Por qué las concesiones y licitaciones no son el mercado.

Luego de cien años de agresivo estatismo en las ideas (medios, facultades, debate público) y las políticas públicas, se han creado una serie de confusiones tan lamentables como innecesarias. Nos referiremos en esta ocasión a las concesiones y las licitaciones públicas a través de dos mitos ampliamente divulgados sobre aquellas.

Mito #1: debido a que participan actores privados, es un mecanismo de mercado.

Debido a que hay rivalidad -dentro de parámetros elegidos gubernamentalmente- se cree que eso “es como” la competencia empresarial en el mundo real. Pero no. El cliente y el usuario se divorcian en una concesión. El usuario será el ciudadano que requiera de esos servicios (sea una carretera, atención de salud o recolección de basura) mientras que habrá un monocliente (técnicamente hablando, será un monopsonio). Cliente y usuario quedan divorciados. Sí, el monocliente aducirá razones tecnocráticas sobre su capacidad de velar por los intereses de los usuarios mejor que ellos mismos. Pero en la práctica la libertad de elegir de los usuarios quedará conculcada a favor del monocliente.

No sólo eso sino que se viola también y al mismo tiempo el derecho a elegir y ser elegido por otros ciudadanos en cuanto a proveedor de servicios. Si alguien quiere construir una carretera o formar una microempresa barrial de recolección de basura para expandirse a otros barrios, no podrá hacerlo. El derecho al trabajo, a emprender profesionalmente en una línea determinada, es violado por un monopolio que supuestamente está a nuestro servicio (el gobierno local o nacional). Entonces perdemos libertad por partida doble con las concesiones (con o sin licitaciones): ya no podemos elegir proveedor abiertamente y ya no podemos ser abiertamente elegidos como proveedores de cualquier cosa que el gobierno se reserva para sí y -como gran cosa- delegarla.

Mercado es cuando a cuenta y riesgo propios un proveedor depende del cliente-usuario (funciones sin divorcio vía fuerza gubernamental) a través de compras/pagos repetidos para existir y prosperar. Recordemos que a) no existen monopolios naturales como demostró el prof. Dilorenzo y b) en el Chile de hoy en día compiten cinco empresas de telefonía celular por la preferencia del cliente-usuario y varias por proveerle electricidad, agua potable, telefonía fija y gas por tubería. Los barrios bien podrían elegir de entre una lista creada por los propios vecinos -o un second-best nada ideal, precalificada por el propio gobierno- a su proveedor de recolección de basura, mantenimiento de jardines y aceras y reparaciones varias. Un monopolio concesionado sigue siendo monopolio y todo monopolio es una criatura gubernamental en su origen y mecanismos de supervivencia.

Mito #2: logran lo mejor de ambos mundos, la misión social gubernamental y la eficiencia privada.

Este segundo mito tiene que ver con la idea de que el sector privado es el reino de la eficiencia y el gubernamental el de la misión social. En realidad el sector privado es el sector voluntario. Su superioridad es ética antes que técnica. Y técnicamente “sector privado” significa muy poco si su nivel de regulaciones le vuelve un campo de privilegios -bajo pretextos de regularle “para proteger al usuario”. Un sector privado libre o muy poco regulado es un situación liberal, de mercado. Un sector privado muy regulado es una situación mercantilista conocida últimamente como “neoliberal” (economía mixta, privilegiante). Es decir, tiene el afán de lucro como motor pero no los beneficios de precios y variedad que vienen con la competencia real por el cliente-usuario unificado. Y tiene mecanismos (licitaciones o incluso sin licitaciones) que impiden a proveedores no calificados (por el ente gubernamental) participar cuando muy probablemente el público sí les elegiría. Sobre este último punto es vital decir que la gente tiene combinaciones preferidas de costo-beneficio muy distinta a la de los tecnócratas. Un tecnócrata puede imponer el uso de Linux en escuelas privadas cuando éstas pudieron haber elegido Microsoft por respaldo al cliente o compatibilidad o simples gustos personales. Incluso si eligen algo mejor -como bien podría alegarse en este caso- impiden al público elegir y ejercer su derecho a discrepar o equivocarse. Es por eso que el mecanismo de concesiones y licitaciones de obras/servicios al público no implica “lo mejor de ambos mundos” sino en apariencia (y quizás comparado con la decadencia progresiva de cualquier cosa estatal luego de su inauguración) sino en al menos un par de sentidos, lo peor de ambos mundos.

En resumen: tener un monocliente gubernamental eligiendo por el usuario viola derechos consuntivos y productivos, pero a la vez genera incentivos culturalmente corruptos al crear castas de proveedores al gobierno, lejos de la auténtica acción ciudadana de abajo hacia arriba. No sólo las concesiones -licitadas abiertamente o asignadas de forma más oscura- no representan el mercado sino que -me atrevo a puntualizar- ni siquiera forman parte de él.

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