Los límites de la psicología social, el empirismo y el buenismo

Un destacado académico ecuatoriano, Esteban Laso, publicó un artículo sobre el “liberalismo ampliado” (en contraste con visiones reduccionistas como el neoliberalismo o el libertarismo, nos dice) en la edición de la revista POLEMIKA del Instituto de Economía de la USFQ que tenía por tema general la pregunta: “¿Tiene futuro el liberalismo clásico?” al cual respalda con este post en su consistentemente interesante blog. Para que no se dude de mi intención al escribir estas líneas o por lo menos de mi respeto y simpatía personales por Laso, empezaré pecando de infidente al revelar que estuve entre quienes le mocionó para contar con su aporte en dicha publicación y en ese tema en particular.

Quiero empezar mi crítica a su argumento (“Adam Smith, paradigma del liberalismo clásico ha sido traicionado por sus autodenominados seguidores”) tomando un fragmento que no es trivial dentro de su argumento, para analizar su propia línea argumentativa: “La propuesta de Gary Becker (Nobel de economía y responsable del “imperialismo económico”, la aplicación ciega y unilateral de la teoría de la acción racional a problemas como la adicción, el divorcio y la pena de muerte)…”

Ahora bien, Laso es sin duda alguien capaz y estudioso de muy diversos temas, y estoy muy lejos de querer alegar -pues pienso casi lo contrario- que uno debe limitarse a su área de especialización (“zapatero a tus zapatos”). Sin embargo me parece que estamos asistiendo al nacimiento de una suerte de “imperialismo sicológico” que avalado por el empirisimo como herramienta y el buenismo como fin incuestionable (claro, es lo de más políticamente correcto y por ende está “dado”) pretende suplantar las herramientas y métodos que dieron origen al mismísimo liberalismo y por ende en vez de recuperarlo, Laso nos está invitando a provocar su entierro en las arenas movedizas del relativismo moral y epistemológico.

Voy a proceder en formato fisking, para comodidad del lector (y la mía propia, en este caso) contestando luego de los párrafos de Esteban Laso (en marrón) siempre procurando evitar sacarles de contexto.

——————————————-

El liberalismo clásico en tres oraciones y la traición a Adam Smith

July 8th, 2010 by Esteban Laso | En Confianza, Esteban Laso, Novedades, Psicología, Sociedad |

Hace unas semanas se lanzó el cuarto número de la revista POLEMIKA, publicación cuatrimestral monográfica coordinada por Pablo Lucio Paredes. El tema de este número, al que contribuí con un artículo: “¿Tiene futuro el liberalismo clásico?”
La esencia de mi respuesta: desde luego que lo tiene, siempre y cuando sea el auténtico liberalismo clásico y no su perversión neoliberal o libertaria. Es más: es la única doctrina que aborda los problemas de Latinoamérica sin atentar contra la libertad o caer en el autoritarismo.

Aquí puede hallar inmediatamente el lector la motivación para este fisking: el guante fue lanzado por Laso ni bien arranca su argumento. El libertario ha pervertido al liberalismo clásico (del neoliberalismo me guardo mis comentarios por el momento, porque a veces es una etiqueta catch-all de los socialistas contra todo lo que sea razonable y burgués, y otras veces es francamente el utilitarismo de Bentham con un poco de condimentación matemática). Bueno, entonces mi tarea es doble: primero, demostrar que cada componente del libertarismo procede de liberales clásicos (no los que Laso prefiere, pero eso ya es problema de Laso, no del liberalismo) y de forma nada tangencial, y segundo, desmantelar los ataques a esos componentes por parte de nuestro autor.

Para explicar esta afirmación tajante hay que responder primero a otra pregunta: ¿cuáles son, desde la perspectiva psicosocial, los problemas fundamentales de América Latina?

Los males latinoamericanos: desconfianza, autoritarismo, corrupción
En general, y salvo contadas excepciones, las sociedades de América Latina se caracterizan por tres patologías. Son desconfiadas, autoritarias y corruptas:
Los latinoamericanos tendemos a sospechar de los desconocidos, a fiarnos únicamente de nuestros allegados y a precavernos contra el daño anticipado aprovechando las situaciones ventajosas bajo la lógica de “el que da primero da dos veces”;
Tendemos a apoyar los mecanismos autoritarios de control y a los gobernantes de “mano dura”; y
A justificar la corrupción y el comportamiento antinormativo (“en la vida o eres vivo o eres bobo”).

Hasta aquí no habría mucho que objetar, salvo que el lector ya puede notar que se nos habla -en clave constructivista– de que nuestro mundo interior crear el mundo exterior. En otras palabras, unos pueblos con sicologías sanas, culturas bien conformadas y ultimadamente lenguajes -símbolos, mundos semióticos interiores- tienen un funcionamiento (un performance) sano y vital. Por lo pronto, no hay mucho que objetar en la medida en que dicha percepción constructivista no pretenda negar por el lado “soft” lo que sabemos por el lado “hard” sobre la ética y la economía, así como la conformación de instituciones, en las sociedades. Dicho de otro modo y estirando -mucho- para ejemplificar, no porque en Cambodia se haya eliminado toda referencia a la inversión, la ganancia o el interés, esos fenómenos van a desaparecer de la realidad social. Entonces, la realidad que hacemos tiene límites en la realidad que recibimos (pre-humana, para ser más claros). Pero prosigamos…

Como he explicado exhaustivamente (por ejemplo aquí, aquí, en este encuentro y en esta entrevista en La Tv) y como lo demostró la Investigación Confianza, tanto el autoritarismo como la corrupción son causados, en parte, por la desconfianza. Los mecanismos por los que esto ocurre todavía no se comprenden del todo; se sabe, sin embargo, que se asocian con la erosión de las redes sociales ampliadas y con su progresiva sustitución por grupos “de confianza” cerrados que pasan a competir unos contra otros, generando a la larga mafias que se apoderan de los espacios de poder económico y político de la sociedad y aumentan la exclusión y la inequidad. Desconfianza, corrupción y autoritarismo forman un círculo vicioso, una “trampa de la precariedad” que impide el crecimiento equitativo de los pueblos.


Aquí ya aparecen diferencias más profundas:

1.- La desconfianza es un problema de partida (subirse al barco y abandonar el puerto para encontrar a alguien en altamar) pero también de llegada (que quien está en el otro barco no sea un asaltante). Sobre esto hemos tenido conversaciones con Laso en que yo termino por aceptarle el sentido de la confianza como apuesta de futuro, como tendida de puentes interpersonales, pero él no me acepta con el mismo entusiasmo la necesidad de que seamos confiables. Dicho de otro modo, él nos dice que la desconfianza genera corrupción. Pero lo que nuestra intuición moral nos dice generalmente es todo lo contrario: la corrupción genera desconfianza. Es decir, la ausencia de cánones éticos autoimpuestos e impuestos en última instancia por mecanismos forzosos (el gobierno, la ley, el juez, como botiquín de primeros auxilios en el liberalismo vs. como hospital siquiátrico compulsivo en el socialismo) es lo que llamamos corrupción. Y claro, la adopción de valores individual y en consecuencia, socialmente (la tan mencionada ‘masa crítica’ y el tipping point, de Malcolm Gladwell, una adición pop pero bastante lúcida a los círculos concentricos de las tendencias sociales, ver Petroski y su The toothpick: Technology and culture (“El mondadientes: Tecnología y cultura”) ) tienen que ver mucho con el hecho de que se le llame “pendejo” (‘vivo’ en Ecuador, ‘gandaya’ en México) en Perú a alguien a quien se admira por su habilidad y audacia en saltarse las normas. ((Casualmente el uso de pendejo como algo positivo en Perú (positivo aunque abusivo) pero negativo en México e insultante en Ecuador, nos debería señalar un límite propio del constructivismo en Sicología, pero volvamos al tema original.))

2.- Se hace ya referencia a un tema económico: el crecimiento equitativo. Aquí el autor no se molesta en darnos una pista siquiera de a qué se refiere con crecimiento equitativo. La equidad, o justicia, no es lo mismo que la igualdad, o identidad (de ser idénticos, no de identificarnos emocionalmente). Por ende el crecimiento equitativo pasa más por la desigualdad que por la igualdad. En una sociedad orientada a mercados libres y razonablemente poco regulados, debemos recordar al genial Paul Graham cuando nos dice: “Igual que el ajedrez o la pintura o la escritura de novelas, hacer dinero es una habilidad muy especializada. Pero, por alguna razón, tratamos de forma diferente esta habilidad. Nadie se queja cuando unos pocos superan a los demás jugando al ajedrez o escribiendo novelas, pero cuando unos pocos hacen más dinero que los demás, se escriben muchas columnas diciendo que está mal.

¿Por qué? El patrón de variedad no parece diferente del de cualquier otra habilidad. ¿Qué hace que la gente reaccione tan ferozmente cuando la habilidad es hacer dinero? Pienso que hay tres razones por las que tratamos diferentemente el hacer dinero: el engañoso modelo de riqueza que aprendemos de niños, la mala reputación de cómo se han acumulado las fortunas hasta hace poco y la preocupación por que las grandes variaciones de ingresos sean de alguna forma malas para la sociedad. Hasta donde yo lo entiendo, la primera es errónea, la segunda está desactualizada y la tercera es empíricamente falsa. ¿Podría ser que, en una democracia moderna, la variación en los ingresos sea realmente una señal de salud?

En otras palabras, el crecimiento igualitario (intentado a cabalidad en regímenes totalitarios donde el intervencionismo es pleno y entonces se controla todas las variables posibles) es esencialmente inequitativo. Si la familia Carpio y la familia Laso viven junto a los Gates, pero se dan una vida presente mejor que los avaros Gates, no es justo que pretendan amasar la fortuna que Bill hizo ahorrando, invirtiendo y administrando para beneficio de un público satisfecho, cuando no hicieron sacrificios previos (pista: las riquezas sustentables en el tiempo van de la mano con el ahorro, esto es cierto para individuos como para países) comparables. Sí, es cierto que no partimos de una situación igual en lo patrimonial, en talento empresarial, en habilidades interpersonales, en atractivo físico y otros codeterminantes del éxito o fracaso en las actividades productivas (catalácticas) pero lejos de deplorar esto, el libertario ve oportunidades crecientes para todos, sobre todo para los menos productivos siempre y cuando la Ética de la Libertad esté presente. Laso no conoce o no reconoce que en una economía capitalista (liberal/libertaria) los ricos se hacen ricos mediante mejorar cualitativamente más la vida de otros que la suya propia al enriquecerse (es decir desconoce o nos oculta la existencia de una división vertical del trabajo meritocrática que lejos de ser el trickle down que los socialdemócratas aducen, es como una marea que eleva todos los barcos, en especial los menos productivos- Lease a Reisman sobre la Pyramid of Abilites para entender mejor este tema o mi propio artículo en la misma edición de POLEMIKA en que aparece el de Laso). En un sistema de dinero metálico (no inflacionario) la anciana más débil e improductiva baja cada año de su choza en la montaña y compra más gracias a los esfuerzos agresivos de los Bill Gates y Henry Ford del mundo. Si no se entiende la visión benévola del capitalismo que tienen los libertarios, es desacertado o simplemente malicioso atribuirles intenciones social-darwinianas. Lo que sí debe decirse es que suele haber una coincidencia en clave de diagrama de Venn, entre gente educada y viajada (menos nacionalista, más cosmopolita, más individuada) y gente que suele escribir a título de libertario.

En un país como el Ecuador donde 90% de las personas sienten que “la vida es una lucha permanente”, una “sociedad hobbesiana” donde reina el “todos contra todos”, es muy difícil generar acuerdos, favorecer el diálogo en vez de la violencia o la imposición autoritaria, establecer mecanismos vinculantes de control y castigo a la corrupción, evitar las tentaciones clientelares y populistas y construir planes de acción consensuados y a largo plazo. Las autoridades políticas, los empresarios y capitalistas y el ciudadano de a pie viven encadenados al aquí y ahora, esforzándose en evitar la catástrofe que temen los sorprenda en el momento menos pensado y sacando todo lo que pueden de esta inmisericorde competencia.

Este párrafo es muy sólido. La única acotación que encuentro necesaria es evitar que bajo la idea de descofianza y “guerra fria civil” hobbesiana se nos pretenda convencer de que esa es la competencia constructiva que los entusiastas del mercado como asignador de recurso, destacan cuando la ven funcionar aunque sea parcialmente. Pero claro, esa competencia que es en buena lid por marcas alternativas por un dólar en el bolsillo del consumidor requiere de condiciones ético-legales que sobrepasan el buenismo. ((El buenismo puede definirse como la idea de que lo que cuentan son las buenas intenciones, la buena voluntad y no los mecanismos también)) En otras palabras el liberalismo filosófico consolida la ley natural (agrega a la realidad que recibimos, la realidad que creamos que es más justa y productiva: la liberal/libertaria) y en ese marco sí podemos ver plenamente funcionales las bondades del capitalismo.
Lo terrible de esta trampa hobbesiana es que cada vez que tratamos a los demás con suspicacia los motivamos a sospechar de nosotros, generando profecías autocumplidoras que confirman la suspicacia y mantienen su destructivo circuito. Una viñeta de mi artículo en POLEMIKA:
Nuestra conducta en el transporte público ofrece un ejemplo cercano y cotidiano: temerosos de no alcanzar a bajarnos en nuestra parada, nos agolpamos en las puertas, dificultando la entrada y salida de los demás, haciendo más lento el recorrido del autobús y sufriendo, a la postre, un retraso fácilmente evitable si todos colaborásemos. Pero quien despeja el camino colocándose en el pasillo tendría que atravesar la vorágine, lo cual desanima a los potenciales “buenos ciudadanos”.

La idea de la profecía autocumplida (bastante jungiana por cierto, porque estariamos impulsando al resto a comportarse como la idea -prejuicio- que tenemos de ellos) es una muy potente, pero tiene severos límites. Hay gente de principios inclaudicables a la cual no vamos a convertir en ladrona porque todos esperemos que lo sea y viceversa. Es cierto: la confianza, apostarle al otro/otra hace muchísimo para generar comportamientos positivos. Y es cierto que tal vez el círculo virtuoso debe arrancar por confiar en vez de arrancar por ser confiables. Pero para construir un puente se necesita dos orillas y la orilla de llegada -el otro barco en altamar- debe ser ultimadamente confiable. Ya se sabe en marketing que hay un rol para a) las expectativas propias, para b) la publicidad deliberada pero se requiere de c) performance/calidad que sustente (a) y (b) a lo largo del tiempo. En otras palabras, si confiamos y nos decepcionan no una sino setenta veces siete, no es sino un acto de sabiduría el volvernos precavidos in extremis y ajustar nuestra conducta a la realidad de que estamos rodeados de gente poco confiable (impuntual, sin palabra, sin honor, etc).
¿Qué hacer? La (des)confianza es una característica relativamente estable de las culturas que se transmite de generación en generación y se aprende en los primeros años de vida. Su mediador parece ser la oxitocina, la “hormona del apego”. Por ende, como sostengo aquí y en el artículo publicado en Athenea Digital, para contrarrestarla hace falta reducir la inequidad y fortalecer las instituciones de la sociedad al mismo tiempo, de suerte que exista al menos una generación cuya infancia transcurra libre de precariedad y sin que la sociedad padezca crisis de gran magnitud que pongan en peligro su subsistencia.

Ok, aquí Esteban Laso nos pregunta: ¿Qué hacer? y procede a darnos una receta doble: reducir la inequidad y fortalecer las instituciones. Y la receta doble parece prima fascie ser una muy potente. el problema que tiene sin embargo, es de naturaleza doble también:

1.- ¿Qué pasa si la desigualdad es el inevitable efecto de un aporte desigual a un proceso de despegue económico en un país en vias de desarrollo? Pasa que la desigualdad inicial es justa (equitativa) y entonces la Psicología Social se encuentra con su primer límite: confundir la injusticia percibida con la injusticia real. A mí, si me educaron en postulados marxistas (65% de niños estudia bajo el ala protectora de la UNE-MPD en el Ecuador) o simplemente conecto causa y efecto incorrectamente (después de todo la Economía no se entiende por tanteo y es una disciplina plagada de sofismas como decía el gran Henry Hazlitt) me puede parecer injusto que los Gates nazcan ricos, con chofer y acceso al club de golf. Pero a quien estudie su tesón, sus sacrificios de consumo (ahorro) o sus habilidades gerenciales entenderá la justicia inherente a las diferencias a lo largo del tiempo (el largo plazo es importante porque en el largo plazo nada sino las decisiones humanas -carácter, know-how, talento- pueden diferenciar los resultados económicos/financieros del ser humano con respecto a otros. Aquí hay un problema de comprensión de los fenómenos económicos a nivel causal (el origen del valor y el ingreso originario) y a nivel histórico (disparidad de inicios, desigualdad en sociedades estatistas/feudales vs. sociedades más libres y otros).

2.- ¿Qué pasa si las instituciones son muy fuertes pero anti-liberales y -por ende- generadoras de más y no menos precariedad? No basta con la solidez institucional: China Comunista tiene gran solidez y la arbitrariedad en la aplicación de la norma es mayor en Ecuador (Fuente: Banco Mundial). El problema aquí en cambio es ético. Se pretende soslayar la existencia de principios éticos universalizables bajo los cuales se evalúe a las propias instituciones como justas o injustas. Un marco institucional sólido pero injusto produce más precaridad como sabe quien estudie “A Theory of Socialism and Capitalism” de filósofo y economista Hans-Hermann Hoppe o “The Quest for Community” del sociólogo Robert Nisbet, cuando hablan de que un exceso de Estado o mejor dicho, de un gobierno no estrictamente delimitado (Catón, Madison, Paine y otros liberales son la fuente de esa idea) viene a representar una amenaza para la convivencia armónica en sociedad y en particular en la salud de lo que se ha dado por llamarse “sociedad civil”. Pero además generan pobreza (más que un además, alego yo en mi tesis de maestría “Ordenes Espontáneos vs. Órdenes Políticos”, se trata de un “en consecuencia”: sólo lo justo funciona en el tiempo) y eso genera más precaridad, nos acerca en vez de alejarnos de situaciones life-boat (matar o morir, robar o no comer, dañar el medio ambiente irreparablemente o no comer o tener techo, etc).

El auténtico liberalismo y sus perversiones

Precisamente esto es lo que postula el liberalismo clásico (que he llamado en el artículo en POLEMIKA “liberalismo ampliado”): que el mercado es una forma comparativamente eficaz de repartir los recursos y satisfacer las necesidades siempre y cuando forme parte de una sociedad que lo trascienda, controle y mantenga y cuyos valores morales no estén sujetos a compraventa.

Esta sociedad liberal clásica separa la política de la mera negociación de intereses: reconoce la existencia de un “bien común” distinto de la suma de deseos individuales y la necesidad de que la comunidad vele por él tomando decisiones vinculantes a través del diálogo público y de su ejecución sujeta a rendición de cuentas. Finalmente, cifra la esencia de este “bien común” en la salud de los lazos que la sustentan, las relaciones afectivas (Adam Smith diría “morales”) que median los intercambios socioeconómicos: la confianza mutua, la solidaridad, el interés genuino por el bienestar del otro. Lazos que dependen de la equidad, la justicia y la igualdad.


Creo que los libertarios usamos de una forma demasiado idiosincrática o simplemente demasiado clara el término “mercado”. Nos referimos por mercado a todo intercambio (la división del trabajo) humano que no sea condicionado por una amenaza del uso de la fuerza. Son orgamos invasores del mercado (disruptores del orden pacífico y la cooperación social voluntaria) tanto los criminales privados como los gobiernos/agentes judiciales que usen la fuerza para cualquier cosa que no sea una defensa o hacer enfrentar a la justicia a quienes hayan iniciado a su vez la fuerza o hayan amenazado con usarla contra inocentes. Puesto de otro modo: sólo es legítimo forzar a quienes hayan invadido cuerpo (integridad) o propiedad ajenos. Desde luego esto ya implica un código ético tácito o explícito en una sociedad. Por ende sobra la admonición sobre “compraventa de valores” en este ámbito. Por el contrario: son los medios políticos a decir del sociólogo Franz Oppenheimer ((ver su indispensable y corta obra “The State”)) aquellos que ponen a los valores en terrible situación pues al ser invasivos, amenazadores y no-pacíficos (ni ganar-ganar, pero ya llegaremos a eso) los que corroen los valores cívicos a nivel personal y colectivo.
Por otro lado esto de decir que los liberales clásicos “reconocen” la existencia de un bien común no libra a Laso de tener que explicarnos quién decidirá qué es ese bien común, y cómo elegir a los electores y todo el resto de preguntas que lleva generaciones enteras preguntándose la Ciencia Política. Como vemos, otro límite de la Sicología Social. Pero al menos nos vuelve explicita su lectura de Smith dando la fórmula del bien común. Y, buenas noticias, es una que cualquier libertario puede abrazar… y de hecho tal vez ya abraza. Es decir, concuerdo con nuestro autor en que “la confianza mutua, la solidaridad, el interés genuino por el bienestar del otro. Lazos que dependen de la equidad, la justicia y la igualdad.” son no sólo buenas sino indispensables en una sociedad libre y justa (pista: libertad es un mal nombre para la justicia o un aspecto de la misma pues la misma cosa son en el fondo). La confianza mutua es clave, pero como dije antes, requiere no sólo de apostar (confiar) sino de gente que haya hecho suyos los valores que llevan a ser confiable (integridad, pulcritud, etc). La solidaridad es no sólo un impulso empático en todos nosotros (muchos fuimos o somos durante años voluntarios en distintas actividades de corte “social” por lo cual nos sorprende que se nos quiera asimilar a una visión social-darwinista cuando lo único que queremos es que nos dejen ser, no ser, acertar o equivocarnos, en paz) sino que construye capital social: es decir, ganarme a mis vecinos es la suma de inteligencia emocional al poder empatizar pero también de crear lazos y redes de seguridad para apoyarme y ser apoyado. El interés genuino por el bienestar del otro es lo que lleva a actos de inmensa generosidad y desprendimiento que he visto entre libertarios (incluso de objetivistas) que no quiero mencionar -pero tampoco es justo que yo pida se me crea por fe (o debo decir confianza) en mi señalamiento: baste decir que el que la gente quiera decidir sobre sus bienes no le hace menos sino más genuinamente -vs. forzosamente- interesado en los demás. Baste ver la gloriosa historia de las sociedades filantrópicas y fraternales en el liberal siglo XIX. Sobre la equidad y justicia ya se dijo suficiente por ahora, pero ya que se menciona la igualdad, baste recordarse al lector que la única igualdad compatible con la libertad es la igualdad ante la ley: tratar a hombres, mujeres, católicos, ateos, ricos, pobres, guapos y feos, etc. por igual ante las mismas circunstancias.

Hay quienes creen que el liberalismo defiende únicamente la primacía del mercado y la maximización de las “utilidades” individuales; que se resume en la arrogante frase de Margaret Thatcher “no existe tal cosa como la sociedad, sólo los individuos y las familias”.

Ciertamente este fragmento y lo que viene a continuación contiene el mayor número de aseveraciones gratuitas e infundadas por línea de todo el texto (y de cualquier texto de Laso, en mi opinión). Ok es cierto que hay quienes creen eso, pero generalmente son críticos del libertarismo los que creen que el liberalismo hace eso. No hay que confundir las herramientas que el carpintero usa con el total de lo que el carpintero es como ser humano. Con esto quiero decir que incluso si como Laso sugiere (en alguna crítica a la escala de valoración subjetiva o dicho de otro modo, que los seres humanos organicemos medios y fines según propiedades informadas por nuestra comprensión, contexto y principios personales) la utilidad en el sentido mengeriano (austriaco, la escuela económica más influyente sobre los libertarios) no fuera diametralmente distinta a la utilidad en el sentido benthamita, neoclásico o dicho de otro modo, neoliberal, no se sigue que el liberalismo defienda “únicamente” la primacía del mercado, sino en primer lugar la libertad de elegir basada en el reconocimiento del derecho individual de existencia frente a los atropellos potenciales del grupo y sus autodenominados representantes políticos. Por otro lado no sé si la frase de la sra. Thatcher sea arrogante o simplemente el equivalente (cierto y falso a la vez) de decir “no existe tal cosa como el bosque, existen sólo los árboles y la tierra entre ellos”. Digo cierto porque si descomponemos cualquier entidad o concepto, nos quedamos con las partes constituyentes y sin la entidad en ese momento del análisis, y digo falso porque la posibilidad (o imperativo) de notar que existen células, planetas e individuos, no niega tampoco la de seres humanos, sistemas solares y sociedades humanas, respectivamente.
Ciertamente, quienes se autoproclamaron herederos de Adam Smith enfatizaron de manera unilateral y obsesiva una sola parte de sus postulados, la “mano invisible” que, en condiciones de competencia perfecta, reparte los recursos con la mayor eficacia hasta alcanzar el óptimo de Pareto (donde no se puede mejorar la situación de alguien sin empeorar la de algún otro). Neoliberales, capitalistas, libertarios y derechistas han traicionado la herencia de Adam Smith y distorsionado sus ideas para justificar el aumento incontrolado de la inequidad en aras de la productividad, la identificación de la felicidad con el poder adquisitivo y del sentido de la vida con la acumulación ostentosa.

Distan mucho los libertarios -no puedo hablar de otros liberales o de los neoliberales- de autoproclamarse herederos de Adam Smith. Y es que, estimado lector, Adam Smith no es John Locke, Frederic Bastiat ni Jean-Baptiste Say. ((Para explicar las diferencias y fundamentar el pensamiento libertario en los tres últimos, citemos veamos este texto de Dolhenty. Nótese entonces la ironía: Smith era el menos principled, el menos liberal de los tres liberales clásicos insignes -aceptando que esos tres lo son- y el más utilitarista. Esto solamente ya echa por tierra más de la mitad del argumento de Laso.)) Locke fundamenta en lo concreto lo que son los medios liberales (the means, not only the end-state), Bastiat (posterior pero el Adam Smith de su tiempo y por eso le resalto) da mejor tratamiento sobre el rol saludable que tiene sobre todo para el menos capaz productivamente, el asociarse con gente de más recursos, talento o carácter productivo y finalmente Say, quien se correspondía con Smith y Ricardo, tenía clarísimo el rol social del capitalista que Adam Smith jamás entendió correctamente, dando pie a que entre los hijos bastardos que le salieron, se hallen los llamados “socialistas científicos”, es decir, los marxistas.

Laso además apela en su crítica homogeneizante (que le acierta a los neoliberales o mejor dicho a los socialdemócratas de variante tecnocrática, con lo cual la crítica le termina rebotando; pero yerra con los libertarios a quienes cree haber estudiado y entendido, salvo que no, no les ha entendido) a un concepto en disputa entre defensores del libre mercado: el de la competencia perfecta. Este concepto ha sido criticado por nada más y nada menos que por el sintetizador del libertarismo, Murray Rothbard, no sólo como teóricamente absurdo sino como destructivo en términos de políticas públicas (policy making). ¿Cuál es la crítica rothbardiana a esa idea? Es muy sencilla: a diferencia del equilibrio neoclásico/neoliberal que es la justificación de superioridad en eficacia y eficiencia que tienen los mercados para asignar recursos, los libertarios -informados por la escuela austriaca y siguiendo al gran J.B. Say- conciben al entrepreneurship como una acción que tiene sentido más bien porque existe el desequilibrio; dicho de otro modo, gracias a que hay brechas entre oferta y demanda es que el emprendedor tiene un rol coordinador tan importante. En otras palabras, los austro-libertarios no requieren de ninguna competencia perfecta ni de usar la simpática metáfora de Adam Smith sobre una mano invisible, para justificar la necesidad de mercados libres. Les basta y sobra el derecho humano más esencial que es el libre ingreso a cualquier actividad (el derecho a ganarse la vida por medios pacíficos) y la constatación de que la suma de las acciones visibles (ni mano, ni invisible) de los participantes en la división del trabajo, es un mecanismo inteligente y benévolo para la sociedad además de superior a cualquier otro que hayamos podido concebir.

Cuando Laso menciona a continuación el óptimo de Pareto, sabemos que se nos ha desactualizado un poco en sus conocimientos de Economía. A la noción estática (estática la riqueza) de eficiencia paretiana se le opone la noción austro-libertaria que Huerta de Soto llama “teoría de la eficiencia dinámica” (pdf). Los seres humanos no son fichas de ajedrez para los neoclásicos/neoliberales sino actores que evalúan y aprenden constantemente y por eso la teoría de Huerta es mucho más rica a la hora de entender qué clase de eficiencia es compatible con una visión dinámica y otra vez humanizada del mercado. Las caricaturas neoliberales para (mal)defender el mercado no son ni el principio ni el fin de la discusión, cuando existen autores mucho más realistas y a la vez profundos para sustentar el lado pro-mercado.

Luego Laso nos dice, y vale la pena citarle de nuevo, que los libertarios defienden un aumento incontrolado de la inequidad en aras de la productividad, la identificación de la felicidad con el poder adquisitivo y del sentido de la vida con la acumulación ostentosa.” Vamos a ver:

a) sobre el aumento incontrolado de la inequidad baste decir que queda tácito (seguramente será la fuerza pública su brazo ejecutor) el quién va a controlar -sin siquiera entrar en la necesaria discusión de “¿con qué derecho” o “¿es bueno y ético controlarla?”- su aumento. Lamentablemente Esteban Laso ignora aquí lo que la ciencia económica sabe y sabe muy buen: los mecanismos de redistribución de riqueza no generan igualdad (ya establecimos que el autor se refiere a “igualdad de resultados” cada vez que habla de equidad) sino más desigualdad. Como dice el economista negro estadounidense Thomas Sowell: “la redistribución no es de ricos a pobres, sino de grupos desorganizados hacia grupos [de presión] organizados”. Es decir, cualquier invocación a control de diferencias debe dar cuenta de lo que el Public Choice (Buchanan gana un Nobel por esquematizar esto junto a Gordon Tullock, ambos liberales clásicos) dice ampliando intuiciones liberales clásicas de hace 200-300 años: que la arena política (las elecciones, el lobbying y demás mecanismos de competencia por el poder confiscado al súbdito de los Estados-nación) es una que está lejos de ser desinteresada y progresista, sino que es precisamente aquella la forma de competencia no-constructiva y no en buena lid que los críticos del liberalismo deploran. Oh ironía.

Sobre eso de la identificación de la felicidad con el poder adquisitivo, baste decir que no conozco hasta ahora ningún libertario que confunda la superación de la precariedad materia y el aumento de la satisfacción sensorial (confort, lujos que se masifican en rondas sucesivas) con la auténtica felicidad como estado interior de personas y grupos que sienten gozo profundo en base a toda clase de cosas buenas y nobles que la vida bien vivida puede ofrecernos.

Por ende, eso de confundir la vida con la acumulación ostentosa (¿y qué pasa con la acumulación silenciosa y sin ostentación?) ya se queda completamente sin piso. Además no se nos aclara si lo que está mal es acumular numerario (aquí Laso ignora olímpicamente el rol redistributivo de pobres hacia ricos que tiene la inflación monetaria), acumular bienes de capital o acumular bienes de consumo. La acumulación de dinero (pensemos en el Scrooge de Dickens) tiene un saludable efecto macroeconómico: retira dinero de circulación, haciendo mutatis mutandis más valioso el que queda en manos de quienes sí planean gastarlo. Si se acumulan bienes de capital (y se usan, se asume, en tareas socialmente productivas) tampoco hay nada de malo: es más humano -en el cabal sentido del término- usar tractores para arar que usar azadones y mulas partiéndose la espalda. Lo propiamente humano es producir usando herramientas (tecnología) y energía para hacer lo que antes se hacía mediante trabajo familiar, trabajo esclavo o usando animales de carga. Finalmente la crítica a la acumulación de bienes de consumo: es algo a lo que Veblen (Thorstein, el de “Teoría de la clase ociosa”) se refiere cuando ataca el lujo en las sociedades. El problema es que como le contesta otro economista, Ludwig von Mises (profesor de Rothbard), los lujos de hoy son los bienes masivos del mañana. Pensemos en el computador personal que Laso usó para escribir su blog post: ciertamente en algún momento un computador personal era un lujo impensable para grandes números de personas en cualquier sociedad y ciertamente tuvo que ser un puñado y luego una minoría para sólo entonces la mayoría adoptar ese producto. Ese es el proceso de todo avance social: es mimético y dispar en su ritmo de difusión

Pero ya a estas alturas resulta evidente que toda discusión ético-moral sobre mercados, propiedad e ingresos se va a reducir a [un tratamiento somero sobre] los fines, como si los medios fueran justos mientras cumplan con los postulados del buenismo. Eso se evidencia en la siguiente línea justamente.

Dos ejemplos recientes, a cuál más indignante, de esta tendencia a desnaturalizar el liberalismo apartándolo de la discusión moral:

La propuesta de Gary Becker (Nobel de economía y responsable del “imperialismo económico”, la aplicación ciega y unilateral de la teoría de la acción racional a problemas como la adicción, el divorcio y la pena de muerte) para “resolver” la inmigración ilegal: vender las visas al mejor postor. Cobrar por el privilegio de entrar, vivir y trabajar en Estados Unidos. Obviamente, los beneficiarios de esta propuesta serían los más adinerados en sus países de origen, no necesariamente los más talentosos o trabajadores, con lo que la inequidad se profundizaría de manera insultante; como es natural, los más motivados a emigrar son los que menos oportunidades encuentran en su tierra, esto es, los más pobres. Pero Becker también tiene una “solución” a este problema: los migrantes que carezcan del dinero necesario para comprar su visa pueden endeudarse con el gobierno americano e irla pagando a plazos.

Baste decir que la propuesta de crear privilegios (diferencias legales entre inmigrantes y oriundos) es anti-liberal y que vender soluciones a un problema creado en espíritu liberticida no es en resultas sino una cruel broma por parte de Becker.
El debate virtual auspiciado hace dos días por The Economist: “¿debería legalizarse el mercado de órganos?” ¿Debería permitirse que, para salir momentáneamente de su miseria, un ciudadano de Burkina Faso venda su riñón o su córnea a un ciudadano del Primer Mundo?
El argumento estándar libertario o neoliberal en estos casos: “en la medida en que se trate de un intercambio voluntario ambas partes salen ganando y no hay injusticia”. Incluso aunque lo aceptáramos a título individual (cosa muy discutible), aplicar esta lógica a gran escala corroe el “bien común”, los lazos morales que unen a las sociedades y a la humanidad en su conjunto. Porque convertir todo en un bien transable destruye el entorno de confianza y mutuo aprecio dentro del cual debe operar el mercado. Lo que se monetariza se desmoraliza.

Aquí Laso no nos vuelve explícito el punto de vista que asume para preguntarnos si algo “deberia permitírse”. Digamoslo, no obstante: es el punto de vista imperial-occidental-paternalista propio del buenismo. Y es buenismo lo que sigue a continuación. A título individual es cierto y deducible de la preferencia demostrada, el que ambas partes busquen ex ante estar mejor luego del intercambio que en ausencia de aquél. Si nuestro autor es tan amable, tendría que explicarnos por qué quien quiere una compensación monetaria o en especie en vez de un mero “Gracias” por su riñón vivo, no debe estar en posibilidad de hacerlo. Cuando se prohibe la compensación (usemos el término satánico: compraventa) por órganos donados, se fija de facto el precio como cero. Por ende sólo se donará riñones en casos en que el ingreso síquico (satisfacción personal) sea suficiente recompensa. En otras palabras, dejamos una actividad que salva vidas humanas a mercer del buenismo. Pero como el caso de la súbita escasez de agua potable en un terremoto, se prefiere aquí lo que se ve bien por sobre lo que hace el bien. ¿A qué me refiero con esto? A que cuando los tenderos “se aprovechan de” una escasez de agua potable al subir su precio, nos hacen un bien a todos. En primer lugar envían la clara señal social de que hay menos de algo: debe ser racionado de forma más cuidados y reasignadas las prioridades. En segundo lugar, esa ocasión de lucro (otra vez el clásicamente liberal entrepreneurship de J.B. Say muestra su heróica faz) atrae con una fuerza motora mucho más potente que todas las buenas intenciones del mundo ((como ilustración de esto, a 6 meses del terremoto de Haití sólo el 8% de las donaciones ofrecidas de labios para afuera por los políticos del mundo han llegado a dicho país. Ni siquiera quiero pensar en el porcentaje que se ha signo malasignado o saqueado de ese 8% que sí llegó)) para atraer más agua potable a ese territorio en necesidad de ella.
Lo que quiero decir es que trátese de riñones humanos o de agua potable en emergencias, el autointerés (“egoísmo”) hace más por los necesitados de un bien esencial, que el buenismo con sus intenciones no-censurables, sus prohibicionismo naif y sus resultados deplorables. Personalmente, prefiero un sistema en que Bill Gates me mejore la vida en su afán por hundir a la competencia, que uno en que los empresarios y ciudadanos se amen con amor fraterno pero dejen morir gente en los hospitales por ineficacia. Creo que en esto puedo hablar por muchos, muchísimos libertarios ciertamente.
Podemos creer, por ejemplo, que la ayuda, el aprecio o la lealtad se pueden comprar; pero si lo intentamos no obtenemos ninguna de las dos cosas sino un servicio cínico y frío que se acaba cuando falta el dinero. El imperativo ético en la inmigración o la venta de órganos no es explotar a los pobres dándoles una aparente alternativa sino reducir su miseria para que no necesiten apelar a alternativas tan denigrantes. Una obligación de todos los seres humanos.

Para empezar la ayuda, aprecio, lealtad no se compran y nadie alega eso. Pero si se supone que está implícito en la visión libertaria (de la neoliberal ni me ocupo porque casualmente coincido con Esteban Laso en la crítica, salvo que no aplica para los libertarios que conozco y debo decir que conozco a muchos.) baste señalar que no son either or con la existencia de dinero. Es decir, no porque yo le daría mil veces mil de comer a mi primo hermano en mi restaurante significa que a la vez no puedo exigirle que pague siempre que pueda hacerlo pues así me ayuda a financiar la existencia sostenida del proyecto empresarial. No sé dónde come, se divierte o a qué hospital va Esteban Laso, pero dudo que reciba un servicio cínico y frío. Y es que la gente es naturalmente amable salvo que haya una cultura muy fuerte del maltrato mutuo y entonces la bondad y alegría sean vistas como debilidad.
Sobre que hay un imperativo ético de sacar a los pobres de la miseria mucho más grande que el liberalizar la venta de órganos debo decir que no: son igualmente imperativos. Laso no entiende o se niega a reconocer que el bien no puede ser hecho por las malas (la amenaza de cárcel) en los llamados “delitos sin víctima” como son el tráfico de drogas, el contrabando, la prostitución o la compraventa de órganos (por parte de adultos y de forma consensual en sano juicio, sobra decir). Entonces ciertamente es un imperativo ayudar a salir a la gente de situaciones en que vender un riñón o prostituirse sea atractivo o incluso apremiante. En esto yo le hago una crítica a los libertarios porque se concentran tanto en la defensa del derecho sobre el propio cuerpo y la propiedad (y el mercado resultante de su uso/intercambio) que generan textos reduccionistas que dan lugar a que gente como Laso -a quien sé alguien bien intencionado- asuma que ese aspecto engloba o es suficiente para describir la visión libertaria. Ciertamente un libertario es alguien que pone un énfasis consistente y riguroso en el análisis de medios, pero por dejar este tipo de cabos sueltos luego se da la impresión de que sólo interesa eso. No es así.
Adam Smith y la “gravedad moral”

El fragmento de The Wealth of Nations sobre la “mano invisible” es quizá el más citado de la literatura económica anterior al S. XX. Es lógico, dado el poder de esa extraordinaria metáfora. Pero se cita sin contexto, sin considerar el lugar que ocupa en la obra smitheana.

Dos descubrimientos fascinaron al joven Adam Smith: la gravitación universal de Sir Isaac Newton y la evolución de las lenguas postulada por Herder y von Humboldt. Sobre esto último versa su primer y modesto manuscrito, una teoría del origen del lenguaje en el intercambio de ideas e instrucciones entre interlocutores que necesitan cooperar para sobrevivir. Vemos ya aquí la semilla de su genial hallazgo de la división del trabajo y sus efectos en la evolución y diferenciación de las sociedades; y, lo que es más importante, que su noción de “intercambio” trasciende la pura transacción económica y se orienta siempre a facilitar la cooperación y, por tanto, afianzar las relaciones de mutua lealtad.

Personalmente, y lo sabe mis alumnos universitarios, yo siempre he deplorado esa metáfora de Adam Smith (“la mano invisible”). Pero es que además la originalidad de Adam Smith no está en haber “hallado” la división del trabajo (incluso si le atribuimos el peso a las ideas que sólo quienes vivimos de ellas quisieramos que tengan, fue Demócrito quien escribió sobre ella primero hasta donde sabemos y luego muchos otros) sino que su tratamiento de la división del trabajo está esencialmente errado. “Despite the enormous emphasis on specialization and the division of labor in the Wealth of Nations, much of Smith’s discussion was misplaced and misleading. In the first place, he placed undue importance on the division of labor within a factory (the famous pin-factory example), and scarcely considered the far more important division of labor among various industries and occupations. Secondly, there is the mischievous contradiction between the discussions in Book I and Book V in the Wealth of Nations. In Book I, the division of labor is hailed as responsible for civilization as well as economic growth, and is also praised as expanding the alertness and intelligence of the population. But in Book V the division of labor is condemned as leading to the intellectual and moral degeneration of the same population, and to the loss of their “intellectual, social, and martial virtues.” These complaints about the division of labor as well as similar themes in Smith’s close friend Adam Ferguson, strongly influenced the griping about “alienation” in Marx and later socialist writers. But of greater fundamental importance was Smith’s abandonment of the tradition since Jean Buridan and the Scholastics that emphasized that two parties always undertook an exchange because each expected to gain from the transaction. In contrast to this emphasis on specialization and exchange as a result of conscious human decision, Smith shifted the focus from mutual benefit to an alleged irrational and innate “propensity to truck, barter, and exchange,” as if human beings were lemmings determined by forces external to their own chosen purposes. As Edwin Cannan pointed out long ago, Smith took this tack because he rejected the idea of innate differences in human talents and abilities, differences which would naturally lead people to seek out different specialized occupations. Smith instead took an egalitarian-environmentalist position, still dominant today in neoclassical economics, holding that all men are uniform and equal, and therefore that differences in labor or occupations can only be the result rather than a cause of the system of division of labor. Moreover, Smith inaugurated the corollary tradition that differences in wage rates among this uniform population can only reflect differences in the cost of training., Murray N. Rothbard’s 1991 introduction to “Freedom, Inequality, Primitivism, and the Division of Labor,”which was written in 1970.s))

Hasta el final de su vida Smith trabajó en un texto (también concebido en su juventud) sobre la historia de la astronomía desde la Antigüedad hasta Newton y los principios epistemológicos que se deducen de ella. Diversas cartas (entre ellas, a Hume) sugieren que aunque Smith consideraba The Theory of Moral Sentiments su mejor obra, tenía mucho aprecio por esta “Historia de la Astronomía”, que nunca abandonaba en sus viajes y que fue publicada cinco años después de su muerte. En ella consigna su maravilla al comprender (gracias a Newton) que la armonía de las esferas celestiales no se sostiene merced a una fuerza autoritaria, omnipresente y “externa” sino que nace de las relaciones “internas” entre ellas, mediadas por la gravedad. El paralelismo entre este “orden espontáneo” y la “mano invisible del mercado” que ordena la sociedad humana sin apelar a la fuerza salta a la vista y ha sido señalado en repetidas ocasiones. Lo que se olvida es el punto crucial de la metáfora astronómica: ¿cuál es el equivalente de la gravedad en la sociedad humana? ¿Qué la mantiene unida y a la vez asegura su armónico devenir?
Smith responde (en Moral Sentiments): los sentimientos morales, en particular la “simpatía”, la capacidad de ponerse en la piel del otro y ver el mundo desde sus ojos. Son los afectos -la confianza, la lealtad, la “simpatía”- la frágil, ubicua y sutil “gravedad moral” de las sociedades humanas. Y tanto el mercado como el Estado pueden carcomerla: éste cuando viola las libertades básicas en el nombre de la fuerza y el orden, aquél cuando lo pone todo en el rasero monetario en aras de la “libertad de elegir” uno u otro “producto”. Para evitarlo debe mantenerse un equilibrio permanente entre ambas “fuerzas” (análogo al equilibrio entre masas planetarias): he ahí el papel del Derecho y la moral.

Este es el alegato más curioso hasta el momento: el Derecho es el elemento equilibrante entre Estado (saqueo, si las tesis de Oppenheimer, North, Nock, Rothbard, Hoppe y otros) y mercado (cooperación social voluntaria). Y abre tantos senderos de discusión que preferiré simplemente señalar que si uno lee a Bruno Leoni (liberal hayekiano, es decir, de los que Laso consideraría los buenos) en su “La Libertad y la Ley” o al prof. Bruce Benson en su “Justicia sin Estado”, uno se encuentra con que el Derecho, lejos de ser un mecanismo osmótico entre clases opresoras y clases oprimidas (ojo, el análisis de clases exploradora y explotada es propiamente liberal clásico del s.XVIII, y no debe culparseles a estos sagaces pensadores por la burda y destructiva deformación del concepto que hicieran los marxistas posteriormente: el liberalismo reconoce que el Estado es un aparato -“un mal necesario” decía un insigne liberal clásico- para forzar -“Government is not reason. It is not eloquence. Government is force; like fire it is a dangerous servant — and a fearful master.” dijo George Washington.) viene a ser un mecanismo para fijar los límites de lo que legítimo en cuanto al uso de la fuerza. Aquí es indispensable dar un paso más allá y entender la diferencia entre leyes justas y leyes injustas, entre reglas políticas en su origen y reglas privadas, etc. Es decir que el saltarse las normas cuando estan son injustas en origen y espíritu, puede ser lo moral y justo de hacerse. Para eso se requiere un tratamiento más cuidadoso del tema que una somera mención, pero entonces tampoco puede hacerse tabula rasa en el tema y juzgar a todo infractor como señal del declive social: hay normas que deben ser violadas si ha de prevalecer la justicia.
“Gravedad moral” y bien común

La “gravedad moral”, el bien común, no es un ideal inalcanzable ni una huera metáfora. Reciente evidencia da la razón a Smith casi por completo. El lenguaje nació, en efecto, para facilitar la coordinación entre las acciones de los prehomínidos. Y toda sociedad posee un venero de “sentimientos morales”, cuyo núcleo son la confianza y la esperanza, que se emponzoña cuando aparecen la precariedad y la suspicacia. El anticuerpo que protege este venero es la equidad; cuando falta, cuando aumenta dramáticamente la distancia relativa entre los miembros de la sociedad, el bien común decae, la “gravedad moral” se debilita y la sociedad se fragmenta.

Es que muchos vemos aquí puesta la carreta delante del caballo: es el emponzoñamiento ético (ideas y prácticas cotidianas) eso que genera malas instituciones y la institucionalización de la corrupción (el crecimiento del Estado siendo una señal clarísima).
Evidencia acumulada en las últimas décadas sugiere que el circuito inequidad – desconfianza – fragmentación genera graves problemas de salud pública, seguridad y gobernabilidad:
A mayor inequidad, menor confianza generalizada, más fragmentación social, menor participación de los ciudadanos en la vida política y peor calidad de la democracia. Un estudio de USAID (2008) sobre la eficacia de la ayuda al fortalecimiento de la democracia en varios países concluye que “lo que parece más determinante para facilitar la asistencia a la democracia no es el nivel de confianza en las instituciones, de optimismo o de satisfacción vital sino el grado en que los ciudadanos confían unos en otros, están psicológicamente comprometidos con la política y son menos nacionalistas“.
La inequidad se asocia con mayor incidencia de depresión, alcoholismo y adicciones al tabaco y las sustancias psicoactivas. Lo crucial no es tanto la pobreza absoluta como la relativa: una gran distancia entre los privilegiados y los desfavorecidos intensifica la sensación de fracaso de estos últimos y potencia las penurias de su condición.

Fíjese el lector que no se dice nada sobre si la distancia entre “privilegiados y desfavorecidos” (esto ya asume un marco institucional en que la riqueza y otras recompensas sociales proviene mayormente de privilegios: como se diría en inglés “it assumes away” el crux del tema, que es la justicia de las propias instituciones y sistemas de incentivos formales además de informales.
Los países y comunidades más inequitativas presentan, en general, mayores índices de violencia, tanto intrafamiliar como criminal.

De acuerdo. Y agrego que cuando se pretende confundir inequidad con desigualdad, se crea una situación imposible: actuar bien trae buenas consecuencias pero estas consecuencias causan malestar en otros. Baste mencionarse el caso del ahorro: es mal visto (“no compartir los frutos” de forma visible) pero nos hace bien a todos.
Además, las comunidades inequitativas y fragmentadas tienden a responder a la inseguridad reforzando los sistemas de control: se erigen muros e instalan alarmas en las casas, se contratan guardias, se compran armas, etc. Esta forma de reducir el riesgo induce una externalidad negativa que afecta a los demás ciudadanos, una suerte de “carrera armamentista”: para no quedarse atrás y ser víctima de los delincuentes deben armarse a su vez. A la larga, el costo global es prohibitivo y la ganancia en tranquilidad decreciente. En las comunidades igualitarias, donde todos se conocen y aprecian, la simple presencia solidaria de los vecinos disuade a los potenciales maleantes.

También muy de acuerdo aquí: el círculo corrupción-desconfianza hace que la gente se encierre en parapetos privados y se aleje de cualquier espacio comunal/comunitario. Sobre la deseabilidad de lo común, comunitario o colectivo es clave leer a pensadores libertarios como Roderick T. Long. Sin embargo una ciudadanía armada es una ciudadanía de buenos modales, y las armas de fuero se usan 5 veces para defensa frente a intento de asalto, violación o secuestro por cada 1 en que se usan mal (Lott, 2004). Además hay otra externalidad aquí: cuando los criminales no saben quiénes está armado y quiénes no, la sensación de ser defensivamente eficaces se transfiere a los segundos.
La ruptura cultural de los migrantes a las urbes que abandonan sus costumbres para ser aceptados parece aumentar su propensión a la esquizofrenia. Por otra parte, el pronóstico de quienes padecen este trastorno es, paradójicamente, mucho peor en los países desarrollados que en los “en desarrollo”. Pese a contar con los tratamientos más avanzados, los pacientes de sociedades desarrolladas carecen de redes sociales de apoyo que les otorguen reconocimiento y propósito. En cierto modo, la esquizofrenia es la exacerbación del individualismo y la autosuficiencia de las culturas capitalistas.
Los ciudadanos de las sociedades igualitarias gozan de mejor calidad de vida, mayor longevidad y son más felices y solidarios.
La inequidad contribuye al desarrollo de enfermedades coronarias y demás derivadas del estrés crónico a lo largo de todo el espectro socioeconómico.

Aquí vemos un vacío en la comprensión de ciencia económica perfectamente salvable en alguien de la capacidad y voracidad lectora de Esteban Laso: se ignora por ejemplo el rol que tiene la inflación (la existencia de una banca central como responsable) en la redistribución de recursos y oportunidades de ingreso desde el campo hacia la ciudad. Aquí es donde no sólo Laso no está equivocado sino que la ciencia económica podría auxiliarle en su tesis central. Un vistazo a “Prices and Production” de su apreciado F.A. Hayek puede ser un excelente punto de partida.
Lo que llama la atención aquí es la confusión entre individualismo como doctrina legal (dejar que la gente entre y salga de asociaciones, otra vez el derecho de libre asociación individual como concepto claramente liberal clásico) y el individualismo como actitud sicológica. Se puede decir que van de la mano, pero en principio se puede decir cualquier cosa. Eso no le hace cierto. Si leemos “The Quest for Community” de Nisbet, nos encontramos con que es el Estado a través de su usurpación o asfixia de las instituciones y organizaciones de la sociedad civil, el que genera individualismo en el sentido sicológico.

Al cooptar las instituciones intermediantes -en términos nisbetianos- el individuo se aliena de su familia, comunidad, iglesia (sic) y sociedad en su conjunto. Ya saben los socialistas siguiendo a uno de los pensadores que más les da luces tácticas, que el individuo es más manejable si no tiende lazos (burgueses) con su familia y otros colectivos por su cuenta. Por eso los diversos socialismos han buscado quedarse vis a vis con el individuo: así, sin referencias, redes y fuentes de validación propias, es más manejable. Flaco favor le hace Laso al liberalismo cuando toma partido -sin saberlo, puedo apostar- con las tesis que precisamente terminan generando sociedades individualistas en el sentido vulgar (frías, despiadadas y violentas) como en ciertas ciudades de Suecia e Inglaterra, por mencionar sólo un ejemplo, donde el Estado hace un crowding out del rol de la familia, los amigos y la buena vecindad por diversos mecanismos. Me parece indispensable reconciliar la ciencia económica, la ética y el análisis sociológico/psicológico social entre sí. Un buen punto de partida puede ser este estudio de Patricia Morgan: “The War between The State and the Family“. No cabe, me parece, aferrarse de forma forzada a Adam Smith para quitarle lo liberal al liberalismo para hacerle más humano cuando siempre ha sido la doctrina política prima inter paris en ese sentido.

Tasa de mortalidad infantil por PNB según la inequidad
Finalmente, el gráfico que acompaña estas líneas (tomado de este muy recomendable libro): la tasa de mortalidad infantil (promedio de países ricos y pobres) de acuerdo al crecimiento del PNB per capita y en función de la distribución del ingreso. Como indican las tres curvas, el aumento del PNB reduce dramáticamente la mortalidad infantil; pero su efecto desaparece también dramáticamente pasado cierto mínimo indispensable. No obstante, el efecto de la inequidad se mantiene incluso en los países más ricos. Las conclusiones del artículo original: “…en países pobres se puede lograr una reducción sustancial de la tasa de mortalidad infantil aminorando la inequidad o aumentando el PNB per capita. En los países ricos, aminorar la inequidad puede ser mucho más útil para reducir las tasas de mortalidad infantil que aumentar el PNB per capita”.

Aquí sumplemente cito a Norberg (2001) el investigador sueco: En países más capitalistas (más mercado y menos Estado) hay 14 veces de diferencia entre el quintil de más altos y el quintil de más bajos ingresos. Suena mal, ¿cierto? El problema es que las sociedades orientadas a la redistribución estatista tienen una diferencia de 32 veces entre ambos quintiles. La igualdad viene de la mano del mercado por via del arbitraje de las ganancias, el interés y la competencia por el recurso humano cada vez más talentoso. Ese en cambio es el límite del empirismo: los datos nos dictan cursos de acción como si la toma de datos misma no respondiera a una agenda inquisitiva previa. O como si las políticas publicas fueran todas igual de liberales. En ningún momento Laso se detiene a preguntarse: ¿Es liberal o no el mecanismo que busco para reducir precariedad, aumentar confianza y generar libertad? Es una paradoja del tamaño de un ministerio (pun intended, claro).
El liberalismo clásico, en tres líneas
Para terminar, considero que la esencia de este liberalismo auténtico, ampliado, clásico, se expone en tres oraciones:
La primera, su ética: “Todos tenemos el derecho a disfrutar de la vida y el deber de ayudar a los demás a disfrutarla” (Mario Bunge).
La segunda, su política: “El principio sustantivo del liberalismo afirma que la mayor cantidad de gente posible debe tener la mayor capacidad de decisión posible sobre sus propias vidas” (Alan Wolfe).
Y la tercera, la más potente, la que más me gusta, su metafísica: “No tengas miedo del Universo“.
Creo que Adam Smith, con su perspicacia, humanidad y visión panorámica, hubiera coincidido por completo con ellas.

Yo le agradezco -aunque en nuestros países suele confundirse crítica con ataque personal o desaprobación- a Esteban por su artículo y por este blog post porque revela las falencias de comunicación de los libertarios. Yo mismo me encuentro entre los libertarians del tipo “thick” que buscan reconocer y nutrirnos de las bases liberal-clásicas del libertarismo frente al reduccionismo (“basta con que respetemos los derechos de propiedad”) de algunos otros. Sin embargo, ni Adam Smith es tan central al liberalismo (ya escucho la voz de Estaban diciendo “¡para ti!”) pero esto es así al punto de que los cultísimos Jefferson, Madison y Paine probablemente le leyeron sobre Economía y no sobre otros temas y por ende no hay Smith que recuperar en un liberalismo que no le acogió integralmente (en cuyo caso no hay traición a Adam Smith y Esteban Laso debería renombrar su tesis “Por qué el liberalismo deberia partir de Adam Smith”) a menos que se quiera reducir el liberalismo, a liberalismo escocés. Pero el término y la doctrina proceden propiamente de Cádiz, Salamanca y sus zonas de influencia latinas, para hacer honor a la verdad.
Me parece que en general el aporte de Laso es valioso pero al concentrarse tanto en los fines a desmedro de los medios, cae en la otra miopía posible a la que los libertarios cometen usualmente que es concentrarse demasiado en los medios a desmedro de los fines. Ambas visiones deben ser reconciliadas, me parece, bajo una mejor separación de lo que es y lo que se percibe para que dejemos de atropellar desde la Economía y la Ética al resto de disciplinas pero también desde la Psicología Social a todas las demás, incluyéndoles.

2 Comments

  1. E. Laso
    Aug 5, 2010

    Saludos!

    Gracias por la enjundiosa crítica. Abre las puertas de un diálogo que promete enseñarme mucho!

    Ahora, un asunto de procedimiento: ¿dónde continuarlo? Preferiría, para evitar cansancio y redundancia, mantenerlo en un solo lugar. Y ya que empezó en mi blog, que citas por entero mi post y que allí te he dejado varios temas pendientes me parece que deberíamos mudarnos a él.

    También me parece imprescindible cerrar aquella discusión antes de pasar a esta, porque te he planteado allí temas de fondo que pesan sobre todo lo que aquí criticas.

    Te espero allí pues!
    Abrazo,

    • Juan Fernando Carpio
      Sep 25, 2010

      Esteban:

      Creo que son dos lineas de temas que ameritan ser tratados en cada blog respectivamente. Ya te paso a “visitar” por el tuyo pero en lo posible dale tratamiento a mi fisking aquí mismo.

      Un abrazo también,

      JF

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *