Wilhelm von Humboldt: un caballero del liberalismo clásico

Por Ralph Raico. (Publicado el 11 de agosto de 2010)

Traducido del inglés por E. Uribe.
El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4591.

[New Individualist Review, 1961]

Cuando Oswald Spengler en una de sus obras menores calificaba despectivamente al liberalismo clásico alemán como “una pizca del espíritu de Inglaterra en suelo alemán”, estaba simplemente mostrando la ceguera voluntaria de la escuela de los historiadores estatistas militaristas alemanes, que rechazaban reconocer como verdadero compatriota a cualquier pensador que no formase parte de la “guardia personal intelectual de la Casa de los Hohenzollern”. Spencer aparentemente había olvidado que Alemania había tenido su Ilustración y que los ideales de la libertad concebidos y propagados en Inglaterra, Escocia y Francia hacia el final del siglo XVIII habían encontrado eco y apoyo en las obras de escritores como Kant, Schiller e incluso el joven Fichte. Aunque en 1899 William Graham Sumner podía escribir que “hoy no hay en Alemania casi ninguna institución, salvo el ejército”, es sin embargo cierto que existió una tradición alemana nativa de importante pensamiento libertario, que en el curso del siglo XIX se trasladó a la acción, al menos en parte. Uno de los pensadores que contribuyó a esta tradición, Wilhelm von Humboldt, fue indudablemente uno de los principales.

Nacido en 1767, Humboldt descendía de una familia junker que había servido fielmente a los gobernantes de Prusia durante generaciones, un hecho que iba a causar sorpresa en el futuro a algunos que oían al joven Humboldt defender apasionadamente la libertad personal en conversaciones. Fue educado en Fráncfort del Óder y más tarde en Gotinga, en ese momento uno de los centros de las ideas liberales en Alemania.

En el verano de 1789, Humboldt realizó un viaje a París en compañía de su antiguo tutor, Campe, que era un devoto de los philosophes y entonces deseaba ver con sus propios ojos “los funerales del despotismo francés”. Sin embargo, su pupilo no compartía su entusiasmo por la Revolución, pues con aquello de lo que había sido testigo en París y conversaciones con Friedrich Gentz (en ese momento partidario de la Revolución Francesa) publicó un breve artículo: “Ideas sobre las constituciones de los estados, con ocasión de la nueva constitución francesa”.[i]

Este pequeño ensayo, originalmente una carta a un amigo, es notable por varias razones. En primer lugar, Humboldt parece haber llegado a algunas de las principales conclusiones de Burke, sin estar en ese momento familiarizado con la obra del británico. Dice, por ejemplo, que “la razón es capaz de estar segura de dar forma al material ya presente, pero no tiene el poder de crear nuevo material. (…) Las constituciones no pueden injertarse en los hombres como retoños en los árboles”. Para que tenga éxito un nuevo orden político es necesario por “tiempo y naturaleza” haber preparado el terreno. Como no había sido el caso en Francia, la analogía histórica nos lleva a responder que no a la pregunta de si la nueva constitución tendrá éxito.

Además, este ensayo es interesante porque anticipa la idea que fue el centro de la tesis de la obra más importante de Humboldt sobre teoría política y que nunca estaba lejos de su pensamiento cuando reflexionaba sobre la naturaleza del hombre: la idea de que “lo que ha de florecer en un hombre debe brotar de su interior y no dársele desde fuera”.

Sin embargo, en su ensayo Humboldt no muestra la hostilidad al pueblo francés característica de Burke. Aprecia que si los franceses se han entregado a planes mal pensados para remoldear su sociedad de acuerdo con un plan preconcebido, era una reacción que podría haberse esperado, dadas las provocaciones del Antiguo Régimen. “La humanidad ha sufrido en las manos de un extremo: es comprensible que busque su salvación en el otro”.

A su vuelta a Berlín, Humboldt había recibido un puesto menor en los tribunales. Pero la relativa libertad de pensamiento de la que había disfrutado Prusia bajo Federico el Grande se estaba trocando en ese momento en persecuciones a la prensa e intolerancia religiosa, y Humboldt no encontró agradable la atmósfera de la vida pública. Añádase a esto la falta de inclinación que sentía por interferir en las vidas de otros (una delicadeza de sentimiento casi grotescamente fuera de lugar en un “servidor público”). Tal vez lo más importante de todo fuera la nueva concepción de las funciones legítimas del gobierno que estaba empezando a formular, una concepción que prácticamente le obligaba a considerar a los estados de su época como máquinas de injusticia. En la primavera de 1791, Humboldt renunció a su cargo.

La génesis de su obra principal de teoría política, y una de las más interesantes para los individualistas, también puede encontrarse en las discusiones con un amigo, Karl von Dalberg, defensor del despotismo ilustrado entonces prevaleciente en Alemania. Éste presionó a Humboldt para que hiciera una exposición escrita de sus opiniones sobre el asunto y Humboldt respondió en 1792 escribiendo su clásico Los límites de la acción del estado.[ii]

Este pequeño libro iba luego a tener una gran influencia. Fue importante para aportar algunas ideas a John Stuart Mill en este terreno e incluso puede haber si el motivo inmediato para su Sobre la libertad. En Francia, la obra de Laboulaye, el individualista de finales del siglo XIX, debía mucho a la de Humboldt y en Alemania influyó incluso sobre una mente tan básicamente poco simpatizante como la de von Treitschke. Pero es también un libro que tiene un valor intrínseco, porque en él se exponen (en algunos casos, creo que por primera vez) algunos de los principales argumentos a favor de la libertad.

Humboldt empieza su obra remarcando que los anteriores escritores sobre filosofía política se habían preocupado casi exclusivamente por investigar las divisiones del poder del gobierno y qué parte de la nación, o qué sectores de ésta, tendría que tener para ejercitar este poder. Estos escritores han olvidado la pregunta esencial: “¿hacia qué fin tendría que apuntar todo el aparato del estado y qué límites tendrían que ponerse a su actividad?” Ésta es la pregunta que Humboldt trata de contestar.

“El verdadero fin del hombre (no lo que la caprichosa inclinación le indica, sino lo que le indica la razón eternamente inmutable) es el más alto y armonioso cultivo de sus facultades en su totalidad. Para este cultivo, la libertad es la primera e indispensable condición”. Así que Humboldt empieza emplazando su argumento dentro del marco de una concepción particular de la naturaleza del hombre, pero tendría que advertirse que la validez de su argumento no depende de lo correcto de su opinión sobre “el verdadero fin del hombre”. Son de primordial importancia sus ideas respecto del mecanismo de progreso individual y social y aquí incluso un utilitarista con preocupaciones sociales como John Stuart Mill podía encontrar formación e inspiración.

Para el pleno florecimiento del individuo, dice Humboldt, hace falta, además de libertad, una “multitud de situaciones”, que, aunque lógicamente diferenciadas de la libertad, siempre se basen en ella. Sólo cuando a los hombres se les presenta la gran variedad de circunstancias que experimentan al vivir puede tener lugar esa expansión en el rango de valores que es familiar a la raza humana, y es al expandir ese rango como pueden encontrarse cada vez mejores respuestas a la pregunta “¿De qué manera exactamente disponen los hombres de sus vidas?”

De acuerdo con Humboldt, una nación libre sería una en que “la necesidad continua de asociación con otros empujara urgentemente a cada uno a modificarse gradualmente” a la luz de su visión del valor de los patrones de vida que han aceptado otros. En una sociedad así “no se perdería ningún poder ni ninguna mano para la elevación y disfrute de la existencia humana”. Cada hombre, aplicando su razón a su propia vida y circunstancias, contribuiría a la educación de otros hombres y, a su vez, aprendería de sus experiencias. Esa es la visión de Humboldt del mecanismo del progreso humano.

Sin embargo, debería quedar claro que este progresivo refinamiento de la personalidad individual sólo puede tener lugar bajo un régimen de libertad, pues “lo que no elige el propio individuo, en lo que se ve restringido y llevado, no entra en su ser. Permanece ajeno a él y realmente  no lo realiza con energía humana, sino mecánicamente”. Es una de las ideas centrales del libro y merece alguna explicación.

Es una idea de que nadie discutirá cuando sea una cuestión de progreso científico. Nadie espera que se produzca pensamiento científico que merezca la pena allí donde al científico se le obligue o restrinja en alguna faceta importante de su trabajo. Debe ser libre de desarrollar sus ideas, de acuerdo con los estándares autoimpuestos en su profesión, con su propia originalidad. Pero el conocimiento científico es sólo un tipo de conocimiento: hay otros tipos, algunos al menos igualmente útiles socialmente. Está el conocimiento que consiste en las habilidades y técnicas de producción y el tipo que, como hemos visto, está incluido en valores y forma de vida: aparte del tipo de conocimiento que se adquiere mediante pensamiento abstracto, esta el tipo adquirido mediante pensamiento práctico y mediante acción. El argumento de la libertad en la elaboración del conocimiento científico es, por tanto, simplemente una circunstancia especial del argumento general en pro de la libertad.

En Profesor Michael Polanyi ha descrito los beneficios del “individualismo en el cultivo de la ciencia”:

La investigación científica no puede organizarse (…) de otra forma que otorgando independencia completa a todos los científicos preparados. Así se distribuirán en todo el campo posible de descubrimientos, aplicando cada uno su propia habilidad especial a la tarea que les parezca más rentable. Así se cubrirán tantas vías como sea posible y la ciencia penetrará más rápidamente en todas direcciones hacia ese tipo de conocimiento oculto insospechado para todos hasta que se descubre, el tipo de nuevo conocimiento del que depende verdaderamente el progreso de la ciencia.[iii]

Pocos dudarían de que el progreso científico se habría retrasado asombrosamente si, por ejemplo, se hubiera obligado a Einstein a obtener permiso de un consejo a cargo de “planificar la ciencia” antes de realizar sus investigaciones (¡o de que se hubiera apoderado a una comisión gubernamental para aprobar el trabajo que pretendía realizar Galileo!). Pero si hombres como Henry Ford no hubieran sido libres de poner en práctica sus ideas, el progreso industrial no se hubiera visto menos restringido. Podemos conceder que el pensamiento científico abstracto de un Einstein es algo más elevado, representando un logro más importante del pensamiento humano. Pero eso no tiene nada que ver con el argumento.

Creemos que no debería obstaculizarse a los científicos en la búsqueda de sus objetivos, porque quienes se encargaran de la dirección centralizada de la investigación científica o quienes tuvieran el poder de restringir de alguna manera esencial a los científicos, no conocerían tan bien como éstos mismos (teniendo cada uno un conocimiento inmediato de los factores relevantes en su situación particular) cuáles son las líneas más prometedoras a explorar. Además, una actividad elegida por uno mismo o que pueda ser verificada libremente en todas sus ramificaciones, provocará una energía que no estaría disponible en casos en que las tareas se impongan desde fuera o en las que el investigador encuentre incontables frustraciones en la búsqueda de su objetivo: en otras palabras, la actividad libre genera mayores incentivos.

Pero ambas proposiciones son igualmente ciertas para actividades que impliquen conocimiento práctico o conocimiento en acción, de los que son un ejemplo las técnicas de producción. El socialista que cree en la dirección centralizada de la actividad económica tendría, consecuentemente, que creer también en la planificación centralizada de la ciencia y quienes favorezcan el amplio control público de la vida económica, porque el estado “sabe más”, deberían, si fueran consecuentes, estar también a favor de volver al sistema que restringe la actividad científica.

En parte porque la fuerza interfiere necesariamente en el desarrollo de los individuos y la proliferación de nuevas ideas, al erigir una barrera entre la percepción individual de una situación y la solución que se piensa que es mejor probar, Humboldt quería limitar las actividades del estado tanto como fuera posible. Otro argumento a favor de esta conclusión es que un gobierno que quiera supervisar aunque sea a un nivel modesto un fenómeno tan complejo como la sociedad simplemente no puede ajustar sus regulaciones a las peculiaridades de distintas concatenaciones de circunstancias. Pero las medidas que ignoren esas peculiaridades tenderán a producir uniformidad y disminuirán la “multitud de situaciones” que espolean todo progreso.

¿Cuál es el mínimo indispensable de actividad del gobierno? Humboldt encuentra que el bien que la sociedad no puede proveerse por sí misma es la seguridad contra quienes agreden a las personas o propiedades de otros. Su respuesta a la pregunta que planteaba al principio de su obra, “qué límites tendrían que ponerse a la actividad del estado”, es “que la provisión de seguridad, tanto contra enemigos externos como disensiones internas debe constituir el propósito del estado y ocupar el círculo de su actividad”.

Respecto de los servicios que normalmente se sostiene que deben caer en el ámbito de la acción de gobierno, como, por ejemplo, la caridad, Humboldt creer que no tienen que ser provistos por instituciones políticas, sino que pueden encargarse a las sociales. El único requisito es que se dé libertad de asociación a las partes individuales de la nación o a la misma nación” para que los fines caritativos se cumplan satisfactoriamente. En esto, como realmente a lo largo de todo el libro, Humboldt se  muestra como un atento pero apasionado creyente en la eficacia de las verdaderas fuerzas sociales, en la factibilidad de que los grandes fines sociales se logren sin necesidad de dirección por parte del estado. Así Humboldt se alía con los pensadores que rechazan el estado para afirmar la sociedad.

Varias partes del libro de Humboldt aparecieron en dos periódicos alemanes en 1792, pero las dificultades con la censura prusiana y cierta aparente falta de confianza en sus propias obras le hicieron dejar la publicación hasta que pudiera revisarla. El día de la revisión no llegó nunca y sólo después de dieciséis años tras la muerte del autor se publicó íntegra Ideas para un proyecto de delimitación de la efectividad del estado.

Durante diez años tras completar este libro, Humboldt se dedicó a viajar y a estudios privados, principalmente en estética y los clásicos, lingüística y antropología comparativa. De 1802 a 1808 fue ministro prusiano en Roma, un puesto que implicaba un trabajo oficial mínimo y que acepto sobre todo por su amor a la ciudad. El verdadero “regreso al estado” de Humboldt se produjo en 1809, cuando se convirtió en director de la Sección de Culto y Educación Pública en el Ministerio del Interior. En este puesto dirigió la reorganización del sistema público prusiano de educación y, en particular, fundó la Universidad de Berlín.

El que un hombre tan incuestionablemente sincero como Humboldt haya actuado con tal discordancia con los principios expuestos en su único libro de filosofía política (entre ellos, que el estado no debería tener conexión con la educación) requiere alguna explicación. La razón habría que verla en su patriotismo, que había aparecido ante la completa derrota sufrida por Prusia a manos de Napoleón. Humboldt quería contribuir a la regeneración de su país que había sido asumida por hombres como Stein y Hardenberg y la reforma del sistema educativo se ajustaba a sus capacidades e inclinaciones.

Una vez completada la tarea, Humboldt ostentó diversos cargos diplomáticos durante varios años, incluyendo el de ministro  prusiano en el Congreso de Viena y, después de que se estableció la paz, como miembro del Consejo de Estado. Pero el espíritu que ahora predominaba en Berlín, así como en toda Europa, era el espíritu de Metternich, quien, siempre capaz de identificar a los enemigos de su sistema, ya había calificado a Humboldt en 1814 como un “jacobino”. La oposición de Humboldt a las políticas reaccionarias de su gobierno le ganaron tanta hostilidad en los tribunales como popularidad entre el pueblo. Los reaccionarios de la corte le odiaban e intrigaban contra él: llegaron a abrir su correo, como si realmente hubiera sido un jacobino. Cuando en 1819, Metternich indujo a Prusia a aprobar los Decretos de Carlsbad, que intentaban establecer una rígida censura en toda Alemania, Humboldt calificó a la regulación como “vergonzosa, antinacional y provocadora para un gran pueblo” y reclamó la destitución de Bernstorff, el ministro prusiano que la había firmado.

Esa claro que un hombre como Humboldt era una anomalía en un gobierno que rechazaba traicioneramente cumplir su compromiso de guerra de una constitución y cuyas políticas internas estaban en buena parte dictadas por Metternich. En diciembre de 1819 Humboldt fue destituido. Rechazó la pensión que le ofreció el rey.

Dedicó el resto de su vida a sus estudios, de los que los más importantes fueron sus investigaciones lingüísticas y por ellas se ganó la reputación de pionero en el campo. Murió en 1935.

Si nos preguntamos cuáles son las principales contribuciones de Humboldt al pensamiento libertario, encontraremos la respuesta en sus ideas sobre el valor de la actividad libre y autosostenida del individuo y sobre la importancia de la colaboración voluntaria (a menudo inconsciente) de los miembros de la sociedad. La primera es una idea que encuentre un notable apoyo y aplicación en el trabajo de la escuela de psicoterapia centrada en el cliente,[iv] mientras que la segunda ha sido explorada en libros recientes de escritores como F.A. Hayek y Michael Polanyi.[v] El que las ideas que expuso Humboldt resulten tan relevantes para la investigación actual sobre el hombre y la sociedad es un signo claro de la tendencia hacia el individualismo en el pensamiento de hoy en día a los máximos niveles.

Ralph Raico es miembro senior del Instituto Mises. Es profesor de Historia Europea en el Buffalo State College y especialista en la historia de la libertad, la tradición liberal en Europa y la relación entre la guerra y al aumento del estado. Puede estudiarse la historia de la civilización bajo su guía aquí: en MP3-CD y en casete.

Este artículo apareció originalmente en New Individualist Review, 1961.


[i] “Ideen über Staatsverfassung, durch die neue französische Constitution veranlasst“, en Humboldt Gesammelte Schriften, vol. i. (Berlín, 1903), pp. 77–85.

[ii] Ideen zu einem Versuch, die Grenzen der Wirksamkeft des Staats zu bestimmen; en Humboldt op., cit. vol. i, pp. 97–254. Publicado en España con el título indicado por Tecnos, 1988.

[iii] Michael Polanyi, The Logic of Liberty, (Londres, 1951), p. 89. Publicada en España como La lógica de la libertad, (Madrid: Katz, 2009).

[iv] Sobre esta sugestiva aproximación a la psicoterapia, ver Carl Rogers Psicoterapia centrada en el cliente, (Barcelona: Paidós, 1997).

[v] Ver especialmente F. A. Hayek, La contrarrevolución de la ciencia, (Madrid: Unión Editorial, 2003), y Los fundamentos de la libertad, (Madrid: Unión Editorial, 2006), y Michael Polanyi, op. cit.

Published Thu, Aug 12 2010 5:01 PM by euribe

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