Por qué Occidente es mejor

por: Paul Johnson

En el mundo no existe, ni nunca va existir, una sociedad perfecta. Pero una Buena Sociedad puede surgir y surge en efecto de vez en cuando. Y es mucho más probable que exista dentro de la órbita del sistema occidental que en ningún otros. ¿Por qué es así?

Para empezar, considere la mezcla histórica de dos sistemas moral/legales valiosos pero imperfectos – el greco romano y el judeocristiano – que juntos son mucho más que la suma de sus partes. Todos queremos orden moral. Todos queremos justicia. En realidad, el principal problema que enfrenta toda civilización es cómo traducir la moral y la justicia en un sistema efectivo de derecho. Los griegos tomaron conceptos legales de numerosas sociedades antiguas, especialmente los medos y los persas, pero aportaron a la ciencia jurídica su propio y único espíritu de inquisición filosófica. Analizaron la naturaleza de la justicia y la validez de la moral, insuflándole una nueva dinámica a la legislación: la infinita búsqueda de la verdad, la viabilidad y la perdurabilidad.

Los romanos, a su vez, construyeron sobre este método, desarrollando un código que funcionó efectivamente sobre el mayor y más duradero de los imperios mundiales y que se mantuvo, de una u otra forma, durante dos mil años. Lo que los romanos desarrollaron fue la noción del imperio de la ley, más bien de los simples hombres, y esto implicó la supremacía de una constitución política que los hombres, por muy poderosos que fueran, tenían que obedecer. Con el tiempo, ese esfuerzo fracasó. Roma se volvió una dictadura oriental de emperadores-dioses, el imperio de la ley se colapsó y, con el tiempo, lo mismo le sucedió a la misma civilización occidental, tanto en su forma occidental como en la bizantina.

Sin embargo, desde los siglos quinto y sexto en lo adelante, las nociones romanas de la ley y el orden se vieron reforzadas y transformadas por las ideas judeocristianas. Los judíos eran tan devotos de la ley como los romanos. Veían la ley como una expresión del orden divino y bajo su imperio todos eran iguales, desde los reyes hasta los sumos sacerdotes y los pastores: fue por eso que el gran filósofo judío del siglo primero Philo de Alejandría, calificó al judaísmo de “democracia teocrática”. Los cristianos tomaron el principio de la igualdad bajo la ley moral y lo aplicaron tanto a los códigos legales del norte germánico, basado en consultas tribales, como a los del sur románico, basado en los digestos romanos. El clero evolucionó su propia ley canónica y, entre los siglos XI y XVI, hubo una lucha entre los sistemas seculares y religiosos. El resultado fue un compromiso feliz: ni ley teocrática (como en los estados islámicos), ni completamente secular puesto que los códigos reconocían la ley natural (según la interpretaba la Cristiandad) como la base de toda justicia.

El imperio de la ley no se estableció en Occidente sin dificultad (ver la Evolución de Estado de Derecho). La lucha constitucional que produjo la Carta Magna en 1215, el primer Estatuto Inglés del Reino (todavía vigente), la Guerra Civil Inglesa de 1640-60 y la “Revolución Gloriosa” de 1688, la Revolución Americana de los años 1770 y 1780, que produjo la primera constitución moderna escrita, y la Revolución Francesa de 1789, que llevó a la creación del Código Napoleónico (estos dos últimos, enmendados, siguen vigentes) son todos episodios del exitoso esfuerzo por hacer que hasta los reyes y los gobiernos estuvieron sujetos al imperio de la ley (rule of law). El proceso no ha terminado, su último desarrollo ha sido el colapso de la dictadura comunista en Rusia en 1991 y los subsiguientes intentos, todavía incompletos, para establecer por primera vez el imperio de la ley en Rusia y sus antiguas colonias.

De esta larga historia, se desprende que no es posible garantizar plenamente la igualdad ante la ley sin una masiva participación popular. Pero es importante comprender que hay que establecer el imperio de la ley antes de que la democracia pueda evolucionar satisfactoriamente. Esta es la gran lección política de la civilización occidental. Explica por qué la democracia se colapsa rápidamente en los países (fundamentalmente del Tercer Mundo) donde el imperio de la ley es débil o inexistente. Una notable excepción ha sido la India que – con todas sus debilidades – todavía mantiene una democracia porque el imperio de la ley, gracias al genio de Macaulay, echó raíces bajo el imperio británico.

Donde existe el imperio de la ley, continuamente reforzado por una democracia en desarrollo, la libertad también echa raíces. Como explicó sucintamente Thomas Hobbes – que, junto con su seguidor John Locke, fue el principal filósofo político en la evolución de las constituciones británica y americana – “el silencio de la ley es la libertad del súbdito”. Donde la ley no prohibe específicamente, el ciudadano es libre de hacer lo que le plazca. En las sociedades orientales, no libres, esta suposición se invierte. La libertad de cualquier individuo depende del favor, de la tradición (según la interprete el jefe absoluto o sus agentes), o de la corrupción.

La libertad que disfruta la sociedad occidental bajo el imperio de la ley y los gobiernos constitucionales explica tanto la calidad como la riqueza de su civilización. En la temprana Edad Media, tras descubrir el conocimiento y espíritu de investigación griegos, las sociedades islámicas disfrutaron de alguna libertad pero esto terminó en el siglo XIII. Precisamente el momento en que despegaba el sistema de universidades occidentales. El público se beneficia mucho donde la búsqueda del conocimiento es relativamente libre, especialmente donde la seguridad de las leyes garantiza que el conocimiento va a ser recompensado. Esta combinación constituye el fundamento de la creación de riqueza.

En Occidente, aún en la Edad Media, la sociedad estaba estableciendo un patrón de creación de riqueza consistente. Desde el siglo XV, dos factores -la invención de la contaduría doble y la imprenta de partes móviles – se sumaron a otros seis, todas consecuencias del imperio de la ley y de la igualdad antes la ley. Estos fueron la invención de la corporación legal (que luego incluyó la compañía de responsabilidad limitada y el trust); el desarrollo de una clara doctrina legal sobre matrimonio y herencia; la invención de los bancos operando como depósitos seguros de riqueza líquida (sirviendo de base para los préstamos e inversiones en las empresas industriales y mercantiles); el desarrollo de los derechos de autor; la prohibición de que el gobierno confisque o grave a los individuos sin el debido proceso; y, finalmente, la invención de numerosos instrumentos legales, desde los seguros comerciales y personales hasta las bolsas de valores (para promover, proteger, maximizar y emplear eficientemente los ahorros).

El capitalismo evolucionó de esta docena de inventos, y de su interacción. No es estrictamente, un ‘‘ismo” sino un proceso natural. En cierto estadio del desarrollo humano (del que los elementos más importantes son el imperio de la ley y una cierta medida de libertad personal) se produce espontáneamente en lo que millones de personas trabajaban tan eficientemente como les era posible. Es, por consiguiente, una fuerza de la naturaleza. Esto explica su extraordinaria fecundidad, adaptabilidad y diversidad. Es tan producto de la civilización occidental como la universidad y la biblioteca, el laboratorio y el cine, la teoría de la relatividad y la psicoterapia. La Coca-Cola y los McDonald’s no son alternativas a la Metropolitan Opera y a la Biblioteca Pública de Nueva York. Todos son productos de un proceso de creación de riqueza y producción de conocimiento basados en la libertad y la seguridad legal.

Por otra parte, puesto que el capitalismo está basado en la naturaleza humana, y no en dogmas, es autocorrector. La libertad del mercado permite corregir constantemente los problemas a corto y a largo plazo. Por consiguiente, la expresión “la crisis del capitalismo’’ resulta engañosa. El capitalismo se desarrolla mediante continuas crisis, mayores y menores, absorbiendo sus lecciones y aumentando constantemente a largo plazo la productividad y el nivel de vida.

En realidad, la principal superioridad de la civilización occidental estriba en su proteica capacidad autocrítica – no sólo en la producción de riqueza sino en todo el espectro de actividades humanas. Y es también insaciable en su capacidad de detectar lo que otras sociedades hacen mejor, e incorporárselo. Todos los demás sistemas del planeta, especialmente los japoneses, los chinos y los indios, han aprendido mucho de Occidente. Y se han beneficiado de ello. El mundo islámico ha sido el menos dispuesto a aprovechar las ventajas de Occidente. Es por eso que sigue siendo pobre (pese a su abundancia de recursos naturales), sojuzgado e infeliz. Es probable que sus estados tengan relaciones difíciles con Occidente hasta que el Islam se reforme, abrace el imperio de la ley, introduzca su propia forma de democracia y se convierta en un factor verdaderamente importante del mundo moderno.

Traducción de Adolfo Rivero. Publicado originalmente en National Review (EE.UU.)

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *