar de perfeccionar las bondades de la dolarización como fuente de estabilidad económica de los ecuatorianos.

Conclusiones

Como podemos ver, la dolarización ha rebasado las expectativas más optimistas de sus proponentes hace 15 años. Se buscaba estabilidad pero se obtuvo adicionalmente mejor contabilidad general para lograr valor agregado y también más largoplacismo en los proyectos privados y públicos. Los ecuatorianos viven mejor que nunca antes, incluso si el crecimiento es muy pobre frente al de economías más libres en el mundo. Al detener en gran medida la operación del Efecto Cantillon la dolarización ha protegido a los ecuatorianos de la torpeza o malicia de las clases políticas y financieras. Y finalmente, algo muy importante: la dolarización no necesita ser «sostenida», más bien ella sostiene -genera confianza- a los ecuatorianos. Y hoy, más que nunca, el futuro de la dolarización depende de que eso se comprenda a cabalidad.


Fuentes e información adicional
:

  • El origen del dinero, Carl Menger, http://www.eumed.net/cursecon/textos/Menger-origen-dinero.pdf
  • “El desempeño económico en dolarización”, Diario El Telégrafo, 31 de diciembre de 2012, http://www.telegrafo.com.ec/economia/masqmenos/item/el-desempeno-economico-en-dolarizacion.html
  • “La dolarización en Ecuador y su impacto”, Mario Barzallo Mendieta, Gestiopolis, http://www.gestiopolis.com/recursos/documentos/fulldocs/eco/dolarecuamario.htm
  • “BBC Mundo: Diez años de dolarización en Ecuador” – http://www.bbc.co.uk/mundo/economia/2010/01/100108_0053_dolarizacion_ecuador_jaw.shtml
  • “Dolarización: ¿un amor eterno?”, Pablo Lucio-Paredes, Grupo Santillana, 2004

Las Instituciones y los Círculos Concéntricos de la Sociedad

     Suele atribuirse el éxito material y cultural de los países y territorios a una serie de elementos. Se argumenta a favor de la disponibilidad de recursos naturales, la “unidad nacional”, alguna guerra reciente que haya “reanimado” o “despertado” a la población, haber imperializado a algún otro territorio y así sucesivamente. Sin embargo hay abundantes excepciones para todos esos argumentos. Al parecer, lo único que tienen en común los países prósperos y de alta producción cultural son unas instituciones de calidad.  Pero, ¿qué son las instituciones?      Mientras la Economía del mainstream -corriente dominante- buscaba asemejarse a la Física para parecer “más científica”, la Escuela Austriaca (a la par de la Neoinstitucionalista aunque en otro sentido probablemente complementario) se enfocó en el análisis de las instituciones en las sociedades humanas.       Su fundador, Carl Menger, planteaba que -por ejemplo- el dinero no es fruto del diseño deliberado de nadie. Ciertamente se puede diseñar monedas pero no se les puede imponer el rol de dinero en sociedad. Históricamente el dinero emerge de manera espontánea en cada sociedad como el bien más líquido (más mercadeable) y que adquiere dinerabilidad por dicha liquidez incluso antes que por otras características importantes. El ganado, la concha spondylus, las hojas de té prensado, ciertos granos, los metales y la sal han sido dinero en la historia humana. Ninguno de los anteriores tiene en común nada físico salvo cierta durabilidad (lo cual le vuelve un buen depósito de valor), la fungibilidad (lo cual le vuelve buena unidad de cuenta) y sobre todo y ante todo, liquidez (lo cual le vuelve un medio de pago de aceptación general*).  Pero el uso de un bien como dinero (y ya no solamente para sus usos originales y alternativo) no fue un diseño ni imposición de nadie. Permitió superar las severas limitaciones del trueque -aunque hayan aparecido juntos- y sigan coexistiendo**.      European good manners Desde luego el dinero, que como vemos era un producto puramente social, ha sido confiscado por los gobernantes en distintas épocas. Y de hecho, vivimos en una de las más largas era -y ciertamente la más mundialmente extendida- de dinero confiscado y envilecido por las clases políticas.  Eso no anula en absoluto el análisis de Menger sobre el dinero como orden espontáneo. Un continuador de su tradición***, Ludwig von Mises, explica en su indispensable obra “La Teoría del Dinero y el Crédito”  cómo el dinero fiat (decretado, sin respaldo) que aceptamos hoy en día sólo se utiliza porque se hizo un canje masivo y las poblaciones recordaban el dinero pasado como valioso y lo asignaron sin cuestionamiento, al dinero sin respaldo.       Sin embargo no ha ocurrido lo mismo con el Esperanto. El Esperanto es una lengua que, a decir de muchos lingüistas, contiene buena parte de las fortalezas de los idiomas más difundidos en el mundo pero a la vez evita defectos e irregularidades. A pesar de ser un producto humano bastante pulido, no ha arraigado,  es decir que no ha sido recogido y utilizado por grandes números de personas en algún territorio. El lenguaje no ha sido nunca un producto del diseño humano sino de la acción humana (praxeológico, como diría el brillante autor Enrique Ghersi).  Son instituciones en el sentido mengeriano, es decir órdenes espontáneos: 

  • El lenguje
  • La propiedad
  • La familia
  • El dinero
  • Los modales
  • Los sistemas judiciales no-estatales (incluyendo el romano temprano y el common law anglosajón)
  • La empresa
  • La banca
  • Etc, etc.

    Es decir, todas tienen en común que son prácticas socialmente arraigadas y que aparecen así como se perfeccionan, mediante prueba y error. Ninguna fue concebida por una mente individual. Son la suma de experimentos y mentes a lo largo de muchas repeticiones e incluso generaciones humanas.       El más célebre estudioso de las instituciones como órdenes espontáneos ha sido sin duda el Premio Nobel de Economía F. A. Hayek (alumno a su vez de Ludwig von Mises). Su trabajo general respecto a muchas de las instituciones arriba listadas fue aplicado por su colega italiano Bruno Leoni en su obra “La libertad y la ley” para explicar cómo los sistemas legales de mercado son superiores en capacidad de adaptarse y de autocorregirse a los estatales, que hoy nos han vendido como la única alternativa****.       El prof. Juan Ramón Rallo dice que las instituciones tienen 6 características: a) ausencia de autor o mente creadora concreta, b) continua evolución descentralizada de las mismas a través del mecanismo de prueba y error, c) utilidad que le atribuyen sus participantes, d) la voluntariedad, e) la estabilidad y f) autocorrección      El prof. Jesús Huerta de Soto define a las instituciones como “esquema pautado de comportamiento, con carácter evolutivo”. Nos dice que sirven para lidiar con la incertidumbre inherente al futuro. Proveen de pautas. Son comportamientos. ¿Pero, quién da la pauta inicial?  Los círculos concéntricos de las tendencias sociales       Si las instituciones son comportamientos de raigambre social, ¿aportamos todos por igual a su mantenimiento o conformación? No. Eso sería físicamente imposible.

Círculos concéntricos
Los círculos concéntricos de las instituciones y la innovación.

     Los seres humanos tenemos distintas preferencias y talentos. Eso significa que nos involucraremos de distinta manera en distintos ámbitos de la compleja experiencia humana. Pongamos sencillos ejemplos. Manuel puede ser altamente influyente con sus conocidos en temas de tecnología pero nadie le pediría un consejo sobre cómo vestirse para una fiesta en un lugar de moda. María es muy popular socialmente, lo cual le permite aprobar y desaprobar palabras en el lenguaje cotidiano para su círculo de influencia, pero nadie le pide consejos sobre cómo manejar sus finanzas personales.

     A Carlos le interesa poco el cine pero mucho la música, de la cual habla constantemente en su programa de radio. Claramente estos tres sujetos humanos van a involucrarse en distintas actividades del pensar y el hacer humanos; al involucrarse van a moldear gustos y comportamientos ajenos. Cuando se estudia el comportamiento del consumidor en los distintos mercados, se recurre a un dispositivo sociológico que llamaremos “los círculos concéntricos de las tendencias sociales”.      La combinación de talento y práctica -cualquiera sea la relación determinante entre ambos- va a elevar como trend-setter (marcador de tendencias) o pionero a ciertos individuos. Constituyen el círculo interior. Estos a su vez contagiarán -y este es el primer paso del contagio o liderazgo de tendencias sociales- a los adoptadores tempranos, quienes si bien no crean -o no siempre lo hacen- las tendencias, son referentes al ser los primeros en adoptar una innovación o hábito.     Los adoptadores tempranos son los gatekeepers -guardianes del portal- de lo que será tendencia. Conforman el segundo círculo concéntrico. Un adoptador temprano es quien decide si lo que los pioneros hacen es apenas algo  excéntrico o es algo que “tiene que” ser adoptado para considerarse actualizado/sofisticado/moderno/bien enterado/etc según el área (ciencia/moda/tecnología/artes/lenguaje cotidiano) de la cual se trate. Es decir que los pioneros proponen y los adoptadores tempranos deciden si se trata de algo relevante o no. Al decidirlo, lo vuelven relevante para quienes les tengan como referentes en su área.        Manuel es a quien emulamos en temas de computación, Carlos nos comentará cuál es la banda interesante del momento y María nos dirá qué se ve bien en un hombre y en una mujer en términos de vestimenta en estos años. Y así sucesivamente. Es decir, quién es “una autoridad en un tema u otro. El tercer círculo concéntrico entonces está compuesto por los participantes comunes. En este punto hay que aclarar que el término “común” sólo se refiere a la forma de participar en una o varias tendencias.       Aunque hay roles en forjar las tendencias, los ocupantes de los roles no son siempre los mismos individuos (“los creadores de modas pasan de moda”, podríamos decir, y recordemos que moda significa “lo más usual” en jerga de Estadística). Cuando los participantes comunes han adoptado masivamente (grandes números relativos al universo total posible) una innovación o hábito, podemos decir que hay una nueva tendencia social en dicho asunto.      En el cuarto círculo tenemos a los participantes conservadores, los que sólo se unen cuando ya ha llegado una nueva normalidad. Esto suele ser muy notorio en los cambios tecnológicos o en la moda, cuando el uso de teléfono móvil o un cierto corte de cabello son adoptados por los participantes conservadores sólo cuando ya es un hecho consumado para el resto de la sociedad. De hecho hay una cierta transmisión de este tipo entre estratos sociales con ciertos grupos “huyendo” de los otros con cambios de lenguaje y moda para re-exclusivizarse todo el tiempo a medida que son “alcanzados” (emulados) por otros grupos.       Finalmente, en el quinto círculo concéntrico encontramos a los reacios, quienes se niegan a participar de una tendencia determinada. Hay gente que se niega a utilizar teléfono móvil o hacerse un corte de cabello o incluso utilizar una computadora personal. Todos conocemos algún caso directa o indirectamente.  Innovation cycle      La adopción de tecnología es particularmente concéntrica: quienes tienen mayor intensidad (interés) en un nuevo producto o tecnología lo adoptarán o comprarán cuando es caro. Al comprar su tiraje inicial, ayudan a recuperar la inversión inicial. Con esos fondos el entrepreneur producirá tirajes sucesivamente mayores en volumen y menores en precio, para llegar a quienes tienen menor intensidad (interés) y no pagarían una prima (precio extra) por la novedad o exclusividad inicial. Es así como los mercados masifican (“democratizan”) la tecnología y los bajos precios. Con o sin rivales en el horizonte, un entrepreneur visionario (miopes hay muchos) sabrá llegar a capas crecientes de la sociedad porque, simplemente, es un excelente negocio.    Las instituciones y los círculos concéntricos de la sociedad  Una vez que hemos explicado qué son las instituciones en sentido sociológico y cómo funcionan los círculos concéntricos de las tendencias sociales, es momento de conjugar ambos. (Por cierto, este es un vacío en la propia escuela de Menger, donde siguiendo a Hayek se sabe que es un orden espontáneo en el sentido de que no está diseñado verticalmente, sin embargo no lo es en el sentido de que no haya liderazgos e influencias asimétricas).       De alguna manera podríamos hablar de los pioneros y adoptadores tempranos como entrepreneurs sociales y al resto de la sociedad como su clientela. Y como a estas alturas de la Historia sabemos, la relación entre entrepreneur y consumidor/cliente puede resumirse en la siguiente fórmula: el productor propone y el consumidor dispone. Un adoptador temprano es el primero de los consumidores y pero a la vez un productor (proponente) hacia los demás. Un conservador es un cliente tardío. Un reacio se niega a participar, etc.       De nada sirve una moneda que nadie utilice, unas cortes que nadie utilice como referente de transparencia y justicia, unas empresas que no atraigan clientela o trabajadores capaces, etc etc. Las instituciones son instituciones pues han arraigado. Pero arraigan porque para empezar alguien propuso esos hábitos o protocolos sociales que llamamos instituciones. Y para arraigar, alguien debe dar el ejemplo de su utilización y éxito. Aquí es donde encontramos el punto de encuentro entre la noción mengeriana de instituciones y la de los círculos concéntricos de los mercados y las tendencias sociales en general. Son los pioneros y adoptadores tempranos quienes marcan en toda era de un país la existencia, la calidad y el éxito de sus instituciones. Por eso el rol de las élites (en el sentido cultural, intelectual y sólo adicionalmente, material) es tan determinante.  Conclusión       Las sociedades humanas tienden a algún tipo de aristocracia (hereditaria en esquemas feudales, política en sistemas totalitarios, meritocrática en sociedades abiertas, combinaciones de aquellas en sistemas mixtos). Los comportamientos, estilos e ideas de quienes se colocan en la arista, impactarán decisivamente sobre la calidad de vida en su sociedad. Aquellos determinarán si el resto de la sociedad percibe el orden social existente como justo o injusto, como abundante o escaso de oportunidades, como libre u opresivo, etc etc.       En otras palabras, nos afectamos mutuamente y en distintos temas siguiendo un esquema concéntrico y ese es el método de liderazgo de hábitos en sociedad. Mucho se ha dicho sobre el rol de las instituciones en el éxito de un país (y definamos éxito sencillamente como la capacidad de permitir una calidad de vida balanceada, sin carencias materiales o culturales a sus habitantes) pero la calidad de las instituciones depende de tener liderazgos y ejemplaridades cuando emergen y mientras se sostienen. Un país exitoso entonces es uno en que sus entrepreneurs sociales siembran y sostienen instituciones de cierta calidad. Un país exitoso sólo es posible cuando las cabezas -los liderazgos, grandes y pequeños- son los primeros en cumplir las reglas y hábitos que sugieren a los demás.  Lecturas recomendadas:– “Por qué fracasan los países” – Daron Acemoglu y James A. Robinson
– “Power & Market” – Murray N. Rothbard
-“The Tipping Point” – Malcolm Gladwell
– Video: El primer seguidor (un adoptador temprano) hace al líder, un líder. *A veces se define al dinero como un medio de pago de validez universal, pero hay que entender que un universo o totalidad puede ser reducido geográficamente aunque dentro de él, se acepte universalmente algo como dinero. O puede tratarse de un universo en red (redes entre fronteras) o entre nichos.**Gracias al dinero los intercambios pueden ser en el tiempo (no inmediatos en el sentido de una doble coincidencia de necesidades mutuas en el intercamio) y a través del espacio, entre lugares diversos. Esto permitió el intercambio intensivo entre zonas geográficas más allá de la subsistencia local.***Eugen von Böhm-Bawerk, alumno de Menger y profesor de Mises.

****A la usual pregunta de “¿Pero si el Estado no pone orden, quién va a crear reglas y hacerlas cumplir?” se puede responder recomendando la extraordinaria investigación del prof. Bruce Benson titulada “Justicia sin Estado” en que recoge casos antiguos y contemporáneos de órdenes y mecanismos legales producidos desde la propia comunidad y al margen de los políticos.

Por:  Juan Fernando Carpio
Publicado en Economia101, blog académico de la USFQ – Ecuador
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¿Se debe castigar a los criminales?

Restitución a la victima: Esencia de un sistema de justicia libertario


Este documento tiene el propósito de discutir la posibilidad de un proceso de justicia verdaderamente libertario. Con “verdaderamente libertario” quiero decir uno que prescinde de todo el sistema de leyes promulgadas por el estado, cortes del estado, prisiones del estado.

La mayoría de los libertarios son anarquistas. Eso sí, anarquistas coherentes. La otra especie de anarquistas, los “izquierdistas” o «anarcosindicalistas”, no tienen una respuesta convincente para el problema de la justicia o de cómo se le da a cada uno lo suyo. Un tema medular para la vida en sociedad. Los libertarios tratan este problema de “cómo le damos a cada uno su merecido” objetivamente, y no de forma arbitraria como sucede en todos los sistemas estatales e izquierdistas-anarquistas. La respuesta libertaria a esta cuestión se llama derechos de propiedad La manera de determinar qué se nos debe a cada uno de nosotros en la sociedad consiste en definir y hacer valer los derechos de propiedad. Es decir, existe una medida objetiva para determinar si hemos sido privados de lo que nos toca o si tenemos una causa para buscar la justicia.

Aún entre los libertarios, empero, hay gente que no cree que uno puede prescindir del estado en la administración de justicia. Ellos sostienen que ésta es una de las dos razones para mantener un aparato estatal mínimo (la otra son las relaciones con otros estados, a través de la diplomacia y la defensa). Parece que de izquierda a derecha del espectro político hay un fuerte consenso de que la justicia no puede ser provista en forma sustancialmente diferente de la que existe hoy; es decir, por las cortes del estado; y que los culpables deben ser condenados a la privación de dinero, en la forma de multas pagadas al estado, o la privación de movimiento, en la forma de una sentencia a prisión, o ambas. Muchas jurisdicciones agregan la pena de muerte y un pequeño número usan las palizas o mutilaciones. Se cree que la violencia debe ser la repuesta a la violencia.

Pero está claro que el castigo no funciona. Primeramente, la violencia contra el autor de un crimen no niega la violencia original perpetrada contra la víctima; simplemente contribuye a la cantidad total de violencia cometida en el mundo. En segundo lugar, el efecto disuasivo del castigo aún tiene que ser probado. A través de la historia, las más horribles torturas practicadas públicamente a los delincuentes nunca han servido como un disuasivo real; si así fuera, nuestros antecesores hubieran disfrutado de un mundo libre del crimen. Si el castigo fuera disuasivo, las cárceles estarían vacías, y si las cárceles funcionaran, no serían necesarias. En tercer lugar, este ciclo de violencia no parece beneficiar a nadie. No redime al criminal; en realidad, es generalmente aceptado que las prisiones son escuelas para el crimen. Las sentencias a prisión no son solo grotescamente ineficientes; también son irracionales. Los costos de lidiar con los criminales caen justamente sobre los hombros de las víctimas o víctimas potenciales. (Es una de las pocas genuinas discriminaciones contra la mujer en la sociedad contemporánea, ya que ellas tienen que cargar con los costos de los centros penitenciarios, cuando entre el 80 por ciento y 90 por ciento de los internos son hombres).

Existe una preocupación adicional para un libertario, empero, y consiste en que el procedimiento actual de justicia está basado en un principio colectivista, el cual coloca a la “sociedad” claramente por encima del individuo. La justicia hoy es un asunto entre el presunto criminal y la sociedad. La ausencia de la víctima es notable, especialmente bajo el derecho romano; ésta no recibe justicia. El juicio es conducido por un fiscal que no representa a la víctima; pero actúa en nombre de la “sociedad”. Aún cuando la víctima retira su demanda, los procedimientos contra el transgresor o agresor continúan, ya que el propósito del proceso criminal es condenar y castigar al agresor en vez de obtener una justa compensación para la víctima. Que la víctima esté asegurada y cobre a su compañía aseguradora por los daños, es un asunto independiente del caso ante la corte. Al sistema judicial no le interesa la suerte de la víctima. En otras palabras, las organizaciones del estado han confiscado los derechos de la víctima. Alegan subrepticiamente que los crímenes son cometidos no tanto contra un persona como contra la “sociedad”.

Esta misma noción del crimen contra la “sociedad” deja una puerta ampliamente abierta a las peores manifestaciones del fascismo. Un crimen es lo que el gobierno dice que es un crimen. Para un gobierno puede ser una ofensa abrir su almacén un domingo, y para otro, un sábado; la bigamia es un crimen aquí, pero muy aceptado en el mundo árabe; cientos de millones de gente viven bajo gobiernos que castigarían con un azote público a cualquier persona que encuentren tomando vino, pero aceptan con tranquilidad que cualquiera fume marihuana; e igual cantidad de personas viven bajo regímenes que los encarcelarían por un cigarrillo de marihuana, pero hasta recomendarían que el individuo se tome un vaso de vino por día. Con esta lógica, no hay una razón objetiva por la cual un gobierno no debería decretar que es criminal tener el pelo rojo, dar la espalda a una mezquita o participar en una conferencia libertaria. Mientras la justicia continúe siendo administrada en nombre de la sociedad, continuaremos a merced de aquéllos que alegan hablar en nombre de la sociedad y quienes pueden declarar a su antojo que este individuo es un criminal y que este otro no lo es.

La Ley del Talión

Nuestra más antigua definición de justicia, no obstante, está formulada precisamente para protegernos de las acciones arbitrarias de aquéllos en el poder. El principio fundamental de la justicia en nuestra sociedad judeo-cristiana es la enseñanza bíblica: “ojo por ojo, diente por diente» . Los hebreos vieron en esta identidad de crimen y castigo -«ojo por ojo»- un gran avance con respecto a lo que hubo antes. Significaba que al menos había una ley para limitar la arbitrariedad de los gobernantes; ya no podían cortarle la mano a alguien que simplemente había robado una gallina.

La implicación expresa de «ojo por ojo…» es que no hay tal cosa como un crimen sin víctima . Si no se ha quebrado ningún diente, entonces ningún crimen se ha cometido. Esto es fundamentalmente libertario. Lo que usted haga consigo mismo o lo que hagan dos adultos bajo mutuo consentimiento, quizá sea moralmente reprochable, pero ¿por qué debería ser declarado ilegal? Hay una diferencia fundamental entre un vicio y un crimen. Un vicio no es un crimen. Así, si a alguno le gustaría fumar algo con más sabor que Marlboro o leer algo más picante que Playboy, puede invocar Exodo XXI, 23, en su defensa.

El gran filósofo libertario Murray Rothbard es uno de los pocos autores modernos que quieren que apliquemos literalmente este precepto bíblico de «ojo por ojo». En un capítulo algo surrealista de » La ética de la Libertad » nos cuenta de verdugos apaleando, apuñalando o quebrándole los huesos a un agresor convicto, exactamente como éste lo hizo con su víctima. Supuestamente debemos aceptar que este proceso crea una igualdad entre el crimen y el castigo. Quebrarle la pierna izquierda a un navegante en una riña de bar después de una acalorada disputa es una cosa, pero quebrarle la pierna izquierda al agresor a sangre fría, en una cámara de tortura, es algo totalmente distinto. El dolor y el sufrimiento causados a una persona por ciertos actos nunca pueden ser idénticas al dolor y sufrimiento que los mismos actos le causarían a otro individuo. Por ejemplo, si se parte del principio de “ojo por ojo”, ¿qué se le hace a un violador?

Parece que ésta es la razón por la cual, en cada sociedad, la ley ha intentado crear una equivalencia -y no el buscar una identidad- entre crimen y castigo. No es un ojo lo que los fiscales reclamarán por un ojo, sino un período en prisión o una multa considerados como equivalentes. El problema que surge aquí es que esta equivalencia, por sí misma, es creada arbitrariamente. La seriedad de una ofensa es un concepto que ha variado ampliamente a través del tiempo. Los legisladores y los jueces no han sido capaces de encontrar un castigo que se ajuste al crimen objetivamente. Ese acto blasfemo (para la cristiandad) que le habría costado a usted muchísimo hace unos pocos siglos, difícilmente haría fruncir el ceño hoy. Una violación no hubiera sido suficiente para enviar a un hombre a la cárcel antes de que el movimiento feminista de hace pocas décadas hiciera que los legisladores y jueces tomaran conciencia de sus devastadoras consecuencias.

La Única Víctima es la Víctima, no la «Sociedad»

Hagamos un resumen de lo que hemos abarcado hasta ahora. Hemos examinado lo que creo son los dos rasgos distintivos de un sistema de justicia del estado. Por un lado, la sociedad ejerce violencia vengativa contra los delincuentes convictos en la forma de multas, un período en prisión e incluso la pena de muerte. Esto se hace arbitrariamente; la misma ofensa puede significar un castigo diferente en dos jurisdicciones diferentes o en momentos diferentes. Por otra parte, la víctima no es parte del proceso judicial. Es como si la «sociedad» nacionalizara la pena y los daños causados a las víctimas: la mentalidad colectivista en función. Lo que me propongo hacer ahora es llevarlos a través de una amplia descripción de lo que sería otro paradigma de justicia, uno que revertiría el proceso, colocando a las víctimas y no a la «sociedad» en el centro del sistema y consecuentemente buscaría detener el ciclo de violencia. El propósito de tal sistema sería la restitución a la víctima , una completa compensación por las pérdidas y daños que él o ella sufrió.

Creo que en este ensayo me estaré alejando de la noción tradicional de justicia criminal, basada en la culpa y el castigo, para observar solamente los conceptos de ley contractual. Este método está claramente dentro de la definición tradicional de justicia: dar a cada persona lo suyo. Lo que esta definición significa es que la justicia tiene que ver con los derechos de propiedad, y sólo con los derechos de propiedad y su violación. ¿Dónde, me pregunto, obtenemos la idea de que la justicia demanda un castigo? Piense sobre esto: si el regreso al statu quo ante fuera posible, una vez alcanzado, la justicia se habría dado y ningún castigo hubiera sido justificable. 

Entonces, ¿no es la solución más cercana una completa compensación por el daño causado, por ejemplo, crear una situación que no puede ser el statu quo ante pero que se propone llegar tan cerca de él como sea posible? Si la vista de una víctima cegada no puede ser restablecida, por lo menos tiene derecho a alguna compensación por parte del agresor por la pérdida de la visión, quizá en términos monetarios o en otros términos; pero ¿dónde está el beneficio para cualquiera si se toma el ojo del agresor o se le pone detrás de las rejas? ¿Cuál es la racionalidad del castigo? El castigo es una especie de ritual, de clímax. Puede satisfacer profundos impulsos psicológicos hacia la violencia y la venganza, los mismos impulsos cuya erradicación debería ser el propósito de la civilización, pero que la gente que codicia el poder político está muy dispuesta a manipular. Esta es la razón por la cual esta cuestión de la justicia es medular para una sociedad libre.

Un proceso judicial basado en la pura restitución es muy simple, por lo menos en teoría. La única cuestión es la restitución a la víctima de lo que es justamente suyo – esto es, su propiedad o su equivalente en valor, más la pérdida de tiempo, costo de oportunidad, costo de quitarle la propiedad al criminal, etc. El proceso judicial comienza con un problema de conocimiento: ¿Ocurrió una violación de propiedad? ¿Quién la perpetró? ¿Podemos devolverle la propiedad a su dueño? Si no, ¿cuál es el valor equivalente a que tiene derecho el dueño? La justicia se limita a este asunto de conocimiento y restitución, nada tiene que ver con castigo y no hay necesidad de una «legislación».

Nuestro Interés Propio Dicta Que Seamos el Defensor de Nuestro Hermano

Si aceptamos que no hay un crimen a menos que una víctima lo haya reportado y que no puede haber acción judicial distinta a la búsqueda de la restitución de parte de los autores del crimen, entonces nos encontramos frente a un problema verdaderamente grande: ¿es siempre posible la restitución?

Ilustraré esta cuestión con unos pocos ejemplos. Cuando se quiebra una ventana, parece fácil para un juez, con el consejo de expertos, evaluar el daño y conseguir que el lanzador de piedras pague el costo de reemplazo y los daños colaterales, tales como una nueva alfombra si la lluvia deterioró la ya existente. Si el carro ha sido robado, el ladrón, una vez condenado, deberá devolverlo, por supuesto, y pagar por los daños, tales como el costo del tiempo utilizado por la policía para localizarlo a él y al carro, el millaje recorrido sin autorización, el consumo de combustible, el deterioro y el costo de la renta de un auto de reemplazo que utilizó el dueño, etc. Estos costos son fácilmente valuables. 

El problema de la restitución parece más complejo, verdaderamente insuperable, cuando se refiere a a situaciones como la de un asesinato. ¿Qué restitución es posible en este caso y quién debería recibir la compensación? Los herederos tal vez. Pero veamos el caso, más difícil, del asesinato salvaje de un pequeño niño. Esto es en verdad un acto que no debe quedar impune. Sin embargo, no hay herederos aquí para cobrar la compensación. ¿Los padres? Bueno, uno podría argumentar, aunque cínicamente, que en términos monetarios los padres estarían en mejor posición al no tener que gastar en juguetes, comida, matrícula escolar, vacaciones …, ahorros que prontamente amortizarían los costos de un funeral inesperado. Hay, por supuesto, la pena psicológica y el sufrimiento, pero ¿cómo le pone un juez valor a la pena moral? Y si encuentran que los mismos padres son los criminales (estos horrores suceden, ¿no es cierto?), ¿quién estaría autorizado para buscar compensación?

Consideremos también el caso de un pensionado, viviendo en aislamiento, como desafortunadamente lo hacen tantos actualmente. Su cuerpo sin vida es encontrado en una mañana por sus vecinos. Nadie llora su muerte y el fondo de pensiones, de hecho, entrega una pensión menos. ¿Quién se molestará para iniciar una acción legal y quien, en realidad, tiene el derecho de reclamar alguna restitución por esta pérdida de vida? En estas circunstancias la paradoja consiste en que al criminal le convendría matar sistemáticamente a sus víctimas, porque si la víctima ya no está, parece que nadie puede iniciar una acción legal. Sin la actuación de un fiscal en nombre de la «sociedad», parece que mi proceso judicial libertario garantiza impunidad a peligrosos asesinos en serie de pequeñas ancianitas.

Esta opinión, sin embargo, minimiza la inmensa capacidad del mercado para proveer soluciones. Hoy, los gobiernos obligan la solidaridad entre los seres humanos, pero la solidaridad existe naturalmente. Existe generalmente entre miembros de una familia, también entre miembros de la misma iglesia, el mismo pueblo, la misma empresa, sindicato, asociación cultural, etc. Mi punto es éste: el estado ha confiscado la solidaridad que existe entre la gente . Sí privatizamos la justicia, le devolveremos a la gente la posibilidad de recrear entre ellos mismos la red que existe en cualquier sociedad, excepto en nuestros modelos socialdemócratas y socialistas.

Hoy, el estado limita forzosamente las soluciones de mercado en el campo de la justicia. Si yo supiera lo que estas soluciones de mercado pudieran ser, sí yo supiera lo que la gente puede inventar cuando se les permite hacerlo, de hecho sería un hombre muy rico. Mi pretensión aquí se limita a bosquejar unos pocos escenarios y a considerar su posibilidad. En mi último ejemplo, mencioné un pensionado sin ningún lazo familiar, sin ninguna afiliación de ninguna clase. Este aislamiento es improbable en una sociedad libertariapor razones que no puedo explicar en las pocas páginas de este ensayo, pero asumamos que el aislamiento es el caso aquí. Aún en estas circunstancias extremas, el viejo interés se asegurará de que haya protección hasta para el más misántropo. 

¿Cómo funciona el interés personal en situaciones como la del viejo pensionado? Sugiero que sus vecinos podrían bien pagar a una compañía aseguradora por un contrato que garantice una cantidad de dinero a su Asociación de Arrendatarios o a su caridad favorita, en el caso de que el pensionado sea asesinado. El mismo propietario del edificio se podría afiliar a ese tipo de contrato de seguros. ¿Por qué lo haría? Porque cualquier individuo sin seguro de vida podría convertirse en el blanco de un asesino, y de uno que tendría la impunidad garantizada. Esta no es la clase de situación que uno querría en su comunidad. El hecho de que una víctima señalada o identificada viva en el mismo edificio no es un buen argumento de venta de un propietario frente a arrendatarios potenciales. 

Afortunadamente, los crímenes violentos ocurren raramente en la sociedad y aún más raramente en una sociedad libertaria que no despliega el ejemplo de violencia policial y militar institucionalizadas en nuestras sociedades actuales. Así, las primas para asegurarse contra el riesgo mínimo de un asesinato serían muy bajas (en verdad hoy ya lo son). Serían costeables por todos, incluyendo a terceras personas, como los propietarios de apartamentos, vecinos y, aún más, claro está, los filántropos ricos. Estos últimos, libres de la carga de impuestos, tomarían como su deber moral el asegurar a los más pobres en la sociedad. Yo sugeriría también que muchas instituciones de caridad comprarían una prima sobre la vida de pequeños niños e individuos desprovistos, en el entendido de que ésa es su misión, y que por una pequeña prima, ellos estarían en la posición de cobrar un gran capital, si, contra todas las probabilidades, uno de sus asegurados fuera asesinado.

Por su parte, la compañía aseguradora insistiría en que el asegurado esté afiliado a una agencia de protección (una policía privada) o ella misma lo haría por él, en el entendido de que es menos probable que asalten a un individuo protegido. Si la agencia de protección falla en resolver demasiados casos, rápidamente perdería clientes; así que está en su mejor interés el perseguir a cualquier y a todos los agresores -sin importar quien sea la víctima- para así mantener una ventaja competitiva.

Restitución a la Víctima

En una sociedad libertaria, el objetivo del criminal convicto sería resarcir a su víctima tan pronto como sea posible para recobrar su libertad. La víctima no tendría objeción a una restitución pronta. Entonces ambos estarían de acuerdo en que los ingresos del criminal, salvo por una cantidad para asegurar su subsistencia, sean asignados a la víctima hasta que se complete la restitución -este procedimiento se sigue hoy cuando alguien se declara en bancarrota personal. 

Si el criminal no tiene un trabajo fijo o si se cree que podría renegar de su obligación, su víctima podría pedirle a la corte que sea detenido en un campo de trabajo forzado, donde el criminal sería estimulado a ganar tanto como sea posible. En verdad, a los dueños de dichos campos les interesaría que sus internos generen tanto valor como sea posible. Aún si tomara más que la duración de una vida para pagar su deuda a la víctima, ésta y su compañía aseguradora desearían que el convicto trabaje en tan buenas condiciones como sea posible, para que la mayor restitución sea efectuada.

El concepto de trabajo forzado evoca inmediatamente algunos de los peores episodios en la historia de lugares como la Guyana Francesa y Australia, con una diferencia, sin embargo: a los convictos en Australia y Cayenne nunca se les pidió hacer algo útil, cualesquiera que fuesen sus talentos. Totalmente lo opuesto. En los campos de trabajo forzado del oeste no se pretendía producir nada. El trabajo era puro castigo, repetitivo, aburrido y, sobre todo y a propósito, depresivamente inútil. Esto es exactamente lo opuesto de lo que pasaría en un sistema centrado en la restitución de la víctima y no en castigar en nombre de la “sociedad”.

Lo que importa aquí es que la relación se da entre el criminal y la víctima. Sí la víctima decidiera en cualquier momento que ya no tiene ningún reclamo en contra del criminal, que ella ya se considera totalmente compensada, entonces el criminal sería librado automáticamente de todas sus obligaciones. ¿Por qué alguien que no sea la víctima debería tener algo que decir en este asunto? No puede haber tal figura como una legítima condenación por la “sociedad”; esto es, por la gente que no ha sufrido la agresión. (Como un concomitante de esto, el criminal no puede racionalmente cometer un acto de venganza contra la “sociedad”).

Justicia Privada

Mi única ambición a estas alturas es presentar un caso convincente de que a nadie se le negaría la justicia en una sociedad sin estado. Aparte de un estado “benevolente”, hay muchos grupos que estarían interesados en que se le haga justicia aún a los miembros más pobres de la sociedad.

Cuando los únicos conflictos en la sociedad se relacionan con los derechos a la propiedad privada y no existe ninguno de los crímenes imaginarios que inventan los políticos, los casos presentados ante las cortes son menos. (Nuestras cortes y prisiones no estarían abarrotadas, como lo están hoy, si no existieran los delitos relacionados con los impuestos y las drogas. Estos crímenes sin víctimas representan la mitad de las condenas dictadas por los jueces en Francia y Estados Unidos). Los jueces independientes, trabajando por su cuenta o empleados por agencias privadas de justicia, remunerados por las partes interesadas (los clientes), serían mucho más efectivos que los nombrados por el estado. 

¿Por qué? Dado que el litigar es costoso, las agencias aseguradoras y sus clientes presentarían sus casos sólo ante aquellos jueces que sean bien conocidos por su honestidad y equidad -¿quién querría el costo de una apelación? Las agencias de justicia privadas perderían rápidamente a su clientela si sus veredictos fueran cuestionados en demasía. Dictarían un veredicto de restitución sólo después de asegurarse de que la víctima a ser restituida es realmente la víctima, que el criminal obligado a pagar la restitución es realmente el criminal y que la cantidad fijada como restitución es justa. Lo que está en juego no es sólo la reputación de las agencias de justicia y policiales; su bienestar financiero también. La mejor garantía que pueden tener las partes de una querella judicial de que los procedimientos serán justos, es que los jueces privados y las agencias de justicia se responsabilicen ante ellos en caso de un mal juicio.

La potencial responsabilidad personal del juez tanto para con el quejoso o demandante como para con el acusado es una de las principales diferencias entre un sistema estatal de justicia y uno libertario. Un juez en una sociedad libertaria sería responsable por sus veredictos. A diferencia de lo que sucede en un sistema estatal, no podría dictar un veredicto y si resultara errado, permanecer intocable. Su función sería restaurar la paz entre las partes, y este objetivo no podría ser alcanzado si un veredicto es injusto para una de las partes o si esa parte no tiene ninguna posibilidad de ser restituida por el autor de la injusticia. Cuando una parte (persona) ha sido condenada equivocadamente por un crimen y forzada a pagar por los daños, el juez debe tener la responsabilidad de compensar al inocente por la pérdida financiera sufrida y por la mancha de su reputación. Al contrario, la víctima (o su asegurador) podría buscar compensación de un juez que ha liberado al verdadero autor de un crimen, privandola de la restitución debida.

Y porque el cliente final del juez privado sería la compañía aseguradora en la mayoría de los casos, el pobre recibiría tan buen trato como el rico. En verdad, esto ocurre hoy: la compañía aseguradora del conductor de un Rolls Royce no gana automáticamente sobre la compañía que asegura al conductor de un 2CV, aún cuando ellos lleguen a un acuerdo fuera de las cortes del estado.

Uno se pregunta por qué la justicia alguna vez se involucró con la noción de culpa (probablemente un fantasma del tiempo cuando toda la justicia era servida en el nombre de Dios). La culpa pertenece al reino de la moralidad. Podemos hacernos juicios morales y, en verdad, los debemos hacer cuando algunos comportamientos nos ofenden. Debemos enseñar nuestras creencias morales y practicarlas. El ser moralmente correctos, sin embargo, no nos da derecho sobre nadie. Porque si estamos de acuerdo con los libertarios de que todos los derechos son derechos de propiedad, también estaremos de acuerdo con que nadie puede reclamar una ley moral como de su propiedad. Por consiguiente, ninguna restitución procede (¿en qué consistiría y a quién se le debería?) por el solo hecho de que una ley moral ha sido violada sin una correspondiente violación de un derecho de propiedad.


Algunas Objeciones

Varias objeciones vienen a la mente inmediatamente. Primero, mientras que un argumento de este tipo en favor de un proceso de justicia basado en la restitución en lugar del castigo podría sonar racional, casi no toma en cuenta nuestras muy arraigadas normas éticas, donde la intención es casi tan importante como el acto mismo. Por ejemplo, una ladrona ve obras de arte y joyas en el apartamento que ha allanado. Ella podría ser incapaz de notar la diferencia entre copias baratas y sus originales. La intención de cometer un robo, no obstante, es la misma. Es solo por accidente que ella se lleva las imitaciones, las cuales pierde después por mala fortuna. Cuando la atrapan, ella tendrá que pasar solo unos pocos meses en un campo de trabajo para compensar al legítimo dueño, mientras toda su vida en un campo de trabajo forzado no hubiera sido suficiente para ganar el valor monetario de lo los cuadros y joyas reales. Sin embargo, no es más ladrona en la segunda instancia que en la primera. Mi respuesta a esta crítica es que no hay tal cosa como una agresión sin consecuencias. Cometer el más pequeño hurto es como tener sexo sin protección. Tal vez no ocurra nada, tal vez un problema menor, o uno muy serio. Cualquiera que sea la consecuencia, el que ha iniciado la agresión debe enfrentarla.

Segundo, dado que los veredictos siempre son arbitrarios, ¿no se puede decir que por lo menos bajo el sistema estatal todos los criminales son iguales cuando están cumpliendo su sentencia? De nuevo, no realmente. Una misma condena a prisión puede afectar a dos individuos de formas muy distintas e incluso podrían enfrentar la pena de muerte en diferente estados de preparación psicológica y espiritual. Aún la aparente igualdad de “ojo por ojo”… es engañosa: el ojo del pintor vale más que el del músico. De igual manera, la obligación de pagar a sus víctimas por el daño que ellos les causaron no tendría el mismo impacto en dos criminales. Para un millonario sería mucho más fácil compensar por el robo de un carro que para un pícaro desempleado. Los millonarios, sin embargo, generalmente no sienten el impulso de robar carros. Esto es así porque habiendo alcanzado su posición financiera, ellos tienen otros valores y la integración social les es más importante. La restitución puede no llevarlos a la bancarrota, pero es concebible que su posición social y su reputación sean severa y permanentemente afectados por una condena por robo. El caer en tal descrédito es lo que constituye una sanción muy real para el hombre rico, aunque no afectaría así al desmañado patán.

Tercero, algunos alegarían que este sistema de justicia le pone un valor monetario a cualquier fechoría. Los marxistas ridiculizarían mi concepto de un proceso de justicia libertario como el paso final para convertir a toda acción humana en una mercancía. Esta es solo una manera, no obstante, de ver este asunto. Así como el matrimonio es más que un contrato que define las obligaciones mutuas y la división de los bienes de los esposos, en cualquier proceso judicial, libertario o no, hay mucho más en juego que la búsqueda de la restitución. Hay todo un rango de emociones -sed de venganza, odio, miedo, culpa, compasión- que, por supuesto, no pueden encontrar ningún equivalente en términos monetarios. Pero, ¿es el propósito del sistema judicial, imparcial como debe ser, promover estas emociones? Como anotamos antes, no hay ningún castigo que se ajuste naturalmente al crimen; el castigo es siempre arbitrario. La restitución, por lo menos, establece una relación directa entre la agresión y la acción tomada contra el agresor.

¿Pierde sus Derechos un Agresor?

Me parece difícil argumentar, como lo hace Rothbard, en favor de la restitución y de la pérdida de los derechos del agresor al mismo tiempo. Una condena a cualquier cosa por encima de la restitución y compensación por todos los costos colaterales -los daños causados por la agresión, compensación por los costos de la policía y de la corte, honorarios legales- es, a mi criterio, totalmente arbitrario. Esta arbitrariedad es particularmente evidente en los casos de asesinato. Algunos libertarios sostienen que el asesino, al tomar la vida de alguien, pierde el derecho a la suya.

La condena de un asesino a la pena de muerte puede satisfacer ciertos sentimientos de venganza, y algunas personas pueden creer que disuade actos criminales futuros, pero es irracional en un sistema basado en la restitución. Si se pudiera tomar mi vida para reemplazar a la que yo he quitado, quizá habría alguna razón para ello. No parece, sin embargo, que la ciencia esté en alguna manera cerca de inventar una máquina de transferencia de vida. Entonces, ¿por qué al matar a alguien debería yo perder el derecho a mi propia vida? Asumamos, por ejemplo, que violo la casa de mi vecino y me llevo su televisor. Lo he privado de ver su novela favorita o su partido de fútbol. ¿Significa esto que ahora yo le debo su televisor u otro similar, más la compensación por el agravio, o significa que he perdido el derecho a ver los programas que yo disfruto? Si mi hurto de un televisor no anula mi derecho a poseer un televisor propio, ¿cómo puede mi hurto de una vida anular el derecho a mi propia vida?

¿Un Sistema Permisivo?

Existe, no obstante, algún mérito en la objeción de que la restitución puede hacer que los agresores tengan penas ligeras. Podría ser una de las razones por las cuales, para demostrar su compromiso personal con los más altos estándares de integridad, muchos individuos desean adherirse a comunidades que imponen penas inflexibles y más fuertes a los miembros que rompan con estos altos estándares. Por ejemplo, si un ladrón es también un devoto musulmán, un juez le ordenará efectuar la restitución apropiada a la víctima, pero, cuando esto esté hecho, el juez bien podrá entregar el ladrón a su comunidad, si sus líderes así lo demandaran, para ser castigado como está establecido en el corán, una suerte que el ladrón se habría construido deliberadamente cuando abrazó el Islam.

Estas comunidades más estrictas prosperan en la medida que la gente se sienta más confiada al tratar con sus miembros, no porque el castigo sea una garantía de que la gente procederá bien -hemos visto que el castigo no actúa como un disuasivo universal efectivo-, sino porque los individuos que aceptan voluntariamente el riesgo de tal castigo son aquellos que saben que es improbable que cometan alguna ofensa seria. Por lo tanto, los castigos pasados de moda no desaparecerían en una sociedad libertaria, aún si su sistema judicial estuviera basado en la restitución. El mercado aseguraría la supervivencia de los castigos.

Nadie impondría un castigo (y arguyo aquí que nadie tiene el “derecho a”); el castigo les sería impuesto sólo a aquellos que aceptaran anticipadamente la imposición del castigo sobre ellos. Por supuesto, aquellos que no están suficientemente confiados en su capacidad de abstenerse de la agresión, no se unirían voluntariamente a una comunidad que practicara algún tipo de sanción estricta al comportamiento criminal. De este modo, podrían excluirse a sí mismos de ciertas posiciones en la sociedad que requieren de altos estándares morales.

Conclusión

En el formato limitado de este ensayo, he intentado demostrar que, a pesar de que ninguna medida puede recrear exactamente el statu quo ante, la restitución es un método menos arbitrario que el castigo cuando se trata con criminales. La restitución puede ser impuesta en términos monetarios o en cualquier otro término que sea satisfactorio para el juez y para la víctima, tales como horas de trabajo a discreción de la víctima, ya sea para su propio beneficio o para algún propósito social comunitario que ella apoye.

Además, un sistema judicial basado en la restitución reduce la cantidad total de violencia presente en la sociedad. Este sistema desecha todos los crímenes sin víctimas, reduciendo drásticamente los niveles actuales de intervención policial. Esta reducción surge también porque un sistema basado estrictamente en la restitución ofrece, en todo momento, la posibilidad de un arreglo amigable de cualquier asunto. Todos los días, las compañías de seguros realizan miles de arreglos entre ellas mismas sin recurrir a las cortes del estado.

Creo que he esbozado algunas razones por las cuales aún al pobre en la sociedad no se le negaría acceso a la justicia privada. No se necesita de un estado benevolente para asegurar la provisión de justicia a todos. El mercado es mucho más creativo que yo y sin duda se encontrarán soluciones más eficientes que las que yo he mencionado. Mi propósito aquí es solo demostrar que el mercado para la justicia existe teóricamente. He señalado que la restitución no necesariamente le corresponde a la víctima directa, sino también a todas las víctimas secundarias, la familia, el empleador, compañías de seguros, etc. Esta es la razón por la cual si la víctima no inicia una acción legal por cualquier motivo, el criminal no se libraría fácilmente. Hay muchos otros individuos, aparte de la víctima directa, que probablemente lo perseguirán. Además, es probable que muchos otros individuos se sometan voluntariamente a un código de conducta que incluya la posibilidad de un castigo, por razones éticas, religiosas u otras, además de la obligación universal de la restitución, si cometen una agresión.

Más importantemente, he señalado que los gobiernos no solamente han confiscado los derechos de la víctima a través de la historia, sino que han asumido el papel de víctimas de crímenes que ellos mismos han inventado. La lista de los llamados crímenes contra el “interés nacional” es interminable: evasión del reclutamiento militar, cruce de fronteras ilegalmente, contrabando, crímenes relacionados con drogas, evasión de impuestos…. Cada vez que un gobierno declara que él (o la “sociedad”) es la víctima de un crimen, cada uno de nosotros nos convertimos en un criminal potencial. Quitarle la justicia al gobierno es esencial para nuestra libertad.

Instituto Ludwig von Mises Ecuador [fuente original de la traducción]. Traducción de Pablo Mateus.

Minería para el próximo millón de años – George Reisman

Llevo muchos años señalando que toda la masa de la Tierra, desde los límites superiores de la atmósfera a 4.000 millas hasta su centro, no consiste en otra cosa que elementos químicos sólidamente compactos. No hay un solo centímetro cúbico en cualquier lugar de la masa terráquea que no sea un elemento químico u otro, o alguna combinación de ellos. He dicho que ésta es la contribución de la naturaleza a la oferta de recursos naturales, junto con todas las enormes cantidades de energía que conlleva, desde la contenida en los combustibles fósiles, el uranio, el viento, el agua y el núcleo terráqueo hasta la que hay en tormentas y electricidad estática.

Qué parte de esta inmensa cantidad de materia y energía puede transformarse en la categoría más restringida de los recursos naturales que sean económicamente utilizables y accesibles por el hombre, depende del estado de la ciencia, de la tecnología y de la oferta de equipos de capital. En otras palabras, depende de grado de conocimiento humano de la naturaleza y de su poder físico sobre ella.

 

A medida que el hombre aumenta su conocimiento y poder, incrementa la parte de la naturaleza que resulta económicamente utilizable, los recursos naturales accesibles. En el proceso, transforma en bienes económicos y riqueza lo que hasta entonces eran simplemente cosas que había en la naturaleza.También hemos apuntado siempre que hasta ahora nuestro poder sobre la naturaleza (nuestra capacidad de establecer realmente sus contenidos y dirigirlos hacia la satisfacción de nuestras necesidades) se ha medido en profundidades de pies en lugar de en millas y que se ha limitado a sólo en torno a un 30% de la superficie terrestre del planeta.

La consecuencia lógica es que aún estamos muy al principio de nuestra capacidad de extraer económicamente de la naturaleza recursos naturales utilizables.Acabo de recopilar algunos datos empíricos que indican lo modestas que han sido realmente las actividades mineras humanas, comparadas con el tamaño de la Tierra. Por ejemplo, la producción total global de petróleo es de aproximadamente 30.000 millones de barriles anuales. Cada barril de petróleo contiene aproximadamente 0,16 metros cúbicos.

Esto significa que en términos de metros cúbicos, el volumen físico de todo el petróleo extraído en el mundo es de 0,16 veces 30.000 millones, lo que son 4.800 millones de metros cúbicos. Como mil metros equivalen a un kilómetro, mil millones de metros cúbicos se traducen en un solo kilómetro cúbico. Por tanto, el volumen físico de la producción total global anual de petróleo es actualmente de 4,8 kilómetros cúbicos. Y como una milla cúbica equivale aproximadamente a 4,17 kilómetros cúbicos, esto significa que toda la producción de petróleo en un año representa alrededor de 1,15 millas cúbicas.Por sí mismo, esto es suficiente como para sugerir que las operaciones de minería global totales son extremadamente pequeñas en relación con el tamaño de la Tierra, que es de 1,1 billones de kilómetros cúbicos, o aproximadamente 260.000 millones de millas cúbicas.

Esta conclusión se confirma cuando se considera la producción global anual de otros minerales importantes, como mineral de hierro, carbón aluminio y gas natural.La producción global de mineral de hierro fue de aproximadamente 1.160 millones de toneladas métricas en 2003, el año más reciente del que hay datos disponibles. La densidad del mineral de hierro varía aproximadamente entre 4 y 5 toneladas métricas por metro cúbico, dependiendo del tipo de mineral. Cuanto menor sea el número de toneladas métricas por metro cúbico, mayor será el número de metros cúbicos requeridos para cada tonelaje concreto. Utilizando la cifra menor de 4 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen cúbico total de producción de mineral de hierro en 2003 sería de 291 millones de metros cúbicos, lo que son 0,291 kilómetros cúbicos o 0,07 millas cúbicas.

Como mucho del mineral de hierro extraído tenía una densidad superior, el volumen físico real de mineral de hierro extraído fue considerablemente menor.La producción global de carbón en 2004 fue de 2.730 millones de toneladas métricas. Como la densidad del carbón es más o menos de 1,3 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen físico del carbón extraído fue de unos 2,1 kilómetros cúbicos, o 0,5 millas cúbicas.La producción global de aluminio en 2001 fue de 32 millones de toneladas métricas. La producción de una tonelada de aluminio requiere extraer de 4 a 6 toneladas de bauxita. Luego la producción de 32 millones de toneladas de aluminio implica la extracción de al menos 192 millones de toneladas de bauxita. Como la densidad de la bauxita es de 1,28 toneladas métricas por metro cúbico, el volumen cúbico de la cantidad total de bauxita extraída en 2001 fue 150 millones de metros cúbicos o menos de 0,4 millas cúbicas.La producción global de gas natural en 2004 fue de aproximadamente 98,62 billones de pies cúbicos, lo que equivale a 2.774 kilómetros cúbicos. Para poner esta cifra en perspectiva, debería tenerse en cuenta que, una vez licuado, le volumen del gas natural se reduce por un factor de 600. Por lo tanto en equivalente a este gas en forma líquida es 4,62 kilómetros cúbicos o poco más de 1,1 millas cúbicas. Por supuesto, esto es algo menos que el volumen cúbico de la producción de petróleo.Si sumamos todas estas cifras, totalizan 11,43 kilómetros cúbicos o 2,86 millas cúbicas.

Para estimar tanto la minería de cualquier otra cosa como otras extracciones que hayamos pasado por alto en relación con los materiales que hemos considerado, limitémonos a asumir el bonito número redondo de 100 kilómetros cúbicos o 24 millas aproximadamente, como representativo de todas las operaciones de minería actuales combinadas anualizadas para todo el mundo.En una sociedad tolerablemente libre y racional, una inteligencia humana motivada es fácilmente capaz no sólo de mantener la capacidad del hombre de extraer de la tierra este volumen de materiales útiles, sino también de incrementarlo sustancialmente. Si el volumen anual actual de estas extracciones se limitara a mantenerse, podría hacerlo al menos durante los próximos 100 millones de años. Para entonces, se habrían extraído un total de 10.000 millones de kilómetros cúbicos o unos 2.400 millones de millas de la Tierra, lo que reasentaría poco menos de un 1% de su volumen físico total. El agotamiento de los depósitos minerales utilizables y accesibles sencillamente no es un problema para una economía tan libre como la que había en los Estados Unidos hace unas pocas generaciones.Nuestros problemas crecientes en relación con el suministro de recursos naturales no los causa la naturaleza, sino nosotros. Nos hemos permitido abandonar la razón y renunciar a nuestra libertad. Nos hemos permitido ser liderados por gente que nos congelaría e inmovilizaría antes que derramar algo de petróleo sobre una nieve que difícilmente cualquiera de nosotros veremos jamás o molestar el hábitat de animales salvajes que no nos importan nada. Si dejamos que esto continúe, nos veremos abocados al mundo descrito con estas terribles palabras de desesperación:Debéis saber que el mundo se ha hecho viejo y no mantiene su antiguo vigor.

Él mismo da testimonio de su propio declinar. Las lluvias y el calor del sol están disminuyendo; los metales están prácticamente agotados; el agricultor fracasa en los campos, el marinero en los mares, el soldado en el campo de batalla, la honradez en el mercado, la justicia en los tribunales, la armonía en las amistades, la habilidad en las artes, la disciplina en la moral. Esta es la sentencia dada al mundo, que todo lo que tiene un inicio perece, que las cosas que llegan a la madurez envejecen, la fortaleza se debilita, lo grande empequeñece y después de la debilitación y el empequeñecimiento viene la disolución.[1]Como indiqué en Capitalismo,[2] este pasaje no es una cita de algún ecologista o conservacionista contemporáneo.

Se escribió en el siglo tercero, mucho antes de que el primer trozo de carbón, gota de petróleo, onza de aluminio o cualquier cantidad significativa de cualquier mineral hubiera sido arrancado de la tierra. Entonces como ahora, el problema no era físico, sino filosófico y político. Entonces como ahora, la gente se alejaba de la razón y se dirigía al misticismo. Entonces como ahora, crecían menos libres y se encontraban cada vez más bajo el poder de la fuerza física. Por eso creían, y por eso la gente en nuestra cultura empieza a creer, que el hombre está indefenso frente a la naturaleza.

No hay indefensión en absoluto. A los hombres que usan la razón y son libres de actuar, la naturaleza les da cada vez más.

A aquéllos que se alejan de la razón o no son libres, les da cada vez menos. Y nada más.

 

© 2006, de George Reisman para este artículo. Se autoriza la reproducción y distribución electrónica e impresa, salvo como parte de un libro, y con la obligación de mencionar la web del autor, www.capitalism.net.

(Se requiere notificación por correo electrónico al autor). Todos los demás derechos reservados. Traducido por Mariano Bas Uribe

[1] El pasaje citado aparece en W. T. Jones, The Medieval Mind, volumen 2 de A History of Western Philosophy (New York: Harcourt, Brace, and World, 1969), página 6.

[2] George Reisman, Capitalism: A Treatise on Economics (Ottawa, Illinois: Jameson Books, 1996).

La economía de los esclavos de Meereen

Algunos datos de ficción: 

 

  • En las novelas de George R. R. Martin («Una Canción De Hielo Y Fuego»), Astapor tenía 8.000 soldados «Unsullied».
  • Una población humana puede sostener 2-5% de fuerzas militares, en general (por eso siempre la línea de suministros o el saqueo eran de vital importancia).
  • Entre Astapor y Meereen se calcula un total de 100.000 a 120.000 esclavos.
  • Las poblaciones de Yunkai, Astapor (donde Daenerys Targarien libera a 80.000 esclavos) y Meereen suman alrededor de 1’000.000 de habitantes.
  • Westeros, el continente rival tiene 40 millones de habitantes.

 

Cuando Daenerys Targarien libera los esclavos en Yunkai y Astapor, los señores de Meereen se preocupan por «la economía» de Meereen y las ciudades vecinas.

Igual que el socialismo y los impuestos, la esclavitud ha intentado justificarse con argumentos utilitarios.

 

La pregunta «¿Quién recogerá el algodón?» de los esclavistas es muy fácil de responder: los empleos menos disfrutables y/o más riesgosos -es decir, más distancia entre medios y fines, dice el economista Guido Hülsmann– serán mejor recompensados en los mercados.

Para que alguien trabaje en un pozo petrolero lejos de su familia -o sin poder formar una estable- no son necesarios esclavos.

Lo mismo recoger la basura, instalar antenas o hacer trabajos de limpieza en las alturas.

 

Siempre que haya pocas trabas para emplear (códigos laborales modernos), habrá pleno empleo y una «prima» por riesgo/desgaste para ciertos oficios.

La esclavitud no es y nunca ha sido justa -salvo en reparaciones de guerra pero la heredabilidad de la esclavitud le hace problemática de todos modos- pues la voluntad humana es inalienable.

Nadie puede «venderse como esclavo» (ver debate Rothbard/Hoppe vs. Block, en el cual me sitúo firmemente con Rothbard y Hoppe).

 

La esclavitud no es más rentable -incluso solo enfocándonos en los números- que los mercados pues es una relación de baja capitalización personal.

Cuando el otro es un medio y no un fin, se trata como un «leasing» (arrendar y depreciar algo ajeno) su cuerpo. Por eso los esclavos morían temprano, sobre-trabajados y desgastados.

Como consecuencia hay una sociedad menos educada, inversionista en cultura y educación (pues ya no es para ella ni los esclavos en general, salvo notables excepciones, iban a hacerlo al estar desmotivados –locus externo de control in extremis) y en oficios y artes.

 

En suma, mucho menos valor agregado cultural y material en cada generación.

(De hecho en otro correo ya mencionamos que los patricios romanos frenaron la innovación porque así evitaban la movilidad entre clases sociales).

La confiscación de la vida de otros reduce el número de capitalistas personales, es decir, gente invirtiendo en sí y en su linaje a futuro.

 

Algunos datos del mundo helénico (Grecia clásica):

  • En cierto momento había un esclavo por cada 2 o 3 ciudadanos libres.
    Eran botín de guerra.
  • No tener esclavos era signo de pobreza.
  • No siempre era lo peor (había peores oficios y tratos).
  • Muchos trabajaban encadenados en las minas.
  • Los más desgraciados eran los ilotasLos ilotas ocupaban una situación muy inferior a la de los periecos y de los homoioi, y estaban considerados como originarios de Mesenia, en el suroeste del Peloponeso. Eran esclavos públicos, propiedad del Estado espartano, y formaban parte integrante de los bienes rurales de los espartanos, también conocidos como los homoioi.» – Wikipedia (que sí, sirve como fuente primaria/»primer», nunca como fuente definitiva).

 

Algunos datos de hoy:

  • A nivel mundial, en 2015 se estimaba que hay 27 millones de personas tratadas como esclavos, a pesar de que en ningún país es legal.
  • El 75% de los esclavos es de sexo femenino y más de la mitad son niños.
  • En Estados Unidos hay más de 10 mil esclavos, los que son invisibles para la sociedad.
Los esclavistas actuales suelen ganar de media 4.000 dólares por cada persona explotada, según las estimaciones de la campaña Not for Sale.

Son números preocupantes y tristes.

Sin embargo la situación global sigue mejorando -aunque a veces de forma desesperantemente lenta- a la par de mejoras educativas y de universalización de nociones derechos individuales.

 

Y volviendo a un punto anterior, la esclavitud fue increíblemente improductiva, además de injusta.

Obviamente existió en sociedades donde unos pocos podían salirse aún más con la suya que hoy convenciendo al resto de que sus intereses y «los del país» eran la misma cosa.

Basta calcular el costo de oportunidad de crecimiento en el mundo -reducción global de pobreza, estado original del ser humano- por imponer relaciones ganar-perder (y de las más violentas) a otros.

La alternativa a la esclavitud -o desigualdad de derechos descarada y no reformada y disimulada como hoy- era y es, por supuesto, la libertad.

 

J.F. Carpio

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¿Existe tal cosa como un mercado libre? – Sobre barreras naturales y artificiales de entrada

¿Existen los mercados libres? 

Una de las herencias más lamentables de la vertiente anglosajona de la Economía es la de intentar hacer modelos “perfectos” de cada fenómeno económico.

Por ejemplo, el modelo de “competencia perfecta”.

Considerado por el propio George Stigler un “nirvana fallacy” o comparación nada razonable de la vida real con un ideal falso, la “competencia perfecta” lo es, es un ideal falso.

La “competencia perfecta” es un modelo que dice que el mercado perfecto es uno en que no hay empresarios “demasiado” grandes sino múltiples, dispersos, omniscientes (“conocimiento perfecto”), inefectivos para rivalizar y pequeños. Se puede ver más sobre el modelo aquí.  

Desde luego ninguna situación real puede ni ha podido en toda la Historia cumplir con el modelo. ¿Por qué trazar un modelo así, entonces? Porque a la economía anglosajona le interesa más la sofisticación de un modelo de sus prejuicios sobre lo que es “ideal” que hacer distinciones esenciales.

Competencia es rivalidad real.

Competencia es rivalidad real.

Desde luego, el grado de desviación del ideal sería la situación indeseable y utilizar la intervención del Estado en asuntos privados, lo deseable (para lo que podría llamarse la izquierda económica) o inevitable (para los tecnócratas que se consideran pro mercado siempre y cuando ellos efectúen las correcciones). El problema es que la “competencia perfecta” implica ausencia de competencia.

Si todos los participantes son pequeños o iguales en tamaño, saben lo mismo y no pueden rivalizar por precio, en realidad no hay competencia. Un cementerio es más dinámico que la “competencia perfecta” de los neoclásicos anglosajones.

Y en ausencia de competencia desaparecen algunos incentivos potentes para innovar y cuidar la calidad de los productos y el servicio al cliente. Pero no son las empresas grandes con sus innovaciones o grandes inversiones las que eliminan la competencia de los mercados.

En realidad la rivalidad en los mercados puede ser mejor entendida con las “4 P’s” del Marketing. En vez de “simplificar” o “sofisticar” la realidad, podemos entender que el (P)roducto, su (P)recio, su (P)laza o ubicación/distribución y su (P)romoción o esfuerzos para seducir clientela, deben ser combinados de tal forma que valgan la pena para dicha clientela.

Utilizar estos cuatro elementos permite entender que habrá empresas grandes que atiendan a grupos masivos y otras que opten por nichos (lugares, gustos, etc) más específicos. El Marketing nos explica mejor que la Economía neoclásica anglosajona los mercados.

No existen bienes homogéneos ni conocimiento perfecto (simétrico) en los actores ni las empresas son siempre muchas o pocas ni su cantidad dice nada sobre la calidad y libertad de los mercados. Y, sobre todo, nada de ello es necesario ni deseable para que un mercado sea libre y pueda ofrecer los mejores productos a precios competitivos.


¿Qué es entonces lo deseable?

Para entender qué es un mercado libre debemos reparar en una distinción crucial: la que existe entre barreras de entrada naturales y artificiales.

Barreras naturales de entrada:

Estándares culturales: lo que se vendía como un pastel en 1480 hoy no encontraría compradores.

Talentos: un futbolista de 1920 quizás hoy sería considerado poco dotado por los entrenadores de equipos.

Geografía: solo una familia o empresa turística puede ser dueña del terreno de la cascada más alta del país, al mismo tiempo.

En todos estos casos nadie impide mediante el uso de la fuerza física o la amenaza de su uso (eso es la legislación en esencia), a alguien participar en un mercado. Simplemente el cliente interno (gerentes, entrenadores, etc.) o el final no eligen en con un volumen total de compras suficiente esa alternativa. Puede investigarse previamente (investigación de mercados) o puede intentarse bajo cuenta y riesgo del entrepreneur. Si no hay ventas suficientes, quebrará. Pero valga reiterarlo, nadie impide mediante la fuerza o su amenaza, intentar.

Barreras artificiales de entrada:

Pueden ser de dos tipos: de jure o de facto. Son de carácter político-legal.

De jure: concesiones exclusivas para operar en un mercado.

De facto: regulaciones que dejen pocos o un solo ofertante capaces de cumplirlas.


¿Qué son los monopolios y oligopolios?

Un monopolio es entonces una situación caracterizada por la existencia de barreras artificiales de entrada que impiden el ingreso de un segundo ofertante en un mercado. No existe tal cosa como un “monopolio natural“.

Un oligopolio es entonces una situación caracterizada por la existencia de barreras artificiales de entrada que impiden el ingreso de un ofertante adicional en un mercado.

Un mercado libre carece de barreras artificiales de entrada o aquellas son lo suficientemente bajas como para ser ignorables. Nadie es desalentado -mediante privilegios político-legales para otros- de participar.

¿Qué pasa con las empresas grandes?

Las empresas grandes pueden haberse vuelto grandes en el camino o haber hecho inversiones masivas que les posicionen de forma interesante en los mercados. Es irrelevante de cuál de los dos casos se trate. Siempre es el cliente quien decide el tamaño continuado de las empresas mediante la compra o abstinencia de compra -el sistema de comunicación de los mercados- que les dirá si continuar, profundizar, descontinuar o detener de raíz la producción de un producto, a cierto precio, distribuido de cierta forma y promovido de cierta manera. Las empresas grandes no tienen una “posición dominante” en los mercados.

Al contrario, tendrían una posición “dominada” pues deben atender al mínimo común denominador o al gusto común, a diferencia de sus rivales de nicho que pueden ser más idiosincráticos (“hacer las cosas a su manera” o para gustos especiales).

Sin embargo “dominante” o “dominada” son palabras del lenguaje militar o político (siendo la guerra la prolongación de la política por otros medios como decía von Clausewitz) y los mercados son la suma de tratos libres. Es justamente la intervención de la política la que crea mercados no-libres y perjudica las opciones de los consumidores.

Una empresa que atendiese al 100% de gustos en un mercado solo es un “problema” en la mente de economistas neoclásicos y juristas/abogados contagiados por dicha visión robotizante de los mercados. Si una empresa tiene soluciones para 100% de los gustos y exigencias de los consumidores en una zona geográfica o segmento estamos ante el caso de una solución (“un problema menos”) y esa comunidad humana puede dedicarse a lidiar con otros -al parecer siempre abundantes- problemas de la vida humana.

En realidad es tan improbable un caso así que es mejor concentrarse en entender otro tipo de porcentajes. ¿Qué pasa si una empresa tiene 90, 80, 70, o incluso 40, 30% de un mercado? ¿No tiene una posición ventajosa e injusta frente a las demás por tener una porción grande del mercado?

No. En primer lugar es el plebiscito cotidiano del consumidor el que la mantiene en ese lugar. Nada debe respetarse más que eso. Romperle las piernas al mejor deportista para que deje de acaparar las miradas no es forma alguna de hacer justicia (justamente lo que proponen las variantes más agresivas de “regulación” que incluyen desasociaciones corporativas, impedir fusiones, obligar a separar distribuciones, etc).

Pero además las empresas grandes conllevan su propio desafío: aprovechar economías de escala para ser competitivas en precios mientras cuidan que las empresas de nicho no les superen poco a poco o de un solo golpe en el conteo general (ej: Microsoft y Apple, Ericsson y Nokia, etc).

Cada vez que una tecnocracia de corte neoclásico decide cómo deben ser un mercado, el verdadero elector -el consumidor- pierde soberanía y es tratado como un tonto incapaz de elegir precios-calidades relativos por sí mismo según sus gustos y prioridades.

¿Qué (sí) se puede hacer para tener mercados libres?

Los mercados son redes de intercambio de títulos de propiedad. En otras palabras, son redes de intercambios ganar-ganar puesto que el valor de lo obtenido (el producto o el dinero) son más valorados que aquello a lo que se renuncia para obtenerlo (el dinero o el producto, del otro participante). Para que sean libres es necesario que se reduzcan drásticamente las barreras artificiales de entrada.

De otro modo, el resultado son siempre oligopolios o monopolios de facto. Mientras más requisitos o más difíciles de cumplir, menos participantes podrán cumplirlos. Y estos son los grandes privilegiados de esta era democrática donde los grupos de interés y de presión diseñan legislación para cada industrial poniendo al productor por encima del consumidor y su libertad de elegir.

Esto impide que la innovación se refleje en productos mejores por el mismo precio o precios más bajos para lo mismo año tras año, como sí podemos ver en el mercado de tecnología y IT. Existen los mercados libres como ese -el de deportes de aventura y el de turismo registran variedad, innovación y descuentos de precio similares-, con precios competitivos y decrecientes con cada avance.

En realidad podrían ser así todos los mercados, incluyendo los servicios públicos y básicos que hace algunas generaciones -o en el Chile de hoy- fueron competitivos y pro-consumidor. Distinguir entre barreras naturales y artificiales de entrada es el primer paso hacia combatir las segundas y lograr un mundo de variedad y precios cada vez más bajos.

Si el derecho a elegir y ser elegido se considera tan sagrado como se considera en la esfera política, es ya hora de derrumbar barreras de privilegios en la esfera de lo productivo y empresarial para que también podamos elegir y hacernos elegir en el resto de áreas de nuestras vidas.

Referencias:
El Mito del Monopolio Natural” – Thomas Dilorenzo

Antitrust: the case for repeal” – Dominick Armentano

Platonic Competition” – George Reisman

Man, Economy and State” – Murray Rothbard

¿Es explotación el trabajo asalariado?

¿Es una forma de explotación el trabajo asalariado?
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Las ideas se adquieren por reflexión o por contagio y gobiernan el mundo.

La idea de que el trabajo asalariado es una forma de servidumbre medieval adaptada a los tiempos modernos ha sido ampliamente contagiada, incluso entre personas que se ven a sí mismas como opositoras al socialismo (“de centro derecha”, “de derecha”, “moderna”, etc). Esa idea contiene un error histórico y uno teórico.

El error histórico es la idea de Karl Marx y sus seguidores de que la economía moderna o capitalista es la fase siguiente a la economía feudal. Si bien el propio Marx expresaba su admiración por la capacidad burguesa (empresarial y comerciante, diríamos hoy) para crear fábricas, herramientas y métodos de producción con capacidades nunca antes vistas, transmitió una narrativa falsa sobre ella. Los burgos o emporios eran pueblos y pequeñas ciudades de comerciantes y personas industriosas que florecieron al margen -o huyendo- del sistema feudal. El capitalismo no nace en las capitales políticas ni bajo la tutela del Estado. Al contrario, nace en ciudades o pueblos secundarios de la Liga Hanseática y las repúblicas (ciudades-estado) italianas. El capitalismo no es heredero del feudalismo sino un sistema rival que termina aniquilándolo porque la gente abandona los lugares feudales o semi-feudales para ir a donde tanto la economía como la ley garantizaban su capacidad de ser agentes libres. En Ecuador se narra impecablemente el proceso en “A la costa”, novela de 1904 de Luis A. Martinez. Para tener libertad de agencia, es decir autonomía, es necesario un marco jurídico y cultural lo suficientemente liberal. Suecia, que nunca tuvo etapa feudal, tuvo un siglo XIX de comercio abierto, bajos impuestos (el impuesto a la renta no aparece hasta que el país ya hubo despegado) e instituciones liberales. El resultado: un magnífico despegue cultural y material. Lo mismo la Argentina entre los 1850’s y los 1930’s y los Estados Unidos de América entre su fundación y los 1920’s. Lo que vino después en esos países con el crecimiento del Estado y las ideas colectivistas, es asunto para otro texto.

El error teórico que lleva a pensar que el trabajo asalariado es una forma moderna de servidumbre es en cambio la plusvalía marxista. Para empezar, el error no es original de Karl Marx sino de Adam Smith. Smith -un gran liberal y enemigo de los privilegios del sistema mercantilista- confunde en su “La riqueza de las naciones” el rol del inversionista/capitalista/accionista con el del administrador/gerente/manager de una empresa comercial. Plantea una y otra vez que la ganancia empresarial es solo una forma de salario por gestión superior.

Deja sentada la idea de que en una economía simple, lo que obtienen los participantes al intercambiar sus productos en una feria, son salarios. Si lo que se obtiene por intercambios directos son salarios, Marx deduce, las ganancias de un capitalista que aparezca o llegue a esa economía simple serán una porción jamás entregada a quienes contrata como asalariados. La deducción es correcta. El problema es que sin capitalista (el dueño de un taller, por ejemplo) no existe salario. El salario no es el fruto de las ventas en un mercado. Es un pago fijo que no existiría en una economía de circulación simple, sino que aparece cuando un individuo A contrata a un individuo B. En ese momento nace una división vertical del trabajo en base al riesgo empresarial. Sin capitalistas contratando a nadie como asalariados, el riesgo empresarial lo llevan todos los participantes de esa economía. Con capitalistas contratando a otras personas como asalariados, aparece lo que llamo el pacto del capitalismo: ciertos individuos cargan con el riesgo empresarial y otros obtienen un ingreso fijo. Si hay pérdidas temporales, el asalariado no necesita poner de su parte y cuando hay ganancias -al no ser participe del riesgo empresarial– no participa de ellas.

Como podemos ver, la ganancia no es una porción del salario que no se entrega a los asalariados. No existe la plusvalía marxista.

Pero sí existe otra clase de plusvalía, la plusvalía de Say. Jean Baptiste Say fue un economista francés del siglo XVIII que en 1803 (64 años antes de “Das Kapital” de Marx) publica su “Tratado de Economía Política” de amplio reconocimiento en Europa y en el cual se adelanta a errores de Marx y J. M. Keynes. Say, a diferencia de Adam Smith, reconoce el rol del entrepreneur como portador -por otros- de riesgos de ventas o no ventas, o riesgo empresarial. Eso implica entender lo que pone en riesgo el capitalista. Pero además implica entender todo lo que aporta en ese pacto del capitalismo: espacio de trabajo, herramientas, equipo humano con el cual entablar una fructífera división del trabajo, la visión del producto final y por si fuese poco, la clientela para éste. Mediante esas herramientas, lugar, equipo, concepto de producto, etc. el capitalista eleva la productividad del asalariado a niveles muy inusuales de lograr por su cuenta -aunque el propio proceso capitalista ha ido abaratando los medios de producción y masificando la tenencia de computadoras portátiles, herramientas, educación, etc- y de esa porción adicional, ambas partes se reparten la productividad extraordinaria. En oficios o profesiones con muchos postulantes disponibles, la empresa puede retener mayor porción de esa productividad y en el caso de estrellas o individuos muy reconocidos en su profesión son ellos quienes tendrán mayor participación al punto de que la empresa podría contratar a alguien a pérdida si es extremadamente valioso o indispensable -lo cual es inusual pero existen muchos casos.

Visualmente, puede expresarse así:

La plusvalía marxista vs. el mundo real

Dos formas de entender el trabajo asalariado completamente incompatibles entre sí.Este tema es tan central a la comprensión de cómo funciona una economía moderna que ambas tesis son completamente incompatibles. O es cierto que existe la plusvalía marxista o es falso que exista y la plusvalía es un aporte del capitalista que el asalariado percibe racionalmente como conveniente y por eso se asocia con aquel. Es uno de esos temas en los cuales el “centrismo” es imposible, dicho sea de paso. El trabajo asalariado no puede ser explotador y no-explotador al mismo tiempo (acabe aclarar que el tema es completamente separado de la existencia de trabajos duros, peligrosos o jefes que no pagan por horas extra, es decir “explotación” en sentidos no-marxistas). Y al tratarse de un fenómeno cataláctico (cataláctica es la disciplina que estudia los intercambios) no es necesario que exista un solo ganador entre las partes. Los intercambios económicos no forzosos son de naturaleza ganar-ganar, es por eso que las partes incurren en ellos reiteradamente. La interdependencia en la creación de riqueza significa ganancia mutua. Dejar hacer -crear proyectos sin mayores trabas y reinvertir en ellos con bajísimos impuestos en un entorno legal confiable- a los capitalistas dotará de cada vez mejores herramientas y capacitación a los asalariados, elevando su poder adquisitivo vigorosamente año tras año. Esto explica por qué hay salarios más altos en Suecia que en India y por qué en Suecia es prohibitivo contratar ayuda doméstica mientras que en India, a falta de mejores trabajos asalariados, es barato y habitual todavía. Además, si no existe tal cosa como la plusvalía marxista, la idea de “justicia social” e impuestos progresivamente más altos para quienes más ganan, ahora que sabemos que se trata de relaciones ganar-ganar, queda enteramente desprovista de cimientos.

Para terminar esta exposición, nada mejor que citar al propio J. B. Say cuando dice: “La propiedad que un hombre tiene de su propia industria, se viola cuando está prohibido el libre ejercicio de sus facultades o habilidades, con la excepción de la interferencia sobre los derechos de terceros.” (Tratado de Economía Política, 1803). La plusvalía marxista es un espejismo económico basado en un error de Adam Smith que Karl Marx aprovecha astutamente. Lo que existe y vivimos día a día en el mundo real, es el aporte de los inversionistas de todos los proyectos a nuestra productividad y realización profesional, la plusvalía de Say.

Addenda: la noción de plusvalía como aporte del inversionista surge de conversaciones sobre la refutación de George Reisman (1996) a Marx, con el prof. Juan Ramón Rallo por medios electrónicos.

¿Es el interés el “precio del dinero”?

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Bajo el influjo de las ideas neoclásicas -reducir el ser humano a un supuesto “homo economicus”- se enseña en facultades de Economía y en programas de MBA la idea de que el interés es el “precio del dinero” (o peor aún, su “costo”). Esta noción no es solamente falsa sino dañina. Es falsa porque el precio del dinero es lo que debe entregarse para obtener dinero o a su vez lo que el dinero compra en términos del resto de bienes y servicios. En otras palabras, compramos dinero mediante nuestro trabajo o bienes. Eso es el precio del dinero: qué pagamos para obtenerlo (en energía, tiempo, talentos y esfuerzo) y se verifica en su anverso: cuántos bienes podemos obtener mediante cada unidad monetaria. El costo del dinero en cambio es el de minería si existe dinero real o en el sistema actual de dinero fiat (creado por decreto y sin respaldo), el costo marginal de cada billete.

Es una noción dañina porque lleva mutatis mutandis a la conclusión de que se puede reducir el interés imprimiendo más dinero (generalmente mediante bonos). Lo cual no reduce el interés natural (la relación socialmente posible y a la vez percibida entre bienes presentes y bienes futuros, en otras palabras, el ahorro) sino que lo oculta. Los actores tomarán más préstamos y a más largo plazo de los que el ahorro (una dimensión real de cada territorio con su sistema político-legal más o menos confiable y su cultura más o menos largoplacista). Resultado: auge artificial de ciertas industrias -especialmente, la construcción- y recesión “inexplicable” a continuación.

El interés es el arriendo del ahorro ajeno. Es un precio, pero simplemente, el precio de alquilar el sacrificio o renuncia ajenos al consumo inmediato. Y así debe ser tratado en la teoría y en la práctica financiera cotidiana.

Samuelson, Coase y el faro forzoso

Paul Samuelson, autor del tratado de introducción a la Economía más influyente durante muchos años y ganador de un Nobel por algún otro tema, sostenía que un bien público es uno que debido a ser no-rival y no-excluíble/yente tenía que financiarse mediante impuestos (es decir, por la fuerza).

El ejemplo que daba Samuelson era el de un faro en las costas. Dado que se benefician de su existencia todos sin posibilidad de excluirles de orientarse por ellos ayuden o no a financiar el faro (por ende, se iban a sub-producir faros) y a la vez su uso por unos no reducía la posibilidad de uso por parte de otros, debía forzarse a la gente a financiarlos. Para tener bienes públicos había que cobrar impuestos, el faro lo demostraba.

El único problema con esa tesis repetida por décadas y hasta ahora en aulas en toda Latinoamérica es que otro célebre economista (receptor del Nobel e igualmente por otro tema), Ronald Coase, investigó la historia de los faros algunos años después por su cuenta. Es decir, la evidencia. ¿Qué piensan que encontró?

Los faros eran masivamente privados en Europa antes de su captura por el Estado-Nación. Había locales, híbridos y privados. ¿Por qué iba alguien a crear faros si no se puede cobrar por ellos? Porque los muelles y embarcaderos eran privados. Para dar seguridad a sus clientes, los dueños no tenían más remedio que proveer de luz a barcos socios y extraños.

Como la teoría samuelsoniana de los bienes públicos hay decenas de mitos económicos repetidos en aulas de todo grado de prestigio en el mundo. Como decía Henry Stuart Hazlitt, la Economía se halla asediada por sofismas como ninguna otra disciplina.

El capitalismo mató a Downton Abbey

Una mansión de terratenientes como Downton Abbey solo podía sustentarse contablemente mientras los salarios eran bajos como es propio en economías agrarias en grado elevado. Sin embargo, con las ideas de libertad y derechos individuales de la Ilustración Escocesa, se desata la empresarialidad en Inglaterra -lejos de los centros de poder político y cualquier plan gubernamental- y con ella la reinversión constante en nuevas tecnologías ahorradoras de tiempo. Gracias a máquinas y métodos de organización empresarial, quienes se unían a nuevos talleres y fábricas veían sus ingresos aumentar frente a otros oficios. La nueva producción, mayor en volumen y mejor paulatinamente elevaba los salarios.

En términos económicos, la formación de capital elevaba los salarios a nivel agregado y a la vez cambiaba la productividad marginal del salario entre distintas actividades.

Era habitual tener 3 o 4 niveles de jerarquía de servicio doméstico

El trabajo menial o doméstico empezó a volverse prohibitivo. En la serie de TV vemos como temporada a temporada el personal disminuye y la tierra es vendida o puesta a producir más empresarialmente (que rentísticamente como en todo sistema feudal o semifeudal). Eso ocurre en todo país que desarrolla su potencial empresarial: aparecen nuevos oficios y profesiones, cada vez mejor equipados (eso es el capital en resumen, las máquinas y métodos productivos que la empresa aporta) y por tanto el trabajo doméstico -que no implica producción de bienes adicionales sino de mantenimiento de los existentes y apoyo en actividades de consumo– encuentra un porcentaje menor de gente dispuesta a hacerlos. Ya hay mejores oportunidades (empleos más atractivos).

Un mundo elegante pero solo abundante para pocos

Empieza a volverse auténticamente -y no por decreto- prohibitivo contratar gente para esas tareas. Que las familias aristocráticas y terratenientes como los Crawley hayan tenido que tornarse más empresariales, más inversionistas -lo cual vía capital eleva la producción para todos- o simplemente tener que deshacerse de sus tierras hereditarias, ha sido un efecto del proceso empresarial. La mansión histórica es hoy un museo y se sostiene en parte gracias a la serie televisiva.El capitalismo mató a Downton Abbey, el modo de vida generalizado. Sin embargo, gracias al capitalismo tenemos TV, cable, cine, productoras y el tiempo libre para ver una serie producción de tan alto nivel como Downton Abbey.

Una de las cosas que notaremos al verla es que cada vez más de nosotros tenemos una calidad de vida mucho mejor que la de los aristócratas de hace solamente 100 años, salvo en un aspecto  que todos modos es cada vez menos relevante gracias a los electrodomésticos que nos trajo también el capitalismo: la de contar con ayuda doméstica.

Sobre la singularidad de la Economía entre las disciplinas del conocimiento

Una característica singular de la Economía es que estudia un ser de complejidad cognitiva y operativa única (el ser humano)

Es decir, reconoce el rol de la psique (¡imaginación!) humana.

El valor no es objetivo. Es subjetivo.

Por eso somos de entre todas las especies, los inventores del comercio.

Ambas partes ganan porque los significados (la existencia de bienes y el significado/utilidad de cada uno) pueden ser distintos y de hecho inversos para ambas partes. Ambas partes pueden ganar.

Sobre los derechos naturales de las personas

Los derechos naturales

Si se quisiera resumir el concepto de derechos naturales en una sola frase, esta sin duda sería el antiguo dictum del legislador Ulpiano: “A cada uno lo suyo”. El addendum indispensable, que define sus formas de violación sería entonces “y no lo de los demás”. ¿Cómo se puede asegurar que a una persona le corresponde algo por derecho, que es suyo y que por ende debe tener control excluviso sobre aquello? El filósofo John Locke nos presenta tres medios para la adquisición de bienes materiales en forma de propiedad privada:

1.- Apropiación original: un recurso sin dueño ni huellas de actividad humana, puede ser apropiado por un individuo.
2.- Producción: la combinación de recursos disponibles para crear un bien distinto
3.- Intercambio: intercambiar bienes por otros bienes, o legarlos a otra persona.

Cualquier forma de adquirir bienes que no se enmarque en esta clasificación, debe ser considerada una forma de expoliación (robo). La justificación imperiosa para la propiedad privada puede ser hallada en “A Theory of Socialism and Capitalism” del prof. Hans Hermann-Hoppe, Cap. 1,2. Baste mencionar que es un tema inevitable en sociedades que pretendan a) minimizar los conflictos, b) mantener una división del trabajo altamente compleja y un nivel de vida elevado según términos contemporáneos, y c) reconocer la realidad de la escasez frente a las infinitas necesidades humanas y economizar en consecuencia. Adicionalmente, es necesario señalar que cualquier intento de esbozar un sistema ético funcional y que minimice el conflicto y armonice intereses, debe ser universalizable: debe poder aplicarse en cualquier lugar o época, a cualquier individuo dadas las mismas condiciones.

Sin embargo, a los conceptos de Locke es preciso complementarlos con las enseñanzas de la Escuela Austriaca de Economia (EAE). Dicha vertiente, heredera de la escolástica tardía de la Escuela de Salamanca, hace hincapie en que los seres humanos con su apreciación subjetiva de medios y fines para sus acciones, dotan de valor a los bienes materiales. Es por ello que los objetos materiales carecen de valor intrínseco, trátese de la Naturaleza o de creaciones humanas. Lo que dota a algo con el carácter de bien según Carl Menger, fundador de la EAE es la existencia de cuatro requisitos al mismo tiempo:

1.- La existencia de una necesidad
2.- Propiedades que vuelvan a una cosa capaz de ser llevada a una relación casual con la satisfacción de dicha necesidad
3.- Conocimiento humano de esta relación causal
4.- Control sobre la cosa suficiente como para dirigirlo a la satisfacción de tal necesidad

Sólo cuando los cuatro requisitos se cumplen, una cosa (o resultado de una acción) puede considerarse un bien.

Como se puede deducir, no sólo los objetos materiales tienen el carácter potencial de bienes1. Existe también el ingreso síquico, producto de la actividad aislada o en sociedad. De esta forma, debemos considerar la clasificación de Locke en todas sus implicaciones, para arribar a conclusiones importantes sobre lo que es la justicia y lo que son los derechos de las personas.

La Ética de la Argumentación como fundamento de toda ética social

La Ética de la Argumentación

Siguiendo a Hoppe, encontraremos un fundamento muy superior a los anteriormente existentes para el concepto de derechos naturales o iusnaturalismo en que se fundamenta este trabajo. Dice texualmente Hoppe: La argumentación entre Crusoe y Viernes requiere que ambos posean -y mutuamente reconozcan al otro como poseedor del control exclusivo sobre sus respectivos (su cerebro, cuerdas vocales, etc) asi como del espacio físico ocupado por sus cuerpos. Nadie podría proponer nada y experar que su interlocutor se convenza de la validez de su proposión o negar la y proponer otra cosa, a menos que el derecho al control exclusivo de él y de su oponente sobre sus cuerpos respectivos y el espacio en que están parados estén ya presupuestos y asumidos como válidos.

El intento de demostrar que la argumentación no requiere de una aceptación tácita de que el otro posee el cuerpo físico con el que es nuestro interlocutor es posible, pero de consecuencias erosivas de la misma manera como cuando se ignora una ley económica. Las posibles excepciones de la esclavitud o la servidumbre han sido señaladas, pero el requisito para que exista una ética universalizable como se dijo antes que se aplique -de igual forma que las reglas lockeanas- a todo individuo dadas ciertas condiciones. Por ello la autopropiedad es axiomática en el sentido de que su violación mediante la lógica o la acción concreta (performativa) conduce a fuertes divergencias con lo que puede ser un código ético universalizable, justo y consistente con la naturaleza humana. Las consecuencias han sido estudiadas y se evidencian a lo largo de la historia humana. Del principio de autopropiedad entonces se deriva la legitimidad de las normas lockeanas de propiedad y la posibilidad de órdenes humanos basados en el respeto a las mismas.

Los medios políticos: estafa, invasión, esclavitud

Medios económicos y medios políticos

En su ya clásica obra, Franz Oppenheimer clasifica consecuentemente a las formas de obtener un ingreso de los demás de forma pacífica como “los medios económicos” y a las formas coercitivas como “los medios políticos”. Las formas pacíficas involucran el uso de:

1.- El propio cuerpo
2.- Los recursos apropiados originalmente por uno
3.- Bienes resultantes de la producción
4.- Bienes resultantes del intercambio o regalo

En este sentido las acciones de carácter productivo pueden ser autistas u orientadas a posteriores transacciones con otras personas. Los intercambios entre personas y organizaciones son generadoras de bienestar, puesto que para que ocurra un intercambio debe existir una valoración inversa respectiva de los dos bienes a intercambiar en cualquier momento determinado. Ex ante ambas partes esperan resultar mejor que si no hubiersen intercambiado dichos bienes. Ex post se verificará si el intercambio fue acertado o no, pero dado que los seres humanos tratan de minimizar el error informándose de la mejor forma para sus decisiones, generalmente hay satisfacción posterior. Es por eso que los intercambios de tipo voluntario son por naturaleza relaciones ganar-ganar.

Pero también podemos encontrar una lista elemental de formas violentas de generarse un ingreso a expensas de otro(s). Estas formas coercitivas incluyen pero no están limitadas a:

1.- La esclavitud
2.- La servidumbre y sus variantes contemporaneas
3.- El robo
4.- La estafa
5.- La conquista y otras formas políticas

Lo que caracteriza a este tipo de relaciones es que una parte se beneficia a expensas de la otra. Por tanto, se trata de relaciones de naturaleza ganar-perder.

–Breves fragmentos de la tesina que presentó el autor como candidato a magister en economia empresarial por la UFM de Guatemala en el año 2007.–
(publicado originalmente en marzo de 2018)

Keynes muere (de nuevo) en Europa del Este

El keynesianismo es una síntesis mecanicista de varias ideas previamente equivocadas y refutadas.

Keynes ha muerto. No en los EEUU ni Latinoamérica lamentablemente, donde aún es el economista mas influyente en izquierdas y derechas. Pero afortunadamente una región del mundo aparte de la sabiamente pragmática Asia, ya está dando pasos para enterrar a Lord Keynes y su influencia. Se trata de 8 países con mercados mayormente abiertos interna y externamente, impuestos de tasa fija y un sector privado entendido no como vaca lechera sino con existencia por derecho propio.

Lord Keynes se pasó la vida entera tratando de convencer al mundo de que “el mercado” no podia manejarse a sí mismo y necesitaba gente -como él, claro- para intervenirlo. Keynes es nada más y nada menos que el santo patrono de los tecnócratas de todo el mundo. De izquierdas, en forma de deficits elevados e impuestos altos. De derechas, en forma de retención de impuestos en la fuente y de intervenciones “para la eficiencia”. Pero el sistema keynesiano ignoraba dos realidades fundamentales: a) el mercado es un proceso, la suma de acciones individuales que buscan el acierto y tratan de evitar el error, y b) la Ley de Say de los mercados, que nos enseña que la producción genera capacidad de consumo inevitable y proporcionalmente. Por lo tanto, la causa de las crisis económicas debe buscarse en otro lado. En eventos impredecibles como guerras y desastres naturales, o en la igualmente desastrosa actividad del gobierno en la economía, que debe pagarse tarde o temprano. Pero las medidas keynesianas de castigar al ciudadano en periodo de vacas gordas, para supuestamente ayudarle en el de vacas flacas, en realidad nunca fueron acertadas. Más que cualquier otra cosa, sirvieron durante todo el siglo XX para que los gobernantes se volvieran gastadores y elevaran impuestos, adquirieran deuda y provocaran inflación sin consecuencias, porque tenian una teoría justificándoles.

Como dijo el keynesiano John K. Galbraith, “Hitler fue el verdadero exponente de las ideas keynesianas”. Su influencia llevada consecuentemente a la practica generó déficits, hiperinflaciones y pérdidas de inversiones y capital humano en todo el mundo, pero sobre todo en Latinoamérica. Gracias, Lord Keynes.

En contraste, cuando los estadounidenses de ideas keynesianas quisieron aplicárselas a la Alemania de posguerra, el sagaz ministro de finanzas Ludwig Erhard les dijo “no, gracias”. ¿El resultado? Ese país vivió un verdadero “milagro económico” en contraste con la keynesianamente administrada Francia, que hasta el dia de hoy sigue siendo un país receptor de subsidios internacionales. En contraste también, y luego de haber vivido 40 años de socialismo, 8 países de Europa del Este le dicen “no, gracias” a las ideas de economía mixta en el aula, la prensa y sus políticas. Las facultades de Economía enseñan autores que derrotaron a los keynesianos en la teoría y en resultados, como Milton Friedman (a pesar de ser en ciertos puntos un keynesiano de derechas) y sobre todo los grandes Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek y su Escuela Austriaca.

Tiene sentido: después de haber probado el desastre completo, no quedan ganas de probar el desastre a medias. Nada de economía mixta o pajaritos preñados, piensan en las mejores facultades de Republica Checa, Estonia o Lituania: hay que hacer lo que los estadounidenses, suecos e ingleses hicieron para desarrollarse, no las barbaridades que hacen ahora que ya pueden darse ese lujo. Como resultado, ellos también viven su propio milagro económico, creciendo a un 6-7% anual y abandonando muy velozmente la pobreza moral y material en que les dejó el socialismo. Sigamos el ejemplo de Europa del Este: ya no seamos keynecios.

(publicado originalmente en junio de 2013)