No somos dueños de nuestra imagen

No somos dueños de nuestra imagen. En otras palabras no tenemos derecho sobre nuestra propia imagen.

Nuestra imagen puede ser una de dos cosas (o combinaciones de ambas):

1.- Nuestra reputación (“imagen pública”) basada en acciones y omisiones pasadas.

2.- Nuestra imagen física (estética).

Ambos puntos podrían parecer temas separados por estar considerados el uno en a) el derecho al “buen nombre”/honra/reputación en ciertos códigos penales de algunos países pues trata de insultos, acusaciones, injurias y similares, y el otro en b) las leyes de “propiedad intelectual” puesto que tiene que ver con diseño gráfico, artes y publicidad.

Sin embargo, ambos significados de imagen son en el fondo lo mismo: una interpretación con nuestras herramientas cognitivas/visuales al encuentro con otro sujeto.

Somos dueños de nuestro cerebro, nuestra boca y nuestros órganos sensoriales. A través de lo que vemos, escuchamos, etc nos formamos una opinión sobre los demás. Y esa opinión (que alguien sea honrado, laborioso, ladrón o vulgar) es privativa nuestra. Nuestra imagen, en el sentido de reputación, reside en la mente de otras personas y cualquier acto -aunque use métodos indirectos como la legislación- para impedir a otros expresarla en ámbitos privados (¿a las cuántas personas un ámbito privado se vuelve público?) o públicos, debe considerársele un acto de agresión. Es decir, no sólo que no tenemos derecho a la honra/reputación/”buen nombre” sino que cualquier acto tercerizado de impedir a otros por la fuerza el expresar su opinión con su boca -o su imprenta o señal de radio o website o canal de TV- constituye la auténtica violación de derechos individuales. Las leyes de anti-libel (en inglés) o anti-injuria hacen algo terrible: responden con agresión física (la fuerza pública con multa, captura, cárcel) a actos esencialmente pacíficos y meramente comunicacionales de crítica o desprestigio. Recordemos que todo derecho tiene una obligación como contraparte, pero no nuestra, sino que obliga a otros a cumplir X o Y condiciones. Los verdaderos derechos (es decir, los individuales) son de cuño negativo pues dicen a otros qué no pueden hacer sobre nuestra integridad física y nuestros bienes. Es decir, si tengo derecho a la integridad física (mal llamada “vida”) el resto está obligado a no agredirme/secuestrarme/violarme/asaltarme/esclavizarme. Si tengo derecho a la propiedad (la que haya obtenido por medios lockeanos) el resto está obligado a no robarla/modificarla sin mi consentimiento/invadirla. Los derechos implican obligaciones para los demás. Por eso los derechos auténticos son de signo negativo (para respetar nuestros derechos, al resto le bastará no violarlos). Eso sí es el pacto social mínimo posible y consistente con la naturaleza humana.

Pero, ¿qué pasa con nuestra imagen física? ¿No somos dueños de una foto o video que se hace de nosotros?

La imagen física de otras personas ingresa por nuestros ojos (una cámara fotográfica creada por la Naturaleza) a nuestro cerebro (y en principio, todo lo que hemos visto está en nuestra memoria de largo plazo, ese disco duro creado por la Naturaleza). Una cámara de fotos no es sino una extensión de esas capacidades humanas. Cada vez que permitimos que otros nos vean (salimos de casa) permitimos que nos tomen fotos mentales y hagan videos mentales de nuestras acciones. Igual con sus cámaras de fotos. ¿Qué es nuestra imagen en este sentido del término? Es el rebote de ondas de luz (solares de día, eléctricas de noche) sobre nuestro cuerpo. Pero no somos dueños de esas ondas. Esas ondas “flotan” libremente en el ambiente y una foto o recuerdo es eso simplemente: una grabación momentánea de esas ondas sobre la mente o los materiales de otros. Es decir, hay tres cosas para que haya una foto o video de nosotros: el ser humano, las ondas de luz y el material físico o digital en que son capturadas las impresiones de aquellas. Es por eso que si alguien toma una foto de nosotros, sigue siendo dueño de su cámara de fotos (y rollo o memoria flash) pero también de su foto. La propiedad privada sólo tiene sentido sobre bienes físicos. Si me ven 100 personas al salir de un restaurante, no soy dueño de sus 100 impresiones mentales. Si toman 50 fotógrafos una foto de un evento en el que estuve de casualidad, no necesitan (ni pueden) negociar todos conmigo para publicar esa foto del evento. ¿Cambian los derechos si uno es famoso o modelo o político? Por supuesto que no. Los principios ético-legales no pueden conocer excepción por fama, fortuna o influencia. Y por supuesto, la inaplicabilidad del principio de propiedad-de-la-imagen-estética es sólo el segundo clavo en el ataúd del concepto. El primero es que nuevamente usar legislación para impedir a terceros usar sus ojos o cámaras en espacios públicos para captar lo que ocurre, es un acto de agresión en sí mismo. No se puede crear leyes que violen derechos individuales. Si han de existir leyes (y probablemente con sistemas consuetudinarios ajustados a un código de derechos nada más, estaríamos mucho mejor) éstas deben rodear de garantías el ejercicio de los derechos individuales, no violarlos. Una ley que inicia la fuerza contra quienes no violaron derechos ajenos (pseudo-derechos) es una ley inmoral y que debe ser abolida cuanto antes.

¿Qué hacer entonces frente a los difamadores y paparazzi?

Afortunadamente los derechos de propiedad auténticos (es decir, sobre bienes físicos) nos abren una gama de posibilidades de inclusión y exclusión de terceros según sus comportamientos. Así como la Coca-Cola establece vía pactos morales y contractuales la no-divulgación de secretos fabriles para su bebida, podemos premiar y castigar los comportamientos pasados de la gente. Hay una serie de castigos sociales con la exclusión de asuntos importantes profesionales y de negocios para gente que difama/acusa o utiliza la imagen física de otros de formas lesivas al buen gusto o cualquier otro estándar que esa sociedad considere importante. Ciertamente el que el Estado sea dueño de espacios comunes (públicos) impide normas reales de inclusión y exclusión según comportamientos. Al difamador o paparazzi, en una sociedad libre, no se le dejaría entrar o circular por muchísimos lugares. Y además su mala reputación (ciertamente bien ganada) le causará otro tipo de pérdidas de beneficios en muchos lugares, afiliaciones o grupos. Son precisamente las ideas de derecho positivo (tratar de diseñar la sociedad ideal en base a leyes) las que hoy en día impiden la adecuada discriminación de comportamientos a empresas de seguros, contratación laboral y burós de crédito, entre otras.

Conclusión

Somos dueños de nuestro cuerpo. De nuestra integridad física. Podemos defenderla de agresiones (físicas) o delegarle esa función a agencias (privadas o de gobierno) pero no somos dueños de los cuerpos o materiales ajenos en que las impresiones (reputación, imagen física) se están formando. Parte de la noción de conocimiento libre implica reconocer que los derechos de propiedad sólo aplican al propio cuerpo y a objetos físicos. Lo que los demás hagan (impresiones, diseños, interpretaciones) en respuesta a nuestras propias acciones o al resto del entorno, no es prerrogativa nuestra. Es hora de liberar toda clase de conocimiento, liberándose así recursos de todo tipo, para afirmar la verdadera propiedad privada.

(Ver también: “El Derecho al Honor, a la Intimidad y a la Propia Imagen” por Albert Esplugas en http://bit.ly/nUJivC)

2 Comments

  1. jose
    Sep 17, 2014

    Muy chevere aarticulo, hablando de imagen… Muy bonita imagen de fondo… A quien pertenecera???? Jajja slds

    • jfcarpio
      Sep 17, 2014

      No sé y no me importa, jaja.

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *